Desde los ventanales del restaurante Windows on the World se podía ver todo Manhattan, la confluencia del río Hudson y el East River, además de Ellis Island y la Estatua de la Libertad. Hay una foto famosa en la que los clientes miran el Empire State Building a través del cristal, maravillados. A las 8:46 a. m. del 11 de septiembre de 2001, mientras se servía el desayuno, el vuelo 11 de American Airlines impactó contra la Torre Norte del World Trade Center, donde estaba el restaurante. 20 minutos después, a las 9:03 a. m., otro avión destrozó la Torre Sur.
El abogado y coleccionista cubano Emilio Cueto iba a comer con frecuencia a Windows on the World. La vista de la ciudad, desde los 400 metros de altura del restaurante, le parecía «incomparable». 25 años después del atentado más brutal de la historia de Estados Unidos, no hay manera de que olvide lo que pasó la mañana de ese martes. «Ese fue mi barrio desde 1969 a 1992», dice. «No podía creerlo».
Además de los dos aviones que se estrellaron contra las Torres Gemelas en Nueva York, los terroristas de Al Qaeda que orquestaron la operación dirigieron otra aeronave contra el Pentágono, cerca de Washington. Un cuarto avión, después de un forcejeo entre la tripulación y los secuestradores, cayó a campo abierto en Pensilvania. Como resultado de esos cuatro ataques murieron 2 996 personas.
Cueto ya no estaba en Nueva York sino en Washington cuando Al Qaeda atacó. A las 9:00 a. m. abordó el metro para ir a la oficina. No vio las noticias ni estaba cerca de algún televisor. Había una gran multitud y fue difícil salir del subterráneo. Cuando por fin logró llegar a la calle preguntó qué había pasado. «Atacaron el Pentágono», le respondió un transeúnte.
Todo el mundo estaba en pánico, tratando de volver a sus casas. Cueto hizo lo contrario. Cuando pudo entrar a su oficina se encerró y encendió la computadora. Habían caído las torres y alguien, no se sabía entonces quién, había arremetido contra el Pentágono. Descolgó el teléfono y trató de hacer unas llamadas, pero las líneas estaban colapsadas. Tenía muchos amigos en Nueva York.
«Abrumado y entristecido recordé las muchísimas veces que había estado en las Torres Gemelas. Trabajé en el Bajo Manhattan durante muchos años», dice Cueto a elTOQUE. «En el lobby de uno de los edificios había adquirido billetes de teatro para los espectáculos de Broadway en docenas de ocasiones». Después de aquella mañana, Windows on the World —que ya había cerrado una vez, durante otro atentado al World Trade Center en 1993— no volvería a abrir. Ahora harán una película sobre aquel último desayuno.
Entre los siete cubanos que murieron aquel día en los atentados estaba el hijo de un compañero de universidad de Cueto. «Pensé en las tantísimas personas que sufrieron pérdidas terribles», afirma. «Yo pude haber sido una de ellas».
En 1982, Cueto recibió una oferta de trabajo de una compañía española que operaba en una de las torres. «No acepté aquel trabajo», recuerda, «y entonces pensé cómo la vida no es sino una serie de decisiones tomadas con información incompleta».
Una parabólica en Las Villas
A más de 2 000 kilómetros de Nueva York y a 660 de la base naval de Guantánamo —donde fueron encerrados muchos terroristas implicados en los atentados—, en Camajuaní, Villa Clara, la psicóloga Juana María Salazar también vio la caída de las torres por televisión.
Un amigo con acceso clandestino a Internet —era Cuba en 2001, al fin y al cabo— le había avisado a la familia. Salazar fue inmediatamente a casa de otro amigo, con señal también clandestina de la televisión estadounidense. «Recibimos la información gracias a una antena parabólica», recuerda. «Pero en la televisión cubana pusieron las imágenes en el noticiero a poco tiempo de suceder, muy bien detalladas, como nunca nos llegaban las noticias del acontecer del mundo».
«Me parecía mentira que aquello estuviera pasando», añade. «En la casa ya no se hizo más nada que tratar de informarnos sobre ese terrible acontecimiento. En poco tiempo comenzaron a darlo por las noticias, la angustia y el miedo fue lo que predominó en mí. Muchos de nuestros amigos sintieron el dolor por el gran número de personas que perdieron sus vidas. Se reunió un pequeño grupo en la casa y había también mucha incertidumbre. Las imágenes que pudimos ver eran aterradoras».
Profesora de latín y griego en la Universidad Central de Las Villas, la doctora Susana Carreras viajaba de vuelta a su casa cuando supo lo que había pasado. Había tenido clase a primera hora y regresaba temprano, a las diez de la mañana. «Cuando llegué a la casa de mi hermano, estaban él y varios vecinos sentados en el portal en silencio, muy tristes e impresionados. Con ellos me enteré. Parece un hecho simple, pero no se me olvidan los ojos y la tristeza de aquellos hombres».
Como Cueto, como Salazar, como miles de personas, su reacción ante las imágenes de las Torres Gemelas fue la incredulidad. «Todavía me inspira gran compasión una imagen que han repetido muchas veces de alguien que se tiró de una de las torres, huyéndole al fuego», asegura. «Unos años después estuve en Estados Unidos y mi hermano me contó que, cada vez que se oía un avión volando bajito, la gente enmudecía y miraba con terror al cielo».
El escritor Gerardo Fernández Fe aún estaba en La Habana cuando todo ocurrió. Acababa de ser padre por segunda vez. Vivía de noche y dormía de día. Por la mañana, cuando el noticiero cubano empezó a transmitir las imágenes, su esposa lo despertó. «Ella estaba muy nerviosa, muy preocupada», cuenta. «Me tiré de la cama y fui al televisor. Estaban transmitiendo el ataque en vivo».
«Tengo la sensación, muy extraña, de que los presentadores, siguiendo directrices del Gobierno, tenían un discurso de “se lo buscaron”. El criterio que predominó, incluso en mi familia, era que los americanos llevaban tanto tiempo haciendo daño que aquello se lo habían buscado. Han pasado 25 años. ¿Qué me queda de esa época? La incertidumbre, me cortaron el sueño, me quedé prendido al televisor».
Desde Madrid —ciudad que sufriría atentados yihadistas poco después, en 2004—, el doctor Antonio Guedes coincide con Fernández Fe en que hubo radicales que «se alegraron» del 11 de septiembre, «porque le pasó a los yanquis». Asombro, incredulidad, rechazo, esas son las impresiones que recuerda Guedes. «A partir de ahí, cambiaron muchos hábitos, entre ellos en el transporte, principalmente el aéreo».
A las 9:59 a. m., la estructura de la Torre Sur colapsó. Media hora después lo haría la Torre Norte. El presidente George Bush, que estaba en una escuela en Florida, fue trasladado a Luisiana y allí declaró el estado de alerta en todo el país.
Pocas horas después, Fidel Castro subió a la tribuna de la Ciudad Deportiva para dirigirse a unas 12 000 personas. Quería hablar de dos temas: la reinauguración de la Escuela Formadora de Maestros de La Habana y la catástrofe del 11 de septiembre. «Hablaré primero de la escuela», dijo.
«Nada nos inquieta, nada nos intimida»
Los cubanos nunca habían tenido un acceso tan directo a la información internacional como el que tuvieron el 11 de septiembre de 2001. Era una excepción, como Fidel Castro se apresuró a admitir en su discurso en la Ciudad Deportiva. Había pasado muy poco tiempo desde el ataque, el mundo estaba conmocionado —también la isla—, pero el caudillo comenzó el acto con chistes. «Hagan un esfuercito», pidió a los que no lo escuchaban bien en las gradas más alejadas del estadio.
Hizo otro comentario jocoso sobre «el famoso premio Grammy», al cual estaban nominados en 2001 varios cubanos, entre ellos Chucho Valdés, Omara Portuondo e Isaac Delgado, por lo cual el Gobierno envió una delegación oficial (acabaron ganando, por cierto, Celia Cruz y Paquito D’Rivera). Como muchos cubanos, también Fidel estaba «descansando», según reveló, cuando llegaron los cables sobre los ataques en Nueva York.
«Medida tomada de inmediato fue solicitar al ICRT [Instituto Cubano de Radio y Televisión] que trasmitiera, de forma rigurosamente exacta, e incluso utilizando programas de las televisiones norteamericanas, las noticias de lo que estaba ocurriendo allí, y después esperar», se felicitó el caudillo. «El acto no pensábamos suspenderlo ni podía suspenderse a pesar de la tensión internacional».
La transmisión no fue en vivo, como se desprende de las palabras de Castro, pero su inmediatez era inédita. La grabación del noticiero, que hubiera sido muy valiosa para conocer la reacción de presentadores y periodistas, no está en YouTube ni tampoco en las plataformas digitales del Estado.
Castro resumió las «escenas tremendas» puntillosamente. Describió los acontecimientos de una manera tan plástica que quien lea el discurso hoy no puede dejar de estremecerse. No señaló a los culpables por su nombre, sino al terrorismo de forma general. Terrorismo que —en sus palabras— Cuba había sufrido primero que Estados Unidos, por lo que la isla comprendía mejor que Bush lo que había pasado en Nueva York. De hecho, ofrecía ayuda médica «en la medida de sus modestas posibilidades».
Advirtió que en Cuba «jamás se ha sembrado odio contra el pueblo norteamericano». Pero «quisimos», dijo, «que nuestro pueblo viera las escenas y contemplara la tragedia».
Al fin y al cabo, aseguraba que los secuestros aéreos los había sufrido Cuba primero que cualquier país. Luego se habían convertido en una «plaga universal» por culpa de Estados Unidos. Orgulloso de su servicio de inteligencia, Castro se permitió afirmar que La Habana estaba mejor informada sobre los movimientos terroristas mundiales que Washington. Alegaba que en Estados Unidos había cientos de grupos extremistas listos para atacarlos. «A veces se han encerrado en un lugar por alguna razón, se han dado candela, se han muerto todos», explicó. «Mentalmente, deben estar mucho más cerca de la locura que de una inteligencia equilibrada».
Los agresores, añadió Castro en una de sus divagaciones más escalofriantes, eran gente preparada, organizada y sincronizada. Había pilotos capaces de manejar un Boeing. Sabían que esa hora, las nueve de la mañana, era la mejor para una agresión.
«Nadie sabe el daño que pueden hacer grupos pequeños, de 20, 25 o 30 personas fanatizadas, o comprometidas con determinadas ideas, y el lugar donde más daño pueden hacer es en Estados Unidos», dijo. Eran los métodos del terrorismo yihadista, pero Castro subrayaba que «no había ningún elemento de juicio para afirmar quién pudo poner esas bombas». Desvariaba: no había bombas en los aviones.
Lo que más le preocupaba era la respuesta de Bush. «Es muy importante saber cuál va a ser la reacción del Gobierno de Estados Unidos. Posiblemente vengan días peligrosos para el mundo, no estoy hablando de Cuba. Cuba es el país que más tranquilo está en el mundo», dijo. «Nada nos inquieta, nada nos intimida».
Ya desde entonces se comentaba una posible implicación de Cuba, según Fidel. Confiaba en que «nadie le va a hacer el menor caso». Sugería a Washington —y la sugerencia sonaba a todo menos a eso— que fueran «serenos» y que no se lanzaran «a cazar gente».
Ese mismo día, en el Aeropuerto Internacional José Martí, el entonces canciller Felipe Pérez Roque desmentía cualquier implicación de Cuba en los atentados. Aliados cercanos de Yasir Arafat, presidente de la Autoridad Nacional Palestina —que estuvo entre los sospechosos iniciales— y de otros líderes islamistas, los jerarcas cubanos negaban el «involucramiento» de La Habana.
«Creo que no hay que referirse a ello y espero que a nadie le pase por la cabeza semejante barbaridad», remató Pérez Roque.
Epílogo: la Reina de Cuba
Diez días después de los atentados, el 21 de septiembre de 2001, fue arrestada en Estados Unidos la espía Ana Belén Montes. Trabajaba como analista de inteligencia en Washington y llevaba casi dos décadas enviándole información clasificada a Fidel Castro. La habían capturado con 44 años. Fue liberada hace tres.
El 7 de enero de 2023, entrevisté al agente del FBI que la detuvo, Pete Lapp. En los días posteriores al atentado, me explicó Lapp, las redes cubanas de espías llevaban días desesperados por conseguir los planes de Estados Unidos contra Afganistán. La guerra se olía en el aire. Bush había prometido que no se haría distinción entre los terroristas y quienes les protegieran o dieran refugio. La invasión comenzó el 7 de octubre de 2001.
Ana Belén Montes casi logra enviar esos planes militares a La Habana. «Castro iba a pasarle esa información a su gente en Afganistán. Con los datos que Ana estuvo a punto de enviarle, se hubiera enterado del nuevo estilo de guerra que estaba a punto de lanzarse. Por suerte, actuamos a tiempo».
«Montes creía», dijo Lapp, «que después de atacar Afganistán íbamos a invadir Cuba».




