Marxlenin Pérez Valdés, propagandista del Gobierno cubano, afirmó durante su gira por España para ofrecer charlas sobre «El imperialismo en la comunicación. El caso de Cuba», que la isla es «uno de los países con más libertades». Esta afirmación es FALSA.
Según declaró «la comunicadora y filósofa», al diario La Nueva España en un texto publicado el 16 de marzo, «somos uno de los países con más libertades, pero hay una guerra mediática» (frase usada en el titular del medio), y la «causa principal de nuestra crisis en Cuba es la hostilidad de Estados Unidos».
Estas declaraciones son parte de la narrativa desinformadora del régimen del Partido Comunista y sus voceros. Las afirmaciones de Pérez Valdés contradicen las evaluaciones independientes sobre el estado de las libertades en Cuba. Diversos índices internacionales ubican sistemáticamente a la isla entre los países con mayores restricciones en ámbitos clave como la libertad de prensa, la participación política y la actividad económica.
Del discurso a la realidad: Cuba en los últimos lugares del mundo
En materia de libertades civiles y políticas, Freedom House clasifica a Cuba como un país «no libre», con una de las puntuaciones más bajas del continente. La organización señala la ausencia de elecciones libres, la prohibición de partidos políticos independientes y la represión de la disidencia como elementos estructurales del sistema.
En el ámbito de la libertad de prensa, informes de Reporteros Sin Fronteras han ubicado a Cuba de forma recurrente entre los peores países del mundo para ejercer el periodismo. El control estatal sobre los medios, la censura y la persecución a periodistas independientes son prácticas documentadas de manera sistemática. En la misma línea, la Sociedad Interamericana de Prensa ha denunciado de forma reiterada la criminalización del ejercicio periodístico en la isla.
En cuanto a la libertad económica, el Índice de Libertad Económica de The Heritage Foundation sitúa a Cuba como el segundo país con menos libertad económica en el mundo, solo por delante de Corea del Norte. En las Américas, la isla ocupa en 2026 el puesto 32 de los 32 países; incluso, queda por debajo de Haití. El prestigioso ranking ubica a la economía cubana entre las más «reprimidas», con fuertes restricciones a la iniciativa privada, control estatal de sectores clave y limitaciones severas a la inversión y al emprendimiento.
A estos indicadores se suman reportes de organismos como Amnistía Internacional y Human Rights Watch, que han documentado detenciones arbitrarias, limitaciones a la libertad de expresión y reunión, así como el uso de figuras penales para castigar la crítica al Gobierno.
En conjunto, estos datos desmienten la narrativa de que Cuba sea «uno de los países con más libertades». Por el contrario, la evidencia apunta a un modelo con controles amplios sobre la vida política, económica y social.
Más allá de Estados Unidos: las causas internas de la crisis cubana
La narrativa de que la crisis cubana tiene como causa principal la hostilidad de Estados Unidos no se sostiene cuando se contrasta con el análisis de economistas y académicos. El profesor y doctor en Economía Internacional y Desarrollo, Mauricio de Miranda Parrondo, en entrevista con elTOQUE, ha identificado como factores centrales problemas estructurales acumulados durante décadas: políticas económicas fallidas, restricciones al emprendimiento privado, exceso de centralización, baja capacidad de ahorro e inversión y una inserción internacional débil. Aunque reconoce el impacto de las sanciones, es tajante: afectan, pero «no son la causa de la parálisis» de la economía cubana.
Otros expertos coinciden en que la crisis responde, sobre todo, a decisiones internas. Para Miguel Alejandro Hayes la pandemia solo agravó una economía que ya estaba en declive: «fue un toque al cristal que ya estaba roto». Hayes cuestiona, además, la dependencia del turismo y el diseño de medidas como el ordenamiento o la bancarización, que —según su criterio— buscaron aliviar tensiones sin modificar las estructuras de poder. A su juicio, esa lógica política es, en sí misma, un factor central de la crisis.
Desde otros enfoques, el diagnóstico se repite con matices. El doctor en Economía, Pedro Monreal, reconoce que las sanciones tienen un impacto «grande», pero subraya el peso de la ineficiencia del modelo de planificación centralizada y de las decisiones de inversión estatal. El también economista e investigador, Ricardo Torres, califica las sanciones como una restricción externa importante, pero no como el elemento principal para explicar el deterioro económico. El doctor y profesor Pavel Vidal habla de un doble bloqueo —externo e interno— y advierte que la vulnerabilidad de la economía cubana frente a las sanciones también es resultado de sus propias debilidades estructurales.
El economista Omar Everleny Pérez Villanueva afirma además que, aunque las sanciones afectan considerablemente, «mucho se puede hacer a lo interno». En esa misma línea, la académica Tamarys Bahamonde señala que factores como la exclusión de organismos internacionales o las restricciones de acceso al crédito tienen costos reales, pero no explican por sí solos la profundidad de la crisis.
En conjunto, las múltiples voces coinciden en un punto clave: las sanciones influyen, pero no bastan para explicar la contracción económica, la inflación, la escasez o el éxodo masivo. La evidencia apunta a un problema más profundo, vinculado al diseño y funcionamiento del propio modelo económico y político en la isla.
Las declaraciones de Marxlenin Pérez Valdés no son un hecho aislado, sino parte de un patrón sostenido de desinformación. En su reciente gira por España, por ejemplo, defendió que en el socialismo cubano se promueve la creación de negocios privados «para desaparecerlos», una afirmación que no solo evidencia la visión ideológica del modelo, sino que contradice la propia evolución económica del país, donde el sector privado ha crecido como respuesta a la incapacidad estatal para sostener la economía. Este tipo de discursos omiten datos clave, simplifican la realidad, a la vez que refuerzan las narrativas oficiales.
Ese mismo enfoque se reproduce en el programa televisivo Cuadrando la Caja, que Pérez Valdés conduce y que funciona más como un espacio de propaganda que de análisis económico. Lejos de ofrecer un debate plural o crítico, el programa suele presentar versiones alineadas con el discurso oficial, sin cuestionar las causas internas de la crisis ni dar espacio a voces independientes. En conjunto, tanto sus intervenciones públicas como su rol en medios estatales refuerzan una estrategia comunicativa que prioriza la defensa del sistema sobre la verificación de los hechos.
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