Un coronel del Ministerio del Interior aseguró en televisión nacional —la noche del 27 de febrero de 2026— que Maritza Lugo era la principal financista de un grupo de diez cubanos residentes en Estados Unidos que supuestamente entrarían por mar armamento a la isla.
A bordo de una lancha rápida, esos cubanos habían sido baleados dos días antes en aguas territoriales al norte de Villa Clara. Cuatro de ellos fallecieron en el instante y seis fueron trasladados a instalaciones médicas. No se sabe mucho más de cómo aconteció el enfrentamiento. El 4 de marzo, la Fiscalía del régimen imputó cargos por terrorismo a los tripulantes que sobrevivieron; ese mismo día, fallecía uno de los heridos: Roberto Álvarez, informó el Minint un día después.
Maritza, en Martí Noticias, le dijo al periodista Mario Pentón que las acusaciones del régimen de La Habana en su contra eran infames. Dijo que ella no era responsable de entrenar ni financiar al grupo de diez cubanos interceptados por los guardacostas.
Pero ¿quién es Maritza Lugo?
Es probable que para muchos esta sea la primera vez que escuchan su nombre; quizá se preguntan cuál es la historia de esta cubana que fue acusada públicamente de terrorismo por los gendarmes del régimen. Otros saben muy bien quién es Maritza Lugo desde hace bastante tiempo.

Captura de pantalla.
Yo conversé con Maritza hace dos años, en 2024. Una noche, cuando terminó los quehaceres, estuvimos hablando sobre su oposición en Cuba, sobre su familia, sobre los castigos que sufrió, sobre los años de prisión y sobre su exilio.
El testimonio de Maritza es uno de los tantos que configuran la historia de la disidencia política cubana, tantas veces sepultada y demeritada por el Estado. Su historia es una de sufrimiento inducido, de experiencias corporales de dolor y angustia que todo el tiempo fueron moderadas y condicionadas por el régimen cubano. Cuando en 2024 le pregunté cómo se describiría, esa fue una de las primeras cosas que me dijo: «soy una mujer que ha sufrido muchísimo».
El sufrimiento social daña gravemente la subjetividad. Maritza es una mujer dañada. Aunque eso no significa que no haya resistido y no se haya restituido de la mejor forma que ha podido hacerlo; que no se haya levantado desde la oscuridad que proyecta una celda sobre el alma y la conciencia; que no haya mirado al vacío para encontrar otras formas de llenarlo.
Desde un lugar de Estados Unidos, ella continúa pensando y haciendo lo que cree correcto por Cuba; como casi todos los exiliados y como casi todos los expresos políticos que logran escapar del país.
Este es su testimonio. Ha sido cuidadosamente curado, pero sin alterar el ritmo ni los argumentos de la conversación.
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Mi nombre es Maritza Lugo, expresa política. Considerada prisionera de conciencia por Amnistía Internacional.
Soy una guajira cubana que ha dedicado su vida a defender los derechos humanos de nuestro pueblo. He sufrido prisión, tortura, todo tipo de maltrato por enfrentar a la dictadura castrocomunista. Soy una persona sencilla. No fui a la universidad porque no me lo permitieron. Me querían obligar a estudiar enfermería y yo quería ser veterinaria.
Me fueron tronchando la vida porque desde muy joven me negué a integrar las filas del régimen castrista. Troncharon a mi familia. Destruyeron todo. Soy exiliada.
Nací en Santa María del Rosario, en La Habana, en 1963. Cuando nací, ya había triunfado la diabólica Revolución. Mi familia era humilde, campesina. Desde joven me di cuenta de que aquello no era lo que yo quería para mi país, para mi pueblo, para mi familia, porque veía mucho abuso, miseria y discriminación.
Cuando estaba en el preuniversitario, en los ochenta, vi cómo maltrataban a mis compañeras del aula que se iban del país o que querían emigrar; eran los tiempos del Mariel, les caían a golpes, a pedradas. Yo los defendía porque consideraba que eso era un crimen, un gran abuso. Me enfrenté a los profesores, a mucha gente de la escuela. Como practicaba artes marciales, me respetaban mucho.

Captura de pantalla / Documental «Manto Negro» (2004), de Eduardo Palmer.
No defendía a los muchachos porque en ese entonces estuviera luchando contra el Gobierno, sino porque luchaba contra la injusticia. Sin darme cuenta, me fui destacando como una joven anticomunista, porque no aprobaba ni apoyaba ciertas actuaciones del régimen.
Un día, los militares de la Seguridad del Estado fueron a captarme a la escuela donde yo practicaba deportes; querían que trabajara para ellos. Les dije que no: «a mí no me gusta la vida militar, no me gusta el sistema, no quiero ser parte de ninguna represión». Mi negativa terminó haciéndome mucho daño porque luego ellos no me permitieron seguir para la universidad.
Desde niña, además, veía a mi abuelo esconderse por las noches para oír emisoras de radio de afuera. Yo me daba cuenta y pensaba: «esto es como una gran prisión porque mi abuelo tiene que escuchar la radio a escondidas». Desde ese entonces me nació una rebeldía natural; yo había nacido con esa Revolución y no sabía lo que era la libertad, no sabía lo que era la democracia.
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Me casé bastante joven. El padre de mis hijas, Rafael Ibarra Roque, empezó a trabajar en una organización de derechos humanos y ahí comenzó nuestra lucha. Nos nucleamos alrededor del Partido Democrático 30 de Noviembre «Frank País» y tratamos de levantar esa organización. A partir de ahí, fue horrible lo que nos comenzó a suceder. Registros constantes en la vivienda, vigilancia, y terminaron por llevarse preso a Rafael; lo condenaron a 20 años de cárcel por delitos contra la Seguridad del Estado. Luego, yo también cumpliría cinco años en prisión.
El partido se fundó en 1991. Al inicio, yo era como una especie de secretaria, tomaba notas en las reuniones. Nosotros hacíamos actividades cívicas, nunca hicimos actos de violencia ni nada por el estilo; pero para el régimen, si uno estaba en contra del sistema, hicieras lo que hicieras ya eras terrorista, anticomunista, delincuente. Nosotros, incluso, tratamos de legalizar la organización y por supuesto que la denegaron.
Tratábamos de organizar a las personas para que tuvieran una alternativa diferente al Partido Comunista. Les enseñábamos que había derechos en el mundo por los que valía la pena luchar, divulgábamos la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y tratábamos de que la gente aprendiera, fuera tomando conciencia de que era necesario luchar para en un futuro tener lo que tenía cualquiera en cualquier parte del mundo. Pero cada vez que nos reuníamos, allá iban y nos detenían. Para el régimen, reunirse, era un delito grave.
Cuando cogen preso a Rafael en 1994 yo decidí, con tal de que no se perdiera tanto sacrificio, seguir adelante con el Partido. Ahí vinieron más detenciones, arrestos domiciliares, retenciones en celdas de castigo.
Rafael siempre fue un hombre muy bueno, un hombre de la iglesia, un buen padre, un buen hijo. Cuando lo detuvieron, estuvo alrededor de seis meses en investigación en la sede de la Seguridad del Estado. Luego, sin prueba alguna del delito que lo acusaban, lo condenaron por convicción**. Condenar por convicción significa que el régimen está convencido de que la persona cometió el hecho y, por lo tanto, no necesita pruebas.
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Cuando a Rafael lo condenaron ya teníamos a nuestras dos hijas. La más pequeña no recuerda a su papá en libertad. Ella sentía que no tenía papá porque nada más lo veía cada cierto tiempo; lo sentía como un extraño. Incluso, después de venir al exilio, ella siguió sintiéndose muy extraña con él. Esos son golpes que también recibe el preso. Es muy duro que tus hijos apenas te conozcan.
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A mí me mantuvieron varias veces en celdas de aislamiento, celdas de tortura. Mi familia iba a preguntar por mí y le decían que yo estaba bajo investigación, pasaban meses y no me sancionaban. Me sacaban de una prisión o de un centro de investigación y me llevaban para otro. Por ejemplo, me ponían en Cien y Aldabó y ahí me tenían durante meses, luego me sacaban y me llevaban para Villa Marista.
Terminaron por condenarme en dos ocasiones. Me acusaron porque yo, supuestamente, «instigaba a delinquir»; me llevaron a la cárcel por ese delito y por «cohecho». Los oficiales dijeron que había sobornado a un guardia en una prisión. Yo había ido a ver a un preso político que tenía 20 años de condena y que no tenía familia; me hacía pasar por su esposa. Él me daba denuncias de lo que pasaban dentro de la prisión. Entonces, descubren una grabadora. Es cierto que yo entré una grabadora para la prisión para que los presos me sacaran la información, pero ellos dijeron en el juicio que yo había sobornado un guardia para que entrara la grabadora, lo cual era mentira.
Estuve en la prisión Manto Negro [prisión de mujeres de occidente], que está en las afueras de La Habana. Imagínese usted, el padre de mis hijas cumpliendo 20 años y yo encarcelada también. Mis hijas prácticamente estaban solas, con la familia, pero un tiempo con una y un tiempo con otra y con la situación tan difícil que se vive en Cuba. No fue nada fácil.
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Cuando entré por primera vez en Manto Negro dije: «o me voy para el cielo o para mi casa. No tengo por qué estar en una prisión». Y le decía al guardia: «no he cometido ningún delito, no tengo por qué estar aquí. Es increíble, no he hecho nada malo, simplemente he luchado por los derechos de los cubanos; pero no he matado a nadie, no he cometido ninguna falta». Lo que hice fue plantarme en huelga de hambre. Yo no sabía que muchos años atrás, otros expresos y expresas políticos habían hecho grandes huelgas de hambre dentro de Cuba. Decidí plantarme, era una acción de rebeldía para demostrarle al mundo entero que no tenía por qué estar presa, que no había cometido ningún delito.

Captura de pantalla / Vilaplana Films.
Estuve 20 días en huelga. Bajé mucho de peso. Me llevaron al Tribunal para el juicio estando en huelga de hambre y me condenaron a dos años. Cuando me trasladaron de regreso a la prisión, se aparecieron en mi celda y me dijeron: «mira, te vino un cambio de medida, te vas para tu casa». Ellos hacen eso, te sueltan y recogen y hacen con un ser humano lo que les da la gana.
Y así, en huelga de hambre, me pusieron afuera de la prisión. Logré montarme en una guagua, pero no tenía dinero, nada. Una señora me vio y me dijo: «¿tú saliste de ahí adentro?» y le respondí que sí. Me dijo: «¿tú eres Maritza Lugo?». Yo no sabía que por Radio Martí estaban constantemente hablando de mí, de la huelga, pidiendo al mundo que estuvieran pendientes. La señora lloró de la emoción. Me regaló 10 pesos y con eso fue que pude coger un carro en el parque central hasta mi casa.
Una vez fuera de prisión, continué con las actividades, convocando a otras organizaciones, uniéndonos, yendo a hacer protestas, a pedir la libertad de los presos. Entonces me revocaron la medida y fui otra vez para la cárcel.
Aprendí mucho en la prisión y sufrí mucho. Es difícil de contar. Pero le doy gracias a Dios. ¿Tú sabes por qué? Porque conocí la verdad, porque pude con mis propias manos, con mi propio cuerpo, comprobar lo que era en realidad el régimen castrista. Lo que esos monstruos son capaces de hacer.
No creen en la familia, no creen en los niños, no les importa nada ni nadie. Yo pensaba que estaba muerta cuando me llevaban a la celda de castigo. Yo decía: «Dios mío, ¿estaré viva o estaré en el infierno?». Porque llega un momento en el que psicológicamente te sacan de la realidad, del mundo. Tienes que vivir en una celda tapiada por completo, donde tú no sabes si es de día o si es de noche. La cama es como una tumba, un concreto. Y ahí tú tienes que dormir. Es diabólico.
El baño es un huequito en el piso. Y ahí mismo te ponen el agua cuando les da la gana. Estuve diez días sin bañarme. Cuando estaba en la celda de castigo fue a verme una hermana mía. Porque la Seguridad del Estado le quiso demostrar que yo estaba bien, que estaba viva. Y cuando mi hermana me vio no podía ni hablar; más nunca pudo ir a la prisión porque se impresionó mucho. Imagínate, diez días sin bañarme, sin peinarme. Era un desecho humano lo que salió de la celda aquella.

Captura de pantalla / La Gaceta de la Iberosfera.
Dios me ayudó mucho, mucho, mucho. Estuve ahí con Dios todo el tiempo. Sé que me salvó, que me ayudó.
Siempre digo: «Dios mío, gracias, porque me salvaste y me enseñaste mucho». Después de salir de prisión fue que pude hablar con más base. Pude denunciar mucho tiempo después en las Naciones Unidas, cuando salí de Cuba. Pude, con pruebas, denunciar al régimen porque yo lo viví.
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A mí siempre me tuvieron con las delincuentes, con las asesinas, con lo peor de la prisión. Si se enteraban de que había otra presa política, la ponían lejos para que no me pudiera comunicar con esa persona.
A la mayoría de las presas comunes los guardias las usaban en nuestra contra. Pero llegó un momento en que esas presas me llamaban a mí para darme las denuncias, para que las defendiera, para que sacara su situación por Radio Martí.
Yo sacaba las denuncias de la prisión, a escondidas en un papelito, en un jabón, en cualquier bobería, las escondíamos y las sacaba con la familia.
Pero también tenía muchas presas malísimas que me vigilaban. Tenía que dormir con un ojo abierto y uno cerrado, porque podían atacar en cualquier momento.
Hasta grupos de oración llegué a atender dentro de la prisión, rezábamos el rosario. Les enseñaba artes marciales a algunas presas, a las más jóvenes. Hacíamos ejercicio.
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A mis hijas las enfermaron. Les hicieron entender que yo estaba presa porque quería, que yo era mala madre, que no las quería, porque si las hubiera querido hubiera estado tranquila y no haciendo lo que hacía.
En las visitas, mientras esperaban a que contaran a las presas, los guardias les decían: «ella se porta mal, ella es rebelde, ella no quiere trabajar; ustedes ven, la culpable es ella, es mala madre. Si fuera buena, ella estuviera con ustedes en la casa tranquilita».
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Nosotros sí sabíamos los castigos que podíamos sufrir y estábamos preparados. Por eso me ha dolido tanto y todavía me duele lo que sufre la familia, porque uno sabe a lo que uno se está exponiendo, pero la familia no estaba preparada.
La familia sufre mucho, más que el mismo preso, porque después tiene que, bajo tanta miseria, preparar las jabas que hay que llevar a prisión, los alimentos, aguantar los registros. Es un doble sufrimiento.
Mi mamá también sufrió muchísimo, mis hermanas.

Captura de pantalla / Wenceslao Cruz.
El otro día me contó una hermana mía, de las más chiquitas, que ella trabajaba en una tienda en divisa en Cuba cuando yo era opositora. Una vez la fueron a visitar al trabajo y le pidieron que trabajara para el régimen. La Seguridad del Estado la chantajeó: «nos informas lo que esté haciendo tu hermana o te vamos a botar de la tienda». Mi hermana se negó y la botaron del trabajo. Sufrió cantidad porque se quedó sola, divorciada, con una niña pequeña, sin trabajo.
Todavía hoy es muy duro para mí enfrentar a veces a mis hijas, aunque sean mujeres con hijos. Me han dicho: «mamá, tú pensabas que a mí me estaban cuidando, que yo estaba bien, pero yo pasaba hambre, yo andaba por la calle pidiendo comida». Las cosas que me cuentan me parten la vida. De eso no se recuperan más. Mi matrimonio también terminó.
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Cuando me sentía muy mal, muy débil, o pensaba que no podía más, me agarraba de Dios y aguantaba. Pasé momentos muy difíciles, pero los superaba. No soy más valiente que nadie, pero superaba el miedo. Sentí miedo muchas veces. Sentí miedo en las celdas de castigo: cuando tú oyes a las demás presas gritando y gritando, se vuelven locas. Es espantoso oír eso porque tú no las ves, pero oyes todo. En ese momento, yo cerraba los ojos y me concentraba y oraba y oraba y le pedía a Dios fuerza.
Lloré muchas veces, en la prisión lloré muchas veces, cuando me llevaban a las niñas a la visita y cuando se iban; yo me quedaba llorando casi todas las visitas. Lloré muchas veces cuando supe cosas horribles que les pasaban a otros presos.
Si algo sentí fue no haber hecho mucho más, la verdad. No haber estado más preparada porque nada más llegué hasta el preuniversitario. He sentido mucho no haber estado mejor preparada para enfrentar esta lucha tan difícil, para enfrentar al monstruo que tenemos en Cuba. Yo he estado dirigiendo un partido de oposición a nivel nacional; he hecho cosas demasiado importantes para quien soy.
Arriesgué mucho y todavía sigo arriesgando. Mi familia, mis hijas, mis nietos quieren verme y a veces les digo: «no puedo ahora, tengo una reunión, tengo esto, tengo lo otro». Pero vale la pena, las grandes cosas tienen altos precios y hay muy poquitos cubanos dispuestos a luchar.
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No quería irme de Cuba, aunque mis hijas y yo teníamos visa estadounidense después de que salí de la prisión en 1999.
Un día, durante una visita en prisión al papá de las niñas, él me dijo: «Maritza, por favor, saca a las niñas de aquí, llévatelas». Yo tenía miedo de venir para Estados Unidos, porque pensaba que no me iba a adaptar. Pero cuando el padre de mis hijas empezó a pedirme que nos fuéramos, cedí; «está bien, voy a sacar a las niñas de aquí», le dije. Vinimos para Estados Unidos como refugiadas políticas, en enero de 2001.
Durante el último año que estuve en Cuba, no obstante, estuve detenida alrededor de 30 veces.
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Aún sigo luchando, sigo aquí integrada a la organización, luchando por los presos que todavía quedan en Cuba. Llevo más de 20 años en el exilio, pudiera dedicarme a vivir mi vida, pero no puedo. Y siempre con la esperanza que un día eso tiene que caerse, que algo grande va a pasar. No nos podemos rendir después de luchar tanto.
Sueño con una Cuba libre. Sueño que un día eso se tiene que acabar. La maldición no puede ser eterna. Sueño con la libertad y eso me da ánimo, me da esperanza.
**Nota 1: El término «convicción» no figura en la legislación penal cubana. Aún así, fue muy utilizado para encarcelar sin pruebas a presos políticos durante varias décadas tras el triunfo revolucionario de 1959.
Nota 2: Agradezco al expreso político cubano Antonio Pons, quien me puso en contacto con Maritza.
Esta entrevista forma parte de la tesis doctoral «La oposición fantasma. Sufrimiento, resistencia y libertad. Emergencia e institucionalización de un régimen político emocional en Cuba tras 1959 y su papel en la subordinación de actores» de la Universidad de Guadalajara.








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