Desde Tenerife, la «mamá de Yurisleidy» sigue hablando por Cuba

27 de mayo de 2026 a las 07:25 a. m.

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Aldring Mirabal Mora, humorista cubano. Collage: elTOQUE.

Aldring Mirabal Mora, humorista cubano. Collage: elTOQUE.

Hay creadores que inventan personajes. Y hay otros que, casi sin proponérselo, terminan capturando la nación entera en una voz.

Aldring Mirabal Mora, avileño, actor, instructor de teatro y humorista cubano residente en Tenerife (Islas Canarias, España) pertenece a ese segundo grupo. En redes sociales, su presentación adelanta el tono de su universo: «Un cómico cubano que incluso hace humor. POLÍTICAMENTE INCORRECTO». Pero basta entrar en su perfil para entender que no se trata solo de comedia. En la imagen fijada al inicio, aparece sentado sobre la arena, frente al mar, junto a una frase escrita como declaración: «Viva Cuba libre».

Desde ahí, comienza su escena.

Siempre hay una bandera cubana en el encuadre. Siempre está esa madre que grita, reclama, resopla, sobrevive. Esa mujer con talco en el cuello, nervios tensos y frases que forman parte del lenguaje íntimo de sus seguidores: «Dios mío de la vida», «tiqui tiqui tiqui», o sus ya célebres llamadas a las «bolliflexibles».

La figura central de sus videos —esa cubana que interactúa con la hija, la vecina, el novio, las amigas— nació, según explica, del juego teatral y de la observación minuciosa de la vida cotidiana.

«El personaje de la “madre de Yurisleidy” tiene mucho de mi mamá, de mi abuela paterna también. Y Yurisleidy tiene mucho de mí como hijo y de mi hermana. Es como un mix. Y luego de todas las “bolliflexibles” que me han ido escribiendo y me han contado cosas. Con eso he ido construyendo esa caricatura», cuenta en entrevista con elTOQUE.

Lo que Aldring ha logrado no es solo un personaje. Es un retrato social.

Porque esa madre no es solo un recurso cómico, es la voz de una generación marcada por la escasez, el estrés y la supervivencia diaria. Una mujer que resume la tensión acumulada de la vida en Cuba.

«En la isla no hay nadie ahora mismo con más coraje que las madres», dice. 

En esa afirmación está la clave de su éxito.

La conexión con la audiencia no proviene únicamente del chiste, sino del reconocimiento inmediato. Todos, dentro o fuera de la isla, han visto a esa madre: en la suya, en una tía, en la vecina del edificio, en la señora que barre el pasillo mientras comenta la vida ajena.

«Todos salimos de una madre», dice Aldring. «Y luego están esos patrones culturales que, aunque cada familia sea diferente, se repiten. Ahí está la fórmula».

La fórmula, en realidad, es más compleja: humor como archivo emocional.

«Es una mezcla maravillosa de poder decir verdades a través del humor», explica. «Que resuenen con el chiste, pero también como verdad».

Por esa razón, en sus escenas, la caricatura nunca se separa del retrato social.

Sus personajes secundarios terminan de levantar el edificio simbólico de Cuba: la chismosa, la presidenta del CDR, el borracho, el intransigente, el novio, el ausente, el vecino con familia en el extranjero al que antes se miraba con sospecha. «Ese arcoíris de personajes lo tenemos nosotros en Cuba».

Su obra funciona como un edificio, en el que cada puerta guarda una versión del país de donde viene.

Desde ese espacio doméstico, aparentemente pequeño, ha logrado dialogar con la política. Sus videos incluyen interpelaciones a figuras como Donald Trump, Marco Rubio y Miguel Díaz-Canel, además de artistas y celebridades.

Para Aldring, el humor no solo permite ese diálogo: lo vuelve posible.

«No me atrevería a escribirle ni hablarle a Donald Trump siendo Aldring», admite. «Pero desde el humor, desde la herramienta de lo caricaturesco, se puede».

La madre que interpreta tiene permiso para irrumpir en cualquier conversación, porque encarna precisamente el desborde.

«Es una madre cubana que está fuera del país, pero se le quedó ese tic nervioso de la vida convulsa, de salir a pelear todos los días».

Ese nerviosismo, lejos de ser exageración, funciona como memoria física de la crisis. Por eso su humor también carga con una responsabilidad política que asume sin rodeos.

«Los que estamos fuera tenemos la responsabilidad de hablar desde cualquier espacio que tengamos».

Su escenario es la pantalla del móvil; su arma, la sátira.

«Mi trinchera siempre ha sido el humor desde que soy un niño, y las mejores verdades las he dicho a través del humor».

Habla desde Tenerife, pero el centro de su obra sigue estando en Cuba: en la familia que quedó, en el pueblo que resiste, en la madre que sobrevive a punta de ingenio.

Quizá por eso, cuando imagina qué le diría hoy ese personaje que ha construido, la respuesta tiene algo de aprobación íntima. «Espero que me diga que entiende lo que estoy haciendo, que siga, que no me detenga».

Y si hubiera que condensar el presente del país en una frase, la respuesta llega en puro cubano, como solo podría hacerlo uno de sus personajes:

«Esto es la resingueta arriba de la resingueta».

No es solo una expresión. Es una radiografía a lo cubano. 

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