«Les comunicamos que, debido a la falta de corriente, nos es imposible la elaboración de las hostias». Este mensaje, firmado por las monjas carmelitas descalzas de La Habana, comenzó a circular en grupos privados del clero cubano y en las redes sociales católicas el 4 de junio de 2026. «La reserva que queda se racionará para que alcance un poco para todos», añadían.
Por segunda vez en los últimos cinco años, la debacle económica y energética de la isla interrumpe la fabricación de estas obleas, utilizadas a diario en las iglesias católicas de todo el país. Desde hace décadas es este monasterio de El Vedado el que se encarga de satisfacer un suministro que también se detuvo en noviembre de 2022. En aquel momento la causa de la interrupción fue la falta de harina, no de electricidad, aunque tampoco faltaban los apagones.
«Ya no hay hostias a la venta», anunciaron entonces en un mensaje que circuló también en las redes eclesiales. «Hemos estado trabajando con la poquita harina que quedaba y ya lo que había de reserva ha llegado a su fin». Además, abrieron una línea telefónica para quien quisiera donar harina o dinero. Cientos de fieles dentro y fuera de Cuba las ayudaron, pero ahora la situación es distinta y no podrá resolverse con la solidaridad del exterior.
Las carmelitas descalzas, una orden religiosa que vive en la más estricta pobreza, no suelen tener comunicación con el exterior. Se trata de una comunidad que vive en clausura. Los cubanos solo tienen la posibilidad de verlas tras las rejas de la iglesia del monasterio, cuando se celebra misa. Solo se dirigen al público cuando hay un asunto de extrema gravedad.
Contactadas por elTOQUE, a través de un sacerdote intermediario, su respuesta sobre la situación que están viviendo fue: «Por ahora no deseamos publicar ninguna entrevista, agradecemos su interés». Varios sacerdotes cercanos a la comunidad dieron respuestas similares.
Uno de ellos, que no desea revelar su identidad por miedo a represalias, describió el complejo proceso que está enfrentando la recogida de obleas en La Habana, disminuida —por ahora— a un tercio de lo que antes se recibía. La «cuota», aseguró, está muy mermada y es de esperar que siga disminuyendo.
La situación, tanto de las religiosas como del clero, es de «agotamiento», por una parte, y de crispación por la otra. La Iglesia católica está en el centro de la tensión diplomática entre Cuba y Estados Unidos, y es considerada por Washington como uno de los pocos mediadores confiables para mandar ayuda a la isla. Esto ha colocado a los obispos cubanos en una posición delicada frente al régimen.
Como la mayoría de los cubanos, las carmelitas descalzas solo cuentan con dos horas de electricidad al día. Una fuente de la Arquidiócesis de La Habana asegura a elTOQUE que han comenzado también algunas obras de construcción y reparación del edificio. Como la fabricación de hostias, estas obras también han tenido que parar temporalmente.
Muchos sacerdotes han pedido a personas que salen de Cuba a Europa o Estados Unidos que compren paquetes de hostias y los lleven a la isla. En España, un paquete de 500 obleas litúrgicas no suele superar los diez euros. En Estados Unidos se puede adquirir una cantidad similar por alrededor de 20 o 30 dólares. Otra opción, a mediano plazo, es la instalación de paneles solares que provean de electricidad a las máquinas y planchas de las hermanas.
Para hacer las hostias —según un pequeño documental que publicó la comunidad el año pasado—, las carmelitas descalzas utilizan una batidora eléctrica de gran formato, en la cual elaboran una especie de masa líquida. También cuentan con una prensa mecánica, que da forma circular a las obleas, cuando la masa se enfría y se estira. Sobre una mesa, tres hermanas hacen luego una suerte de control de la calidad, y separan las hostias rotas. Las guardan en cajas de zapatos, con capacidad para 20 000 o 30 000 obleas.
De acuerdo con otro documental filmado en 2017 por el realizador español David Moncas —en secreto y desafiando la prohibición de las autoridades—, las monjas eran capaces de producir lotes mensuales de 1 000 000 hostias para todas las parroquias de la isla.
La lentitud y laboriosidad del proceso sería agobiante para cualquiera, pero ellas lo consideran un ejercicio de meditación. Hay una prensa para las hostias de diámetro más grande —que en las misas solo consume el sacerdote— y otra para confeccionar las pequeñas, que se distribuyen entre los asistentes a la misa.
En 2022, cuando las monjas hicieron su anuncio, entrevisté a un experto en Derecho Canónico, el sacerdote español Jose Luis Pueyo, que vivió en Cuba durante varios años. Pueyo aseguró entonces que habría que partir las hostias a la mitad para que alcanzaran, una medida que tendrá que volver a implementarse hasta que se reanude la producción.
Por la forma y los materiales usados en Cuba, las hostias no pueden guardarse durante mucho tiempo. Los obispos recogen cada mes las hostias en El Vedado —con el pago ayudan a la autosuficiencia del monasterio—, y luego los sacerdotes acuden a los obispados de cada provincia a recoger su parte del suministro. El vino de la misa, por otra parte, se trae del extranjero.
¿Qué otra alternativa hay? Según Pueyo, utilizar pan normal, siempre que sea de harina de trigo sin ninguna mezcla. «Eso es imposible en Cuba», admitía entonces el cura. Además de los católicos, otras denominaciones cristianas, como los evangélicos, los anglicanos y los ortodoxos utilizan hostias para sus celebraciones. En un país pequeño como Cuba, también ellos iban a los obispados a comprar obleas.
La rutina de las monjas carmelitas —una española y varias cubanas, mexicanas y venezolanas, algunas de ellas nonagenarias— es la misma desde hace décadas. Al menos hasta 2015, cuando empezaron a subir videos de su vida cotidiana a YouTube, utilizaron una vieja cocina de gas, bastante destartalada, en la que una tubería expuesta alimentaba varias hornillas. En una grabación se ve cómo una hermana cocina a la plancha unos pimientos. Estos vegetales, como no pocos de los que se consumen en el convento, provienen de la huerta que trabajan las propias monjas. Allí hay también un platanal en miniatura, un gallinero e infinidad de macetas.
El monasterio de las carmelitas ocupa tres cuartos de una cuadra de El Vedado, entre las calles 20 y 22, no lejos del Almendares. El resto de la manzana la ocupa la sede de la Conferencia Episcopal, de modo que los obispos cubanos están generalmente al tanto de lo que ocurre con sus vecinas.
Usan poca electricidad, porque su día está dividido —siguiendo la costumbre medieval— desde el amanecer hasta la puesta del sol. Además de las luces del monasterio, tienen un piano sintetizador que utilizan para acompañar la liturgia y algunos ventiladores. Lo demás, desde los relojes hasta las campanas con las que marcan las horas del día, es lo mismo que llevan usando desde los años 50. Probablemente antes. En la entrada del convento, junto a las llaves, hay un cartel: «Silencio».






