Como un cubo de agua fría fue para Bárbara escuchar la inquietante noticia que desde el viernes 29 de septiembre ha signado la vida de muchos en las dos orillas del Estrecho de la Florida. Esa mañana, una periodista de la agencia EFE tocó su puerta y le anunció que Estados Unidos suspendía la entrega de visas a cubanos, además de retirar personal diplomático de La Habana. Bárbara pensó que estaba viviendo una pesadilla.

Ella reside en el barrio capitalino del Vedado, justo al frente de la embajada norteamericana. Allí, un letrero rojo nos recibe en la entrada de su apartamento: “Se llenan planillas de todo tipo y se tiran fotos al momento”. Bárbara Blanco, a sus 62 años, es la titular del pequeño negocio desde 1994.

“Fui la primera que brindó este servicio en la zona cuando las planillas costaban 20 pesos cubanos y se escribían a mano. Ahora hay decenas de personas por aquí que ofertan la misma asistencia. No somos pocos los que estamos sin trabajo ?indefinidamente?”; dice, recalcando el significado de la vaga expresión de tiempo, que bien podría simbolizar un mes, 12, o tres años más.

Emprendedores en Cuba.

Foto: Claudia Padrón

Bárbara me pide pausar la entrevista unos minutos, el teléfono ha sonado un par de veces y debe responder. Ella contesta con amabilidad, aleja el auricular de su boca y me explica. “Es una clienta preocupada” y continúa hablándole a la otra persona.

“Desde hace una semana esto es así —me dice mientras se incorpora nuevamente al sofá—. La gente quiere saber si hay noticias diferentes o si habrá alguna devolución del dinero invertido. Yo les explico que ese depósito es válido por un año e irrembolsable, y que solo podemos esperar que la crisis se solucione antes.

“De lo contrario tendrán que hacer la entrevista consular en un tercer país y pagarla nuevamente. Esa fue la ‘solución’ ofrecida. Lo cual obviamente es una locura: un ciudadano cubano necesitaría una visa previa, además del encarecimiento de los trámites. Pocos podrán aplicar para una visa de no inmigrante en esas condiciones”.

Aunque la cuentapropista ha procurado ser optimista y apostar por la temporalidad de la medida, la reciente decisión del presidente norteamericano de pedir la retirada de dos tercios del personal cubano en Washington le indicó un nuevo punto de tensión en este conflicto.

Como tampoco es alentadora la cercanía del mandatario a los sectores más conservadores dentro de la comunidad cubanoamericana, quienes han exigido deshacer los avances alcanzados por las administraciones de Obama y Raúl Castro. Después de dos años de deshielo, las relaciones entre ambos países parecen destinadas a colapsar.

“A mis 62 años no sé qué otra cosa podría hacer si esto es para largo. Me acaban de dejar sin trabajo. Por supuesto: eso no les importa a los políticos. Como siempre las consecuencias las pagamos los de abajo.”

A unos metros de la casa de Bárbara, Boris Luis Ubizarreta conversa con unos amigos en la entrada de un pasillo.

En el fondo de ese callejón está su casa, donde hoy se percibe una serenidad impuesta. Un espacio que normalmente recibía decenas de clientes diarios está completamente vacío. Durante las últimas semanas, su negocio de llenado de planillas y fotografía ha decaído muchísimo.

“La pérdida económica es enorme. Desde que cerraron la embajada, por las afectaciones del huracán, he dejado de generar ingresos para mi familia. Este es mi único trabajo, y ahora que nadie sabe cuándo volverá la normalidad, estoy entre la espada y la pared”.

“Desde aquí nada podemos hacer por arbitraria que nos parezca la medida —concluye Boris Luis—. Son los cubanos en Estados Unidos quienes pueden ayudar.”

¿Le está poniendo un voto de confianza a los dos millones de personas que integran la comunidad cubana en EE.UU? —le pregunto.

“Estoy confiando en los ciudadanos y residentes de ese país que no dejarán que su derecho a reunificar su familia o visitar la Isla sea atropellado”.

No son Boris, Bárbara o las decenas de personas que se dedican al llenado de planillas en los alrededores de la embajada, los únicos cuentapropistas cubanos amenazados por el anuncio del pasado viernes.

Desde el Departamento de Estado, también se desalentó a los ciudadanos norteamericanos de que viajasen a Cuba, alegando las aún no probadas afectaciones sónicas que sufrieron una veintena de funcionarios de su país.

Carlos y Alina, propietarios de un restaurant en La Habana Vieja, habían concebido como su público meta el visitante estadounidense. Y con esa idea abrieron su negocio seis meses atrás. Lo apostaron todo, confiados en la experiencia del 2016 cuando arribaron al país 281 000 turistas provenientes de EE.UU.

“La selección de la carta y los precios se diseñaron pensando preferentemente en el turismo norteamericano. No es un secreto que pueden pagar un mejor servicio y lo buscan. Invertimos todos nuestros ahorros en este lugar. Ahora la competencia es bastante y no sabemos si el turismo sea el esperado”, duda la joven pareja desde su negocio en el centro histórico de la ciudad.

“Algunos emprendedores confiábamos en una nueva avalancha de extranjeros que quizá no llegue. Si continúan recrudeciendo las medidas, el país entero, incluyendo al sector privado, se verá muy afectado. Cada vez es más difícil salir a flote”.