El 24 de abril de 2026, la dirección de la escuela primaria Vo Thi Thang, en La Habana, notificó a Drialis Yasmín Agüero Quesada que la docente a quien había denunciado por maltrato escolar contra su hija quedaba separada definitivamente del grupo y tenía prohibido acercarse a la niña. La decisión se produjo tras varias reclamaciones ante las autoridades educativas, la mediación de la Embajada de Angola y la presentación de un informe psicológico que advertía daños emocionales severos.
¿Qué tuvo que ocurrir antes de que la escuela actuara? La historia no comienza con la resolución, sino con años de maltrato verbal, presión psicológica y una respuesta institucional que, lejos de poner en primer lugar a la menor, tardó en garantizar su protección.
El punto de quiebre en sexto grado
La escuela primaria Vo Thi Thang, ubicada en el municipio habanero Playa, ha sido exhibida durante años como vitrina de la relación entre Cuba y Vietnam; el oficialismo la describe como un «centro de referencia» y es frecuentemente visitada por delegaciones extranjeras y altos funcionarios.
Sin embargo, detrás de la imagen institucional existe otra realidad. Drialis Yasmín Agüero Quesada —socióloga de formación, extrabajadora social y máster en Desarrollo Comunitario— denunció que su hija llevaba al menos tres cursos enfrentando «maltrato verbal y psicológico dentro del aula».
La madre sostiene que en 2026 no fue la primera vez que acudió a la dirección de la escuela. Ya había advertido en cursos anteriores sobre el trato de la maestra hacia su hija y sobre el impacto que esa relación estaba teniendo en la menor. Sin embargo, nada cambió: la docente siguió en el aula y la niña fue empeorando. Solo después de un episodio ocurrido a finales de marzo, su más reciente denuncia escaló a otras instancias, involucró a las autoridades educativas y a la Embajada de Angola, y concluyó con la separación de la maestra del grupo.
Ese episodio ocurrió frente al aula, en medio de una prueba de Lengua Española. Le arrancaron la hoja del examen de las manos. Segundos después, la niña rompió a llorar. Tiene 11 años y cursa sexto grado. Según el testimonio de Agüero Quesada, lo sucedido el 31 de marzo de 2026 no fue un hecho aislado, sino el punto de quiebre de una situación que llevaba años acumulándose.
La menor, hija de madre cubana y padre angolano, había escrito una composición durante la prueba. Según relata a elTOQUE su madre Drialis Yasmín, «la maestra del grupo entró al aula con la idea de ayudar a sus niños», en referencia —según su denuncia— a estudiantes favorecidos dentro del grupo.
Al revisar el examen de su hija, se molestó porque el texto no reproducía una composición sobre la figura del Che que, afirma la madre, la docente había dictado previamente en clase.
«Se abalanzó sobre la niña en un tono descompuesto, le dijo que su composición estaba mal, muy corta, y no decía lo que ella había dicho sobre el Che. Le retiró de manera abrupta la hoja del examen para obligarla a repetir la prueba», aseguró la madre.
La niña comenzó a llorar en medio del aula.
Otra docente se acercó para preguntar qué sucedía. Según el testimonio materno, la respuesta fue: «déjala llorar, ella llora de impotencia».
Lo sucedido es también una muestra de cómo el adoctrinamiento político en las escuelas cubanas puede sobrepasar el terreno de la instrucción y derivar en mecanismos de presión y castigo. Cuando se exige a una niña repetir, casi de forma literal, un discurso sobre una figura política, y se le humilla públicamente por no hacerlo, la enseñanza deja de ser formación para convertirse en una forma de coacción con secuelas emocionales demostrables.
Un patrón de maltrato sostenido
Un informe psicológico realizado por una especialista del Policlínico Docente de Playa, con fecha 3 de abril de 2026, y al que elTOQUE tuvo acceso, refuerza esa versión.
La psicóloga atiende a la niña desde que cursaba el cuarto grado e hizo un informe resumen este mes. Evaluó a la menor y concluyó que la niña presenta un cuadro de estrés postraumático complejo en fase de descompensación aguda, asociado a «maltrato psicológico y verbal ejercido por su maestra de cuarto, quinto y sexto grado».
El documento, verificado por nuestro medio, señala que desde cuarto grado la menor desarrolló síntomas como llanto antes de ir a la escuela, dolor abdominal, crisis de angustia y negativa a entrar al aula. Aunque parte de esos síntomas habían mejorado con psicoterapia, el incidente reciente provocó una recaída severa.
«La permanencia de la niña con la misma docente que la ha humillado durante tres cursos constituye un factor de mantenimiento que ninguna psicoterapia puede neutralizar por completo», advirtió la psicóloga en sus conclusiones.
Tras el incidente ocurrido el 31 de marzo durante el examen de lengua española, Drialis Yasmín acudió a la dirección del centro, denunció la actitud de la maestra y exigió su separación del aula, como había hecho en ocasiones anteriores. Esta vez, también comunicó lo ocurrido a Educación Municipal en Playa y a Educación Provincial en La Habana.
La madre también sostiene que la docente se acercó a la niña en el área de juegos y la golpeó con el brazo de forma provocadora. El hecho, asegura, lo vieron otros estudiantes y adultos.
Además, la madre señala que la maestra también incidió en otros niños e incluso en algunos padres para legitimar su conducta y desplazar la responsabilidad hacia la menor y su familia. Según sus declaraciones, se promovió entre el grupo la idea de que la niña y su madre eran responsables de una posible salida de la docente del grupo por haber llevado la denuncia ante la dirección del centro, lo que terminó generando nuevas formas de hostilidad y aislamiento hacia la menor. «Le reclamaron que por su culpa la maestra ya no estaría más con ellos. Esa es una actitud promovida por adultos», denunció.
Más allá del caso individual, la denuncia apunta a un problema estructural: qué ocurre cuando una escuela, en lugar de proteger, expone a una menor a nuevas situaciones de acoso y culpabilización.
El informe psicológico descarta que se trate de una ansiedad generalizada hacia la autoridad. La niña mantiene una relación sana con otras figuras adultas del centro. El problema, concluye la especialista, es «relacional y situacional», ligado a una fuente específica de agresión sostenida en el tiempo.
Para la madre, lo más doloroso ha sido la respuesta institucional.
«La respuesta de la escuela fue echarme la culpa por quejarme, y nunca preservar la integridad de la niña», dijo.
El caso también contó con la intervención de la representación diplomática de Angola en Cuba, a solicitud del padre de la menor, quien se encuentra en ese país.
Un diplomático de la embajada acompañó a la madre a la escuela el 21 de abril de 2026 y solicitó explicaciones formales sobre la resolución del caso y sobre las medidas adoptadas para garantizar la integridad física y emocional de la niña dentro del centro escolar, según pudo confirmar elTOQUE a través de un audio del momento de la reunión.
La participación diplomática, contó la familia, se produjo después de que agotaran varias instancias dentro del sistema educativo sin obtener una respuesta que consideraran suficiente para proteger a la menor.
Para Agüero Quesada, ese acompañamiento ha sido clave para visibilizar una situación que, afirma, dejó de ser un conflicto puntual con una docente para convertirse en un problema de protección institucional.
El pasado viernes 24 de abril de 2026, la madre de la menor fue citada a la escuela, en donde se le informó que la docente fue separada de forma definitiva del grupo y no puede permanecer en el perímetro cercano al grupo de la niña.

Si una situación de este tipo puede ocurrir en un plantel exhibido como modelo (la escuela primaria Vo Thi Thang), con visibilidad pública y, además, con el respaldo de una representación diplomática extranjera, resulta inevitable preguntarse qué puede estar ocurriendo en escuelas menos observadas, con niños cubanos cuyas familias no cuentan con el mismo nivel de apoyo o capacidad exigir una resolución a favor de los menores.
Cuando una niña de 11 años desarrolla miedo de entrar al aula, pesadillas recurrentes con la figura de su maestra y deseos de «desaparecer del aula», como recoge el informe clínico, la discusión deja de ser pedagógica para convertirse en una urgencia de protección infantil.
Porque el centro de cualquier respuesta no debería ser la reputación de una institución ni la permanencia de un docente en su puesto. Se convierte en una urgencia de derechos.
Porque ninguna reputación institucional debería estar por encima de la integridad de una niña.
Esta historia personal, deja también una ruta para otras familias: escuchar a los hijos cuando expresan miedo o rechazo persistente hacia la escuela, documentar cada episodio, acudir a especialistas que puedan evaluar el impacto emocional y agotar todas las instancias institucionales sin desistir, incluso cuando la respuesta inicial sea el silencio o la culpabilización. En este caso, la madre no dejó de insistir: escuchó a su hija, buscó apoyo psicológico, denunció ante las autoridades educativas y acudió a la representación diplomática del padre de la menor hasta obtener una medida de protección. El proceso fue largo y desgastante, pero su persistencia evitó que la niña siguiera expuesta a la misma fuente de daño.
***elTOQUE solicitó comentarios a la dirección de la escuela mencionada en esta denuncia. Al cierre de esta edición, no se había recibido respuesta.








