César* dice que él es el único cubano que emprendió la travesía al revés. Tomó un bus a las diez de la mañana desde el Pacífico jalisciense hasta la frontera de México con Guatemala. Pegado al asiento, sin saber muy bien cómo resistir un viaje de más de 33 horas, desandó de norte a sur el salvaje paisaje mexicano que, desde la ventanilla, parecía mucho más tranquilo de lo que es.
Cuando decenas de cubanos buscan, con desespero, cómo salir de Tapachula —el punto fronterizo más común de acceso irregular al país— él se fue a vivir allá. En realidad se fue a vivir en Tapachula porque no le quedó otro remedio.
Había llegado a México en vuelo directo y con visado de turismo. Desde La Habana a Ciudad de México y luego a Jalisco. Solo. El desespero que produce la soledad del migrante y la necesidad de rescatar de la isla a quienes se quedaron atrás hizo que su mujer y su hijo decidieran escaparse de Cuba por la vía menos segura, pero la más probable. Vendieron su casa, pidieron dinero prestado y lograron reunir 10 000 USD.
Con ese capital, algunos contactos prometieron una travesía rápida: volarían a Nicaragua, seguirían en avión hasta Ciudad de México y luego a Jalisco. Llegaron a Managua —cuando aún Daniel Ortega no cerraba la ruta de escape de los cubanos por casi cinco años— sin grandes dificultades, pero allí todo se rompió. La persona que debía moverlos por territorio nicaragüense y pasarlos por la frontera hasta Honduras desapareció. La esposa y el hijo de César quedaron a la deriva. Perdieron los 10 000 USD.
Como si fuese una película poco creíble, coincidió que una amistad en común aguardaba para reunir un grupo que saldría en caravana Nicaragua-Honduras-El Salvador-Guatemala-México. La esposa y el hijo de César fueron rescatados no sin antes tener que pedir más dinero prestado para pagar ese recorrido que los soltaría en Chiapas unas semanas después. Era eso o regresar a Cuba y en Cuba no les quedaba nada. Por esa razón César recorrió casi 2 000 kilómetros por carretera hasta Tapachula, la ciudad que le permitió volver a la familia.

Ciudad de México. Foto: Melissa.
En la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) iniciaron el proceso de refugio porque ya no había manera de continuar travesía alguna hacia Estados Unidos. Era enero de 2025 y la Administración Trump había cerrado los mecanismos abiertos por Biden para entrar legalmente a territorio estadounidense. Cero CBP One. El trámite de asilo demoró exactamente diez meses. Diez meses en los que Tapachula se convirtió, a la fuerza, en su pimer hogar, aunque ellos, al inicio, no tenían mucha certeza de eso.
Un amigo los cobijó; luego, con suerte, lograron rentarse en una casita que les recordaba los solares habaneros. Estaba, literal, debajo de un puente y junto a un río. Por si alguien imaginaba que no podía ser más surreal su historia.
César recuerda que decidió partir de Cuba, con precisión, tras el 11 de julio de 2021; pero materializar el viaje demoró varios años más. De su trabajo en la isla lo expulsaron por ser frontal y apoyar a los manifestantes. Vio cerrarse una puerta tras otra. Lo reprendieron. Le dijeron que aquel no era más su lugar. Una vez en Tapachula, por supuesto, lo que importaba era conseguir un trabajo, el que fuera.
En el mismo centro del pueblo había una marisquería. César consiguió emplearse allí. Llegaba a las siete de la mañana para que el local estuviera limpio antes de que abriera tres horas más tarde. Por la limpieza, le pagaban 200 pesos (MXN) —alrededor de 12 USD—. A las diez, se vestía de mesero y caminaba de aquí para allá atendiendo a los clientes hasta las seis de la tarde, hora en la que volvía a limpiar. Por servir, le pagaban 120 MXN y otros 50 para la comida del día. Cuando sumaba la propina, podía ganarse diario alrededor de 400 MXN, dice que un salariazo para Tapachula.
Un día, después de reunir alguito, dejó la marisquería, se compró un cajón flamenco y se fue a tocar música por las calles del pueblo porque esa era su verdadera profesión. Se unió con otros músicos méxicanos. Cobraban 50 pesos por cada canción y también iban a eventos. Así se ganó la vida otros cuatro meses. Su hijo logró entrar a la educación primara para continuar sus estudios; pero ante la xenofobia de profesores y compañeros de clase y el constante bullying, ellos decidieron sacarlo y darle clases en su casa. El maltrato a los migrantes les tocó donde más les dolía. Pero había que seguir.

A los diez meses de habitar una ciudad saturada de emigrantes, con escasas rentas y problemas para conseguir trabajo y tranquilidad, lograron salir de allí con el respaldo de ser refugiados políticos. Viajaron a Mérida. Mérida se parece a La Habana. O a algunas partes de La Habana. O eso piensan algunos cubanos. Puede ser la nostalgia o puede ser el calor. La comunidad de cubanos en Mérida es bastante amplia, sobre todo la comunidad de músicos. Por eso César pensó que ese sería un buen lugar para asentarse. Cerca del Golfo y cerca del Caribe. Cerca de un mar que se parece más a Cuba.
No les fue nada bien en Mérida. Paradójicamente, en el lugar habitado por más cubanos y separado solo por poco más de 900 kilómetros del Cabo de San Antonio se sintieron más despreciados que en cualquier otro lugar; y volvieron a huir para el extremo oeste del país.
Dice César que no cree que México esté preparado para convertirse en un país cosmopolita, para sumergirse en el esfuerzo que implica que foráneos y nacionales vivan felices en el mismo pedazo de suelo. Algo así parecido a cuando los mexicas bajaron desde Aztlán, guidaos por Huitzilopochtli, para establecerse en lo que sería Tenochtitlan. 200 años migraron. Los cubanos llevan casi 70 y quizá, algunos, sienten que ningún dios los guía.
El viaje de regreso a Jalisco, desde donde había partido César para encontrarse con su esposa y su hijo, se volvió a encender. Su tercer asentamiento, el que aún no siente como suyo. Acaso esa es la maldición del emigrante, la condena, como que la patria sean solamente los tuyos: tú y los tuyos, donde quiera que estén.
*Nombre ficticio para proteger la identidad del entrevistado.







