En el nido de los espías

4 de junio de 2026 a las 01:00 p. m.

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Foto: Consulado cubano en Madrid.

Foto: Consulado cubano en Madrid.

El año que murió Fidel Castro cayó en mis manos un librito de Ignacio Ramonet. El tema era, en gran medida, la paranoia de Ramonet, una paranoia que se convertía en verdadero pánico cuando hablaba de embajadas y diplomáticos. Según él, las azoteas de las embajadas del mundo están llenas de micrófonos y parabólicas, antenas y radares, toda clase de dispositivos de escucha fabricados en Pekín, comprados por el Kremlin y confiscados por la CIA. 

«Se sabe que las embajadas, sean del país que sean, suelen ser nidos de espías», repetía Ramonet en las presentaciones de su libro, incómodamente titulado El imperio de la vigilancia, y sus anfitriones cubanos se ponían nerviosos. Al parecer, a Ramonet lo había desquiciado otra frase no menos apocalíptica —pero sí más poética— de Julian Assange: «En el tejado de los edificios, potentes antenas de radio y satélite escrutan el cielo». 

Recuerdo la histeria de Ramonet, vestido de negro y con el bigote teñido, al hablar de estas cosas en la Universidad Central de Las Villas. «Hay que oponerse a la vigilancia del Estado», decía, «cuando se es inocente, es una lucha política. Hay que pasar a la guerrilla digital: engañar a los espías, cegarlos, disimular nuestras conexiones a Internet, cifrar nuestros correos electrónicos, proteger nuestros mensajes. El objetivo es lograr que los algoritmos enloquezcan, crear zonas de opacidad y escapar a la inspección y al cacheo de los chivatos digitales secretos». No lo volvieron a invitar. 

Casi diez años después de aquello, el 30 de diciembre de 2024, fui por primera vez a la Embajada cubana en Madrid y me acordé de Ramonet, me acordé de Assange, y sentí el corrientazo de la paranoia. 

Todos los cubanos tenemos que ir alguna vez al consulado cubano. ¿Por qué? Por culpa de España, que retrasa durante años las solicitudes de asilo que rara vez concede a los cubanos. Nadie quiere verle la cara al cónsul. Nadie quiere ir al nido de espías de Ramonet. Es como exigirle a un judío que solicite sus antecedentes penales en un consulado del Tercer Reich. Pero es más fácil tragar en seco y resolver el trámite. 

Además, las autoridades cubanas no pueden negarle a nadie su derecho a tener un documento de identidad en el extranjero. Tengo derecho a tener un pasaporte —y lo cobran caro: 180 euros—, tengo derecho a que me atiendan los funcionarios consulares. 

De la embajada nos interesan dos puertas: la de entrada, en el Paseo de La Habana 194, que casi ningún emigrado cubano cruza; y la trasera, en la Calle de la Macarena, donde se solicitan y recogen los pasaportes. El edificio no puede ser más feo. Cuatro plantas idénticas, despintadas, polvorientas. 

En la azotea —que ahora veo en una foto satelital— hay objetos indeterminados que harían temblar a Ramonet. En el techo de las embajadas cubanas se puede encontrar de todo, incluso parrillas para incinerar documentos confidenciales. Lo saben bien los ecuatorianos que filmaron a un funcionario cubano el 4 de marzo de 2026, mientras quemaba papeles en un armatoste oxidado. «No sabía que parte de la dieta cubana era cocinar papeles», dijo entonces el presidente Daniel Noboa, que había decretado la expulsión del personal diplomático cubano un día antes.   

Pero lo más escalofriante no está en los cielos, como pensaba Assange, sino en la Calle de la Macarena. El custodio, un personaje que parece profesor de Educación Física, abre la reja a gritos y deja entrar a los que hacen cola afuera, repito, en el frío de diciembre. 

El ambiente dentro del consulado, en la sala de espera, es el de una oficina de Etecsa o un aula donde todo el mundo está de castigo. La gente mira al piso, un piso de granito carcelario, y espera la llamada de una secretaria pelirroja. Ella es quien guía, también a gritos, a los solicitantes. Lo mejor que se puede esperar de la secretaria y del custodio es condescendencia. El televisor que indica los turnos está roto, en el baño no hay agua. Es Cuba. Lo peor de Cuba en uno de los mejores barrios de Madrid. 

Yo también miro el piso. Llevo años haciendo periodismo y ellos lo saben. ¿Me darán el pasaporte para poder solicitar la residencia? Quizá logre hacer el trámite. Este no es el momento de peligro sino la recogida, cuando ellos sepan que estuve aquí. Todo eso me pasa por la cabeza mientras almuerzo en un restaurante chino, Dong Feng, a pocas cuadras de El Retiro. 

Cuando el camarero trae mi cerdo agridulce y mi arroz, me doy cuenta de que es cubano. Un cubano elástico que ha logrado calcar los modales y el movimiento de los chinos. Yo incluso lo hallo —y ya deliro como Ramonet— un poco achinado. Me ofrece té. 

Salgo del Dong Feng convencido de que la embajada ya me está espiando. Tendré que volver cuando me llamen. Mientras, revisaré diariamente mi casa en busca de cables y micrófonos. Crearé zonas de opacidad. Esquivaré a la Matrix. ¡Escaparé del cacheo de los chivatos digitales secretos! 

Más allá del juego, con ellos siempre hay que estar en guardia. En el siniestro Instituto de Relaciones Internacionales parece que también ofrecen lecciones de boxeo, y el largo historial de violencia de los diplomáticos cubanos lo demuestra. La violencia ha llegado a ser su carta de presentación. 

La excónsul cubana en Santiago de Compostela, Yahima Martínez, exhibió su talento combativo contra dos activistas opositoras en julio de 2022. Fue demandada, pero escapó a Cuba y nunca se presentó a juicio. En mayo de 2023, quien tomó posesión del ring diplomático fue el entonces cónsul en Madrid, Ulises Oliva, que atacó a dos médicos exiliados durante un concierto de Buena Fe. Y esto es solo en España. En fin, que no me hará mal complementar mis sesiones de zazén con otras, menos meditativas, de kung fu. 

Vuelvo a la embajada el 28 de marzo de 2025, en estado de alerta. Paso por casa de un amigo periodista a quien le confieso mi miedo a que me detengan. «No te pueden detener en suelo extranjero», me dice. Evidentemente, el dato no me tranquiliza en lo más mínimo. Avanzo como un alma en pena por la Calle de la Macarena y me digo que, al menos en el plano psicológico, el señor embajador y la honorable cónsul y el excelentísimo personal diplomático ya tienen su primera victoria. Me recompongo. Avanzo. 

De nuevo estoy cara a cara con el custodio, que me dice la primera frase preocupante: «Tu pasaporte no está». Era de esperar, así que le digo que ya recibí el mensaje de que podía recogerlo. «Tiene que estar», insisto. Me dejan esperando en la calle. Se me acerca un chivatico patilludo, un habitual, a sacarme quejas. Por un momento, siento la tentación de hablar con él para luego escribir, pero no me concentro. No vine a trabajar sino a resolver un problema. 

La gente llega y se va. Solo quedamos el chivato y yo. Él está un poco avergonzado porque ya sabe que yo sé, pero aun así intenta hacer su trabajo. Vuelve a salir el custodio y me dice que mi pasaporte «lo está mirando la cónsul». Se refiere a Liyris Aguilar Vega, una mujer menuda y nerviosa a quien vi de lejos en mi primera visita. ¿Qué hace Liyris Aguilar Vega mirando mi pasaporte? 

Poco después, aparece otro personaje, parecido al custodio, vestido con mono deportivo. Me sonríe y me entrega el pasaporte. No tiene cara de diplomático ni de militar. ¿He conocido a mi ángel de la guarda? ¿Querían verme la cara? (Todo esto se lo cuento después a mi amigo, que me dice que si me hubieran llamado habría sido para reclutarme, no para regañarme). Antes de irme le doy un par de vueltas al edificio y tiro algunas fotos, para cuando escriba este artículo. En todas, el chivato patilludo mira a la cámara. 

Ese día no vuelvo a Dong Feng. Busco un restaurante asturiano en Plaza de España y me cercioro de que no haya camareros cubanos. Como solo. Pienso en la gente que vi en la embajada. No en los diplomáticos, sino en los que íbamos a resolver algún papel. Los guapos, los que sienten que el consulado es su casa, los segurosos, los que van a pedirle dinero al embajador a cambio de favores, los que usan el español peninsular como mecanismo de defensa.

Pienso en los que escriben comentarios elogiosos en Google sobre el consulado: «Me sentí como en casa desde la puerta: el señor con esa característica que nos hace únicos», escribe una tal Karla F. «El señor de la puerta es majísimo… ¡gracias, hermanos!», dice Lázaro B. «Para los que se sientan nostálgicos aquí tiene su pedacito de Cuba en Madrid», suspira Amy F. 

También hay gente que se queja, claro. Del sol, de la cola, de las sillas incómodas, de la falta de baño. Nadie menciona las humillaciones ni esa especie de viaje involuntario, en el tiempo y el espacio, al mundo del maltrato burocrático. Nadie habla de las cabezas mirando al suelo, ni siquiera mis colegas periodistas que han estado allí. 

El 27 de abril de 2003, un reportero de El País pudo entrar a la embajada. Logró que lo recibiera la embajadora de aquel momento, llamada fantásticamente Isabel Allende, con la condición de que su entrevista fuera grabada por un funcionario. Allende dijo que las persianas de la embajada tenían que estar siempre cerradas «por seguridad». 

Reviso ahora mis fotos de la embajada y, efectivamente, todo está cerrado. Hasta Ramonet sospecharía. Pero uno se puede imaginar, como si las paredes fueran invisibles, de qué manera funciona ese lugar. El embajador, la cónsul, el consejero económico, el secretario de asuntos políticos, los agentes, los boxeadores, los tipos en mono deportivo, los chivatos digitales secretos. Todos pululando detrás de las persianas cerradas. Todos con su misión. El nido de espías.


ELTOQUE ES UN ESPACIO DE CREACIÓN ABIERTO A DIFERENTES PUNTOS DE VISTA. ESTE MATERIAL RESPONDE A LA OPINIÓN DE SU AUTOR, LA CUAL NO NECESARIAMENTE REFLEJA LA POSTURA EDITORIAL DEL MEDIO.  
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