—Es una alegoría —dice Carlos Melián, cineasta santiaguero— porque también estoy hablando de lo que podría hacer Cuba si la gente no se fuera del lugar donde nació, si tuviera un sentido de pertenencia más arraigado.

Se refiere a “El caso Norberto”, el caldo de cultivo de lo que será su primer largometraje: desde, en y para Santiago. Y se refiere a la necesidad de sembrar en su tierra para que de allí sean los frutos.  En Cuba, donde las mayores oportunidades profesionales están concentradas en La Habana, y no hay políticas efectivas de desarrollo local, el sueño que mueve a Melián es tan claramente necesario que una se pregunta cómo fue que nadie lo propició antes.

Seguramente estamos ante una apuesta: todo o nada. Es peligroso. El filo cortante de lo que “puede ser” en Santiago de Cuba (crear trabajo, formar talentos, fundar una escuela de cine, hacer películas) podría también resecar la esperanza kamikaze de este muchacho.

Melián vive a unos kilómetros de la ciudad, aunque la ineficacia de transporte lo aleja mucho más. Tiene una niña de 5 años, vive con sus padres en una pequeña finca, donde hay árboles que ha visto crecer, y no tiene un empleo fijo. Y sobre todo, quiere quedarse, y quiere hacer cine también. Quiere realizarse en la tierra que nació, lo cual es, cuando menos, admirable.

Una noche, encima de una calurosa azotea, hubo un encuentro de varios jóvenes que en Santiago de Cuba hacen o quieren hacer cine, con el propósito de mostrar los primeros cortes de una nueva producción audiovisual. La reunión indicaba, ya sea por una técnica perfectible, por la evidentemente poca dinámica de equipo, o por las malas actuaciones de actrices con demasiada prepotencia para haber trabajado tan poco, que el cine santiaguero es un barco que ya zarpó, pero que no sabe muy bien a dónde va.

El hombre de las ideas

La trama de “El caso Norberto” transcurre en una provincia, “porque aquí es donde más se ve esa fuga de talento, donde más se sufre la falta de pertenencia”, explica Melián. Los cortos que ha hecho funcionaron como mecanismo de aprendizaje: “han sido algo extremo, sobre todo por hacerlos con poco dinero. Ya después que se siente eso, decir que no vas a hacer una película es como un acto de cobardía”.

“Aquí no hay ningún referente que seguir”, agrega. La tradición audiovisual en Santiago de Cuba se frustró cuando al canal nacional Tele Rebelde lo mudaron a La Habana. Y explica que desde el triunfo de la Revolución Cubana, ese equipo fue el que preparó a actores de primera línea como Enrique Mollina o Raúl Pomares,  lo cual generó una tradición fuerte de teatro en el Oriente cubano. Pero ahí quedó. Todos se fueron a la capital.

Por otro lado, “en Santiago las tradiciones son tan fuertes que las cosas foráneas no se asimilan bien, aquí nunca ha habido tribus urbanas, porque la gente se burla de esas cosas. No sé qué tiene Santiago, quizás sea una historia muy fuerte”.

A Carlos le interesa seguir el modelo de Producciones Quinta Avenida, en La Habana: “Ellos generan contenido y después buscan el dinero, pero ese capital no tiene por qué quedarse allá, sino que puede hacerse en Santiago. Lo que quiero con mi proyecto es sembrar un precedente a partir del cual la gente que quiera hacer cine se permita pensar que se puede vivir de eso desde aquí”.

Está convencido de que “el cine es más de voluntad y conocimientos que de recursos. Es decir, los recursos los pueden tener muchos, pero el imaginario, el contenido puede ser de aquí, no hace falta tener mucho si existe la voluntad de buscarlos. Esa ha sido mi historia. Y mis historias son las de los santiagueros”.

Cuando envió el proyecto de “Pizza de Jamón” a Cinergia, no tenía ninguna esperanza de ganar. Algunos amigos se burlaron de él. Pero al segundo intento ganó el presupuesto. Eso propició que otras personas, tanto en Santiago como Holguín, donde vivió algunos años, se decidieran a probar con sus propios proyectos. “Son gente que me conoce, que sabe cómo vivo, y  ven que no tengo una proyección de persona de éxito ni nada por el estilo, sino que soy un tipo de muy bajos recursos, pero que ha podido hacer cosas. Eso pertenece al terreno de lo simbólico, y para mí ese terreno es muy importante”, afirma.

Y agrega: “Hacer un largometraje aquí es un intento pionero, algo que estamos inventando, pero no lo veo con una perspectiva histórica. Mi referente es inmediato, y es poder quedarme a vivir aquí y además hacer lo que me gusta. Para eso uno tiene que apostar y tratar de generar proyectos desde Santiago. Creo que a veces eso es lo que falta”.