Llevaba días buscando un mantra antes de viajar a una antigua república soviética. Yo había tocado ya, por decirlo de alguna manera, ese mundo. En 2020, hice un inverosímil aterrizaje en Moscú antes de ir a Delhi, y pocos meses después pasé la noche en el aeropuerto de Kiev. Un país no es su aeropuerto, pero un aeropuerto es una buena síntesis del país. En el Sheremetievo vi matrioskas con la cara de Putin y en el Borýspil —hoy cerrado por la guerra— me tomé una cerveza.
El mantra, que yo quería que fuera como un lema o un hechizo, lo encontré la noche antes de irme, y no en un libro sino en una charla de Svetlana Aleksiévich en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. «Es muy importante estar del lado de la luz». Ese es el mantra. Suena bíblico y judicial, pero funciona. Lo dijo en voz baja, y casi nadie le prestó atención, pero yo sabía que esa era la frase que tenía que anotar en un papelito y llevarme conmigo a Europa central.
Es muy importante estar del lado de la luz, dijo Aleksiévich y mi primera reacción fue acordarme de los apagones en Cuba. Era la reacción pueblerina —un crítico acusó a Cabrera Infante de pueblerino por sus juegos de palabras— de quien pasó la mayor parte de su vida en un país sin corriente. ¡Si vine a Europa fue para estar del lado de la luz, Svetlana!, pensé y miré instintivamente a mi derecha, pero no había nadie para reírme la gracia. Me puse serio. Seguí escuchando.
Aleksiévich habló de literatura y de guerra, de la literatura que hay que hacer tras la guerra, de la Unión Soviética y el fracaso del comunismo (y había que ver las muecas de incomodidad de tantos profesores). Le preguntaron qué puede ofrecer la literatura que no pueda ofrecer el periodismo y las redes sociales. Ella respondió que un testigo. La voz del testigo.
Las novelas de voces de Aleksiévich recogen el testimonio de cientos de testigos. Ella le da forma y fundamento a esa voz, que siempre trata de disimular y esconderse. No hay nada más subversivo y Aleksiévich contó dos historias para demostrarlo. La primera era la de una heroína soviética de la Segunda Guerra Mundial que mató a sangre fría, uno por uno, a cuatro jóvenes nazis que su tropa había capturado. Cuando Aleksiévich la entrevistó, muchos años después, confesó que la voz de los muchachos todavía la atormentaba.
La segunda historia tenía que ver con su padre, con una conversación que Aleksiévich tuvo con él tras cubrir la invasión soviética a Afganistán. Cuando ella constató en persona la bestialidad de los soldados de Moscú —«yo he visto cómo matan gente», dijo en varios momentos— volvió y le pidió a su padre que no dijera más que los soviéticos estaban ayudando a los afganos. Ella había colaborado en la repartición de peluches en un hospital en el cual conoció a una niña que agarraba el muñeco con los dientes. No tenía brazos ni piernas y su madre, interrogada por Aleksiévich, dijo: «Esto lo hicieron tus rusos». El padre de Aleksiévich, un profesor utópico y feliz, se horrorizó con la anécdota y lo único que hacía era decir: «¿He vivido mal mi vida?».
Mi abuela, una comunista convencida en su juventud, se hizo una sola vez esa pregunta, que yo sepa. Mi abuelo —un barbero cuya barbería fue expropiada— no sé si se la hizo. Mis padres, de otra generación, sabían que habían vivido su vida mal, no necesitaban preguntárselo. Mis amigos, mi hermano, mis primos, yo mismo, siempre hemos luchado por no tener que hacernos esa pregunta, que inevitablemente nos haremos al final. ¿He vivido mal mi vida? ¿He estado del lado de la luz?
Hace un par de años entrevisté a un soldado de mi generación que sí vivió mal su vida, lo está pagando caro y es probable que siga pagando. Los rusos lo habían llevado al frente ucraniano —contra su voluntad— y allí, sin armas, bajo la nieve, su compañero lo abandonó para que lo capturaran. Se lanzó a correr y los ucranianos lo atraparon. Ahora es un testigo. Mientras lo veía en la pantalla, vigilado por el ejército en un local secreto, lo único que hacía era preguntarme cómo un guantanamero se convierte en mercenario.
Un hilo de complicidad, o de esa complicidad que dan el origen y el destino común, se extendió esa noche en Salamanca entre Aleksiévich y yo. No era la complicidad del privilegio, porque el exilio no lo es, sino la de saber de dónde manaba la tristeza de esa mujer. Los españoles no entendieron nada. Estoy seguro, porque sonreían y ella, en cambio, sonrió solo dos veces y fueron sonrisas irónicas.
«Estoy en Salamanca y en esta ciudad apetece hablar de cosas serias», dijo antes de empezar, pero aquí no estaba el ánimo para la seriedad. En medio de la charla —mientras se hablaba de la debilidad de Europa frente a Rusia y de su tímido apoyo a Ucrania— dijo las palabras más duras que le he oído pronunciar a un conferenciante: «No sé si es que nosotros hemos sido incapaces de contar o si a ustedes les falta la fuerza para entenderlo».
Aleksiévich llegó a España para celebrar el quinto centenario de la Escuela de Salamanca, «esa cosa de cinco siglos», como la definió el rector de la universidad. Premio Nobel de Literatura en 2015, ha escrito algunos libros fundamentales, libros que son, como diría María Stepánova, un intento de cargar a los muertos en el propio cuerpo y en la propia razón. Vivo en un país donde se puede encontrar Voces de Chernóbil y El fin del homo sovieticus en cualquier biblioteca. (¿El «fin» del homo sovieticus? ¿Entonces Svetlana Aleksiévich escribe ciencia ficción?, me preguntó un amigo polaco). Ahora, sin embargo, dice que las palabras han perdido su fuerza y su electricidad.
Su mayor miedo, que debería ser el mayor miedo de cualquier escritor y periodista, es no hallar las palabras correctas para dar forma a la vida de los otros. Palabras que hablen —como los títulos de capítulos de El fin del homo sovieticus— de verdugos y víctimas, de revoluciones caídas en el olvido, de la dulzura del sufrimiento, del consuelo del apocalipsis, de los hombres que se transformaron inmediatamente después de la caída del comunismo y del silencio del polvo.
¿Había más cubanos durante la charla de Svetlana Aleksiévich en Salamanca? Es posible. Había rusos y ucranianos, ingleses, alemanes y españoles. Hubo gente que comprendió de qué se estaba hablando allí o que al menos intuyó la gravedad de lo que se estaba hablando. Hubo quien no aceptó esas palabras sobre el comunismo y el fascismo y se paró y se fue. Hubo una advertencia —«solo un soviético puede conocer a un soviético»— que recibí como recordatorio y que me dio un consuelo extraño, porque Cuba es la ultima thule del comunismo, la frontera de un imperio que ya no existe.
«Pasábamos horas bebiendo té, café, vodka. Y en los setenta bebíamos ron cubano», dice una de las primeras voces de El fin del homo sovieticus. «¡Todos estábamos enamorados de Fidel! ¡De la revolución cubana! El Che y su boina. ¡Todo un galán de Hollywood!».
Salí de la universidad y vi la ciudad de noche. Salamanca de noche también es una cosa de cinco siglos, un monstruo enorme y bello. Es tan difícil que a estas alturas algo lo conmueva a uno. La conmoción es bíblica, judicial, chea. Llevaba días buscando un mantra y me había ido por la parte cínica. Mi viaje a Europa central sería como el de Tintín en el país de los soviets. Buscaría reliquias del comunismo y me ilusionaría con el porvenir. Brindaría con vodka por el futuro de Cuba. Aunque yo ya no crea en Cuba, los demás tienen derecho a creer y a emborracharse con la Historia, como siempre.
Pero frente a Svetlana Aleksiévich tuve un pequeño satori político. No está mal ser un poco político. No está mal luchar un poco por la memoria. Esa fue mi conclusión, pero Aleksiévich dijo algo más: «No hay que convertir la vida en una revolución ni en una guerra; hay que vivir». Yo ya tenía mi mantra para viajar, pero si las aerolíneas no se ponen pesadas con el equipaje, me gustaría llevarme también este otro.
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