La historia de Halbert Pons no es la de cualquier sacerdote cristiano. Muy joven decidió ser  cura católico pero años después, en “el mejor momento” de su ministerio, tuvo que decidir entre dos amores que no resisten comparación ni competencia: la Iglesia o una mujer. Hoy tiene 39 años y es sacerdote otra vez… pero de otra denominación religiosa.

A los 18 años, allá por los años 90, Halbert decidió entregar su vida a la fe cristiana. “Mi vocación surgió en la Iglesia Católica porque esa era mi Iglesia, mi única Iglesia” y aunque dice que llegó a ella “movido por la curiosidad, el embullo y mil otras cosas” descubrió que era como llegar a un hogar, “a ese lugar que por mucho tiempo había buscado. Estaba en casa.”

Su preocupación siempre fue “ser bueno”. Y la de su padre. Y la de su madre. Y el obispo de su diócesis solo pedía que sus curas que fueran “buenos, buenos y buenos”. Y Halbert dijo que sí, y a cada paso que da solo intenta ser bueno. “Es lo mínimo que un sacerdote debiera exigirse a sí mismo.”

Pero ¿cómo ser bueno cuando apenas unos años después de ser ordenado sacerdote el amor a una mujer puso en crisis sus votos?

“Fue muy duro, pues sabía que destrozaba muchos sueños, propios y de la Iglesia conmigo, pero tenía que ser coherente con lo que la Iglesia me había enseñado. No quería que por mi causa se fueran de la Iglesia aquellos a los que Dios me había enviado atraer. Por eso cuando vi claro que lo que estaba sintiendo era serio, tomé la decisión de irme”, cuenta Halbert con una voz que llega al final del templo sin esfuerzo.

Así colgó sus vestiduras; y los conocimientos de diseño gráfico aprendidos en Roma le sirvieron para trabajar en el Centro Provincial del Libro de Camagüey. Allí, para sus compañeros de trabajo, “seguía siendo el cura (un poco atípico, pero cura).” Y en casa su joven esposa tampoco renunciaba a que desistiera de su vocación sacerdotal.

Aunque aquellos días fueron complejos, Halbert dice con toda seguridad: “siempre tuve claro que mi historia con Dios no había terminado, no sabía cómo, pero estaba seguro que algo remediaríamos entre los dos.” Entonces llegó a la Iglesia Episcopal de su Camagüey, de la mano de otro pastor que le ofreció amistad por encima de todo.

Y desde hace unos 10 años sirve como sacerdote episcopal, atendiendo 5 iglesias. Esta “segunda temporada (mirándolo como las series modernas) ha sido muy hermosa”, cuenta. “He vivido este tiempo como la segunda oportunidad de un sobreviviente.”

Por eso es que dice que su ordenación sacerdotal, junto a su matrimonio y el nacimiento de sus dos hijos, han sido los días más felices de su vida.

Ahora Halbert es director de los Jóvenes Episcopales de Cuba, nombrado por la obispa de esta iglesia en el archipiélago. Y cree, por supuesto, que la clave está en los jóvenes. “Son los jóvenes la esperanza de cualquier Iglesia y de cualquier nación. Debemos como comunidad cristiana ayudar a abrir espacios donde quepan todos, donde fructifique el diálogo, la tolerancia, la fraternidad”, y cree que la visión anglicana puede aportar mucho.

Porque “el sueño de los primeros formadores de cubanos en el seminario San Carlos: formar hombres útiles a Dios y a la Patria, debe continuar todavía hoy en cada una de nuestras Iglesias”, insiste.

Mientras el Papa católico viajaba por Cuba, el padre anglicano Halbert hablaba tan claro como Bergoglio: “El sacerdote debe en todo momento ser ese vínculo entre Dios y el pueblo. Es un puente y sólo eso, todos lo usan y nadie tiene que agradecerle pues para eso está. La presencia y predicación del Papa en Cuba ayudará a ver la Iglesia como parte de esta tierra, de esta historia, de este país. Ya no más al margen”, como alguna vez estuvo.

Foto: Alejandro Ulloa