El 22 de julio de 2026, una chispa de maquinaria pesada en Burgohondo (Ávila) inició uno de los mayores incendios forestales registrados en España: cerca de 38 000 hectáreas afectadas, miles de evacuados y la primera declaración de emergencia de interés nacional por un fuego en el país. El incendio se declaró extinto a inicios de octubre, 73 días después. Detrás de las cifras hay una comunidad que tuvo que decidir, casa por casa, qué llevar en una mochila, qué dejar atrás y, en algunos casos, si quedarse a intentarlo. Esta es la historia de Valdesanmartín, una urbanización de El Tiemblo, también en Ávila, contada por sus vecinos.
I. La huida
Son cerca de las nueve de la noche. Eso dirán luego las fotografías. Bajo aquella luz cobriza, el tiempo deja de tener sentido. El aire, seco y áspero, duele al respirar. Arriba, el cielo muestra un paisaje onírico. Los colores son extraños, de una belleza siniestra. El fuego está cada vez más cerca de nuestra casa.
Suena el teléfono.
—¡Salid de ahí ya! ¡No esperéis más, por favor!
Es mi amiga. Está en El Tiemblo y acaba de ver llamas de más de 20 metros.
La alarma de evacuación nunca llega a nuestros móviles. La electricidad se va e Internet empieza a fallar. Cogemos las mochilas con algo de ropa y los documentos importantes. Yo agarro la cámara y el portátil. Cerramos la puerta y observamos la casa en la que vivimos, los árboles, el huerto. Salimos. Valdesanmartín está a oscuras. El olor a quemado es insoportable. Las casas vecinas también están vacías. En el coche, ninguno de los cuatro habla. El cielo es de un carmín profundo y las siluetas negras de las montañas, a los lados de la carretera, están coronadas por un resplandor rojo y voraz. El hijo de mi pareja, en el asiento trasero, cierra las cortinas de la ventanilla y dice que no quiere mirar.
Entramos en Cebreros —municipio Ávila, a unos 9 km de Valdesanmartín— con la idea de pasar la noche, pero el paisaje que acabamos de atravesar y el humo que sigue colándose por las rejillas del coche no nos dejan sentirnos a salvo. Hay que continuar casi 100 km hasta Madrid.
En las aceras, personas con mascarillas guardan maletas y transportines en los autos. A pocos metros, otras permanecen sentadas en las terrazas con una cerveza en la mano, observan el fuego a lo lejos. Nos cruzamos con unos chicos muy jóvenes, voluntarios, que organizan algo que no logro distinguir. Se escuchan sirenas de bomberos. La Guardia Civil nos hace señas para que avancemos por la única calle que queda abierta. Nos quedamos atrapados en un atasco. Levanto la vista. Si el fuego avanza, no tendremos adónde ir. Me obligo a aflojar la mandíbula. Los minutos pasan lentos. Finalmente, la caravana de coches comienza a avanzar.
La carretera es un lugar sin forma. Un humo denso lo cubre todo. Las luces antiniebla del auto chocan contra lo que asemeja una pared gris. El parabrisas se cubre de ceniza y pavesas. Los limpiaparabrisas chirrían al activarlos. El niño llora. Mi hijo adolescente trata de calmarlo. Debemos ir más despacio. Las manos de mi pareja se tensan sobre el volante. Me duelen la garganta, los ojos y el pecho.

Foto: Tomada por vecinos de la comunidad de Valdesanmartín
En Madrid, el ambiente está cargado. El olor a humo que traemos está también en el aire de la ciudad. Mientras ponemos los colchones en el suelo de la casa que será nuestro refugio, consultamos una y otra vez el grupo de WhatsApp de la comunidad de vecinos que dejamos atrás. Nuestros cuerpos están a salvo, pero parece que aún estamos en el fuego. Dormir es imposible. Pienso en los árboles. En los animales. En la gente. En nuestra casa. Llevamos dos años viviendo ahí. No sé si seguirá en pie.
Miro la pantalla del móvil en la penumbra del salón. Las noticias comienzan a confirmar lo que en los grupos de vecinos se comentaba: el Ministerio del Interior declara emergencia de interés nacional en el marco de la situación operativa 3. Es la primera vez que se decreta en España ese nivel por un incendio forestal. Las cifras empiezan a multiplicarse. Más de 1 500 evacuados. Hectáreas. Perímetros arrasados por las llamas. La llegada de la Unidad Militar de Emergencia... Hablan en pasado de lugares que para mí siguen siendo presente.
II. El detonante
El miércoles 22 de julio de 2026, a la 01:02 p. m., en Burgohondo se declara el incendio. Según la investigación del Seprona, una maquinaria pesada —de uso prohibido en esas fechas— habría golpeado una roca durante labores de ganadería y habría hecho saltar una chispa. La vegetación, seca por la ola de calor, prende en segundos. En los primeros 40 minutos, el fuego recorre 3 kilómetros.
Burgohondo está en el Valle del Alberche, al sur de Ávila. Desde allí, las llamas avanzan hacia la Reserva Natural del Valle de Iruelas, El Tiemblo y Cebreros, antes de saltar al Valle del Tiétar. Semanas después, habrá afectado a cerca de 38 000 hectáreas: durante semanas, fue considerado el mayor incendio registrado en España, hasta que lo superó el de Niebla (Huelva).
«El jueves 23 fue cuando se les descontroló por el valle y se metió en El Tiemblo», recuerda Adrián, instructor de bomberos desde 2008, y quien combatió el incendio en Valdesanmartín. La previsión era que el viento cambiara a las 12 del mediodía. No cambió a tiempo: el fuego entró en La Rinconada y en el Valle de Iruelas.

Tomada por vecinos de la comunidad de Valdesanmartín
Adrián insiste en que la chispa fue solo el detonante: «La masa forestal ha crecido, y hay un abandono de las actividades del campo». Los dispositivos de extinción, añade, se piensan para el verano: en invierno apenas hay prevención, y en verano cada año hay menos medios. «A mí me dices el miércoles: la semana que viene el fuego va a haber quemado tu parcela, y yo te digo: imposible».
Pocos días después, el fuego estaba entrando en su calle.
III. Cumpleaños en evacuación
Daniela ha despertado tarde en Valdesanmartín, en casa de su padre Helios, quien ha salido a trabajar. El 23 de julio de 2026 cumple 11 años y, en vacaciones, dice, se despierta cuando quiere. Saca la tarta de la nevera y entonces huele el humo.
Sale al porche. Al otro lado de la montaña hay una columna que crece detrás de los árboles. Llama a Helios llorando y él la tranquiliza.
Poco después, llega su madre a buscarla. Ya en su casa, a pocos kilometros de la de su padre, se baña en la piscina con sus amigas de 9 y 12 años, pero el humo tapa cada vez más el cielo, que cambia de color. «Se veía amarillo todo. Amarillo y rojo». No querían estar más allí.
Las niñas van a la habitación y juegan. Ven series. Evitan mirar por la ventana. De repente, la madre de Daniela les pide que hagan las mochilas de emergencia, con tranquilidad.
Daniela trata de no ponerse nerviosa.
Se pone «nerviosísima».
Montan a las perritas en el coche y se van. Daniela y sus amigas vuelven a casa de Helios. Allí abre los regalos: mangas, cómics.
Entonces, su padre les dice: «El fuego está aquí ya». «Nos vamos».

Foto: Claudia Rodríguez Herrera
La niña se asoma: el incendio avanza a gran velocidad por las laderas de las dos montañas que tiene a la vista, hasta juntarse en La Atalaya, justo frente a su casa. «Se va a quemar mi casa, ya está, se va a quemar».
«Pensé que le quedaba mucho para llegar y por eso les dije que no se preocuparan, pero en diez minutos habían salido unas lenguas de fuego tremendas», recuerda su padre.
Guardan al conejo y al gato en un mismo transportín, a la gata en otro. Daniela quiere llevarse un póster. No hay tiempo. Busca qué es lo más importante para guardar en la mochila, pero se da cuenta de que en realidad nada lo es. «Yo quería llevarme la casa, pero no cabía».
Esa noche no prueban la tarta. Se refugian en San Martín de Valdeiglesias, un pueblo perteneciente a Madrid a unos 8 km de su urbanización, donde el fuego, de momento, no llega. Desde allí, lo ven consumir la montaña de enfrente. En la oscuridad, el fuego también era un espectáculo. «Estaba súper bonito. Se veía bastante bonito» dice Daniela. Esa misma noche, saca una conclusión que no olvidará: «Esto va para gente como mi padre, que dice que si el viento va para allá, el fuego va para allá. Yo vi al viento ir para allá y al fuego irse como quería, saltándose el viento».
A las tres de la madrugada, Daniela despierta temblando. Toca a su amiga más pequeña y la encuentra ardiendo de fiebre y así estuvo hasta al amanecer, cuando mejoró. Los nervios de la noche, dirán después, también se meten en el cuerpo.
Por la mañana, mientras ven «la montaña volver a activarse después de la noche», alguien llama a la puerta. Es su madre. También las han desalojado de allí.
Daniela coge una bolsa con lo estrictamente necesario y deja atrás el resto. Se van a Villamantilla, a 38 km de distancia, con unos primos. «No sentía nada. Ni miedo ni calma, ni siquiera calma. Nada. Totalmente desconectada».
IV. Un ente que se acerca
Por la mañana del día 23, David recoge en El Tiemblo al marido de su prima quien es bombero forestal. Trazan una línea de cortafuegos con bulldozers, en el mismo punto donde años atrás se paró el último incendio. Esta vez, el resultado sería diferente.
Esa tarde, David y Julia, su pareja, pasean por las afueras del pueblo, observan el Valle de Iruelas desde lejos. El paisaje parece controlado. Por el camino se cruzan con un hombre.
—Pero mirad dónde está el fuego, mirad dónde está el humo. ¡Eso va a llegar, eso va a llegar!
—No, no llegará, está lejos —le contestan con la esperanza de que así sea.
Van hacia El Tiemblo. Julia está tranquila, parece que no hay humo en el pueblo. Hasta que dan la vuelta a una esquina. No está preparada para lo que observa delante de ella. Unas llamas enormes bajan a gran velocidad por la ladera.

Foto: Claudia Rodríguez Herrera
Julia calculará después: «De unos 20 metros. 30».
No ha visto nada así en su vida. Entra en shock y estará así durante las diez horas siguientes. Solo repite: «Vámonos de aquí, vámonos de aquí. Esto va a llegar. Llévame a casa de mis padres».
Son las seis, las siete de la tarde.
Hay un sonido característico en esas llamas, dirá después David: un silbido, el viento subiendo en remolinos. «Parece que tiene vida». Julia lo recordará más tarde: «Era como un ente que se iba acercando».
David la lleva a Cebreros, a casa de sus padres. Él regresa a El Tiemblo, contra la voluntad de ella y de toda su familia, . Conchi, una vecina de 75 años, acaba de llamarlo por teléfono. «¡Que tu casa se quema!»
Conchi entra a la parcela en llamas y rompe un cristal de la casa para sacar al gato, Benito. El animal sale al patio, mira alrededor y vuelve a meterse. No tiene llave para abrirle.
David llega con el equipo puesto: máscara de partículas P3, gafas, casco, guantes, ropa larga de algodón. Se va la luz. Es de noche. Riega con la manguera los árboles de alrededor —la casa es de madera y tiene una ventana en riesgo— para que el fuego no llegue a las paredes. Ayuda también a los vecinos, mueve bombonas de butano, apaga árboles en ascuas.
Una bombona suena —«fuuuuu», recordará David— y explota. «Menos mal que llevo casco», se dice. Coge otra que está al lado —templada, no ardiendo— y la baja a una piscina vacía. Se queda hasta las tres, las cuatro de la madrugada. «La sensación fue esa: mucho cansancio, pero daba igual porque tenías que estar ahí haciendo el máximo que pudieras», dice. Así, logra salvar la casa, aunque los alrededores quedarán calcinados.
V. Calle por calle
El viernes 24, el fuego sigue avanzando impulsado por ráfagas de hasta 60 km/h. Esa tarde, Adrián y Asier —un vecino que también juga un papel fundamental en el control del fuego— intentan bajar un buldócer hasta Valdesanmartín junto al conductor que lo opera: la máquina vale 600 000 EUR. Salta una pavesa al otro lado del camino y prende un foco. El dueño decide no arriesgar la máquina. Suben a Cebreros, a unos 9 km de Valdesanmartín.
Allí, Adrián se cruza con un suboficial de bomberos de la Diputación de Salamanca, al que le explica la situación: «La urbanización está sola, no hay medios y hay más de 450 casas». Piden permiso para bajar. Se lo niegan. La urbanización, les dicen, es un laberinto demasiado peligroso para entrar sin conocerlo. Minutos después, llama el sargento que se quedó al mando: «¡Nos han dado permiso, vamos para abajo!».
Adrián y Asier conocen la urbanización calle por calle. Van a servirles de guía. Bajan con las bombas y las nodrizas. El fuego entra por dos sitios: por el arroyo de La Yedra y por la parte de El Tiemblo. Por la pendiente sube rápido; por el otro lado, el viento lo empuja hacia el arroyo.
En una calle sin salida se mete un convoy de la Unidad Militar de Emergencia de las Fuerzas Armadas Españolas (UME) de León, seis o siete camiones uno detrás de otro. Tienen que dar marcha atrás para salir en medio de las llamas.
Adrián intenta hacer reconocimiento con el mando de Salamanca, pero en una calle es imposible avanzar por la radiación. El plan inicial —hacer un cortafuegos para evitar que el incendio entre a la urbanización— se vuelve inviable en cuanto el fuego entra por arriba.
«El mando nos planteó entonces salvar el mayor número de casas posible e ir saltando de calle en calle», recuerda Adrián. Lo hacen. Llanos de los Regalados. El Camino de las Barreras con el Camino Real… A las 12:20 de la madrugada, al bajar hacia su casa, ven que la parcela colindante a la de Adrián está ardiendo.
Cuando llegan a la casa de Asier, sobre las tres de la mañana, notan que se está quemando su parcela. «Se quemó la cuadra del caballo y la parte de atrás; se quedó a dos metros de la casa».
«Nosotros no fuimos a salvar primero nuestras casas, sino a hacer lo lógico: atacar el fuego desde la cola para salvar lo que se pudiera», dice Adrián. Su casa no arde por lo que él mismo llama «un cambio de viento fortuito».
Son las seis de la mañana del sábado y los bomberos de Salamanca llevan desde las dos de la tarde del día anterior sin comer ni descansar. Están sin agua. Llegan refuerzos de Valladolid y Burgos, justo a tiempo.
Subiendo hacia el Camino Real se cruzan con un vecino, Vali, quien está apagando el fuego solo, con una manguera de jardín y cubos de piscina, a casi 1 kilómetro de su propia casa.
«Un esfuerzo sobrehumano», dirá después Adrián.
VI. Los que se quedaron
Días más tarde, Julia recuerda la diferencia entre el paisaje que conocía y el que había habitado. Cebreros es donde creció; El Tiemblo y el Valle de Iruelas están a 6 kilómetros, pero son otra cosa. «Lo que pasó en El Tiemblo me ha afectado muchísimo. Pero lo que yo sentía como parte de mi identidad, de mi infancia… perder eso es más duro aún».
Muchos vecinos, durante esos días, se movieron sin saber bien qué hacer —a veces sin cobertura para consultar nada, guiándose por instinto o por lo que otros decían en el grupo de emergencias—. Julia lo resume así: «Entré en pánico por desconocimiento».
Pero no todos se movían a ciegas.
Ahí estaban, realizando un trabajo conjunto, las brigadas forestales de la Junta de Castilla y León, bomberos de las diputaciones de Salamanca, Valladolid, Burgos y Segovia, un equipo de refuerzo que llegó desde Las Palmas de Gran Canaria, la UME, decenas de hidroaviones y helicópteros, así como voluntarios y vecinos.
Circuló, sin embargo, una percepción distinta: la de una UME parada, sin hacer nada. A Julia le llegaban videos que parecían confirmarlo —la unidad de pie mientras una casa ardía detrás—.
«Da la impresión de que algo extraño ha pasado con la UME», dice Julia.
«No siempre es lo que parece —explica Adrián —. Una nodriza —así se llama al camión que abastece de agua a otros vehículos de bomberos— va rotulada igual que el resto, pero su función no es lanzar agua al fuego, sino repostar a los camiones de autobomba que sí lo hacen, y por eso permanecen en un lugar seguro y accesible, a veces aparentemente parada. Eso fue lo que confundió a muchos vecinos».
Hay, además, una jerarquía que explica muchas de las decisiones que, desde fuera, parecen abandono. «Tú, legalmente, lo primero que tienes que defender son las vidas. Después de las vidas, las infraestructuras; luego las viviendas y después el medio natural», explica Adrián.

Tomada por vecinos de la comunidad de Valdesanmartín
No obstante, Adrián no minimiza lo perdido «¿Son insuficientes los medios? Seguro. Y más para la gente que mañana abra su puerta y se le haya quemado la casa. Claro que lo son».
No todas las personas que se quedaron en los lugares por los que el fuego avanzaría tenían autorización. Circulan historias de vecinos que se saltaron controles de la Guardia Civil para no evacuar. El padre de Julia fue uno de ellos. «¡Iros vosotras, yo me quedo en mi casa! Porque yo de mi casa no me voy», les dijo a ella y a su madre. Insistieron. Él no se movió. «Todos los hombres que yo he conocido querían quedarse en su casa salvándola», dice Julia.
Adrián es más cauto con ese tipo de episodios. «Si la gente que no tiene conocimientos de campo se queda e intenta actuar sin coordinación, al final se convierte en un riesgo añadido para los equipos de emergencia». Y añade lo que está en juego cuando alguien se queda sin saber lo que hace: «Si te quedas y surge un problema, los bomberos tienen que dejar de apagar el fuego para rescatarte a ti».
También existe, dice, un peligro del que deben estar conscientes quienes eligen vivir en una zona como esta. «Vivimos en un entorno maravilloso, pero con un riesgo real. Esto no son árboles entre casas, son casas metidas entre árboles. Es distinto».
VII. El Abuelo
Días después, con las restricciones ya levantadas, un grupo de vecinos vuelve a la zona detrás de la casa de Helios, esta vez junto a la Guardia Civil, mientras llegan los helicópteros de los bomberos.
«Me pareció brutal el momento de apagar ese fuego (…). Había unos 30 o 40 vecinos, tres patrullas de la Guardia Civil y todos trabajando mano a mano, extraordinariamente bien coordinados», dice Helios.
Alguien reparte instrucciones: quitar la primera capa de turba porque si se le echa al fuego arde más; echar arena en su lugar. Otros cortan ramas con motosierra.
Uno de esos vecinos es Adrián —el mismo que, días antes, guiaba a los bomberos de Salamanca—. Es él quien le enseña a Helios a leer el fuego: por dónde sopla el viento, qué zonas se han quemado y por qué.
Es el mismo viento que había desconcertado a Daniela la primera noche. Para Adrián, verlo cambiar de un momento a otro no es una anomalía: «Errático, pero al final estaba previsto», dice. El viento, junto a la pendiente y la vegetación, es de los factores que más determinan hacia dónde avanza un incendio; y rara vez se comporta como uno espera.
«Gracias a este señor, que se ha pegado con el fuego saltando vallas, cogiendo mangueras y coordinando con la UME y los bomberos, tenemos urbanización», dice Helios.
Para Adrián, los días siguientes son una sucesión de focos que se reavivan sin descanso.
«No me llames hasta la semana que viene, que ya hemos apagado todos los puntos calientes». Le decía Adrián a Asier. Media hora después, vuelven a saltar.
En Indiana, un grupo de bomberos de Segovia —compañeros de Adrián— no encuentra el camino hasta el campamento infantil. Junto a Asier, Adrián abre paso con la motosierra por una senda que la vegetación había tragado años atrás. 15 minutos demoraron, en lugar de los 40 que habría costado rodear por Madrid. Llegan justo cuando el fuego roza las edificaciones. Estas se salvan.
Hay raíces que siguen ardiendo bajo tierra, invisibles, días después de que la superficie se dé por apagada. En un pino, vacían casi 300 litros de agua a cubos antes de que la raíz ceda.
Mientras tanto, en El Castañar, el bosque de castaños centenarios de la Reserva Natural del Valle de Iruelas, David y su padre suben con un grupo que tala árboles quemados para abrir un cortafuegos.
«Vimos la fuerza que podemos hacer los humanos con la naturaleza. Sobre todo de arrasarla», dice David.
No todos los que manejan la motosierra son expertos. Un pino se tambalea; hay que empujarlo fuera de la carretera. Otro cae encima del asfalto y hay que trocearlo para que pasen los coches. En una de esas maniobras, el padre de David, justo detrás del árbol, tiene que saltar para no ser aplastado.
«Ahí la podíamos haber liado», dice David.
David no cree que lo que hacen detenga el fuego. «No se puede parar. Lo que hace, es que avance de manera más suave, menos virulenta. Que vaya menos rápido, que haga menos daño. Pero un fuego de esa magnitud, pararlo, no lo paras».
Desde la alcaldía de El Tiemblo se hace un llamamiento urgente de ámbito nacional, piden medios aéreos para salvar el Castañar. Llegan brigadistas gallegos. «Fueron la bomba. Estuvieron una noche entera mojando toda la zona. Muy resolutivos, muy recios. Sin dudar», dice David.
Entre los castaños, hay uno de más de 500 años. El Abuelo sobrevive junto a la mayor parte del bosque.
Con el avance de la semana, comienzan a apreciarse los estragos. Al bajar del monte, David y su padre se cruzan con una chica que llora. «Todos sentíamos mucha tristeza e impotencia esos días», comenta David.
VIII. Lo que el fuego no se llevó
En casa de la madre de Daniela, lo único que ha ardido del todo es la zona donde había una arizónica gigante: entró por ahí, por una valla. Debajo de la arizónica había un bidón de agua vacío. Del bidón solo queda la estructura de metal: ni rastro del plástico en el suelo, solo el esqueleto.
Hay algo que se repite en estas conversaciones: la sorpresa de ver cosas desintegrarse como si nunca hubieran existido, mientras otras, justo al lado, sobreviven intactas. El padre de Daniela tiene su palabra para eso: milagros.
En la piscina, el calor solo alcanzó a deformar un cuadradito de plástico, asegura Daniela, y el flotador con forma de unicornio se pinchó, pero no se desintegró. En otra parte de la finca, una bombona de butano llena quedó justo donde se detuvo el fuego. El metal grueso resistió: «no explotó como en las películas».
Las chumberas de la finca del padre están, dice Daniela, «verdaderamente jodidas» por fuera. Pero ninguna ha muerto. Él ya piensa en plantar más alrededor.
En casa de la madre, la huerta y las flores quedaron intactas. Algo parecido pasó con la huerta de la finca colindante a la de Helios. «Las huertas están milagrosamente intactas por el amor y por la presencia que se han puesto en esa tierra», dice Helios. «¡Las flores, te lo juro!», dice Daniela. «Cuando volvimos, había unos calabacines así y unos tomates así».
Y está Inchi. Un zorro que llegó hace un par de meses flaco y con la cola maltrecha, al que la familia empezó a dar de comer hasta que se puso «superbién». Vive en el monte, fuera de la finca, pero acude cada tarde, se sienta en una piedra frente a la casa y espera. Durante los días de evacuación, nadie sabía qué había sido de él.
«Nos dio mucha alegría volver a verlo después del incendio», dice Helios. Había adelgazado. Nada más. «Imagínate ver todo el fuego desde la perspectiva de un zorro», dice Daniela. «Ver cómo se quema todo… Dios mío».
Helios mira más allá de lo que queda en pie. «Vamos a tener el privilegio de ver todo renacer».
Las jaras, dice Daniela, están «superfelices»: sus semillas necesitan el calor del fuego para germinar. Donde ahora hay tierra negra, en unos meses habrá jaras.
No todo el paisaje tendrá esa suerte. El Valle de Iruelas albergaba una de las colonias de buitre negro más grandes de Europa. Las llamas calcinaron zonas claves de nidificación y provocaron la huida de parejas reproductoras hacia municipios vecinos. Lo que para una familia es un zorro que vuelve a sentarse en su piedra, para el valle es una especie que tardará generaciones en recuperar lo perdido.
IX. Las flores de papel
Durante esos días, cientos de vecinos —muchos de los cuales nunca se habían visto en persona— se organizaron en grupos de WhatsApp: alguien mandaba una ubicación y un «fuego aquí», y en minutos había gente movilizada. Otros hicieron de puente entre quienes estaban en primera línea y quienes miraban desde lejos con el corazón en la boca. Hubo quien pasó la semana entera pendiente del humo, de las cámaras de seguridad, avisando; quien llevó agua y comida a los que llevaban horas con una pala en la mano. Ninguno de ellos está en estas páginas con nombre propio, pero sin ellos esta historia sería otra.
Helios lo comenta: «Teníamos el grupo normal y el grupo de emergencias. En el grupo de emergencias había unas 100 personas. Ahí mandabas las ubicaciones: “Fuego aquí”, y vamos para allá. Así todo el día».
El grupo de vecinos de Valdesanmartín pasó de 150 personas a 400, cuenta Helios. «Creo que hasta las desgracias traen cosas buenas: la unión que se ha generado aquí», dice.
Helios ha visto a un vecino perder 50 000 EUR en instrumentos musicales y a otro presentarse en su puerta con una guitarra, un amplificador y un pedal. «Una maravilla. Se hacen unas amistades muy potentes».
Pero también hay otra parte: Helios lleva semanas con el sistema nervioso, dice, «hecho mierda». La primera vez que logró cocinar algo decente —después de diez días de comer mal— tuvo que dejarlo a medias: se había metido el último bocado en la boca el viernes en que salió corriendo con dos garrafas de ocho litros, una pala y los guantes.
«Ahora toca ir relajando el sistema nervioso. Durmiendo mucho, comiendo bien, bebiendo mucha agua». No ha bebido tanta agua en su vida, dice.
La hija de Adrián tiene 5 años. Cuando volvió a ver el monte —lo negro, los troncos calcinados, las piedras cubiertas de ceniza— dijo que quería pintar hojas verdes en folios y colgarlas de los árboles. Pintar los troncos del color que tenían antes. Pintar flores. Pintar las piedras del color de las piedras. Para que nadie, dijo, sobre todo quienes habían perdido su casa, se quedara triste mirando el paisaje.
Un vecino, Roberto, se enteró y llamó a otros. Cuando la familia llegó a casa unos días después, la puerta estaba cubierta de hojas verdes de papel y flores de colores. Piedras pintadas como mariquitas. Y hasta una tortuga.
—¿Quién ha hecho esto? ¿Han sido los duendes?
La niña mira la puerta, forrada de colores.
—Para que no esté negro.
Epílogo
No tengo claro qué día regresamos a Valdesanmartín, puede haber sido uno o diez días después. Todo parece estar mezclado en nuestras cabezas, es difícil entender lo que ha sucedido y en qué momento exacto ha pasado cada cosa.
A medida que nos acercamos a casa, el paisaje va cambiando de color, el verde que conocemos va dando paso a un lugar oscuro, lúgubre, sin vida. He llegado a la luna, pienso.
Nuestra casa está bien y también la de los vecinos cercanos. Pero la mañana es demasiado silenciosa cuando no cantan los pájaros.
Los días siguientes nos mantienen activos. Los conatos no paran de reproducirse y constantemente los estamos apagando. La palabra fuego deja de ser un concepto. Lo siento de cerca, su calor, su bravura, la sed incontenible que me ocasiona. Las palas y los bidones de agua forman parte de la nueva cotidianidad de estas jornadas. Agua y tierra, agua y tierra, agua y tierra para no pensar demasiado.
Hablo con otras personas y siento que hay un duelo que nos atraviesa a todos, un dolor sordo y profundo. Lo que se ha perdido es también parte de la identidad.
La mía no es la identidad de quien nació aquí, sino la de quien, viniendo desde Cuba, la eligió: de niña soñaba con vivir en un bosque, y llevo dos años cumpliendo ese sueño en Valdesanmartín. Por esa causa, el miedo de esos días no fue solo por la casa: fue el miedo de perder algo que tardé toda una vida en encontrar.
Cada uno intenta canalizar el dolor de una manera u otra. Surgen muchos grupos de ayuda. A los animales, al bosque, a las personas que lo han perdido todo. Los vecinos se unen. Ofrecen sus conocimientos de forma gratuita. Organizan actividades.
Y yo escribo.











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