Nicolás Casañas unió a sus hijos y varios descendientes para que se encargaran de las labores de su finca en Los Palacios, Pinar del Río. Aplicó una sencilla división del trabajo y asignó responsabilidades específicas. Ninguno cobra dinero.

Los ingresos generados por todos van hacia un fondo común. De ahí sale el efectivo para satisfacer las necesidades de cualquiera de los integrantes de la “comuna”. Con la aplicación de estas reglas, han prosperado sus tierras.

Después del huracán Gustav, de 2008, reconstruyeron la finca sembrando frutales. Distribuidas por sus seis caballerías hay unas 7000 plantas de mango, 2500 de aguacate, 1000 de limón, además de guayaba, guanábana y mamey, y árboles raros en la Isla como yatobá, árbol del pan y acerola.

Incluso, hubo frutos exóticos como pera y manzana, este último cosechado entre algodones por la nieta, a partir de unas semillas que le obsequiara el abuelo. Todavía hay filas de postes unidos por alambres, restos de antiguos viñedos florecientes. Dentro, de forma intercalada, cosechan tomate, frijol, malanga, viandas y hortalizas.

“Este lugar es el comunismo perfecto”, dice Aníbal, uno de los hijos. “El viejo es quien maneja el dinero. Somos como una comunidad que genera ingresos que nos facilitan la vida”.

Y aunque no es el comunismo descrito por la teoría (al menos aquí todavía se usa el dinero, y hay una estructura jerárquica: manda el padre) la decena de Casañas se las apañan aparentemente bien trabajando juntos.

Aníbal y su hijo Ernesto. Foto: Del autor.

De la “caja central” se compran los alimentos. De esta ha salido el efectivo para los materiales con que se construyen las casas de todos. Ya levantaron el hogar central, cómodo y espacioso sobre la elevación, y ahora mejorarán los demás.

También han repartido el trabajo para optimizarlo. Ernesto, uno de los nietos, es responsable del riego de los cultivos, mientras su padre, Aníbal, se ocupa de los contratos, venta de insumos y el control sanitario.

“Esto es el año entero dedicado al campo, hasta los domingos por la mañana. Por la tarde salgo a divertirme un rato. Me hallo cómodo trabajando para mí, me motiva más. El campo es donde mejor me siento”, cuenta Ernesto.

Faja’o desde muy temprano, se protege del sol con una camisa de mangas largas, un sombrero y el pantalón verde olivo.

“Aquí todo es en familia. Solo en los tiempos de cosecha, cuando hace falta, se contrata más gente”, dice el joven, quien apenas pasa los 20 años y estudió técnico medio en agronomía.

Ernesto y otro nieto de Nicolás. Foto: Del autor.

En la división laboral, uno de sus tíos garantiza el mantenimiento de las vetustas maquinarias. En su taller se repara el tractor o los coches de caballos; se tornean las piezas nuevas o se sueldan y remiendan las antiguas. El otro es quien manda en la parte pecuaria de la finca, atendiendo los animales, el ganado vacuno y la producción de leche, también auxiliado por su hijo.

Haber desarrollado un modelo comunal basado en la familia les ha dado solvencia, pero no los salva de los problemas de la agricultura nacional. Los Casaña consideran que un camino más rápido a los recursos y fluidez en las gestiones por parte de los que deciden, impulsarían la producción de alimentos.

“Antes de comenzar la cosecha debes tener el paquete tecnológico. Hace falta un mejor sistema de gestión, que la base productiva sea capaz de llegarle más directamente a los insumos; definir el papel de cada cual: yo siembro, tú me compras y otra entidad es la encargada de garantizar los suministros.

“¿Por qué yo no puedo comprar directamente mis insumos? Desmotiva ver que tú empleas tiempo, dinero, fuerza, parte de tu vida trabajando y por un momento alguien que no es consciente de qué está pasando, decide limitar un recurso y eso repercute en el de abajo”, dice Aníbal.

Los Casañas son campesinos independientes y Nicolás es dueño de tierra en un país donde el 86,2 por ciento de la superficie total es propiedad estatal socialista. Ellos escogieron separarse de las formas productivas que dominan el campo cubano para construirse un futuro que dependa casi de forma exclusiva de sus esfuerzos colectivos.

Los más nuevos de la familia, dos bisnietos nacidos hace pocos meses, ya tienen un lugar en esta comunidad distinta. Cuando crezcan podrían seguir la tradición. Por ahora, al menos tienen un techo sólido para vivir, construido con los fondos comunes de su familia.