Veronika Nováková, una checa de 38 años, intenta reconstruir la imagen y la historia de su padre. No recuerda su voz ni su risa ni los abrazos. Todo lo que conoce sobre él ha sido a través de los relatos de su madre, de fotografías de cuando ella era bebé y de unos pocos datos que ha logrado conservar durante casi cuatro décadas.
«Mi mamá me ha contado cómo mi padre lloró sobre mí en la cuna cuando se marchaba, y le dijo que le enviaría una visa para que pudiéramos reunirnos con él [en la isla], pero después perdimos el contacto».
La ausencia de su padre ha estado presente en la vida de Veronika desde que él regresó a Cuba desde Checoslovaquia en 1990. «Es increíblemente difícil de sobrellevar», confiesa. «Llevo viviendo con ello toda la vida y mi padre me ha hecho mucha falta».
Desde hace años lo busca. Ha escrito y llamado a la Embajada de Cuba en Praga, ha contactado con instituciones cubanas y ha agotado prácticamente todas las vías oficiales, pero la respuesta que obtuvo fue tan escueta como desalentadora: las autoridades de la isla le confirmaron que su padre ya no vive en Cuba, pero no pudieron decirle dónde está.
«No busco causar ningún problema. Solo quiero encontrar a mi padre, conocerlo y saber que está bien».
Sin más pistas, decidió hacer pública su historia. Hoy, busca ayuda en redes sociales y contactó a elTOQUE con la esperanza de llegar a su padre o a alguien que reconozca a este trabajador cubano que vivió en la región checa de Ústí nad Orlicí a finales de los años ochenta.
El amor en los tiempos del CAME
Según su pasaporte, Leonel Rodríguez González nació el 4 de julio de 1964 en La Habana. Tendría hoy 62 años.
Tras cumplir los 23 años, el 12 de agosto de 1987, salió por primera vez de Cuba y llegó a la entonces Checoslovaquia como uno de los miles de trabajadores cubanos enviados a ese país. Trabajó en la fábrica textil Perla, en Hylváty, una pedanía de Ústí nad Orlicí.
Allí conoció a Renata, la madre de Veronika. Ambos trabajaban en la misma fábrica, se enamoraron y convivieron durante aproximadamente dos años. En 1988, nació la niña.
Leonel estaba feliz con su hija, le contó Renata, quien siempre le habló de su padre con admiración. Decía que era un hombre inteligente, con talento para diseñar casas y que, aunque trabajaba en una fábrica textil, hacía propuestas y bocetos para mejorar las cosas. Fue él quien eligió el nombre para su hija.
«Creo que la persona que soy también la heredé de él y de su familia», dice Veronika.

Veronika de pequeña / Fotos: cortesía de la entrevistada.
Su aspecto también permanece vivo en la memoria de su madre. Lo describe como un hombre muy alto, con unos brazos enormes, barba, cabello oscuro y la piel morena.
Renata también recuerda pequeños detalles que el paso del tiempo no ha borrado: que Leonel compró una motocicleta en Checoslovaquia y después se la llevó a Cuba; que tenía dos hermanas, una de ellas llamada Marlin, de quien hablaba con frecuencia; y que mantenía amistad con otros cubanos de nombres Andrés, Luis y Edina.
La vida de Renata no fue fácil. Tenía apenas 18 años cuando quedó embarazada. Los abuelos, Jaroslav y Jaroslava, nunca aceptaron que el padre de la niña fuera cubano y reaccionaron con tal enfado que ella tuvo que abandonar la casa familiar.
El 22 de octubre de 1990, Leonel regresó a Cuba. Veronika creció sin su abrazo en Ústí nad Orlicí. Su madre sigue viviendo allí y ella reside muy cerca.
Trabajadores cubanos y la cooperación socialista
La historia de Leonel y Renata no fue una excepción en aquella época. Durante las décadas de 1970 y 1980, tras un acuerdo firmado en 1978, miles de jóvenes cubanos fueron enviados por el Estado a la entonces Checoslovaquia para trabajar o formarse en el marco de la cooperación entre los países socialistas.
A mediados de los años ochenta residían allí alrededor de 5 000 trabajadores cubanos y, al final de la década, la cifra se aproximaba a los 10 000. En total, se calcula que 23 000 personas participaron en el programa.
Investigaciones recientes de la historiadora checa Hana Bortlová-Vondráková —que documentan precisamente esas migraciones laborales de trabajadores cubanos en Checoslovaquia y Hungría— explican que los acuerdos bilaterales no solo regulaban el trabajo, sino también aspectos de la vida cotidiana y la interacción social.
Aunque la convivencia con la población local era inevitable, las autoridades cubanas trataban de controlar esos contactos y desaconsejaban las relaciones sentimentales. Aun así, muchas parejas se formaron y nacieron hijos de esas uniones.
Tras la Revolución de Terciopelo de 1989 —que puso fin al régimen comunista en Checoslovaquia— la mayoría de los trabajadores debieron regresar a Cuba, por lo que muchas de esas familias quedaron separadas. La ulterior división del país en Chequia y Eslovaquia, la desaparición del campo socialista y sobre todo el inicio del Período Especial en Cuba, agravaron más la situación: las comunicaciones eran difíciles, viajar resultaba prácticamente imposible y numerosas historias como la de Leonel y Renata terminaron perdiéndose entre países que, de un día para otro, dejaron de pertenecer al mismo mundo.
La ilusión de un reencuentro
Durante años, Veronika ha tratado de reconstruir el rastro de Leonel y sus esperanzas se centran ahora en quienes hayan podido conocerlo o saber qué fue de él.
Cada intento por encontrarlo le devuelve un poco de esperanza, pero hay días en los que la emoción la desborda y se repite las preguntas que nunca ha conseguido responder. «No entiendo por qué no me está buscando. Yo solo quisiera saber que está bien».
Esa incertidumbre es la que la empuja a seguir intentándolo una y otra vez y ahora confía en que este reportaje la ayude a dar con él. «Me dan ganas de llorar cuando pienso que algún día podría encontrarlo. No hay nada que quiera más que abrazarlo y que conozca a Natalie, su nieta de 9 años. Él es parte de nosotros».




