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República en Cuba, historia tergiversada y mal contada. Capitolio de La Habana, construcción icónica de la República cubana.

Imagen de portada: Janet Aguilar.

La historia de la república: tergiversada y desconocida

La república burguesa —período de nuestra historia que se extendió entre 1902 y 1958— suele ser valorada de manera similar por la enseñanza general, el discurso político y los medios. Se nos presenta como un bloque compacto, una etapa sin grandes fisuras en la cual lo distintivo fueron los Gobiernos títeres, la corrupción político-administrativa, una revolución que en los años treinta se fue a bolina y determinadas figuras de diverso espectro político, por lo general arquetípicamente caracterizadas.

La afirmación de que la Revolución cubana ha sido un proceso único desde 1868 hasta 1959 entorpece la posibilidad de análisis más complejos acerca de lo que el pensador marxista Fernando Martínez Heredia diferenció como primera y segunda repúblicas burguesas en su ensayo «El problemático nacionalismo de la primera república», aparecido en Temas en enero-junio de 2001. Tal tesis, devenida consigna, ofrece la perspectiva de una trasmisión generacional sin conflictos a lo largo de más de un siglo, y desconoce la fractura que tuvo lugar desde mediados de la década del veinte, cuando un grupo de intelectuales, y en poco tiempo amplios sectores de la sociedad, impugnaron lo que Joel James denominara —en su poco divulgado libro Cuba 1902-1928. La república dividida contra sí misma— «monopolio político del mambisado».

En 1927 dicho monopolio entrará en una crisis definitiva. Gerardo Machado se encargó de sepultarlo con el anuncio de la prórroga de los poderes ejecutivo y legislativo, que daba la espalda a la Constitución de 1901. Se iniciaba así una etapa de inestabilidad política que derivaría en una abierta confrontación desde 1929 y en un proceso revolucionario que, aun sin lograr sus objetivos más ambiciosos —sustraer a Cuba de la subalternidad en que la mantenía su relación con EE. UU.—, generó una cadena de transformaciones y el comienzo de otro período en la historia insular, del que brotarían una nueva constitución, nuevos actores políticos y organizaciones, una sociedad civil más comprometida con el país, y transformaciones en el perfil cultural y simbólico de la nación. Esa será la segunda república burguesa.

Si bien hay una obra historiográfica y mayor sistematización acerca de la primera república burguesa, la situación es diferente respecto al segundo período. Sobre el particular, es muy aportadora la valoración que hiciera Eduardo Torres-Cuevas, presidente de la Academia de la Historia, en el editorial de la revista Debates Americanos de enero-diciembre de 2002, dedicada íntegramente a conmemorar el centenario de la proclamación de la república:

«Un extraño temor parece rodear y condicionar el acercamiento a las problemáticas republicanas. La mayor parte de las fuentes históricas que contienen lo más revelador de la época, aún están sin consultar. Aun más, al repasar los estudios más conocidos acerca del período puede constatarse que la etapa que cubre de 1940 a 1959 es casi totalmente desconocida».

Entre los aspectos menos abordados por los investigadores cubanos en sus indagaciones sobre el período republicano —como afirma el historiógrafo Oscar Zanetti en su ensayo Isla en la Historia. La historiografía de Cuba en el siglo xx, publicado por Ediciones Unión, en 2005—, está la historia de las ideas. El ensayista enfatiza que ello es especialmente notable en la historia de las ideas políticas.

De acuerdo con lo anterior, no es un error afirmar que existe un relativo desconocimiento sobre nuestro pasado republicano, y que este es mayor en la segunda etapa, precisamente la que se caracterizó por transformaciones positivas y mayor calado democrático. Es cierto que desde 2005 hasta la fecha han proliferado algunos estudios que se ocupan de ámbitos menos tradicionales, como el mundo simbólico, la historia social y los procesos culturales en la república. Sin embargo, ellos no han transitado el camino que los conduzca de la ciencia a las aulas. La historia oficial, la que se aprende en las escuelas, sigue encauzando similares senderos.

Una opinión diferente a las anteriores fue expuesta por Abel Prieto, actual presidente de Casa de las Américas, aunque no historiador de profesión, en el reciente programa televisivo Palabra precisa: «Se dice que la Historia la escriben los vencedores, en este caso los vencedores somos nosotros, los revolucionarios cubanos, y hemos escrito mucho de historia y mucho material para analizar y consultar». Las preguntas que se imponen a esta afirmación serían: ¿Dónde están esos materiales? ¿Por qué no se debaten públicamente? ¿Cuándo se introducirán en la enseñanza? Habría que deslindar acá entre el discurso de la ciencia, más apegado a los hechos, y por ello más objetivo; y el discurso de la política, más pragmático e inexacto, del que es un ejemplo la intervención de Abel Prieto.

En el referido programa, el intelectual denuncia que: «Lo que están haciendo con la Historia, como lo que están haciendo en general para dañar la imagen de la Revolución ante las nuevas generaciones que conocen menos de aquel pasado, está trabajado en laboratorios de los yanquis». Es interesante constatar en esta afirmación de Abel Prieto que cualquier punto de vista diferente, convocatoria a un examen objetivo o contradicción con lo políticamente aceptado en Cuba respecto a la Historia del pasado republicano son apreciados como una manipulación de retorcidas intenciones que tiene su origen fuera de la Isla.

No obstante, es pertinente resaltar que existen muchas formas de tergiversar nuestro pasado que no requieren el concurso de «laboratorios yanquis». Remito nuevamente a Torres-Cuevas, que en su editorial se refiere a la manipulación que se ha hecho de la historia:

«en el acercamiento netamente ideológico con que muchos intentan explicarse fenómenos que desconocen en sus esencias. Adjetivos, afirmaciones sin muchas demostraciones, visiones abductivas que trasladan a un pasado la mentalidad de un presente y juicios sobre la acción humana determinados por lo que se hubiese querido y no por la comprensión de las circunstancias y mentalidades de una época».

Situar el republicanismo: introducción a un dosier

Uno de estos acercamientos «netamente ideológicos» es la afirmación, extrapolada de Raúl Roa, de que la Revolución del Treinta «se fue a bolina». La frase, utilizada como epitafio para contener un complejo proceso histórico, impide asimilar los indudables contrastes entre la primera y la segunda república burguesas.

La historiadora Berta Álvarez Martens, gran estudiosa del período, fundamenta que como resultado de aquella revolución, la política en Cuba fue refundada y la nación cubana se piensa y se proyecta como realidad. La institucionalidad y la normativa generada en los años treinta permitieron que amplios sectores de las clases medias y de los trabajadores ejercieran protagonismo social y crearan organizaciones que tendrían mucha fuerza dentro de la reconformación del Estado. Aun cuando las claves de la economía no estaban en manos de los cubanos y eran muy susceptibles a las directivas norteamericanas, en esa etapa se legisló sobre cuestiones sociales, laborales y económicas como nunca antes se había hecho. El Estado cubano, a partir de 1940, se caracterizó por ser liberal y democrático, con un orden social de utilidad pública.

Nadie se atrevería a negar que se mantuvieron marcadas diferencias y contrastes en las formas de vida de las diversas clases sociales, que existió pobreza y marginación social, que la justicia social era una asignatura pendiente. Como también es irrefutable el hecho de que la democracia en la Constitución del 40 se propugna no solo en términos de derechos individuales, sino igualmente de derechos sociales y económicos. Esto dio lugar a la legislación laboral más avanzada de América Latina; a una organización de la escuela cubana democrática, igualitaria y progresista; y a un Estado con rol de orientador, regulador y normador en la economía del país.

La indudable dependencia económica de Cuba a los Estados Unidos ha sido generalizada mecánicamente —sin rigor ni conocimiento— a todas las manifestaciones de la vida nacional cubana. En su muro de Facebook, un amigo sustentaba hace poco la tesis de que la burguesía insular recorrió siempre, de manera imitativa, los caminos políticos seguidos por la nación norteña. Para él, «dentro de la clase burguesa criolla siempre prevaleció la mentalidad colonizada».

En parte tiene razón, pero solo en parte. Y la tergiversación de la Historia se apoya, por lo general, en verdades a medias que se cierran a matices y a análisis profundos y contrastados. En la primera república cubana, esencialmente bipartidista y refractaria a cualquier ideología de izquierda —en la cual el Partido Comunista había sido ilegalizado apenas fundado—, la práctica política norteamericana, mucho más tolerante, fue una aspiración para un joven intelectual como Juan Marinello, con ideas progresistas y que llegaría a ser más adelante el presidente de los comunistas cubanos durante veinte años. En carta a su amigo el poeta Manuel Navarro Luna, del 15 de febrero de 1931, Marinello declaraba: «Me decía un día Fernando Ortiz que en el corazón de Wall Street le ofrecen a uno unos señores elegantemente vestidos copiosa literatura comunista. Eso se hace a la vista de capitalistas y guardianes del orden capitalista, pero a nadie se molesta por eso. ¿Y no sería lo interesante al cubano de ideas comunistas, que ese mínimum de posibilidad se diera en nuestra tierra?».

A partir de 1940, sin embargo, como resultado de las transformaciones políticas de la Revolución del Treinta que propició una verdadera participación de todas las zonas ideológicas en el sistema parlamentario cubano —mucho más diverso tras quebrar el bipartidismo de los viejos revolucionarios del xix—, los comunistas no solo podían generar y distribuir «copiosa literatura», sino que formaban Gobierno. Ahí estuvieron desde 1940 hasta 1944 y, a partir de ese momento, no dejaron de tener presencia en el Senado y la Cámara, lo cual jamás ocurrió en los EE. UU.

Cuando comenzó la Guerra Fría y el auge anticomunista se entronizó en la región —con énfasis en el Norte con el macartismo—, mientras miles de norteamericanos eran reprimidos por sus ideas, el vicepresidente del senado de la República de Cuba era el presidente de los comunistas cubanos. Claro que la Guerra Fría se sintió en la Isla, ¿dónde no?, pero jamás llegó a los extremos antidemocráticos que se vivieron en el país norteño. Cuba podía dar lecciones de tolerancia a los Estados Unidos, muy lejos estuvimos entonces de ser «mentalidades políticas colonizadas».

La principal y justa objeción que se hace a la Constitución del 40 es que, luego de una década de aprobada, no había estipulado aún la legislación complementaria que permitiría aplicar todos los preceptos constitucionales. Con el golpe de Estado de Fulgencio Batista, en 1952, fue imposible lograrlo. Pero si ese razonamiento se aplicara a nuestra historia reciente, nos sorprendería saber que —como explicara una vez el profesor y jurista René Fidel González García— la cantidad de normas constitucionales que quedaron sin respaldo normativo posterior en la Constitución de 1976 fue mucho mayor; con la diferencia de que pasaron más de cuarenta años desde su proclamación hasta su derogación.

Si nos detenemos a observar cuántos derechos que estipula la Constitución de 2019 no han sido habilitados en leyes específicas —a pesar de que el propio texto constitucional obliga a plazos más breves—, veremos entonces que otra forma de manipulación y tergiversación totalmente aplatanada, e independiente de los «laboratorios yanquis», es ser sumamente críticos del pasado para demostrar la superioridad de un presente que está lejos de ser modélico. ¿Debemos edulcorar o endiosar el pasado? No. Tampoco el presente. Se necesitan honradez, conciencia e integridad para acercarse a la historia. Las acusaciones ligeras de tergiversación a toda crítica son parte de ese «extraño temor» que rodea, antes que todo, a la verdad.

 

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Alina Bárbara López Hernández
Profesora, ensayista e historiadora. Doctora en Ciencias Filosóficas.
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Ángel

Este escrito, aunque parece decir mucho no dice nada, es demasiado técnico… Algo interesante que dice es: ” [] … En carta a su amigo el poeta Manuel Navarro Luna, del 15 de febrero de 1931, Marinello declaraba: «Me decía un día Fernando Ortiz que en el corazón de Wall Street le ofrecen a uno unos señores elegantemente vestidos copiosa literatura comunista. Eso se hace a la vista de capitalistas y guardianes del orden capitalista, pero a nadie se molesta por eso … []” Claro, si todos los comunismos marxistas en el mundo han sido y son financiados desde allí. Es más la política “oficial” no declarada de EEUU para el mundo es el comunismo, aunque parezca increible, pero ojo, comunismo tercer mundista o de miseria (modelo cubano, socialismo sin subsidios y capitalismo sin libertades…)…
Ángel

Ivan

Sé que la autora del artículo es una excelente profesional otros de sus artículos son geniales al retratar la realidad cubana y sus particularidades. Y comparto muchos de sus puntos de vista. Pero confieso que no le veo ni pies ni cabeza a este artículo. Y lo peor viniendo de alguien como ella que tiene profundos conocimientos en las ciencias sociales. En serio? Defender o justificar o mediatizar la seudorepublica.? Que viene después un artículo sobre la prosperidad de la Habana de los 50? Repito , no entiendo nada.
Ivan

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La afirmación de que la Revolución cubana ha sido un proceso único desde 1868 hasta 1959 entorpece la posibilidad de análisis más complejos acerca de lo que el pensador marxista Fernando Martínez Heredia diferenció como primera y segunda repúblicas burguesas en su ensayo «El problemático nacionalismo de la primera república», aparecido en Temas en enero-junio de 2001. Tal tesis, devenida consigna, ofrece la perspectiva de una trasmisión generacional sin conflictos a lo largo de más de un siglo, y desconoce la fractura que tuvo lugar desde mediados de la década del veinte, cuando un grupo de intelectuales, y en poco tiempo amplios sectores de la sociedad, impugnaron lo que Joel James denominara —en su poco divulgado libro Cuba 1902-1928. La república dividida contra sí misma— «monopolio político del mambisado».

En 1927 dicho monopolio entrará en una crisis definitiva. Gerardo Machado se encargó de sepultarlo con el anuncio de la prórroga de los poderes ejecutivo y legislativo, que daba la espalda a la Constitución de 1901. Se iniciaba así una etapa de inestabilidad política que derivaría en una abierta confrontación desde 1929 y en un proceso revolucionario que, aun sin lograr sus objetivos más ambiciosos —sustraer a Cuba de la subalternidad en que la mantenía su relación con EE. UU.—, generó una cadena de transformaciones y el comienzo de otro período en la historia insular, del que brotarían una nueva constitución, nuevos actores políticos y organizaciones, una sociedad civil más comprometida con el país, y transformaciones en el perfil cultural y simbólico de la nación. Esa será la segunda república burguesa.

Si bien hay una obra historiográfica y mayor sistematización acerca de la primera república burguesa, la situación es diferente respecto al segundo período. Sobre el particular, es muy aportadora la valoración que hiciera Eduardo Torres-Cuevas, presidente de la Academia de la Historia, en el editorial de la revista Debates Americanos de enero-diciembre de 2002, dedicada íntegramente a conmemorar el centenario de la proclamación de la república:

«Un extraño temor parece rodear y condicionar el acercamiento a las problemáticas republicanas. La mayor parte de las fuentes históricas que contienen lo más revelador de la época, aún están sin consultar. Aun más, al repasar los estudios más conocidos acerca del período puede constatarse que la etapa que cubre de 1940 a 1959 es casi totalmente desconocida».

Entre los aspectos menos abordados por los investigadores cubanos en sus indagaciones sobre el período republicano —como afirma el historiógrafo Oscar Zanetti en su ensayo Isla en la Historia. La historiografía de Cuba en el siglo xx, publicado por Ediciones Unión, en 2005—, está la historia de las ideas. El ensayista enfatiza que ello es especialmente notable en la historia de las ideas políticas.

De acuerdo con lo anterior, no es un error afirmar que existe un relativo desconocimiento sobre nuestro pasado republicano, y que este es mayor en la segunda etapa, precisamente la que se caracterizó por transformaciones positivas y mayor calado democrático. Es cierto que desde 2005 hasta la fecha han proliferado algunos estudios que se ocupan de ámbitos menos tradicionales, como el mundo simbólico, la historia social y los procesos culturales en la república. Sin embargo, ellos no han transitado el camino que los conduzca de la ciencia a las aulas. La historia oficial, la que se aprende en las escuelas, sigue encauzando similares senderos.

Una opinión diferente a las anteriores fue expuesta por Abel Prieto, actual presidente de Casa de las Américas, aunque no historiador de profesión, en el reciente programa televisivo Palabra precisa: «Se dice que la Historia la escriben los vencedores, en este caso los vencedores somos nosotros, los revolucionarios cubanos, y hemos escrito mucho de historia y mucho material para analizar y consultar». Las preguntas que se imponen a esta afirmación serían: ¿Dónde están esos materiales? ¿Por qué no se debaten públicamente? ¿Cuándo se introducirán en la enseñanza? Habría que deslindar acá entre el discurso de la ciencia, más apegado a los hechos, y por ello más objetivo; y el discurso de la política, más pragmático e inexacto, del que es un ejemplo la intervención de Abel Prieto.

En el referido programa, el intelectual denuncia que: «Lo que están haciendo con la Historia, como lo que están haciendo en general para dañar la imagen de la Revolución ante las nuevas generaciones que conocen menos de aquel pasado, está trabajado en laboratorios de los yanquis». Es interesante constatar en esta afirmación de Abel Prieto que cualquier punto de vista diferente, convocatoria a un examen objetivo o contradicción con lo políticamente aceptado en Cuba respecto a la Historia del pasado republicano son apreciados como una manipulación de retorcidas intenciones que tiene su origen fuera de la Isla.

No obstante, es pertinente resaltar que existen muchas formas de tergiversar nuestro pasado que no requieren el concurso de «laboratorios yanquis». Remito nuevamente a Torres-Cuevas, que en su editorial se refiere a la manipulación que se ha hecho de la historia:

«en el acercamiento netamente ideológico con que muchos intentan explicarse fenómenos que desconocen en sus esencias. Adjetivos, afirmaciones sin muchas demostraciones, visiones abductivas que trasladan a un pasado la mentalidad de un presente y juicios sobre la acción humana determinados por lo que se hubiese querido y no por la comprensión de las circunstancias y mentalidades de una época».

Situar el republicanismo: introducción a un dosier

Uno de estos acercamientos «netamente ideológicos» es la afirmación, extrapolada de Raúl Roa, de que la Revolución del Treinta «se fue a bolina». La frase, utilizada como epitafio para contener un complejo proceso histórico, impide asimilar los indudables contrastes entre la primera y la segunda república burguesas.

La historiadora Berta Álvarez Martens, gran estudiosa del período, fundamenta que como resultado de aquella revolución, la política en Cuba fue refundada y la nación cubana se piensa y se proyecta como realidad. La institucionalidad y la normativa generada en los años treinta permitieron que amplios sectores de las clases medias y de los trabajadores ejercieran protagonismo social y crearan organizaciones que tendrían mucha fuerza dentro de la reconformación del Estado. Aun cuando las claves de la economía no estaban en manos de los cubanos y eran muy susceptibles a las directivas norteamericanas, en esa etapa se legisló sobre cuestiones sociales, laborales y económicas como nunca antes se había hecho. El Estado cubano, a partir de 1940, se caracterizó por ser liberal y democrático, con un orden social de utilidad pública.

Nadie se atrevería a negar que se mantuvieron marcadas diferencias y contrastes en las formas de vida de las diversas clases sociales, que existió pobreza y marginación social, que la justicia social era una asignatura pendiente. Como también es irrefutable el hecho de que la democracia en la Constitución del 40 se propugna no solo en términos de derechos individuales, sino igualmente de derechos sociales y económicos. Esto dio lugar a la legislación laboral más avanzada de América Latina; a una organización de la escuela cubana democrática, igualitaria y progresista; y a un Estado con rol de orientador, regulador y normador en la economía del país.

La indudable dependencia económica de Cuba a los Estados Unidos ha sido generalizada mecánicamente —sin rigor ni conocimiento— a todas las manifestaciones de la vida nacional cubana. En su muro de Facebook, un amigo sustentaba hace poco la tesis de que la burguesía insular recorrió siempre, de manera imitativa, los caminos políticos seguidos por la nación norteña. Para él, «dentro de la clase burguesa criolla siempre prevaleció la mentalidad colonizada».

En parte tiene razón, pero solo en parte. Y la tergiversación de la Historia se apoya, por lo general, en verdades a medias que se cierran a matices y a análisis profundos y contrastados. En la primera república cubana, esencialmente bipartidista y refractaria a cualquier ideología de izquierda —en la cual el Partido Comunista había sido ilegalizado apenas fundado—, la práctica política norteamericana, mucho más tolerante, fue una aspiración para un joven intelectual como Juan Marinello, con ideas progresistas y que llegaría a ser más adelante el presidente de los comunistas cubanos durante veinte años. En carta a su amigo el poeta Manuel Navarro Luna, del 15 de febrero de 1931, Marinello declaraba: «Me decía un día Fernando Ortiz que en el corazón de Wall Street le ofrecen a uno unos señores elegantemente vestidos copiosa literatura comunista. Eso se hace a la vista de capitalistas y guardianes del orden capitalista, pero a nadie se molesta por eso. ¿Y no sería lo interesante al cubano de ideas comunistas, que ese mínimum de posibilidad se diera en nuestra tierra?».

A partir de 1940, sin embargo, como resultado de las transformaciones políticas de la Revolución del Treinta que propició una verdadera participación de todas las zonas ideológicas en el sistema parlamentario cubano —mucho más diverso tras quebrar el bipartidismo de los viejos revolucionarios del xix—, los comunistas no solo podían generar y distribuir «copiosa literatura», sino que formaban Gobierno. Ahí estuvieron desde 1940 hasta 1944 y, a partir de ese momento, no dejaron de tener presencia en el Senado y la Cámara, lo cual jamás ocurrió en los EE. UU.

Cuando comenzó la Guerra Fría y el auge anticomunista se entronizó en la región —con énfasis en el Norte con el macartismo—, mientras miles de norteamericanos eran reprimidos por sus ideas, el vicepresidente del senado de la República de Cuba era el presidente de los comunistas cubanos. Claro que la Guerra Fría se sintió en la Isla, ¿dónde no?, pero jamás llegó a los extremos antidemocráticos que se vivieron en el país norteño. Cuba podía dar lecciones de tolerancia a los Estados Unidos, muy lejos estuvimos entonces de ser «mentalidades políticas colonizadas».

La principal y justa objeción que se hace a la Constitución del 40 es que, luego de una década de aprobada, no había estipulado aún la legislación complementaria que permitiría aplicar todos los preceptos constitucionales. Con el golpe de Estado de Fulgencio Batista, en 1952, fue imposible lograrlo. Pero si ese razonamiento se aplicara a nuestra historia reciente, nos sorprendería saber que —como explicara una vez el profesor y jurista René Fidel González García— la cantidad de normas constitucionales que quedaron sin respaldo normativo posterior en la Constitución de 1976 fue mucho mayor; con la diferencia de que pasaron más de cuarenta años desde su proclamación hasta su derogación.

Si nos detenemos a observar cuántos derechos que estipula la Constitución de 2019 no han sido habilitados en leyes específicas —a pesar de que el propio texto constitucional obliga a plazos más breves—, veremos entonces que otra forma de manipulación y tergiversación totalmente aplatanada, e independiente de los «laboratorios yanquis», es ser sumamente críticos del pasado para demostrar la superioridad de un presente que está lejos de ser modélico. ¿Debemos edulcorar o endiosar el pasado? No. Tampoco el presente. Se necesitan honradez, conciencia e integridad para acercarse a la historia. Las acusaciones ligeras de tergiversación a toda crítica son parte de ese «extraño temor» que rodea, antes que todo, a la verdad.

 

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Este escrito, aunque parece decir mucho no dice nada, es demasiado técnico… Algo interesante que dice es: ” [] … En carta a su amigo el poeta Manuel Navarro Luna, del 15 de febrero de 1931, Marinello declaraba: «Me decía un día Fernando Ortiz que en el corazón de Wall Street le ofrecen a uno unos señores elegantemente vestidos copiosa literatura comunista. Eso se hace a la vista de capitalistas y guardianes del orden capitalista, pero a nadie se molesta por eso … []” Claro, si todos los comunismos marxistas en el mundo han sido y son financiados desde allí. Es más la política “oficial” no declarada de EEUU para el mundo es el comunismo, aunque parezca increible, pero ojo, comunismo tercer mundista o de miseria (modelo cubano, socialismo sin subsidios y capitalismo sin libertades…)…
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Sé que la autora del artículo es una excelente profesional otros de sus artículos son geniales al retratar la realidad cubana y sus particularidades. Y comparto muchos de sus puntos de vista. Pero confieso que no le veo ni pies ni cabeza a este artículo. Y lo peor viniendo de alguien como ella que tiene profundos conocimientos en las ciencias sociales. En serio? Defender o justificar o mediatizar la seudorepublica.? Que viene después un artículo sobre la prosperidad de la Habana de los 50? Repito , no entiendo nada.
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