La historia silenciada de Caimanera, el pueblo con el que nadie negocia

10 de junio de 2026 a las 11:45 a. m.

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ARCHIVO - En esta fotografía revisada por oficiales militares de Estados Unidos, un soldado del ejército, derecha, y un miembro de la infantería de Marina permanecen frente a las verjas que separan el territorio cubano de la Base Naval estadounidense, el 6 de junio de 2018, en Bahía de Guantánamo, Cuba. (AP Foto/Ramón Espinosa, archivo)

ARCHIVO - En esta fotografía revisada por oficiales militares de Estados Unidos, un soldado del ejército, derecha, y un miembro de la infantería de Marina permanecen frente a las verjas que separan el territorio cubano de la Base Naval estadounidense, el 6 de junio de 2018, en Bahía de Guantánamo, Cuba. (AP Foto/Ramón Espinosa, archivo)

Una fotografía compartida el 29 de mayo de 2026 —inicialmente, por el Comando Sur de Estados Unidos y poco después replicada por el Ministerio de las Fuerzas Armadas (Minfar) cubano— provocó una ola de asombro y desconcierto en las redes y los despachos de análisis de varios medios de comunicación. Para la opinión pública, la imagen se contradice con la retórica de ambos Gobiernos, especialmente en las últimas semanas, cuando las tensiones crecen en medio de amenazas poco sutiles desde el lado gringo y un llamado al atrincheramiento desde el cubano. Esa es la última puesta en escena nacional en la que un acartonado Díaz-Canel, vestido de verde olivo, convoca a una inmolación colectiva que hace mucho tiempo dejó de tener sentido para el ciudadano común.

La imagen muestra al jefe del Comando Sur, el general Francis Donovan, acompañado del general de cuerpo de ejército Roberto Legrá Sotolongo, viceministro y jefe del Estado Mayor cubano, junto a otros altos oficiales. Esta composición contrasta, por lo paradójico, con el motivo declarado para el encuentro, definido oficialmente como «breve intercambio sobre asuntos de seguridad operativa», según el comunicado al público. Así se da a conocer, por primera vez, la celebración de una reunión de altos mandos en un momento de máxima tensión, con una fotografía tomada no en una oficina sino en exteriores, en ese paisaje agreste y enigmático para la mayoría de quienes observan la foto, pero que a mí me resulta entrañable.

Y es que, al fondo de esa imagen, en un decorado natural, está el lugar donde nací, un paisaje brillante por el reflejo del sol en el salitre que brota entre la tierra seca. Puedo sentir el aire seco y cargado de polvo que respiré con mis pulmones asmáticos durante mi niñez, adolescencia y parte de mi juventud. Leo los análisis que suceden a la publicación de esas imágenes y compruebo, una vez más, que ese pedazo de tierra y quienes lo habitan han quedado subsumidos por el performance de las narrativas en pugna, convirtiéndolo en un sitio fácilmente identificable y, a la vez, desconocido. ¿Qué sabe el resto de los cubanos de la vida allí, en el único perímetro de frontera terrestre que tiene Cuba?

Apenas dos semanas después de que el general Donovan estuviera en la Basa Naval, hoy (10 de junio de 2026) voló al mismo lugar el secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth. Es su primera visita a la instalación militar desde que asumió el cargo en 2025. El Pentágono ha dicho que el desplazamiento forma parte de una gira de supervisión de las operaciones en la región.

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Para la inmensa población de la isla, la identidad de Caimanera ha sido secuestrada por la propaganda. El imaginario nacional ha cargado por generaciones con una imagen estereotipada del pueblo, simplificada al absurdo en productos maniqueos como aquella vieja telenovela que se llamó Una cerca entre dos mundos, en la que el pueblo no era sino un lugar miserable transformado por la Revolución salvadora. Yo era una niña cuando se filmó y proyectó en la televisión, y recuerdo con claridad a los mayores quejándose por la exagerada representación del burdel, que parecía reducir la historia local a esa única función. En esa versión oficial, la que enseñan en las aulas y se grita en los discursos políticos, se desconoce por completo la dinámica socioeconómica y comercial resultante de la conversión de esa zona en base naval norteamericana.

En la lógica de la narrativa gubernamental, que denuncia la construcción de la base como un despojo, un robo o una imposición —discutir la veracidad y pertinencia de estas consideraciones excede los propósitos de este texto—, no tenía cabida el hecho de que el enclave fuera también, desde su creación en 1903 y hasta la crisis de los años sesenta, la fuente de empleo fundamental de la zona. Aquella demanda atrajo a trabajadores y profesionales no solo de otras regiones del país, sino del extranjero, transformando un asentamiento de pescadores en un núcleo de pequeños comerciantes provenientes de diversos territorios y de países vecinos.

ARCHIVO - En esta fotografía del 13 de mayo de 2008, un soldado del Ejército de Estados Unidos observa a través de unos binoculares en la base naval en la Bahía de Guantánamo en Cuba. En 1903, Cuba y Estados Unidos firmaron un tratado que otorgó al gobierno estadounidense control casi total de los asuntos cubanos. (AP Foto/Rodrigo Abd, Archivo)

Al crecer en Caimanera, en mi cuadra, pude interactuar con los vestigios de esa dinámica relacional que marcó la vida de sus habitantes. Era normal tener vecinos llegados de otras regiones y de otras islas del Caribe, como el señor Pacheco, un boricua que era un maestro en el diseño de jardines, o la familia Chambers, oriunda de Jamaica. En otra cuadra, un inmigrante chino se las agenciaba para cultivar vegetales en aquella tierra árida, semidesértica, y venderlos en su carretilla por el pueblo. Mis padres también llegaron allí atraídos por esa demanda de fuerza de trabajo, al igual que la mayoría.

Tiempo después del triunfo revolucionario y de la conversión del perímetro en una zona de guerra —con cercas, unidades militares a ambos lados y un campo minado que ubicó artefactos antipersonales incluso en los manglares—, yo era una niña que convivía y crecía aún inconsciente de la disonancia entre la retórica oficial y mi cotidianidad. Porque mientras en las clases, en la televisión y en los actos públicos «la base» era representada como la otredad enemiga, en la convivencia entre vecinos, familiares y amigos era algo diferente: una presencia ubicua que hacía particulares y enigmáticas nuestras vidas.

Para quienes allí vivimos nuestra infancia, la normalización de lo extraordinario nos llevó a jugar a pocos metros de los manglares minados o a identificar el sonido de los aviones militares como parte de lo cotidiano a cualquier imprevista hora del día. Esa normalidad tan nuestra se acompañaba de un control cuasi carcelario para entrar y salir del territorio e, incluso, para movernos dentro de él. Hubo momentos en que, para ir a Boquerón —el otro asentamiento con el que compartimos la condición fronteriza—, los habitantes de Caimanera debíamos pedir permiso o se nos impedía subir a la lancha, única vía de comunicación entre ambos puntos del municipio.

La condición de «primera trinchera antimperialista» llegó acompañada por restricciones de movilidad y un severo aislamiento. Cualquier visita desde fuera de los límites territoriales necesitaba «pases» de entrada y salida especiales, aprobados por las unidades de guardafronteras enclavadas en la carretera que conduce al poblado; e implicaba, al menos, dos revisiones obligatorias y chequeos de identidad. Sin esos permisos, el ingreso es, aún hoy, imposible. A los pescadores, además, se les reguló la actividad pesquera con horarios rígidos y prohibiciones estrictas que les limita a zonas donde la afluencia de especies es escasa. De ser la actividad económica más tradicional, la pesca se convirtió en marginal, con implicaciones punitivas si se saltan alguna de las tantas regulaciones.

Quienes leen quizá se pregunten cómo es posible que la gente haya aceptado la convivencia bajo esas condiciones. En Caimanera, además del control y la vigilancia extremos y del adoctrinamiento ideológico sistemático, el Estado entendió que una estrategia que suavizara la asfixia era impostergable para 1986, cuando la población iba reduciéndose debido al éxodo hacia la base (con destino final Estados Unidos) o hacia otros territorios de la provincia. Un calculado sistema de «privilegios» se puso en marcha en ese año y otorgó un estatus excepcional: los trabajadores recibían un 30 % añadido a cada tabulador salarial por concepto de «zona congelada» y una canasta alimenticia diferenciada que despertaba la envidia del resto del país. Por la libreta se asignaba carne de res con regularidad y el suministro de leche no se limitaba a los menores de 7 años. En la escasez perenne que define la realidad cubana, esas dádivas hacían llevaderas las incomodidades de la vigilancia.

Así se configuró un pacto tácito para los habitantes de la zona perimetral a la Base Naval norteamericana, una especie de acuerdo no explícito que por mejoras salariales y de suministros alimenticios canjeaba nuestras ya golpeadas libertades civiles. Ese pacto ha tenido varios momentos de ruptura, pero aquí me referiré a dos de ellos:

Fotografía del 6 de junio de 2018, revisada por funcionarios militares de Estados Unidos, que muestra un edificio en Cuba con la leyenda "República de Cuba. Territorio Libre de América", detrás de una valla que marca la frontera con la Base Naval de Estados Unidos en la Bahía de Guantánamo. Ambos mundos están separados por una "cortina de cactus", colocada por soldados cubanos a principios de la década de 1960 después de la revolución liderada por Fidel Castro, para disuadir a los cubanos de buscar refugio en la base. (AP Foto/Ramón Espinosa)

El primero ocurrió en 1994, en el momento más álgido del Período Especial, cuando el éxodo de locales a través de la frontera fue la norma. Aprovechando la cercanía y en la oscuridad de la noche, muchos cruzaban hacia la Base Naval. Era normal despertarnos y preguntar: «y anoche ¿quién se fue?». La marea y el manglar se volvieron territorios de vida o muerte. Sí, también hubo muertos y mutilados por pisar minas y otros se perdieron en el mar. Paradójicamente, mientras la propaganda pintaba un lado de la frontera como el «bastión inexpugnable», del otro, miles de balseros cubanos terminaron alojados en campamentos dentro de la Base Naval. En Caimanera, se vivió en ese contexto una herramienta represiva aplicada con anterioridad a las familias que apoyaron o participaron en la insurgencia disidente del Escambray: el destierro. Quienes eran atrapados en el intento de salir por la frontera eran sancionados, además de con un período de cárcel, con el traslado definitivo fuera del territorio guantanamero.

Fue precisamente al amparo de esa crisis migratoria cuando la retórica de la confrontación radical cedió paso, en la sombra, al pragmatismo militar. Para gestionar el éxodo y coordinar la seguridad del perímetro, en medio del diálogo entre ambos Gobiernos, los altos mandos del Minfar y de la Base Naval norteamericana pactaron una agenda de reuniones periódicas y discretas. Durante décadas, ese canal de comunicación directa funcionó como un secreto de Estado, una diplomacia verde olivo que ha pasado oculta hasta hoy, una convivencia soterrada que los caimanerenses conocíamos, pero que el resto del país ignoraba. 

En el marco del Período Especial, el igualitarismo doctrinal del régimen inauguró en Caimanera una de las brechas socioeconómicas más profundas del país. Coexistieron dos realidades contrastantes: la de las familias de extrabajadores de la Base Naval y la del resto del pueblo, hundido en la miseria del salario estatal. Durante años, el Estado había confiscado los salarios en divisas de esos trabajadores entregándoles a cambio devaluados pesos a la paridad oficial. Sin embargo, tras la despenalización del dólar en 1993 y la posterior aprobación de los pagos directos en 1995 los jubilados de la Base comenzaron a recibir sus pensiones íntegras en dólares estadounidenses. Con esos ingresos, la brecha fue abismal. De la noche a la mañana, el bastión revolucionario vio nacer a sus «nuevos ricos», entre jubilados y receptores de remesas familiares. La ironía prosaica del privilegio enorme que es, en Cuba, tener acceso directo al dinero del «enemigo».

El otro momento de ruptura estalló en mayo de 2023. A la par del colapso del modelo económico estatal fueron desapareciendo los suministros «excepcionales» que hacían llevadera la supervivencia entre tantas limitaciones. Las históricas protestas de ese año, con el pueblo en la calle exigiendo libertad ante los apagones y el hambre, demostraron que los caimanerenses se cansaron de aceptar las condiciones de una vida carcelaria con los platos vacíos. Para un pueblo que no supera los 5 000 habitantes, la participación de cientos de personas en una protesta al frente de la sede del PCC local era una declaración tácita de hartazgo con la miseria, que también constituía un desafío a la hipervigilancia y rompía con la aparente sumisión.

La respuesta oficial, sin embargo, no fue el diálogo, sino los golpes de las fuerzas combinadas del Ministerio del Interior y las brigadas especiales. Tras la violencia física, el régimen desplegó su maquinaria de violencia simbólica más rancia a través de espacios televisivos de propaganda como el programa Con Filo. Un antro de estulticia y escarnio que se ensaña contra cada cubano que elige salirse de la masa homogénea para reconocerse como sujeto con derecho a tener derechos. La televisión estatal, que se financia con el sudor del trabajo ciudadano, se convirtió en el escenario para banalizar la barbarie de esos días y criminalizar la rebeldía de los manifestantes en Caimanera.

Fotografía del 25 julio de 2018 de un hombre cruzando el río Baño en la ciudad de Guantánamo, Cuba, vecina de la Base Naval de Estados Unidos en la Bahía de Guantánamo. Los lugareños utilizan el río para nadar, refrescar a sus caballos de trabajo y lavar sus autos.(AP Foto/Ramón Espinosa)

Recuerdo el dolor y la rabia a la distancia, pero sobre todo la impotencia de quienes lo vivieron desde dentro. Esa herida sigue abierta. Hoy, cinco jóvenes de Caimanera permanecen como presos políticos por haber protagonizado esas horas de dignidad y haber exigido el fin de la opresión y el hambre. El castigo al pueblo no se reduce al encierro ejemplarizante, sino que se mantiene en la militarización perenne de la cotidianidad para recordar a los sobrevivientes el peso de la sumisión.

Hoy, la vida allí es el reflejo agudizado de la agonía nacional, con el agravante del aislamiento geográfico, comunicacional y relacional. El desabastecimiento de medicinas, la inflación galopante y el colapso de los servicios básicos han convertido al antiguo «bastión de la dignidad» en un territorio de pura supervivencia y desesperanza.

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Por esa razón, la fotografía del 29 de mayo de 2026 no me convence. No puedo dejar de leerla con indignación e incredulidad. Tengo clarísimo que, mientras el general del Comando Sur y los altos mandos del Minfar publican sus encuentros en apariencia cordiales y deciden hacernos conocedores —finalmente— de una convivencia ya rutinaria, la realidad de los cubanos de a pie sigue quedando fuera del encuadre fotográfico.

En medio del colapso actual de la isla, de la miseria campante y el desamparo gubernamental, esas coreografías militares son un teatro obsceno, precisamente por el rejuego de interpretaciones ambiguas al que se unen, en esta prolongación cruel de una situación que hace rato es insoportable. En las visiones estratégicas de esa pugna de narrativas, el territorio de la frontera y sus habitantes son solo un decorado escenográfico que las élites del poder usan a su antojo para perpetuar el desprecio y la invisibilización de nuestras vidas.

En ese contexto, nuestra tragedia —la de los caimanerenses y la del resto de los cubanos— trasciende la visita de un alto mando gringo o el intercambio «amistoso» entre generales para ubicarse justamente en nuestro lugar en esos movimientos coreográficos del Poder; uno al que se nos sigue negando acceder y que constata el despojo sostenido de nuestra condición de sujetos del cambio. Recuperar nuestra agencia pasa también por salvar la memoria, narrar lo vivido desde abajo y rescatar del olvido no solo el dolor y la pérdida, sino también la dignidad y la rebeldía.


ELTOQUE ES UN ESPACIO DE CREACIÓN ABIERTO A DIFERENTES PUNTOS DE VISTA. ESTE MATERIAL RESPONDE A LA OPINIÓN DE SU AUTOR, LA CUAL NO NECESARIAMENTE REFLEJA LA POSTURA EDITORIAL DEL MEDIO.  
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