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Foto: Claudio Pelaez Sordo.

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Sveta, o el camino de la verdad (I)

Las narrativas que cuentan y representan los procesos de elaboración y emplazamiento del yo, centradas concretamente en el binomio cuerpo/género, son siempre, en primera instancia, espectáculos privados (realizados en el primer plano del espejo, cuando el espectador es uno mismo), y más tarde, paulatinamente, se constituyen en espectáculos para los demás.

En todo contexto donde exista un yo-en-construcción siempre hay un escenario y, al menos, una mirada. Y siempre, además, hay testigos y testificaciones.

No se trata de un espectáculo con propósitos estéticos aunque los tenga, sino más bien con propósitos de autoconocimiento y autoconstrucción, como dije. El dilema aquí implicado es el de los derechos del yo sobre sí mismo. Derechos de descubrimiento, definición, fundación y proyección del yo.

La cultura patriarcal obliga a las minorías a esconderse y culpabilizarse. Ese es, en términos más o menos teóricos, la primera etapa de una serie de maltratos cuyas huellas son bien definidas.

Lo contrario de eso, una actitud de orgullo «escenificable», es la ocupación de lo público y la asunción de que lo-que-uno-es no tiene por qué relacionarse con el concepto de obscenidad (pondré ese ejemplo), un concepto que la etimología popular patriarcal adscribe a aquello que se esconde (o debe esconderse) y se aparta, así, de la escena, ese lugar iluminado adonde va a parar la mirada de todos.

Pero esta etimología es inexacta, igual que aquella que relaciona lo obsceno con lo que proviene de la basura, la inmundicia y lo impuro.

En realidad ambas etimologías sólo acentúan el antiquísimo vínculo de lo obsceno con lo presagioso y lo desfavorable.

Tengo una amiga que se llama Sveta. Me gustaría contar una parte de su vida, o esa parte pequeñita de su vida donde yo fui/soy un amigo-testigo. No contar por contar, sino contar para que se vea cómo en un drama personal puede caber el mundo cuando ese drama deviene un ejemplo de libertad y de liberación. No por privado e irrepetible el yo deja de parecerse al mundo, o a una zona de él.

La actual Sveta (Svetlana) es hija de una jovencita de Chernóbyl perteneciente a aquel grupo de niños y niñas que crecieron en Cuba tras llegar a la isla luego del desastre nuclear y de un ingeniero cubano. Creo que nació alrededor de 1991. La conocí en La Habana cuando aún se llamaba Vladimir. Empezamos a tratarnos en la Alianza Francesa. Estudiábamos en la misma aula, en el curso vespertino-nocturno, y al salir de las clases bajábamos por la calle G en busca del mar y de una buena conversación.

Lo mejor de aquellos diálogos fue el descubrimiento de que vivíamos muy cerca el uno del otro, apenas a tres cuadras. Su madre, ucraniana de aspecto monjil, cultivaba el silencio y la lectura de poesías y novelas, más una combinación de gestos que restringían o apartaban el lenguaje. Su padre, flaco y enérgico, parecía ser una especie de soñador desengañado del mundo.

Un día decidí mudarme al barrio de Luyanó, a un sitio medio inhóspito con una habitación con barbacoa, cocina y baño pequeño, que no por ello dejaba de facilitarme cierto grado de tranquilidad y de soledad. En aquel agujero me metí con mi hijo y mi esposa. Originalmente se trataba de una accesoria situada entre una casa con patio donde vivía una espiritista y una escalera amplia que conducía a una ciudadela. En la ciudadela, formada por unas 12 habitaciones, no habría más de 4 o 5 baños.

Aquel era todo un universo. Un orbe extraordinario, de gran riqueza. Y de eso se percató Vladimir desde la primera vez que, en bicicleta, fue a visitarme. El primer síntoma curioso de las confesiones que vendrían a continuación fue su inquietud ante la musculatura que había adquirido en las piernas, acentuada por el pedaleo y las caminatas. Estoy hablando de un joven muy alto, delgado y velludo.

Una tarde, días después de hilvanar en el malecón un diálogo sobre infusiones, compartimos en mi guarida tazas de té negro endulzado con miel. Añadimos el zumo de un limón cortado en mi pequeña cocina –el sitio mejor iluminado de mi minúscula vivienda– y el té adquirió una tonalidad maravillosa. «Tengo una peluca de ese color», dijo de súbito y enigmáticamente. Durante un minuto no entendí nada. Pero yo era ya un escritor y había publicado textos para él reveladores.

Nos sentamos arriba, junto a mi computadora, a beber el té, y nos pusimos a ver imágenes relacionadas con los contenidos de un libro mío que Vladimir no conocía: CiberSade. El ambiente era propicio y las declaraciones no tardaron en aparecer. Hurgó en su inseparable mochila y extrajo un sobre con fotografías impresas. Escogió cinco, tomadas durante el cumpleaños de su prima, y las puso en mis manos. Aunque realmente pasaba inadvertido, en dos de ellas lo reconocí llevándose con gracia un tenedor a la boca. Su rostro era inconfundible más allá del maquillaje y los rizos de la peluca color té-con-miel-y-limón que se había puesto para la ocasión.

«Esa eres tú», dije sonriente e impávido. Mi frase era un modelo de precisión voluntaria. Había razones para la sorpresa, no así para el asombro. De alguna manera mi mente acogía sin sobresalto la naturaleza de aquellas imágenes. Luego de explicarme, como si tal cosa, la necesidad de usar varias pelucas (del rubio platino al rojo caoba, de los rizos largos a los rizos cortos), pasamos al tema de sus padres y su casa. Discusiones, oposición tenaz, angustia, largas ausencias de la mañana temprano a la noche tarde, estupor y silencio.

¿Jovencita trans, hombre amante del travestismo, gay que ocasionalmente necesitaba vestirse como una mujer?

No demoramos mucho en adentrarnos en el adherente mundo del sexo. Y como Vladimir veía que cierta timidez estaba impidiéndome hablar con entera libertad, me dijo que para él/ella ser objeto de preguntas –muchas preguntas, subrayó– era lo más cómodo. Necesitaba buscar una afirmación también en el diálogo.

Pero no era lo mismo preguntar por pelucas y sets de maquillaje y vestidos y zapatos, que por preferencias específicas (detalles, formas, caricias) en cuanto al intercambio sexual. Fue entonces cuando me facilitó las cosas del mejor modo. Nunca le hice directamente esas preguntas que lo habrían obligado a urdir un discurso, largo o corto, sobre su identidad. Nunca le dije: «¿Quién eres?», o «¿Quién deseas ser?». Éramos amigos, no académicos ni científicos sociales, y compartíamos experiencias dentro de un ámbito doméstico, casi familiar.

«Por ejemplo, a mí no me gusta que me toquen los genitales», observó al principio. Le pregunté si no era placentero. «No es eso… me da placer… pero tengo pene y testículos y no quisiera tener eso ahí», contestó. Empecé a entender. Mencioné el asunto de la penetración y el sexo oral. «Prefiero masturbarme a solas, ya es bastante con comprobar a cada momento que las dimensiones de mi pene son superiores a la media», reconoció. Agregó que a veces le parecía bien hacer alguna felación, si se sentía muy excitado, pero jamás ser objeto de ella. Solté una carcajada porque en ocasiones cierto humor se desprendía de las confidencias, y porque era preciso buscar cierto grado de relajación. Y concluí: «Definitivamente tienes la pinga grande». Risas otra vez. «Ni te imaginas… qué clase de desperdicio, ¿verdad?», señaló con gracia.

Reconstruyo ese diálogo con una considerable precisión. Es importante que lo haga. Jamás he escrito sobre Vladimir/Sveta, y creo, por otra parte, que siempre he tenido esa deuda con ella –es irrebatiblemente una ella– y conmigo mismo.

Le propuse ver la gráfica que tiempo atrás pude localizar y atesorar durante la escritura de CiberSade: un muestrario ígneo, volátil, donde había desde ejemplos del shunga del siglo XIX (antiguas xilografías con escenas de sexo) hasta fotos sacadas de Penthouse. En aquel amplio surtido había hasta pequeños videos, muy convencionales pero igualmente muy perentorios.

En uno de ellos se destacaba una mujer moviéndose encima de un hombre. La penetración se expresaba a ratos en un close-up ginecológico, captada desde atrás con claridad, y era un ejemplo, como tantos otros, del sexo observado (y encuadrado) por la muy canónica, y aburrida también, mirada patriarcal. «¿Ves? A mí me gustaría estar en el lugar de ella», murmuró.

Pensé, un tanto extrañado, en la fluidez anómala (y muy normal, en definitiva) de sus preferencias sexuales. Porque, como ya se sabe, en el sexo no hay nada mejor que el ejercicio de las libertades y de los cambios en la negociación deleitable de los intercambios. Una libertad sin riberas, incluidas esas que la intimidad enmarca, restaura y reescribe bajo los auspicios del placer.

Continuará…

 

 

Alberto Garrandés
Alberto Garrandés es narrador, ensayista y editor. En años recientes ha publicado "Sexo de cine" (Ediciones ICAIC, 2012, Premio de la Crítica en 2013), "Body Art" (cuentos, Editorial Letras Cubanas, 2014), "El ojo absorto" (ensayos sobre el cuerpo en el cine, Ediciones ICAIC, 2014) y "El sueño de Endymion" (ensayos sobre narrativa cubana, Ediciones Matanzas, 2015). También ha dado a conocer la novela "Demonios" (Premio Alejo Carpentier, Editorial Letras Cubanas, 2016), así como "El espejo roto" (sobre el cuerpo queer en el cine, 2016). En 2018 obtuvo el Premio Cubadisco en la categoría de Notas Discográficas. En 2019 publicó "Mar de invierno y otros delirios" (Holguín, Ediciones La Luz), antología personal de sus relatos por la que obtuvo el premio La Puerta de Papel 2020.
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En todo contexto donde exista un yo-en-construcción siempre hay un escenario y, al menos, una mirada. Y siempre, además, hay testigos y testificaciones.

No se trata de un espectáculo con propósitos estéticos aunque los tenga, sino más bien con propósitos de autoconocimiento y autoconstrucción, como dije. El dilema aquí implicado es el de los derechos del yo sobre sí mismo. Derechos de descubrimiento, definición, fundación y proyección del yo.

La cultura patriarcal obliga a las minorías a esconderse y culpabilizarse. Ese es, en términos más o menos teóricos, la primera etapa de una serie de maltratos cuyas huellas son bien definidas.

Lo contrario de eso, una actitud de orgullo «escenificable», es la ocupación de lo público y la asunción de que lo-que-uno-es no tiene por qué relacionarse con el concepto de obscenidad (pondré ese ejemplo), un concepto que la etimología popular patriarcal adscribe a aquello que se esconde (o debe esconderse) y se aparta, así, de la escena, ese lugar iluminado adonde va a parar la mirada de todos.

Pero esta etimología es inexacta, igual que aquella que relaciona lo obsceno con lo que proviene de la basura, la inmundicia y lo impuro.

En realidad ambas etimologías sólo acentúan el antiquísimo vínculo de lo obsceno con lo presagioso y lo desfavorable.

Tengo una amiga que se llama Sveta. Me gustaría contar una parte de su vida, o esa parte pequeñita de su vida donde yo fui/soy un amigo-testigo. No contar por contar, sino contar para que se vea cómo en un drama personal puede caber el mundo cuando ese drama deviene un ejemplo de libertad y de liberación. No por privado e irrepetible el yo deja de parecerse al mundo, o a una zona de él.

La actual Sveta (Svetlana) es hija de una jovencita de Chernóbyl perteneciente a aquel grupo de niños y niñas que crecieron en Cuba tras llegar a la isla luego del desastre nuclear y de un ingeniero cubano. Creo que nació alrededor de 1991. La conocí en La Habana cuando aún se llamaba Vladimir. Empezamos a tratarnos en la Alianza Francesa. Estudiábamos en la misma aula, en el curso vespertino-nocturno, y al salir de las clases bajábamos por la calle G en busca del mar y de una buena conversación.

Lo mejor de aquellos diálogos fue el descubrimiento de que vivíamos muy cerca el uno del otro, apenas a tres cuadras. Su madre, ucraniana de aspecto monjil, cultivaba el silencio y la lectura de poesías y novelas, más una combinación de gestos que restringían o apartaban el lenguaje. Su padre, flaco y enérgico, parecía ser una especie de soñador desengañado del mundo.

Un día decidí mudarme al barrio de Luyanó, a un sitio medio inhóspito con una habitación con barbacoa, cocina y baño pequeño, que no por ello dejaba de facilitarme cierto grado de tranquilidad y de soledad. En aquel agujero me metí con mi hijo y mi esposa. Originalmente se trataba de una accesoria situada entre una casa con patio donde vivía una espiritista y una escalera amplia que conducía a una ciudadela. En la ciudadela, formada por unas 12 habitaciones, no habría más de 4 o 5 baños.

Aquel era todo un universo. Un orbe extraordinario, de gran riqueza. Y de eso se percató Vladimir desde la primera vez que, en bicicleta, fue a visitarme. El primer síntoma curioso de las confesiones que vendrían a continuación fue su inquietud ante la musculatura que había adquirido en las piernas, acentuada por el pedaleo y las caminatas. Estoy hablando de un joven muy alto, delgado y velludo.

Una tarde, días después de hilvanar en el malecón un diálogo sobre infusiones, compartimos en mi guarida tazas de té negro endulzado con miel. Añadimos el zumo de un limón cortado en mi pequeña cocina –el sitio mejor iluminado de mi minúscula vivienda– y el té adquirió una tonalidad maravillosa. «Tengo una peluca de ese color», dijo de súbito y enigmáticamente. Durante un minuto no entendí nada. Pero yo era ya un escritor y había publicado textos para él reveladores.

Nos sentamos arriba, junto a mi computadora, a beber el té, y nos pusimos a ver imágenes relacionadas con los contenidos de un libro mío que Vladimir no conocía: CiberSade. El ambiente era propicio y las declaraciones no tardaron en aparecer. Hurgó en su inseparable mochila y extrajo un sobre con fotografías impresas. Escogió cinco, tomadas durante el cumpleaños de su prima, y las puso en mis manos. Aunque realmente pasaba inadvertido, en dos de ellas lo reconocí llevándose con gracia un tenedor a la boca. Su rostro era inconfundible más allá del maquillaje y los rizos de la peluca color té-con-miel-y-limón que se había puesto para la ocasión.

«Esa eres tú», dije sonriente e impávido. Mi frase era un modelo de precisión voluntaria. Había razones para la sorpresa, no así para el asombro. De alguna manera mi mente acogía sin sobresalto la naturaleza de aquellas imágenes. Luego de explicarme, como si tal cosa, la necesidad de usar varias pelucas (del rubio platino al rojo caoba, de los rizos largos a los rizos cortos), pasamos al tema de sus padres y su casa. Discusiones, oposición tenaz, angustia, largas ausencias de la mañana temprano a la noche tarde, estupor y silencio.

¿Jovencita trans, hombre amante del travestismo, gay que ocasionalmente necesitaba vestirse como una mujer?

No demoramos mucho en adentrarnos en el adherente mundo del sexo. Y como Vladimir veía que cierta timidez estaba impidiéndome hablar con entera libertad, me dijo que para él/ella ser objeto de preguntas –muchas preguntas, subrayó– era lo más cómodo. Necesitaba buscar una afirmación también en el diálogo.

Pero no era lo mismo preguntar por pelucas y sets de maquillaje y vestidos y zapatos, que por preferencias específicas (detalles, formas, caricias) en cuanto al intercambio sexual. Fue entonces cuando me facilitó las cosas del mejor modo. Nunca le hice directamente esas preguntas que lo habrían obligado a urdir un discurso, largo o corto, sobre su identidad. Nunca le dije: «¿Quién eres?», o «¿Quién deseas ser?». Éramos amigos, no académicos ni científicos sociales, y compartíamos experiencias dentro de un ámbito doméstico, casi familiar.

«Por ejemplo, a mí no me gusta que me toquen los genitales», observó al principio. Le pregunté si no era placentero. «No es eso… me da placer… pero tengo pene y testículos y no quisiera tener eso ahí», contestó. Empecé a entender. Mencioné el asunto de la penetración y el sexo oral. «Prefiero masturbarme a solas, ya es bastante con comprobar a cada momento que las dimensiones de mi pene son superiores a la media», reconoció. Agregó que a veces le parecía bien hacer alguna felación, si se sentía muy excitado, pero jamás ser objeto de ella. Solté una carcajada porque en ocasiones cierto humor se desprendía de las confidencias, y porque era preciso buscar cierto grado de relajación. Y concluí: «Definitivamente tienes la pinga grande». Risas otra vez. «Ni te imaginas… qué clase de desperdicio, ¿verdad?», señaló con gracia.

Reconstruyo ese diálogo con una considerable precisión. Es importante que lo haga. Jamás he escrito sobre Vladimir/Sveta, y creo, por otra parte, que siempre he tenido esa deuda con ella –es irrebatiblemente una ella– y conmigo mismo.

Le propuse ver la gráfica que tiempo atrás pude localizar y atesorar durante la escritura de CiberSade: un muestrario ígneo, volátil, donde había desde ejemplos del shunga del siglo XIX (antiguas xilografías con escenas de sexo) hasta fotos sacadas de Penthouse. En aquel amplio surtido había hasta pequeños videos, muy convencionales pero igualmente muy perentorios.

En uno de ellos se destacaba una mujer moviéndose encima de un hombre. La penetración se expresaba a ratos en un close-up ginecológico, captada desde atrás con claridad, y era un ejemplo, como tantos otros, del sexo observado (y encuadrado) por la muy canónica, y aburrida también, mirada patriarcal. «¿Ves? A mí me gustaría estar en el lugar de ella», murmuró.

Pensé, un tanto extrañado, en la fluidez anómala (y muy normal, en definitiva) de sus preferencias sexuales. Porque, como ya se sabe, en el sexo no hay nada mejor que el ejercicio de las libertades y de los cambios en la negociación deleitable de los intercambios. Una libertad sin riberas, incluidas esas que la intimidad enmarca, restaura y reescribe bajo los auspicios del placer.

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