Una verdadera tribu de castrólogos acaba de publicar, por fin, los 23 tomos de Obras Escogidas de Fidel Castro. Capitaneados por el exmilitar Alberto Alvariño, 59 fieles trabajaron en el megalómano proyecto de editar al interminable comandante. Resultado: unas 15 333 páginas —además de fotos, notas y prólogos— que ahora parten en busca de lector.
El 19 de agosto de 2026, pocos días después del centenario del caudillo, el Centro Fidel Castro y Ediciones Alejandro publicaron enlaces para la descarga gratuita de los volúmenes. No se sabe si habrá una edición física disponible para la venta. La tienda del Centro —donde se pueden comprar portacelulares con la firma de Fidel y postalitas motivacionales con sus frases— no la tiene todavía en stock.
Aunque la crisis de papel que vive la isla nunca ha sido un obstáculo para publicar libros de militares, es improbable que un conjunto tan descomunal pueda llegar a la imprenta con facilidad. Una pista la ofrece el colofón de cada libro, que indica «se terminó de editar» y no el habitual «se terminó de imprimir».
El prólogo, como no podía ser de otro modo, lleva la firma de Raúl, aunque las repeticiones y autocitas hacen sospechar de la autoría del texto, un resumen biográfico bastante desabrido. No es nada raro que los hermanos Castro recurran a escritores fantasma: lo hizo famosamente Fidel en La victoria estratégica y La contraofensiva estratégica, escritos en realidad por el historiador Pedro Álvarez Tabío, como el propio caudillo admitió.
«Queda por delante el reto colosal al Centro Fidel Castro Ruz de editar las Obras Completas, una necesidad impostergable de la memoria histórica de la nación», promete Raúl, pero no se atreve a ponerle fecha límite a un proyecto todavía más faraónico.
Según una Nota Editorial, los originales de la mayoría de los documentos reproducidos están en el Departamento de Versiones Taquigráficas, la Oficina de Asuntos Históricos y el Archivo de la Dirección de Preservación del Patrimonio Documental, ubicados en el Palacio de la Revolución.
El primero de los papeles es la carta que Castro envió en 1940 al presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt. Tenía doce años —lo cual demuestra que nació en 1927 y no en 1926, aunque una nota del editor desmiente al propio Fidel, acusándolo de cometer un error— y pretendía pedirle dos cosas a Roosevelt: «Si usted quiere, déme un billete de diez dólares americano verde en la carta, porque yo nunca he visto un billete verde americano estadounidense de diez dólares y me gustaría tener uno de ellos». Y también: «Si usted quiere hierro para hacer sus barcos, yo le enseñaré las mayores (minas) de hierro de la tierra. Ellas están en Mayarí, Oriente».
Fechado en 2013 y no en 2016 —año en que murió—, el último documento de las Obras es un réquiem por el deceso de Hugo Chávez. Titulado «Perdimos a nuestro mejor amigo», el texto es una de las célebres Reflexiones con las que Castro agobió a los lectores de Granma desde su convalecencia. Con un sencillo truco editorial, los compiladores se las arreglaron para que fuera Chávez y no Fidel quien pusiera el muerto al final de los 23 tomos.
Entre 1940 —con la carta del pequeño capitalista que pide dólares— y el epitafio de Chávez en 2013 hay infinidad de documentos, la mayoría discursos y cartas. El último volumen, según el prólogo de Raúl, es uno de los más relevantes para los lectores actuales, porque permite comprender la relación de Cuba con Venezuela, una relación —y esto no lo dice Raúl— que se fue a bolina el 3 de enero de 2026, cuando el ejército estadounidense capturó a Nicolás Maduro y Caracas suspendió los envíos de petróleo a la isla.
Confiados en que nadie leerá esos libros, los editores dejan pasar textos muy difíciles de conciliar con la imagen monolítica que el castrismo fue construyendo alrededor de su líder. Está por ejemplo la gélida carta enviada a su primera esposa, Mirta Díaz-Balart, desde la prisión en 1953, en la que le ordena: «Dime dónde está el niño», Fidelito Castro Díaz-Balart. Se divorciarían poco después, en parte porque Castro le había sido infiel con Natalia Revuelta, de cuyas cartas los editores solo nos permiten leer los «fragmentos» no sentimentales.
Después de 1959, tras los fusilamientos masivos a los colaboradores de Fulgencio Batista, Castro declaró por primera vez —como gobernante— que no era comunista. En el Cabaret Copa Room del hotel Riviera, dijo en inglés: «He dicho muy claro que no soy comunista. No tengo nada que ver con el comunismo. Pero usted puede estar seguro de esto: nosotros nunca ejecutamos por la fuerza ninguna idea. Porque yo soy un demócrata en el sentido real de la palabra, y nosotros no vamos a hacer eso para... hacerle gracia a nadie». ¿De quién hablaba? ¿De los soviéticos?
Pronto tendría que desmentirse y caer de lleno en la que fue una de sus expresiones predilectas en aquel tiempo, la «órbita soviética», y todo lo que suponía obedecer a Moscú. La infiltración y desmantelamiento de la Iglesia católica, por ejemplo. «¿Se ha metido el Gobierno con la Iglesia?», dijo en 1961. «¿Se ha metido el Gobierno con los curas? Entonces, ¿qué guerra es la que tienen los curas contra nosotros? Sin embargo, han estado provocando una serie de incidentes, y después, con esa socarronería clásica, después que ellos provocan el problema, entonces hacen pastorales culpando al Gobierno».
No viene mal volver a oír la voz de Fidel Castro durante episodios funestos, como el éxodo de Camarioca («Ahora se verá si somos nosotros los que tenemos culpa de que se ahogue alguien tratando de llegar al paraíso americano, al paraíso yanqui») o el de Mariel («Están haciendo un servicio sanitario óptimo [risas], óptimo. Ahora se quejan»). Solo hay cuatro documentos correspondientes al año 1971 —el más siniestro de la relación entre la dictadura y los intelectuales—, y ninguno de ellos tiene que ver con el Congreso Nacional de Educación y Cultura, que inició un largo período de parametración y censura.
Las Obras recogen documentos que eran difíciles de conseguir, como los discursos a los primeros emigrados que retornaron en 1978 para el fallido «diálogo con la Comunidad Cubana en el exterior». También hay una serie de papeles militares de la década de 1980 que sirven de contexto para comprender el ambiente de crispación antes del Caso Ochoa.
El tomo donde figura Ochoa —el 15— es un verdadero esfuerzo de camuflaje: la Causa Número 1/1989 aparece traspapelada entre decenas de documentos sobre los «logros» en la salud, la cultura, el deporte. La ausencia es tan marcada que resulta demasiado evidente.
Los editores recogen solamente el larguísimo discurso de Castro ante el Consejo de Estado, a propósito del juicio del general Arnaldo Ochoa y otros militares de alto grado el 9 de julio de 1989. La situación era tan grave que Roberto Robaina —futuro canciller y entonces secretario de la Unión de Jóvenes Comunistas, defenestrado luego— y el general Juan Almeida Bosque tuvieron que volver a Cuba urgentemente desde Corea del Norte, para que todos los miembros del Consejo estuvieran presentes.
En su alocución, Castro asegura que no dijo «ni una palabra» de lo que realmente pensaba de Ochoa, para no influir en la sentencia. Sin embargo —y ese era el motivo de la reunión con el Consejo— el desenlace había sido el que él esperaba: fusilamiento. La decisión, afirma, la tomó el tribunal («ellos fueron los que decidieron»). Él se lavaba las manos.
Para él, Ochoa era «un jefe incontrolable, capaz de hacer cualquier aventura». Lo que en Angola y Etiopía era un mérito —Ochoa era considerado un héroe y un gran estratega—, en La Habana era un peligro. De hecho, en el discurso Fidel desacredita sus éxitos en África y los atribuye al Partido. «Desde mediados de noviembre de 1987 hasta fines del año 1988», afirma, «nosotros no nos ocupamos del Gobierno; nosotros le dedicamos todo el tiempo, todo el tiempo a esa lucha, a esa guerra [la de Angola]».
Para quien se interese en los vínculos de La Habana con el narcotraficante Pablo Escobar, el discurso de Fidel también contiene pistas importantes. También ese asunto Castro lo atribuye a la «pandilla repugnante» que acabó en el paredón.
Es notable el interés de los editores por presentar a Fidel como el «internacionalista» por excelencia. Sin embargo, no hay demasiados documentos sobre la Unión Soviética, y los que hay son más bien desfavorecedores, como el análisis de Castro sobre las causas de la caída de la Unión Soviética. Hay un discurso en homenaje a Kim Il Sung («Permítanme brindar por el gran líder, compañero Kim Il Sung, para que goce de una larga vida y una excelente salud») y una larga comparecencia sobre el papa Juan Pablo II.
Como ya ocurrió con las Obras Escogidas de Raúl Castro, publicadas en 2025 y solo nueve tomos, en las de Fidel son más elocuentes las omisiones que lo que aparece en las más de 15 ooo páginas. ¿Quién financió un proyecto de semejante envergadura en un país en crisis total? ¿De dónde saca su dinero el Centro Fidel Castro —se les puede donar objetos pero no dinero—, que supuestamente lo patrocinó y editó?
Las Obras Escogidas de Fidel Castro son el enésimo intento —aunque no el más hábil— de que el caudillo alcance la posteridad, ya que no pudo alcanzar la inmortalidad. Detrás de cada tomo están las manos de su biógrafa Katiuska Blanco y de ideólogos como Elier Ramírez Cañedo, director del Centro, o de Abel Prieto. Es una biblioteca monstruosa en tamaño y forma, pero no en contenido. Ofrece sobre todo una voz: la de un hombre que fue del narcisismo más delirante hacia la decrepitud más aplastante.






