Cancún como destino: la travesía de una madre cubana que no quería llegar a Estados Unidos

25 de agosto de 2026 a las 07:20 a. m.

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AP foto/Israel Leal

AP foto/Israel Leal

«Era sí o sí, yo tenía que salir de Cuba», dice Tania, de 32 años. Llevaba meses pensando en la idea, luego de que en julio de 2025 dos familiares viajaran a México con la intención de establecerse en el país azteca. Tania (quien solicita proteger su apellido) se quedó en la isla a cargo de sus dos hijos, un niño de 5 años y una niña de 2, en lo que definía su futuro.

Desde noviembre de 2025 vive en Cancún, Quintana Roo —la utopía del turismo masivo en el Caribe mexicano, fundada en la década de 1970 como un proyecto bancario para captar divisas—. Llegó a la ciudad en el otoño para reencontrarse con sus familiares. En La Habana, trabajaba en una farmacéutica dedicada a la producción de antibióticos.

Cinco meses atrás, el 24 de julio, su esposo Yusniel y su padre Lino habían salido de Cuba con visa de turismo rumbo a México. Aunque ella también tenía una visa válida hasta el 10 de octubre, no la usó porque no quería dejar a sus hijos en la isla «ni muerta».

«Ellos decidieron salir. Teníamos la intención de irnos por la vía que fuera, por los niños. Nos dieron la visa en abril a los adultos. Había un amigo que vino a Cancún para llevar cosas a Cuba y venderlas, ese amigo le ofreció [a mi esposo] trabajar juntos porque necesitaba a alguien de confianza», cuenta vía telefónica.

Su principal motivo para abandonar Cuba —dice— fue el estado de la educación y de la Salud. «No puedo decir que la Salud sea de las peores, mi niña estaba enferma desde los 9 meses, era una cosa tras la otra, y tuve la suerte de dar con médicos buenos. Pero si necesitas una medicina, si necesitas cualquier cosa, tienes que ver cómo la encuentras, no es que vas a la farmacia y hay. Es complicado vivir así y yo no quería depender de nadie de fuera que me estuviera mandando medicinas».

Tanto ella como sus hijos extrañaban mucho a su esposo y no podían esperar a que ellos obtuvieran la residencia mexicana, que podía tardar más de un año. Optó por la travesía.

Habían descartado la opción de Estados Unidos porque la madre de Tania es «muy revolucionaria, muy comunista»; por lo tanto, ella nunca podría ir a visitarlos y tampoco se sentiría cómoda con esa situación. «Nunca quiso que me fuera de Cuba, pero siempre estuvo para ayudarme», cuenta. Por esa razón, ni siquiera pasó por su cabeza la idea de cruzar la frontera sur estadounidense ni pensó en las políticas migratorias de Donald Trump que arrecieron la situación de los latinos en el país. Mientras se preparaba para emigrar a México, a través de grupos de WhatsApp, se enteró de que «cuando llegó el loquito se les vino el mundo encima, muchos se quedaron aquí [en México] y otros regresaron para Cuba».

Durante meses se informó a través de esos grupos y en otras redes sociales sobre las necesidades para su viaje. La recomendación más importante era tener dinero para comprar los pasajes. Vendió su casa, una bicimoto de la madre, unas motos eléctricas de su esposo y objetos personales de la familia para conseguir casi 7 000 USD.

Pagó 1 350 USD por su pasaje, 1 100 por el de su hijo y 400 por el de su hija, además de 4 000 para realizar la travesía con un conocido de su esposo; el resto lo utilizó para garantizar los gastos en el camino.

La travesía

El 2 de noviembre de 2025, Tania partió con sus dos hijos desde el Aeropuerto Internacional «José Martí», La Habana, rumbo a Managua, Nicaragua, en un avión de la compañía venezolana Conviasa. A su llegada, los llevaron directo para una casa, un traslado de más de cinco horas. Llegaron cerca de la medianoche. Allí, descansaron para cruzar la frontera con Honduras en la mañana siguiente. Compartieron la travesía con otra familia que estuvo en el mismo vuelo hacia Nicaragua, quienes ayudaron a Tania a cargar con la mochila y con su hijo durante el trayecto.

«Hay personas que han tenido travesías peores», dice. Partieron de la casa en Nicaragua rumbo a Honduras para, del otro lado, solicitar un salvoconducto. Al cruzar, las autoridades hondureñas le preguntaron dónde estaba el padre de los niños. Respondió que en México y entonces le pidieron que le enseñaran algún poder emitido por él que certificara su paternidad. También indagaron sobre si era su intención reunirse con él, lo cual Tania confirmó. Le pidieron el número telefónico de su esposo, para corroborar que decía la verdad. Tras la entrevista, en la que confirmó que su destino final era México y no Estados Unidos, como llegaron a insinuar los oficiales migratorios, le otorgaron el salvoconducto.

A la familia cubana que los acompañaban —una mujer con su esposo—, agentes de Migración hondureños les hicieron varias preguntas sobre su vida en Cuba. Luego, extraoficialmente, los oficiales les pidieron que se bajaran los calcetines para ver si traían dinero escondido; ellos no cedieron porque sabían que si lo entregaban nunca volverían a verlo. Más tarde, le otorgaron el salvoconducto para atravesar Honduras y seguir rumbo a México.

Una vez en el país catracho, tomaron un autobús amarillo «en un largo recorrido por montañas» hasta que llegaron a una terminal donde movían migrantes para la frontera con Guatemala. Se debían subir a un segundo autobús, pero no cabían.

Debieron esperar una guagua pequeña, junto a cuatro personas de Haití. Salieron rumbo a Tegucigalpa, donde los esperaría otro autobús; pero no estaba. Terminaron llevándolos a un motel para pasar la noche. A la mañana siguiente, salieron al lugar indicado y subieron a otro autobús hacia la frontera con Guatemala.

Una vez ahí, llegaron hasta un río cuyo nombre Tania no recuerda y cruzaron una reserva forestal, en Tabasco, para entrar a México. Tomó una camioneta para llegar hasta Cancún reencontrarse con su esposo y su padre.

«Mi estatus ahora mismo es que estoy solicitando refugio a Migración en Cancún, Quintana Roo. No me ha llegado, porque están demorados un poco», asegura.

Cancún

«Cuando llegué, lo único que yo quería era dormir». Desde noviembre de 2025 hasta abril de 2026, cuando se realiza la entrevista, han pasado cinco meses desde su arribo. La adaptación a Cancún ha sido complicada. Por su estatus migratorio, no puede obtener un trabajo fijo hasta que se confirme el refugio. Mientras tanto, se queda en casa a cuidar de sus dos hijos, quienes no van a la escuela. Pretende que ingresen el próximo ciclo escolar, que iniciará el 31 de agosto de 2026.

Su esposo y su padre trabajan, pero como aún no cuentan con la residencia, los procesos se les han dificultado: sin los documentos oficiales no pueden ser contratados en lugares fijos con acceso a prestaciones sociales. Sin ellos, «no eres nadie», sentencia. Han recurrido a oficios en restaurantes o como conductores de transporte de pasajeros en Uber o Didi.

Se han encontrado con un mal muy común en México: la corrupción. En una ocasión, su esposo Yusniel conducía una motocicleta junto a un parque con un amigo. Este le dijo que atravesara por la acera, porque todo el mundo lo hacía. En el camino, se encontraron con policías que le solicitaron sus papeles y los amenazaron con llamar a otra unidad. Para evitarlo, el oficial les solicitó dinero —una «mordida»— que debían entregar en la caseta de vigilancia. Así lo hicieron, pero como era insuficiente, otros policías los detuvieron días después.

«Todo parece indicar que circuló la foto de la placa y los fueron a buscar con el argumento de que esa moto estaba involucrada en un robo a una mujer», cuenta Tania. Fue amenazado con llevarlo a juicio y como ingresó con visa de turismo, prefirió pagar la nueva «mordida»: 10 000 MXN, unos 580 USD.

Meses más tarde, como conductor de un auto de plataforma de pasajeros, ingresó en una calle en sentido contrario sin polarización. El automóvil era blanco con cristales polarizados, lo cual en México puede ser sospechoso porque se asocia con la delincuencia. Fue interceptado por elementos de la Marina mexicana —según cuenta Tania— acompañados por Policía, quienes revisaron el vehículo. Para no ser multado, le pidieron pagar 3 000 MXN, alrededor de 180 USD.

A pesar de los contratiempos en México, Tania y su familia han ido adaptándose. Han encontrado un espacio para vivir, su esposo y su padre continúan laborando mientras esperan que la Comar les apruebe el refugio.

 

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