Aldeano yo

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Foto Alain Gutiérrez
Foto Alain Gutiérrez

Aquel era tu edificio y aquel que iba subiendo la escalera era yo como una fotocopia tuya con una pila de canciones en la libreta y una pila de pelos que querían ser dreadlocks y agradarte. Aquella puerta en aquel tercer piso era un portal al mundo de mis nervios y era toda mi envidia hacia tu forma de despertarte a las dos de la tarde en aquel cuarto con puerta hacia el baño y carteles de Pare organizados y fotografías en las paredes, por ejemplo, de tu boda y tus conciertos, de tus amigos, con versos regados que se te ocurrían y que escribías en las paredes con letra grafiti; mi envidia a todos esos papeles en la gaveta abierta que yo soñaba con haber escrito.

Aquella computadora culona, blanca, con íconos horizontales en la parte superior de la pantalla era el laboratorio del que salía casi todo lo que amé en mi adolescencia, es decir, casi todo lo que amaba en aquel momento en que estaba sentado, después de presionar despacio el timbre y de que abrieras con los dreadlocks sueltos y sin pulóver, con tatuajes nuevos —los había cada vez que nos veíamos—, me pusieras el puño para que chocara el mío y me invitaras a pasar, al lado tuyo, temblando.

Me conocías poco. Me habías visto diez o 12 veces sentado a la orilla del escenario del Karachi cuando tenías peña, o sentado cerca del escenario en el Barbarán cuando tenías peña, esperando que encendieras un cigarro para pedirte fósforos. Me habías visto furioso, excitado, gritando tus partes de las canciones, creyéndomelas.

No sabías, por ejemplo, que cuando tú empezabas en el rap yo empezaba la escuela secundaria y que por ti usaba pantalones anchos, camisa ancha, los zapatos grandes. No sabías que me habías vuelto rebelde y que mi rebeldía consistía en sublevarme contra la idiotez de mis profesores, que tenían tu edad y no sabían hechizarme, que no entendían que el hecho de que cuestionara todo, el gobierno, las clases, y saliera a fumar en medio del turno era mi forma ingenua de ser como tú, que era, en aquel tiempo, ser como yo, y no sabían que calcarte era también sentarme por las noches a leer y a escribir y a ver películas y a todo lo que pudiera aumentar mi vocabulario para hacer canciones mejores, parecidas a las tuyas, y después no supieron que la Lenin era también mi forma de aprender a escribir, ni que mis novias Danae e Ivis eran Danae e Ivis porque tus novias, las que mencionabas, se habían llamado Danae e Ivis. No sabían que yo estaba creciendo pegado a ti.

Tú eras como un periódico. Yo te escuchaba y veía mi barrio, que era mi país: peleas de perros, la policía, mi mamá, mi abuela, los árboles, la esquina, las paradas, mis tres amigos, el dominó, la guagua, mi padre en un país por ahí, lejos, las puñaladas, el hambre, el turismo, la televisión, mi habitual tristeza, mis decisiones. Y yo me sentaba por las madrugadas a contar todo eso, a desahogarme.

Aquella tarde, Aldo, yo tenía diez dólares que me había regalado mi abuela. Tú vendías cada background a cinco porque tenías un hijo al que alimentar. Yo no necesitaba más dinero que un dólar semanal para ir al Karachi. A ti te perseguía la Seguridad del Estado por tus textos, por tu actitud; la policía, a veces, se parqueaba en los bajos de tu edificio, te despertaba. A mí la policía me pedía el carné todas las noches en el Parque G y me resultaba incómodo.

Aquella tarde te compré dos backgrounds, fumé contigo, te escuché improvisar y me sentí como Hércules frente a Zeus, hipnotizado. Han pasado 12 años por lo menos y aquí estoy, escuchándote nervioso, viendo un retrato nuevo de este país en tus canciones viejas. Mírame, Aldo, estoy que me despierto a las dos de la tarde en este cuarto con puerta hacia el baño y fotografías en las paredes, enciendo mi computadora negra, pantalla plana, y escribo —sin música, obsesivamente— lo que veo, el barrio, el país. Mírame, Aldo, con mis cinco tatuajes y sin dreadlocks, cómo paso madrugadas despierto para que a mi hijo no le falte comida. Mírame con esta letra electrónica. Ay, Aldo, acabé siendo un periódico triste al que sigue la Seguridad del Estado aunque jamás y nunca he roto un yale.

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