Hoy son empresarias. Y no querían terminar poniendo cristales en una empresa constructora. No. Para eso no habían estudiado tanto. Lo suyo era (y es) hacer vitrales, desde el vidrio hasta la carpintería. Todo. Jóvenes, mujeres, y querían armar su negocio. Pero mucho tuvieron que esperar. Y aún esperan… Ser una cooperativa no agropecuaria no es la solución todavía.

Irena Martínez y Adriana de la Nuez saben lo que es trabajar por sus sueños. A Irena no le gustaba el técnico medio en Contabilidad que estudiaba. Pero era muy buena en manualidades. Le gustaba pintar. Aún le gusta. A Adriana, en 12 grado, no le interesaba ninguna carrera, pero lo que pasara por sus manos se transformaba. En la escuela taller de La Habana Vieja se encontraron a sí mismas en sus habilidades y en la amistad que hoy trasciende.

Antes de graduarse, cuando se dieron cuenta que el posible destino de sus manos adiestradas durante dos años iban a terminar picando y poniendo cristales en puertas y ventanas de una empresa constructora, pusieron pie en el acelerador.

Ambas soñaban con armar un taller, y luego, quizá, su propia tienda, donde pudieran brindar servicios y vender sus creaciones.

Y en La Habana Vieja comenzaron a otorgar locales a creadores, artistas, herreros… Y ellas iban a ser vitraleras, ¿no?

Entonces armaron el proyecto. Y fijaron objetivos: primero, nos quedamos en La Habana Vieja y así podemos estudiar en la Universidad de San Gerónimo; segundo, tenemos nuestro taller y con eso sueños profesionales y sustento económico de la mano; y tercero, la Oficina del Historiador tiene un montón de vitrales que intervenir (porque un privado o un cuentapropista encarga uno, tres vitrales máximo, la Oficina puede encargar hasta 16 juntos), así que trabajo garantizado. Eusebio Leal Spengler lo leyó y dijo que sí. ¿Pero cuándo?

El tiempo pasó. Un par de años quizás. Y un día, mientras Leal daba clases en su aula de San Gerónimo, Irena se enteró que su proyecto estaba seleccionado para convertirse en una cooperativa. Después vino buscar una tercer miembro –mínimo para constituir la cooperativa–, y ahí se sumó Amalia; la Oficina del Historiador hizo todo el papeleo; las consultaron; dijeron que sí; aportaron; firmaron un día, y al otro eran una empresa en constitución.

Pero de los tres años que lleva constituida, la cooperativa no agropecuaria Vitria, de La Habana Vieja, solo ha funcionado un año y medio. Y no ha sido lo que esperaban…