Cómo el hambre en Cuba se convirtió en una fábrica de enfermedades crónicas

18 de septiembre de 2026 a las 04:30 p. m.

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AP Foto/Desmond Boylan, archivo

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En la última década, Cuba se ha convertido en un ejemplo preocupante de cómo la inseguridad alimentaria puede comprometer la salud de la sociedad. En un contexto prolongado de crisis multidimensional, deterioro económico, inflación alimentaria, precarización de los servicios públicos y concurrencia de crisis energéticas, sanitarias y ambientales, la inseguridad alimentaria se convierte en un determinante estructural del deterioro de la salud de los cubanos.

La inseguridad alimentaria es un factor de riesgo que potencia los padecimientos físicos, eleva la prevalencia de enfermedades crónicas e influye de manera directa en la recuperación del enfermo. Estudios sobre subalimentación en hogares de bajos ingresos subrayan que el acceso insuficiente a alimentos aumenta el riesgo de padecer enfermedades cardiometabólicas y determinados tipos de cáncer. La vulnerabilidad alimentaria opera, además, a través de mecanismos que se refuerzan entre sí: déficits de micronutrientes, consumo irregular de alimentos, estrés crónico derivado de la incertidumbre alimentaria y crecientes dificultades para acceder a alimentos, a suplementos de vitaminas y minerales que compensen la escasez y a diagnósticos médicos que identifiquen la carencia de estos.

Un estudio de Food Monitor Program —basado en las tres últimas ediciones de la Encuesta Nacional de Seguridad Alimentaria (2023, 2024, 2025)— apunta que la acumulación de vulnerabilidades se ha vuelto persistente en la isla y observa un círculo vicioso de deterioro preocupante: una alimentación nutricionalmente deficiente que incrementa la vulnerabilidad frente a enfermedades crónicas y una pérdida aumentada del acceso a alimentos en hogares. La inseguridad alimentaria tiene un efecto directo sobre los hogares e indirecto sobre las instituciones: afecta la capacidad de ahorro de los domicilios, el desarrollo psicosocial de la comunidad, pero también la productividad y la educación nacional. 

¿Cómo la disminución en la capacidad de acceso a los alimentos erosiona la salud?

La salud de la población cubana en los últimos tres años muestra un deterioro acelerado debido a la incapacidad de mantener dietas adecuadas, al estrés prolongado y a la escasez de insumos médicos. El panorama se vuelve crítico al consultar el rango de Índice de Masa Corporal normal en el país: disminuyó el 5 % entre 2024 y 2025. La cifra parece uniforme si no se tiene en cuenta el desbalance territorial: en Guantánamo y Las Tunas, por ejemplo, cayeron a bajo peso (IMC < 18.5) el 19 % y el 17 % de los cubanos encuestados, respectivamente.

Las cinco condiciones que más marcaron el perfil epidemiológico de los encuestados fueron la hipertensión, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares, las afectaciones gastrointestinales y el cáncer —este último emerge en 2025 como una de las afecciones más reportadas—. Sin embargo, el índice es resultado de enfermedades diagnosticadas clínicamente y monitoreadas luego solo por sus síntomas debido a que, en los últimos tres años, ha sido muy difícil registrar nuevas afectaciones por falta de reactivos y otros insumos hospitalarios.

La mayoría de las condiciones reconocidas son crónicas y tienen un componente cardiometabólico, por lo que requieren controles específicos en el consumo de alimentos, acceso a agua segura, así como una mayor estabilidad en las condiciones básicas de la vida cotidiana. Entre 2023 y 2025, el porcentaje de personas entrevistadas que necesitaban una dieta especial debido a sus padecimientos aumentó del 20 % al 31 %. Esas personas afirmaron requerir regímenes alimentarios específicos para sus tratamientos contra la hipertensión, la diabetes, la gastritis y el cáncer, pero en numerosos casos no pudieron adquirirlos.

Para 2025, el 96 % de las personas entrevistadas que necesitaban una dieta especial no pudo seguirla de manera sistemática, mientras que el 34 % afirmó que no podía cumplirla nunca. Aunque en 2023 y 2024 uno de los principales problemas registrados era el acceso a alimentos saludables y adecuados, en 2025 se hizo más evidente el incumplimiento de las indicaciones nutricionales asociadas al tratamiento médico. 

El deterioro guarda estrecha relación con la pérdida continua de capacidad adquisitiva, registrada en alrededor del 96 % de los hogares encuestados. La persistencia de este indicador durante los últimos tres años no refiere estabilidad, es una evidencia de que una proporción muy elevada de hogares continuó perdiendo poder de compra, incluso después de que FMP reestimó el costo de la canasta básica para cada período. En conjunto, estos indicadores son consistentes con un proceso de empobrecimiento multifactorial y con el desplazamiento de parte de los hogares hacia niveles inferiores de capacidad económica.

Otro dato relevante entre las personas con condiciones de salud específicas es que la imposibilidad de cumplir las dietas no se concentró solo en los adultos mayores. En el amplio grupo de 18 a 60 años se registraron, en distintas zonas del país, proporciones de necesidad dietética por razones médicas iguales o incluso superiores a las observadas entre las personas mayores de 60 años. Lo anterior apunta a que el deterioro de la salud no constituye un problema exclusivo del envejecimiento, sino que atraviesa diferentes grupos etarios, en específico el amplio grupo en edad laboral. 

Los datos de 2025 muestran, además, niveles elevados de necesidad médica en algunos territorios. En Villa Clara, hasta el 52.17 % de los jóvenes de entre 18 y 25 años reportó condiciones de salud que requerían cuidados o dietas. En Granma, el 92 % de las personas de entre 41 y 60 años declaró necesitar cuidados debido a su estado de salud, frente al 85 % de los mayores de 60 años. En el resto de las provincias con altos niveles de envejecimiento poblacional, la necesidad superó el 40 %.

¿Cómo la subalimentación favorece la enfermedad?

Las cifras de los últimos tres años constatan la reducción progresiva de la cantidad, la diversidad y la calidad de los alimentos que tienen a su disposición los hogares de la isla. Entre 2023 y 2024, el 71 % de las familias debieron modificar sus recetas por la escasez; cifra que bajó al 55 % en 2025. Lejos de representar una mejoría, la cifra responde a que el 33 % de hogares pasaron de modificar la comida a saltársela.

Frente al aumento de enfermedades crónicas asociado a la policrisis cubana, apostar por el aporte calórico —como hacen las recetas de supervivencia— no es suficiente. Desde una perspectiva clínica, es necesario asegurar dietas de adecuada calidad nutricional y, cuando existe una enfermedad diagnosticada, adaptar la alimentación a necesidades específicas. Una nutrición adecuada constituye una parte relevante tanto de la prevención secundaria como de la calidad de vida bajo el tratamiento y la recuperación —en especial frente a enfermedades cardiovasculares, hipertensión, cáncer y patologías gastrointestinales—. 

Sin embargo, la ausencia de los alimentos relevantes para sobrellevar esas enfermedades se ha duplicado en los últimos dos años. La falta de acceso se ha agravado en grupos alimentarios básicos como los vegetales, las carnes y los granos. Otros (como los lácteos) ya se consideraban un grupo de consumo de lujo o inexistente para más de un tercio del país. Entre los territorios más golpeados por la escasez en 2025 se encontraban Granma —el 58 % de las personas afirmó que no consumían cárnicos nunca— y la isla de la Juventud —el 96 % de encuestados no consumía leche y el 71% no ingería leguminosas—. 

Al preguntar sobre la percepción de desabastecimiento de esos grupos de alimentos, alrededor del 97 % de las personas respondió afirmativamente en cada uno de los últimos tres años. La persistencia de ese porcentaje evidencia que el desabastecimiento se mantuvo como una experiencia generalizada entre los hogares, sin mostrar mejoras.

Con base en lo anterior, pueden extraerse más datos de utilidad para entender la complejidad que enfrentan los hogares cubanos. El restringido consumo de alimentos de origen animal (que aporten formas biodisponibles de hierro y vitamina D, por ejemplo), o de vegetales (que ofrezcan magnesio y vitamina E), entre otras ausencias evidentes, profundiza la prevalencia de enfermedades relativas a la subalimentación. Por ello, el acceso seguro a una dieta apropiada se entiende como complemento clínico para controlar factores de riesgo de enfermedades carenciales.

A la deficiencia de vitaminas y minerales y a las afectaciones de salud agravadas en consecuencia, se le suman otros factores de riesgo en el contexto cubano. Un ejemplo es la recurrente pandemia de arbovirosis en los meses de verano. En ese período, el estado nutricional desempeña un papel fundamental en el funcionamiento del sistema inmunitario; mientras que, por el contrario, la subnutrición prolongada y las deficiencias de micronutrientes pueden deteriorar esa capacidad, aumentar la vulnerabilidad frente a las infecciones y reducir las reservas fisiológicas con las que el organismo enfrenta la enfermedad y la recuperación —una situación preocupante cuando las infecciones se producen sobre cuerpos previamente debilitados—. En 2025, bajo los contagios amplificados de dengue y chikunguña, los cubanos con reservas nutricionales reducidas dispusieron de menor margen para afrontar el estrés metabólico provocado por la infección, lo cual contribuyó a cuadros de debilidad más prolongados.

Otros factores de la policrisis como agravantes

La vulnerabilidad médica no solamente se asocia con la inseguridad alimentaria, sino también con la hídrica. Una gran parte de las enfermedades gastrointestinales, así como las condicionadas por contagio de vectores, se derivan de la escasez de agua y de la acumulación de desechos sólidos en áreas urbanas, entre otros factores. Según la ENSA de 2025, más del 43 % de los hogares cubanos recibían agua cada tres días o más, una cifra que ha empeorado al menos desde 2023 cuando el 16 % los hogares tenían esa intermitencia. La frecuencia del servicio de agua también presenta diferencias marcadas entre provincias; por ejemplo, los niveles más críticos están en Sancti Spíritus (90.53 %), Granma (81.25 %), Las Tunas (70 %) y Cienfuegos (65.96 %). El agua que llega a los hogares tampoco es segura y su calidad ha empeorado. En 2023, el 60 % de cubanos potabilizaban el agua; en 2025, el 81 %. 

Preocupaciones y temores se han hecho más evidentes conforme las últimas medidas económicas tomadas por el Gobierno cubano no han dado los resultados prometidos. En 2025, el 86 % de los encuestados dijo sentir temor de perder alimentos por falta de refrigeración, el 90 % manifestó similar angustia porque sus ingresos no llegarían a fin de mes, el 88 % admitió modificar rutinas domésticas por el colapso de servicios básicos, mientras que el 82 % afirmó sentirse inquieto ante la posibilidad de que posteriores decisiones estatales aumentaran las barreras para acceder a alimentos. Esas impresiones son anteriores a enero de 2026, cuando tras la captura de Nicolás Maduro las condiciones en la isla se han precarizado más. 

¿Qué dicen la permanencia de la inseguridad alimentaria y la vulnerabilidad médica sobre el desarrollo de Cuba?

Los cambios en el IMC de una población suelen tomar décadas. Los cuerpos no se modifican masivamente de categoría en poco tiempo a menos que ocurra un evento de mayor impacto. La disminución en el caso cubano —relacionada con el colapso económico y el incremento de la inseguridad alimentaria— alerta sobre la pérdida de la reserva biológica en un país que lleva años en estado de supervivencia alimentaria. Así, los efectos del deterioro físico relacionados con la subalimentación son acumulativos. Una población que durante años se alimenta de manera insuficiente o poco diversa presenta mayores dificultades para prevenir enfermedades, recuperarse de ellas y mantener niveles estables de bienestar y productividad.

Al mismo tiempo, el aumento de las necesidades de cuidados incrementa la presión sobre los hogares y sobre los servicios sanitarios que están sometidos a fuertes tensiones. El resultado puede ser un círculo de retroalimentación entre bajos ingresos, mala alimentación, enfermedad, pérdida de capacidad laboral y nuevos gastos asociados a la salud. A largo plazo, esa dinámica afecta también la reproducción social del país. Las consecuencias alcanzan tanto a niños y jóvenes en etapas fundamentales de formación, como a adultos en plena edad productiva y a personas mayores que requieren más cuidados.

Cuando la inseguridad alimentaria impacta simultáneamente a varias generaciones también se condicionan las capacidades futuras de la sociedad: su fuerza laboral, su desempeño educativo, su autonomía económica, la cohesión de redes y funcionamiento interpersonal, así como la posibilidad de sostener sistemas públicos de salud y protección social. La persistencia durante años de inseguridad alimentaria y deterioro de la salud puede entenderse como un freno estructural al desarrollo de la nación cubana. 

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