En la trayectoria histórica de Cuba, pocas comparaciones son tan sugerentes y decisivas como la que se establece entre José Martí y Fidel Castro. No se trata solo de contraponer dos figuras icónicas ni de simplificar su influencia a un duelo simbólico entre el fundador de la nación y el líder de la revolución posterior. Se trata, más bien, de observar cómo dos discursos fundamentales —el martiano «Con todos y para el bien de todos» y el fidelista del primero de mayo de 1980—[1] revelan concepciones morales y políticas diametralmente opuestas sobre la nación, el ser humano y la legitimidad del poder. Martí concibe la república como un espacio inclusivo para todos los cubanos; Fidel la convierte en un instrumento de depuración ideológica. Martí cree en la dignidad plena del hombre; Fidel cree en la fidelidad plena al Estado. Martí propone una nación amplia y misericordiosa; Fidel impone un proyecto disciplinario que excluye a quienes no comulgan con él. El contraste es tan profundo que Fidel puede considerarse —no por provocación retórica, sino por rigor conceptual— el súmmum del pensamiento antimartiano.
El discurso de Martí, pronunciado ante emigrados en Tampa, el 26 de noviembre de 1891, es una pieza fundacional del pensamiento republicano cubano. Martí habla allí del destino de Cuba como de un compromiso ético que solo puede sostenerse sobre la libertad de cada individuo y sobre el respeto mutuo entre los hijos de la isla. La república, en su visión, no nace para dominar, sino para servir. No basta con proclamarse independiente: es necesario que la nueva nación encarne una forma de convivencia donde la dignidad humana sea la ley primera. Martí imagina un Estado cuyo objetivo central es garantizar el crecimiento moral del ciudadano, no someterlo ni uniformarlo. Su célebre fórmula, «con todos y para el bien de todos», no es un eslogan de conciliación superficial, sino una propuesta de justicia profunda: la república no será legítima si excluye, humilla o margina a alguien. Allí donde un cubano sea maltratado por el Estado, allí donde un hombre sea reducido por razones ideológicas, allí donde se imponga la obediencia por encima del pensamiento propio, la república deja de ser república.
Martí entiende, además, la diversidad como una condición natural de la nación. El pueblo cubano no es homogéneo; es plural en razas, en experiencias sociales, en sensibilidades políticas, en formas de pensar. Precisamente por eso, la república debe ser amplia, tolerante, inclusiva y respetuosa. Y a todos les habla: al cubano que aspira a la independencia y al que le teme, al negro que arrastra las penurias de la esclavitud y es tan cubano como el resto, al español que defiende los intereses de la Corona y al que aspira solo a la vida tranquila en una tierra a la que le ha tomado cariño. Para todos hay espacio en su proyecto, porque Martí no concibe una Cuba que pertenezca solo a los patriotas más fervientes ni solo a quienes compartan un mismo credo político. La patria, para él, no es una propiedad ni un monopolio; es un espacio espiritual y práctico donde conviven los diferentes. La confianza en la humanidad del otro es una premisa martiana: incluso quien disiente, incluso quien se equivoca, incluso quien tiene temores o reservas frente a la causa común, merece ser acogido. Una patria que rechaza a un hombre deja de ser patria; una república que margina a uno solo de sus hijos traiciona su razón de ser.
Este humanismo radical se ve lacerado frontalmente por las palabras de Fidel Castro en su discurso pronunciado el primero de mayo de 1980, en plena crisis del Mariel,[2] un momento en el que decenas de miles de cubanos habían decidido partir hacia los Estados Unidos. Frente a ese éxodo, Fidel no optó por la comprensión ni por el análisis autocrítico sobre las causas del descontento de tantos ciudadanos. Optó, en cambio, por la deslegitimación moral de quienes querían abandonar el país y por una retórica de rechazo que ya marcaba y seguiría marcando la política de la Revolución. Su afirmación de que a quienes no confiaban en el proyecto revolucionario «no los queremos, no los necesitamos» constituye un reconocimiento moral de enormes consecuencias. Con esas palabras, Fidel no solo condenó a quienes se iban, sino que redefinió la pertenencia a Cuba como una prerrogativa política, no como un derecho humano esencial.
No hay en Fidel, en ese discurso, una noción de nación como hogar común. La nación aparece subordinada a la Revolución; y la Revolución se convierte en filtro de legitimidad. Ser cubano no es un hecho ontológico ni un lazo moral ni una pertenencia cultural: es una gracia que se concede solo a quien demuestra una fidelidad política absoluta. El Estado no se concibe como un servidor del ciudadano, sino como un juez de su valor moral. A diferencia de Martí, que teme ante todo la injusticia del poder, Fidel teme ante todo al individuo que no se somete. Y ese temor lo lleva a despojar a miles de cubanos de la dignidad moral de su pertenencia. Allí donde Martí habría visto seres humanos con dolores, dudas y aspiraciones, Fidel ve «escoria», ve elementos inferiores, ve amenazas a la pureza de su proyecto.
Cuando Martí subraya que la república debe evitar que un solo hombre sea humillado, lo hace desde una ética que reconoce la fragilidad humana y la necesidad de protegerla. Para Fidel, en 1980, la fragilidad no es motivo de protección, sino de sospecha. La revolución no puede —ni quiere— acoger al que duda. El que no apoya debe marcharse; el que no encaja debe desaparecer del horizonte moral del país. Este razonamiento invierte completamente la lógica martiana: mientras Martí encarna una política del abrazo, Fidel encarna una política del repudio. Mientras Martí sueña con el reencuentro de los cubanos dispersos, Fidel justifica su expulsión del espacio material y simbólico.
Vayamos a las palabras. Dice Martí: «O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre, o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos. Para verdades trabajamos, y no para sueños. Para libertar a los cubanos trabajamos, y no para acorralarlos».[3] En cambio, dice Castro: «Ese día se planteó cuál ha sido, es y será la política de la Revolución, una idea esencial nuestra, y es que la obra de una revolución y la construcción del socialismo es tarea de hombres y mujeres absolutamente libres y absolutamente voluntarios. Quien no tenga genes revolucionarios, quien no tenga sangre revolucionaria, quien no tenga una mente que se adapte a la idea de una revolución, quien no tenga un corazón que se adapte al esfuerzo y al heroísmo de una revolución, no lo necesitamos en nuestro país».[4]
Dejando de lado la contrariedad formal de ambas retóricas, que bien daría tema para la redacción de un nuevo texto, bastan estas palabras para captar la energía que coloca a Fidel Castro en el extremo opuesto al discurso martiano. La palabra que más reitera Martí es «cubanos»; la que encontramos más veces en el discurso de Castro es «lumpen», siempre refiriéndose a «compatriotas» que han cometido el sacrilegio de no estar en sintonía con la Revolución. En otro fragmento del discurso castrista leemos: «Creían que era propaganda de nosotros, creían que estábamos cometiendo una injusticia y estábamos llamando a los “pobrecitos disidentes”, lumpen. Y ese fue el tipo de elemento que constituía la inmensa mayoría de los que se alojaron en la embajada de Perú. Claro, algunos de ellos llevaban familia, no vamos a decir que un niño sea un lumpen, es una desgracia que un niño sea hijo de un lumpen, es una terrible desgracia. Pero la inmensa mayoría de la gente que estaba allí era de ese tipo: lumpen. Algún flojito como dijo alguien, algún descarado que estaba tapadito. Ustedes lo saben, los Comités saben eso bien, mejor que nadie, saben que alguna gente de esa se coló también, que por cierto, son los que producen más irritación, los simuladores».
Si bien con su palabra Martí busca ensalzar y gratificar lo mejor de ser cubano: «Se dice cubano, y una dulzura como de suave hermandad se esparce por nuestras entrañas (...) y echa las alas el corazón enamorado para amparar al que nació en la misma tierra que nosotros»;[5] siempre con la intención de hacer aflorar los mejores valores del ser humano, Fidel ataca y ofende sin ambages, utilizando los peores apelativos para referirse a sus congéneres, y consiguiendo así lo más terrible: encender el odio en el corazón de todos aquellos que lo siguen.
La oposición entre ambos discursos también se manifiesta en su comprensión del poder. Martí concibe el poder como algo peligroso que debe estar limitado por la moralidad del ciudadano. El gobernante, para él, no tiene derecho a imponer su verdad sobre la conciencia individual. La república existe precisamente para resguardar la autonomía del pensamiento. Fidel, en cambio, concibe el poder como depositario de una verdad histórica que debe imponerse, si es necesario, por encima de la voluntad individual. El gobernante no administra la nación, sino que la encarna. No promueve el pensamiento, sino que lo dirige. No respeta la diversidad de un pueblo, sino que persigue su disciplina. Para Martí, esa diversidad es riqueza; para Fidel, una amenaza.
Resulta significativo que Martí concibiera su proyecto político en un contexto de guerra y exilio, mientras que Fidel pronunció su discurso desde la cúspide del poder, con un Estado total y absolutamente controlado. Y aun así, el que habla con serenidad, respeto y amplitud es Martí, no Fidel. El primero, acosado por la precariedad material y la urgencia de la independencia, insiste en la dignidad plena del hombre. El segundo, asegurado por las estructuras del Estado y la obediencia casi absoluta del aparato político, responde a una crisis social con desprecio y expulsión. Esto revela una diferencia esencial: Martí cree que el poder debe ejercerse con humildad; Fidel cree que el poder debe ejercerse con autoridad marcial.
La visión fidelista del primero de mayo de 1980 constituye, en efecto, una rotunda expresión del antimartianismo político. No porque Fidel rechazara verbalmente a Martí —al contrario, lo citaba con frecuencia—, sino porque su praxis y su filosofía destruyen los principios fundacionales del pensamiento martiano. Martí jamás habría concebido que un gobernante pudiera decirle a un ciudadano: «no te necesitamos». Esa frase implica que el Estado se coloca por encima de la persona, que la legitimidad moral del individuo depende de su utilidad política, que existe un tipo de cubano prescindible. Para Martí, esa noción sería una herejía política y moral. La patria, para él, es precisamente el espacio donde nadie puede ser declarado innecesario.
Las implicaciones de este contraste son profundas. Martí propone una república democrática fundada en ciudadanos libres; Fidel impone un régimen fundamentado en la lealtad ideológica. Martí imagina un país donde la discrepancia es parte natural de la vida pública; Fidel concibe la discrepancia como una enfermedad social. Martí entiende la nación como un proyecto humano; Fidel la reduce a una extensión del Estado. Martí coloca al hombre en el centro del destino cubano; Fidel coloca al Estado en el centro de la vida del hombre. Así, el discurso fidelista no solo se aleja del martiano: lo contradice en su esencia.
En términos humanos, Martí intenta unir a los cubanos después de siglos de división colonial; Fidel divide a los cubanos para preservar un proyecto de poder. Martí convoca a todos; Fidel invita a marcharse a quienes no están dispuestos a obedecer. Martí sueña con una patria que pueda ser hogar para los que viven dentro y fuera de la isla; Fidel redefine la patria como un espacio excluyente, donde solo caben los revolucionarios disciplinados. Martí aspira a la convivencia; Fidel a la obediencia. Martí se dirige al ciudadano; Fidel al militante.
Por todo ello, es legítimo afirmar que Fidel Castro representa el súmmum del pensamiento antimartiano. No por antagonismo explícito, sino porque su visión del poder, del hombre y de la nación constituye la negación más radical del ideal republicano que Martí aspiró a legar. Donde Martí concibe un país que se construye desde la dignidad humana, Fidel concibe un país que se construye desde la fidelidad política. Donde Martí imagina una patria que abraza, Fidel construye una patria que excluye. Donde Martí sueña con una república amplia, Fidel erige una revolución estrecha. En ese contraste —crudo, profundo, decisivo— se revela no solo una diferencia de proyectos, sino una oposición de mundos morales.
[1] He tomado estos dos discursos porque resultan los más explícitos para manejar el tema, pero son disímiles los textos de ambas figuras que hubieran podido servir para demostrar la contrariedad de sus pensamientos.
[2] La crisis del Mariel fue desencadenada por la irrupción de cientos de cubanos en la embajada del Perú en busca de asilo político. Tras ese hecho, Fidel Castro abrió temporalmente el puerto de Mariel para que embarcaciones procedentes de Estados Unidos recogieran a quienes desearan marcharse, en medio de fuertes actos de repudio y de la salida forzada de presos y pacientes psiquiátricos junto a emigrantes comunes.
[3] José Martí: Martí en su universo. Una antología, Real Academia Española, 2021, pp. 38-39.
[4] Las citas del discurso de Fidel Castro han sido tomadas del portal digital: http://www.cuba.cu.
[5] José Martí: Ob. cit., p.39.
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