Como no hay historia mejor contada que la de uno mismo, les voy a relatar la mía como casi pionero del cuentapropismo en Cuba.

Cuando la ley permitió el pluriempleo, saqué mi patente de “Reparador de equipos eléctricos y electrónicos” porque el salario no me alcanzaba para vivir.

Mi primer encuentro con el Ministerio de Trabajo y con la ONAT no fue tan traumático, como podría esperar alguien como yo, acostumbrado a sentarse detrás de un buró a esperar el salarito facilito.

La cosa se complicó a la hora de comenzar los trámites de contratación, pues no existe una preforma de contrato base disponible en ningún lugar. Terminé por usar la de un socio, adaptándola a mis fines. La jurídica me lo viró para atrás tantas veces que estuve a punto de darme por vencido. Entonces, apareció una amiga, abogada de un bufete, que le dio forma a todo aquello.

Hoy en día esa preforma la usa medio Bayamo.

Ya con el director y la jurídica convencidos, hicimos el trabajo y la económica me hizo un cheque nominativo.

¡Era tan feliz! Pero la felicidad en casa del pobre…

En esos días prohibieron cobrar cheques nominativos directamente, y para poder sacar dinero había que abrirse, de manera obligatoria, una cuenta como Trabajador por Cuenta Propia (TCP) en BANDEC.

Recorrí tantas veces los pasillos del banco que fui a dar a la oficina del director; hasta que, ya cansados y convencidos de que yo no andaba en nada raro, me abrieron la cuenta.

Obviamente, se me venció el cheque inicial, y la empresa me hizo una transferencia bancaria. Pero, como la aplicación de Virtual BANDEC solo estaba disponible para el sector estatal, no tenía idea de cuándo “caería” el dinero. Gasté casi toda mi hemoglobina entre llamadas a la económica de la empresa, a ver si lo de la transferencia ya estaba, y la cola en BANDEC para comprobar mi Estado de Cuenta —la única manera de saber si tu dinero ya está.

Por fin llegó el anhelado momento.

Transferencia hecha.

Estado de cuenta comprobado.

Yo de frente a la cajera.

Llené mi cheque… de mi chequera… a mi nombre… yo frente a ella…

Pero mi firma no coincidía… ¡con mi propia firma!

Tantas veces escuché —tembloroso— el llamado “¡control de firmas!”, y tantas veces me dijeron que estaba haciendo —con mi mano derecha, con mi propia letra, yo ahí parado— mi firma mal, que hasta se me olvidó cómo escribir.

Pregunté si podía hacer una transferencia para una tarjeta en Banco Popular de Ahorro. Me dijeron que eso demoraba. Pregunté, mientras llenaba mi penúltimo cheque, si para el futuro podía sacar una tarjeta en BANDEC. Me dijeron que sí… ¡pero que las tarjetas no se asocian con las cuentas de banco!

Al final, ante la mirada lastimosa del custodio, me aceptaron un cheque sudado con una firma que, compararon, una y otra vez, con la mi carnet de identidad y la de la cuenta de banco.

Yo les lanzo este reto: que alguien firme, de manera idéntica, dos veces seguidas.

Ahora, con las nuevas regulaciones, espero que instituciones como BANDEC estén de verdad preparadas para recibir la avalancha de boteros y demás, que se presume vayan a abrir sus cuentas corrientes.

Que dispongan de todos los cajeros operativos necesarios para atenderlos.

Que tengan listas siempre sus chequeras.

Que dispongan de una herramienta digital para que ellos operen sus cuentas de manera remota.

Que haya medios en el país para conectarse a estas herramientas.

Que las tarjetas magnéticas de BANDEC puedan asociarse a sus cuentas de banco.

Que los jubilados, empleados estatales, y todo el mundo en general, no sea más “priorizado” que el cuentapropista en la cola de la caja.

Que el mecanismo de hacerse un cheque a nombre de uno mismo, para poder sacar el dinero del banco, se declare del período jurásico.

Que el marco legal que los controle, y a la vez los proteja, aparezca por fin.

Que el mercado mayorista… ya saben.

Que no sea peor el remedio que la enfermedad; porque le veo sentido al asunto de controlar contratos entre personas naturales y empresas, a través de una cuenta bancaria. Pero controlar el día a día de un botero por ahí, es poner la carreta delante de los bueyes; o peor, es como no tener bueyes.

En fin, que, antes de tomar cualquier decisión, que se convierta en ley, y que luego nos duela más que el descontrol que nosotros mismos propiciamos, es mejor pensárselo un poco. Al menos, pensárselo.

Para no seguir siendo el país de las carretas… sin bueyes.