La economía cubana se contraerá un 10.3 % en 2026, según la proyección de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), publicada a finales de agosto. La cifra prácticamente iguala una de las peores caídas registradas por la economía cubana en las últimas décadas: la contracción del 10.9 % del producto interno bruto (PIB) registrada en 2020, el primer año del impacto de la pandemia de COVID-19.
Además, es el desplome más pronunciado entre las 33 economías incluidas en las proyecciones de la Cepal para 2026. Ningún otro país de la región se acerca a esa cifra: la siguiente peor proyección del PIB, la de Haití, se ubica en -1.9 %.
Según el estudio, la economía cubana ya venía en retroceso antes de esta proyección: el organismo estima que el PIB cayó un 3.8 % en 2025 y anticipa que, tras el desplome de 2026, la contracción continuará en 2027, aunque de forma más moderada, con una caída del 5.1 %. Se trataría del tercer año consecutivo de recesión.
La cifra de -10.3 % para 2026 representa además una fuerte corrección a la baja. En su actualización de proyecciones de abril de 2026, la Cepal había estimado una contracción de 6.5 % del PIB cubano para este año; sin embargo, el nuevo Estudio Económico, presentado en agosto, calculó una contracción casi un 60 % mayor que la estimada en abril.
La Cepal agrupa a Cuba dentro de un reducido grupo de economías que retrocedieron en 2025 —junto con Santa Lucía, Bolivia y Haití— y advierte que ese comportamiento distorsiona el promedio de la subregión.
El deterioro de la economía cubana también arrastra hacia abajo el promedio de Centroamérica. La Cepal proyecta que la subregión crecería apenas un 2 % en 2026; sin Cuba y Haití, la tasa sería del 4 %, impulsada por el dinamismo de los servicios, el turismo, la logística, la inversión y las remesas.
Otro dato relevante para Cuba tiene que ver con los precios. En una nota metodológica sobre inflación regional, la Cepal explica que excluye a Cuba de su análisis del índice de precios al consumidor «por problemas de inflación crónica», junto con Argentina, Haití, Surinam y Venezuela.
La exclusión de Cuba de esos cálculos impide comparar directamente su evolución de precios con la del resto de las economías incluidas en el análisis regional y refleja las dificultades que enfrenta la medición de la inflación en la isla.
En otras palabras, el organismo coloca a Cuba en el mismo grupo que los países de mayor descontrol inflacionario del continente, al punto de que sus cifras no son comparables con las del resto de la región en ese indicador.
Aunque la Cepal no ofrece en esta sección una evaluación detallada de la inflación cubana, los datos oficiales disponibles de la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) muestran que las presiones sobre los precios continúan siendo elevadas.
Según el monitoreo del economista Pedro Monreal, en julio de 2026, por cuarto mes consecutivo, el aumento acumulado de los precios al consumidor superó el registrado en igual período de 2025: 15.12 % frente a 8.79 %.
«Sumado al desplome del PIB, esto confirma la entrada en una espiral de destrucción económica ante la cual la imprecisa política macroeconómica oficial ha quedado ampliamente rebasada», advirtió el experto, sin dejar de señalar que «la situación podría ser peor», pues el análisis se basa en datos oficiales de «cuestionable confiabilidad».
Por su parte, el economista cubano Ricardo Torres, en un boletín del Cuba Study Group, cruzó las series de crecimiento que la Cepal ha publicado en distintas ediciones del Estudio Económico y calculó que, con la nueva proyección, el PIB cubano se habrá contraído un 23 % entre 2018 y 2026, mientras que el de toda América Latina y el Caribe habrá crecido un 14 % en el mismo período.
Torres atribuye la caída tanto a «choques externos» como a «errores de política propios, en un modelo ya de por sí improductivo y excesivamente dependiente del Estado».
Señala que la Tarea Ordenamiento de 2021, que unificó el tipo de cambio oficial, «dejó intactos los desequilibrios de fondo que la habían hecho necesaria», y que «la inversión siguió financiando la construcción hotelera mientras la red eléctrica se quedaba sin recursos, una asignación de capital que hoy explica buena parte del colapso energético».
Otras condiciones mencionadas por Torres son lo imprevisible del entorno regulatorio del sector privado, la emigración masiva y «el endurecimiento de las sanciones estadounidenses».



