Fidel Castro no está muerto y su nieto, el doctor Fidel Antonio Castro Smirnov, dice que puede demostrarlo. Invocando principios de la biofísica molecular y la mecánica clásica, el hijo de Fidel Castro Díaz-Balart —que se suicidó en 2018— asegura, «con todo rigor científico», que la impronta energética de su abuelo, su luz, su magnetismo, no son metáforas sino «fenómenos observables».
«Hoy puedo afirmar que Fidel representa una fuerza que ha alterado permanentemente la geometría de la historia», dijo en una conferencia pronunciada el 5 de julio de 2026 en Asturias. A su derecha estaba Elián González, el «niño Elián», convertido en diputado y activista del castrismo. En el público, el antiguo espía Fernando González Llort.
Fidel está en la química, en el ADN, en la composición molecular, dice Castro Smirnov. «Yo soy Fidel» no es una consigna sino una profesión de fe cuántica. Si Fidel Castro sobrevivió a 683 atentados, «una anomalía estadística», ¿cómo no iba a superar la muerte? «Mucha gente me pregunta cómo sobrellevamos su ausencia y yo siempre respondo que no sé lo que es vivir sin Fidel. Elijo vivir con Fidel. Elijo vivir feliz con él… ¿y quién dice que Fidel no está hoy aquí en esta sala?». La sala, enternecida, estalla en aplausos.
En su discurso, solo una frase de Castro Smirnov pertenece al plano de lo humano y no de lo subatómico: «Mi abuelo no era convencional, era intenso. No era fácil».
Castro Smirnov dice tener recuerdos entrañables de su abuelo Fidel. Le ponía las medias, le leía en voz alta las noticias, le daba palmadas en la espalda si se atoraba, le servía una copa de vino. Como en aquella época él era su guardaespaldas, «primero le daba un sorbo» a la copa y luego se la pasaba. Cuando comparte sus experiencias de catador oficial de venenos, Castro Smirnov se ríe.

La metafísica castrista que propugna el joven doctor es muy antigua. Las bases estaban sentadas en un artículo que publicó en Cubadebate en 2017. «Yo soy Fidel. Mi padre es Fidel. Mi abuelo es y será siempre el eterno e invicto Fidel. Mi nombre es Fidel, y mi vida se llama Fidel», escribió entonces. «La dinámica de Fidel, la onda de Fidel, la luz de Fidel (la más bella e intensa), el movimiento de Fidel, el magnetismo de Fidel, el tiempo de Fidel, la obra y la conciencia de Fidel… la energía, el trabajo, el impulso, la fuerza, la luz, el movimiento (también interpretado como cambio, siendo el más integral el movimiento social fidelista), todo ello es física, por tanto Fidel sí está presente físicamente».
Castro Smirnov, de más de 40 años, condecorado con la medalla Finlay, doctorado en varias universidades, paracaidista, militar, autor de una veintena de artículos, obsesionado con las genealogías, no es solo nieto de Fidel y sobrino nieto de Raúl, sino también primo de Raúl Guillermo El Cangrejo y de Sandro el Vampiro. En un circo familiar tan pintoresco solo faltaba Fide, el Científico Loco.
EL HOMBRE QUE PUDO SER REY
Fidel Antonio Castro Smirnov es hijo de Fidelito Castro Díaz-Balart, que estudió física en la Unión Soviética con nombre falso, y de la rusa Olga Smirnova. De aquellos años, queda una vieja foto en la que Fidelito, llamado entonces José Raúl Fernández, brinda «con leche y comiendo papas de una vieja olla y pan negro» con unos amigos, durante su 20 cumpleaños en Voronezh. Uno de esos amigos, Evelio Bello, comenta la foto: «No había plata. Nadie conocía su identidad y por eso vivíamos sin más».
Fidelito, cuando era niño, fue exhibido por Fidel como heredero. Las imágenes lo muestran en el Habana Hilton, rebautizado como Habana Libre, cargando a «Fidel Jr.». Ambos sonríen en pijama frente a las cámaras de la televisión estadounidense. Estamos en enero de 1959.
El linaje no prosperó. Fidel ya se había divorciado de la madre del niño, Mirta Díaz-Balart —miembro de un clan político que todavía sigue activo en Estados Unidos— y a la larga Fidelito, fundador del Programa Nuclear Cubano, caería en desgracia. En el sepelio de Fidel Castro, primero ponen sus flores en la tumba su viuda Dalia Soto del Valle y sus cinco hijos —todos con nombres que empiezan con A—, y luego pasan Fidelito y su hijo.
El doctor Castro Smirnov no parece tener el grado de flexibilidad ideológica que enarbolan sus primos Sandro y Raúl Guillermo. En enero de 2026, se retrató junto a la gran cabeza de Marx en Londres. En 2020, celebró el 150 aniversario del nacimiento de Lenin.
Poco se sabe de su vínculo con Miguel Díaz-Canel, aunque hay una foto de ambos y de Lis Cuesta visitando a Mirta Díaz-Balart, que solía viajar esporádicamente a Cuba a visitar a su hijo con permiso de Raúl. Tanto el actual presidente como su antecesor enviaron flores cuando Díaz-Balart murió en Madrid. En una foto de junio de 2024, Castro Smirnov las muestra junto al sarcófago de su abuela. «Se nos va una gran mujer», tuiteó.
El doctor Castro Smirnov tiene un pasado como guardaespaldas de su abuelo Fidel. Como Raúl Guillermo, también custodió a su tío abuelo Raúl. Existe, de hecho, una muy mala foto en la que aparecen él y El Cangrejo, ambos jovencísimos, detrás de Juan Almeida Bosque y de Raúl. En esa fotografía solo El Cangrejo usa su uniforme del Ministerio del Interior.
Castro Smirnov recibió entrenamiento mientras estudiaba «como profesor y científico», bajo las órdenes del general Humberto Francis Pardo. En 2004, fue uno de los miembros de la escolta que asistió a Fidel Castro durante los destrozos causados por el huracán Iván en Pinar del Río. «Feliz aniversario a mis compañeros de la Dirección de Seguridad Personal», escribió en 2024, conmemorando su etapa como guardaespaldas. A juzgar por las imágenes, tenía entonces menos de 20 años.
Pero estamos hablando ante todo de un científico. Según su perfil de LinkedIn, Castro Smirnov ha estudiado en el Instituto de Ciencia de Materiales de Madrid, en el Institut Gustave Roussy de París, en la Universidad de Cantabria, en el Instituto Superior de Tecnología y Ciencias Aplicadas de La Habana y en la universidad capitalina. También ha sido profesor de la Universidad de Ciencias Informáticas. Su preuniversitario lo cursó —como suelen hacer los hijos y nietos de los jerarcas cubanos— en la vocacional Lenin.
Es coautor de una veintena de artículos científicos en Google Académico. Su abuelo le regaló un libro en 2012 con esta dedicatoria: «Para Fidel Antonio Castro Smirnov, que escogió como su padre el camino de la Ciencia». No se puede ser más glacial. Dos años después, Castro Smirnov hizo de tripas corazón y le dedicó —con letra infantil— su tesis como licenciado en Biología: «A mi Comandante en Jefe… a mi amigo y muy querido abuelo Fidel, con un fuerte abrazo de su nieto que tanto lo quiere, Fide».

Hombre de acción tanto como de ciencia, Castro Smirnov registra minuciosamente las excursiones de paracaidismo que dedica a su abuelo y a veces a su padre. Los saltos no siempre le salen bien. El 29 de agosto de 2025 se retrató en Chile de traje, con un par de muletas y la pierna izquierda enyesada. Había viajado a Valparaíso para reunirse con médicos y políticos locales durante una reunión de graduados de la Escuela Latinoamericana de Medicina. «La Elam no conoce de lesiones», tuiteó. Sus deseos de viajar tampoco: como activista de la Elam ha viajado a Ecuador, Honduras, Austria, Uruguay y Brasil.
Al parecer, el accidente ocurrió durante un lanzamiento sobre Ciudad Deportiva ese mes, durante una tormenta. «El amor a Fidel no conoce de tempestades», remachó. Se había lanzado con su cartel de casi dos metros cuadrados de Fidel y Raúl, como otras muchas veces. Ese cartel es su tótem.
Su «iniciación» como paracaidista —así la llama— se produjo en junio de 2015, un año antes de la muerte de Fidel. Siempre hay una multitud esperándolo en un campo o un estadio. La idea es que esa multitud vea ondear la imagen que trae entre las piernas y que, inevitablemente, aplasta al tocar tierra. El aplauso que le sigue a esa caída tiene algo de macabro. Fue una caída lo que acabó con la vida de su padre, quien se arrojó desde una ventana tras una crisis de depresión el primero de febrero de 2018, poco más de un año después de la muerte de su padre. Otra caída, la del 20 de octubre de 2004 en Santa Clara, fue el comienzo del fin para Fidel.
LA «FÍSICA DE LA DIGNIDAD» Y EL CULTO A LOS MUERTOS
«Vuelven las heridas que no sanan y toca ser fuerte cuando de nuevo se pierde un padre», escribió el 26 de junio de 2026 junto a una foto del recientemente fallecido Ramiro Valdés, en la que iban los dos vestidos de militares. «Contigo siguen vivos mi abuelo y mi padre», había escrito semanas antes, junto a una suerte de álbum de fotos suyas con Raúl Castro, también de verde olivo. En esas fotos, su padre aparece con un sencillo bigote y él no tiene aún la tupida barba que luce ahora.
Su obsesión con la muerte de sus parientes no tiene parangón. Ni siquiera Fidel Castro invocaba tanto a los difuntos como su nieto científico. «Más poderosa que las fuerzas gravitatorias, electromagnéticas y nucleares, ha sido la fuerza del amor, amor a un padre, a sus ideas». No hablaba del amor a su padre, Fidelito, sino del amor de este a su complicado abuelo. Posaba frente a la tumba de Fidel.
Cada 25 de noviembre se hace fotografiar delante del monolito de 50 toneladas en el cementerio de Santa Ifigenia. Suele estar lloviendo. Él se acerca a la tumba y dice: «Te quiero abuelo». El Partido Comunista de Santiago de Cuba acostumbra a enviarle una pequeña comitiva de dolientes.

También ha publicado fotos en la tumba familiar de los Castro en Birán, un semicírculo de nichos presididos por un inverosímil ángel de mármol. La escultura está precisamente sobre la tumba de Ángel Castro, el bisabuelo. El 14 de octubre de 2024, se fotografió en ese lugar junto a su tío Héctor Castro Santana, hijo de Ramón Castro, que está enterrado allí. Castro Santana es abogado, reside en España y ha sido denunciado como testaferro del régimen cubano en el sector energético.
Su padre, Fidel Ángel —quien por cierto está enterrado en La Habana y no en Oriente, como el resto del clan Castro—, es de quien más fotos conserva. Vemos a Fidelito «en un sótano de Viena», durante un experimento de entrelazamiento cuántico. Lo vemos varias veces en brazos de Fidel. Con bigote, con barba, ojeroso, sonriente, a veces con la mirada perdida que llegó a caracterizarlo en sus últimos años. También lo retrató durante interminables abrazos a Fidel, a Raúl, a él mismo e incluso a Nelson Mandela.
Cuando murió su perro, el «compañerito fiel» Tucson, también le dedicó un tuit-obituario.
Con sus desvaríos numéricos se podría escribir un artículo aparte. El 3 de junio de 2025, escribió una tarjeta de cumpleaños para Raúl, quien cumplía 94 años, explicando que 9 más 4 es igual a 13, «día de Fidel». «Invirtiendo los dígitos, 49, son los años que me lleva. Más allá de los números, tiempos, distancia y bloqueo, recibe, querido Tío Raúl, mi cariño incondicional».
El más reciente se produjo en la conferencia de Asturias. Castro Smirnov hizo notar que hace 26 años Elián González había regresado a Cuba. «Y ahora que hablé del 26», exclamó dándose una palmada en la cabeza, «me viene a la mente que Fidel nace en el 26, tenía 26 años cuando atacó el Moncada el 26 de julio. Fíjense las coincidencias en el número 26».
Esa obsesión solo es comparable a su fanatismo genealógico, que llega a momentos delirantes cuando se pone sentimental. Dirigiéndose a Fernando González en España, tejió uno de sus más largos trabalenguas: «Tú y los Cinco son mis tíos, porque ustedes son hijos de Fidel. Y Elián es mi hermano, él también es nieto de Fidel, pero además es mi sobrino, porque Juan Miguel, su papá, es mi hermano».
Algo de modestia nada fidelista —quizá aprendida, por supervivencia, de su padre— le hace reconocer a Fidel Castro Smirnov sus diferencias con el abuelo. «Es difícil llevar un nombre que no es el de uno», dice, «a veces se siente como un peso gravitacional».
¿Por qué Castro Smirnov no ha estado nunca entre los barajados supuestamente por Washington para una sucesión o una negociación, como sí lo está El Cangrejo y otro miembro del clan, el viceprimer ministro Oscar Pérez-Oliva? ¿Qué lugar le espera en una hipotética Cuba en democracia? ¿Qué piensa él de los escándalos de sus primos o de Díaz-Canel? ¿Qué aspiraciones políticas tiene el nieto que quiere parecerse en todo a Fidel Castro, hasta en los gestos, el discurso y la barba? Parece claro que, en lo que respecta a la Casa Blanca y a los círculos de poder de La Habana, Castro Smirnov es el hombre invisible.
Es un acto de justicia poética que la oveja negra del castrismo no sea un capitalista dispuesto a negociar con Trump, como El Cangrejo, ni un influencer maniático, como Sandro, sino un físico nuclear alucinado. Su máxima virtud, aprendida de su familia, admite, es el sentido de la supervivencia. La resistencia a ser olvidado. La termodinámica del no morir. Castro Smirnov lo llama «física de la dignidad», pero podría llamarse también —como la novela de Gospodínov— «física de la tristeza».
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