El pescador furtivo contempla desde la orilla la silueta rutilante de la luna en el agua. En silencio calcula los pormenores de la travesía que emprende tres o cuatro veces al mes. Nada le preocupa demasiado. Los escrúpulos no existen. La vida vale unas libras de langosta bien vendidas.

Ahora me espera en la puerta de un caserón del litoral norte de La Habana, sus manos arriba rozan con los dedos el umbral. Es la pose de los detenidos, reparo. Un saludo esquivo y un rictus facial le endurecen el rostro imberbe.

—El pez murió por la boca, periodista. Si le cuento lo que hago…

—No necesito su nombre — lo interrumpo— solo quiero la historia, la de verdad.

—La historia… —repite mientras hala unos taburetes para acomodarnos.

Confía su cuerpo al equilibrio de las patas traseras. Inspecciona sus cutículas y comienza a hablar. Las uñas en los dientes entorpecen el discurso. De un escupitajo deshace el pellejo arrancado de sus manos.

—Me puedes llamar “El Negro”, así me decía mi abuelo. Él me enseñó todo del mar, el viejo era un zorro. Heredé su lancha y sus instrumentos para trabajar. Llevo 10 años en el giro de la langosta. Es lo mío.

—Pero usted es muy joven, ¿a qué edad empezó a pescar?

—A los 15 años, dice con firmeza. —El ego le saca las palabras, no puede parar—. Echarse al mar es un riesgo, pero el que nació pa´ esto trae el coraje en la sangre. Lo de menos son las fieras del mar, a esas las conozco. El peligro real vuela en lancha rápida por la superficie de la plataforma costera.

—¿Los inspectores?

—Si te cogen hoy con una cola de langosta pierdes hasta la embarcación. Según la ley, debes pagar una multa de 50 a 100 pesos, pero aprietan la mano pa´ que la gente pare. Ni hablar si te atrapan con caguama o carey.

—Pero está prohibido.

—¿Y qué está permitido? Pagar el platillo de langosta al termidor en una paladar por divisa, eso lo prohibido para mí.

—¿Cómo empieza el trayecto?

—Navego con una autorización de pesca deportiva por 36 horas, lo establecido para quienes no tienen contrato con ninguna empresa pesquera. Tengo derecho a quedarme con la producción, pero no puedo lucrar con ella. Si firmas con el Estado un convenio de Pesca Comercial, puedes navegar por seis días y entregas una cuota de la mercancía, la otra la vendes.

Foto: Cortesía del entrevistado

“El Negro” se disipa en su propio relato. Por momentos hace a un lado las chancletas y pone los pies descalzos en piso frío. Reclama con sus gestos mi atención.

—Yo capitaneo la nave. Siempre me acompañan dos buzos y un cocinero. Es una pesquería artesanal. Entre los cuatros hacemos todo el trabajo. Salimos tres o cuatro veces al mes. Con eso y lo que me busco por ahí tengo pa´ vivir. Rotamos las zonas pesqueras. Partimos de madrugada pa´ aprovechar la picada mañanera. Buscamos áreas de menor oleaje, los bajos. Luego almorzamos, descansamos un rato y reiniciamos la captura en la tarde. Cogemos las especies permitidas, pargo, chicharro, sierra pa´ justificar la entrada al mar. Por la noche retomamos los bajos. Fondeamos y nos acostamos a dormir. El segundo día lo dedicamos a trabajar las jaulas.

—¿Las jaulas del Estado?

—¿Cuál otra? Las localizamos por GPS con el celular. La tecnología ayuda. Cuando las encontramos los buzos se lanzan al agua. Los dos de arriba debemos vigilar.

—¿Alguna vez te han sorprendido?

—No. Vamos con cuidado, más en los últimos dos años que el control está “fula”. A  nosotros el único que nos para es Rubiera, si dice que hay mal tiempo, posponemos. El procedimiento es mecánico: alineamos la embarcación en dirección paralela a las jaulas —por lo general, están una al lado de la otra—, tiramos el chinchorro, los buzos abren la jaula con un palo y azoran las langostas, a la señal, sacamos el chinchorro. Entonces, empezamos a “descolar” y a congelar.

“El Negro” hace una pausa. Le increpo sobre prohibiciones y regulaciones pesqueras.

—La langosta es una de las especies marinas en veda, recalco.

—Es un negocio rentable —dice entre bostezos— la pesquería más floja oscila entre las 200 y 300 libras de langosta, pero a veces uno consigue hasta 900 libras. De una mano pa´ otra los compradores nos pagan a 2 CUC la libra. Saca la cuenta. Tenemos puntos fijos que pasan la carne a una red de revendedores. A la puerta de tu casa la llevan limpia. En paquetes de 10 o 12 colitas por más de 8 CUC.

—Y cuando encuentran la jaula vacía ¿qué hacen?

—Nada. Si el bote estatal se adelanta pescamos lo que aparezca. También negociamos con los pescadores estatales pa´ que nos vendan una parte de la mercancía. Muchas veces tranzan. Pero…no puedes llegar al puerto con la langosta porque las autoridades verifican la pesca. Nosotros las dejamos en el mar dentro de unas mallas, lo más cerca posible de la orilla. Cuando termina la inspección, yo mismo entro de nuevo y las saco a nado.

Termina la conversación. Confiesa su razón para volver: “nunca pierdes el viaje”.

El remordimiento es una piedra de sal en el agua.