En una operación de prestidigitación inmobiliaria, recién aprobada unánimemente por la Comisión de la Ciudad de Miami, se han concertado a la vez una compra, una pérdida, un rescate y un trasplante. El multimillonario Ken Griffin, a quien debemos también que usted pueda ir al PAMM por un tiempo a ver su impresionante colección de pinturas de Jean-Michel Basquiat, ha comprado la casita neoclásica de 121 años donde hoy día radica el Dade Heritage Trust, y que antes fuera la oficina médica del primer doctor que tuvo Miami, James Jackson. Esta era la última propiedad en la cuadra que le faltaba a Griffin por poseer, y ya la tiene. Los preservacionistas también respiran porque al menos la reliquia histórica no será destruida, sino que la moverán a otro sitio y todavía podrán usarla como su lugar de operaciones.
No es la primera vez que esta joyita arquitectónica es desplazada de un lugar a otro. Ya había sucedido por voluntad de Jackson, quien llegara a Miami invitado oficialmente por el magnate Henry Flagler, el mismo que expandiera el ferrocarril hasta acá y levantara su primer gran hotel. El doctor Jackson le compró inicialmente un lote de tierra a Julia Tutle en lo que más tarde se llamaría Flagler Street; en él se construyó en 1899 una casa familiar, y unos años más tarde lo que fue su consulta y salón de cirugías. Pero la tierra en esa zona del downtown iba adquiriendo gran valor comercial y el doctor decidió sacarle provecho. Por lo que he logrado saber, en el espacio que dejó la casa se construyó lo que se conoció como el Olympia Teather, otro landmark con sus propios vaivenes de sobrevivencia. El doctor, queriendo conservar las dos viviendas, las mudó por tierra y por mar a lo que se llamaba entonces Southside, hoy Brickell.
La primera casa familiar del doctor Jackson no tuvo la misma suerte que su oficina, que aunque trashumante, ha perdurado hasta hoy. En el único audiovisual que realizó el cineasta Nicolasito Guillén Landrián en Miami, Inside downtown, pueden verse algunos detalles del interior y exterior de la casa. En una de las intervenciones de Silvia Sarasua, amiga de tantos escritores y artistas cubanos en esa época, cuenta cómo la casa fue traída hasta ahí usando unos aparatos que son como muelles. Hay un contraste entre la intimidad doméstica del mundo de Sarasua, donde la cámara hace zoom sobre las imágenes budistas que descansan en la chimenea, cerca de las cuales ella no quiere que su amiga baile, y el espacio exterior donde unas grúas se elevan como ineludibles presagios por detrás de su cuerpo mientras habla.

Casa y oficina del Dr. Jackson.
Aunque nunca se menciona en el documental, pero mi amigo el pintor y escritor Alejandro Lorenzo me lo ha corroborado porque él vivió allí en los últimos años de la década de los noventa, al lugar se le conocía como «la casa del doctor Jackson» y en ella solían rentarse inmigrantes de todas partes de Latinoamérica. El dueño era un griego de nombre Basilio. Situada en el 186 SE 12th Terrace, allí hoy se levanta un condominio llamado Solaris, con el que Tarkovsky no tiene que ver, aun cuando Miami se nos va llenando de memorias y de muertos que van o que regresan. Mi amigo Alejandro trabajó en el portal de la casa algunos de sus murales en madera policromada, que fueron a parar a otras paredes, otras vidas. Fueron sus amigos Orlando Polo, el activista y ecologista ya fallecido, y su esposa Menchy, quienes ya vivían allí, los que lo invitaron a rentarse en ese espacio. Vivimos tiempos felices, me dice mi amigo. Podíamos ir hasta el mar fácilmente. Caminaban por el barrio, que aún no era completamente el paraíso artificial super lujoso que ha devenido hoy.
La casa fue sentenciada a morir en 2001. Luis Penelas, activista y preservacionista nacido en Cuba y llegado a Miami con 7 años, hermano del entonces alcalde de la ciudad, Alex Penelas, hizo historia local queriendo salvar el sitio histórico. Esto puede leerse en su obituario: It was June 2001 when Penelas leapt in front of a bulldozer demolishing the 1899 downtown Miami home of Dr. James Jackson —the man for whom Jackson Memorial Hospital is named— when the crew inadvertently damaged the Heritage Trust building…. The trust had fought, unsuccessfully, to preserve the Jackson home. Con esa acción, despareció ese mundo de espacio diferente y renta accesible. ¿Quedará otra evidencia de este lugar, aparte de algunas fotografías y el documental de Guillén Landrián?
Cuando llegué a Miami en 2006, escuchaba decir que a esta ciudad la habían levantado los cubanos. Hoy día sé que decir eso es una pretensión de absolutismo más que un axioma, pero me da gusto ver que entre una bulldozer y otra ha habido coterráneos buscando salvar la memoria de una ciudad que, como alguna vez ya dije, se vende al mejor postor.
En breve, Solaris, el imponente edificio de 22 pisos y apenas 20 años de terminado y que casi le cuesta la vida al valiente Penelas, será arrasado para levantar otra torre. Con más de 50 pisos, la mole ha sido diseñada según el deseo del dueño de Citadel y de los hermosos Basquiats. Esperemos a ver qué nuevo pedazo de tierra acogerá la oficina del primer médico que vivió en esta urbe, donde atendió a tantos pacientes, hizo cirugías y fundó un hospital que bautizaron «El Alamo», pero que desde su defunción lleva su nombre, y donde van los enfermos más pobres de la ciudad, los que menos tienen.
Silvia Sarasua, quien fuera gran activista de la causa del pueblo tibetano e hiciera votos de pobreza en vida, murió en Miami en 2021, y sus cenizas se dispersaron en el mar. Su vida, la historia del Tibet, de los cubanos, de la casa del doctor Jackson y su oficina, y hasta la vida del multimillonario Griffin, como bien recuerda el budismo, están regidas por la impermanencia. Mientras, Miami sigue demostrando que de todas las cirugías son las plásticas las que más le importan, y que su dios más venerado sigue siendo el dinero.





