Vivir en Guantánamo, para mucha gente, es como decir habitar otro mundo. El otro extremo del país, una tierra casi desconocida que más de uno imagina de calles de tierra y fango. El fin del mundo, un sitio del que todos quieren irse.

No me había dado cuenta de cuánto se tergiversa nuestra realidad hasta el quinto año de la carrera, cuando un colega de Santiago de Cuba –a solo 85 kilómetros- me preguntó mientras se alistaba a venir si creía que era necesario que se pusiera botas.

En La Habana, decir Guantánamo es hablar del culo de Oriente, aunque a decir verdad holguineros, santiagueros, tuneros…, casi siempre caemos en el saco homogéneo de ese gentilicio absurdo que es “palestino”.

No llegan Los Rolling Stone, los desfiles de Chanel, Fito Paéz o Joaquín Sabina. No llegan y no los esperamos.

La capital de la provincia más al este de Cuba es la sexta más poblada del país, pero todavía te encuentras a alguien que te dice que tiene un amigo que vive aquí, te deletrea el nombre y cual si la urbe fuera una cuadra o un aula de escuela, te pregunta si sabes de quién te habla.

¿Y allá hay de eso? He tenido que escuchar más de una vez cuando comento que fui a una discoteca, o que estoy en una zona wifi, que tuve un novio rockero, que sé lo que es un IPhone o un Samsung Galaxy, y que no me hace gracia la keratina ni el Botox para el pelo.

Una idea tan simplificadora pero definitivamente menos combatida que la que tienen muchos extranjeros cuando, en mi perfil de Facebook, descubren que nací en Guantánamo. ¿Y cómo es vivir al lado de la base naval? ¿Cómo es la cárcel? ¿Alguna vez has visto a un talibán, te dan miedo?

Pero vivir en este lado de la isla ciertamente tiene sus cosas, sus ventajas, sus desventajas, y sus diferencias que no siempre son para mal, que conste.

Sabemos que si vinieran Arjona, Marc Anthony, Melendi o cualquiera de esos famosos, lo más cerca que pueden llegar es a Santiago de Cuba.

No somos una provincia de grandes eventos, nuestra arquitectura colonial no tiene la grandilocuencia de la de Camagüey o La Habana, como si en esta porción de país no hubiera necesidad de impresionar demasiado a nadie; y un ingeniero nuclear que decida quedarse tendría que trabajar de cualquier otra cosa.

Pero vivir en Guantánamo también es un abrazo de empatías, de tranquilidad, de aire fresco, de gente que tiene una cadencia, un ritmo más lento que el de la capital, como si llegar a ninguna parte nunca fuera más importante que mantener la compostura y darse el simple gusto de disfrutar la caminata y el paisaje.

Crecer en este sitio de calles rectas y casas de una sola planta también me salvó la inocencia y la utopía, lejos de las brutales desigualdades que le dislocaban demasiado pronto la ideología a mis amigos del occidente.

Nunca me tocó estudiar con la progenie de un ministro o de un presidente–para muchos una muestra del principio de igualdad defendido en Cuba-, pero eso me evitó el choque con los hijos de papá que pasan las vacaciones en el extranjero y viven como si físicamente estuvieran en otro sitio.

Como pueblo todavía no hemos perdido la ternura

Estar en Guantánamo también tiene ventajas prácticas. Lejos de los ambientes especulativos de la capital, todavía es posible llenar un bolso de frutas con el equivalente a un dólar y puedo comerme una pizza y quedarme en el bolsillo para otras tres con lo que gano en un día en un mi trabajo estatal.

Ahora que tengo una hija por ver crecer, me tranquiliza un poco lo lejos que estamos de los últimos toques de la moda –que llegan, pero menos feroces-, de los niños que exigen para ir a la escuela maletas con rueditas o con 10 años ya quieren un celular, y que el uso de drogas, por lo menos hasta ahora, permanece oculto a los ojos de la mayoría de las personas: no me lo van a creer, pero a mis 32 en mi vida he visto de cerca un cigarro de marihuana.

Y que, a pesar de todo, como pueblo todavía no hemos perdido la ternura. Los buenos días de los vecinos me lo recuerdan cada día, la buena voluntad, los asientos que todavía se ceden en las guaguas, y las puertas abiertas al forastero que pide agua o tiene una urgencia de clases mayores.

Así que, al final, parece que sí vivimos en otro mundo, uno sin tanta tecnología, sin tanta banalidad, sin tantas posibilidades profesionales, con posibilidades de viajes disminuidas pero que, para muchos, es nuestra idea de lo que puede ser, al menos, el comienzo de uno mejor.