Cubanos deportados en Villahermosa (II parte). Sobrevivir en el último círculo del infierno

25 de mayo de 2026 a las 12:35 p. m.

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Miguel Sánchez, cubano deportado a Villahermosa. Foto Katia Monteagudo.

Miguel Sánchez, cubano deportado a Villahermosa. Foto Katia Monteagudo.

Miguel Sánchez asegura que volverá a Estados Unidos por la vía que sea. Hoy, es un apátrida deportado en Villahermosa, una de las ciudades del sureste mexicano hacia donde han sido desplazados forzosamente —desde que comenzó el segundo mandato de Donald Trump en la Casa Blanca— más de 6 000 cubanos que el Gobierno de la isla no permite que retornen al lugar donde nacieron. Desde una de las esquinas de la avenida Francisco J. Mina, en el centro de la capital del estado de Tabasco, afirma que «va para atrás», sin que le preocupe que lo vuelvan a detener, porque al salir no le especificaron qué tiempo debía esperar para regresar.

«Hay gente que le dieron cinco años para volver, pero yo no los autoricé para que me enviaran para acá. Me montaron en el bus y “te vas porque te vas”. Pero no les firmé ningún papel ni les di permiso. Ellos conmigo rompieron las leyes. ¿Cómo me van a traer sin mi permiso? ¿Y si me pasa algo en un país que no es el mío? Porque me agarraron para ser deportado para Cuba, y si ahí no me aceptan, no es mi problema. No sé qué negocio hicieron con México que a todos nos están tirando para acá», analiza, sentado en una de las mesas de la taquería «La tía Sheva», donde trabaja como ayudante general, poco después de haber sido expulsado de la nación donde vivió 25 años, tras haber sido favorecido a inicios del nuevo milenio con el Programa de Visas de Diversidad.

El restaurante donde Sánchez, a sus 54 años, cocina, limpia o es mesero —por 2 000 pesos mexicanos (115 USD) durante seis días a la semana, desde las diez de la mañana hasta la medianoche— se ubica en una de las esquinas de la calle «Mina»; una arteria que atraviesa el centro de Villahermosa y donde poco a poco se ha ido aglutinando una pequeña comunidad cubana fuera del ojo público y en medio de la crítica violencia local

En la zona aparecen rentas de habitaciones con precios más favorables en relación con otras partes de la ciudad. Foto Katia Monteagudo.

Cerca se encuentran, además, pequeños hoteles que sirven como primeros hospedajes a recién llegados, además de una de las tres terminales de autobuses ADO que allí existen, con rutas hacia Cancún o Mérida, dos ciudades del sureste mexicano que atraen a muchos cubanos y donde hay comunidades más establecidas desde hace décadas. «La tía Sheva» funciona también como un punto de encuentro entre los paisanos que por allí pasan constantemente. Unos saludan al paso. Otros se acomodan en las sillas para dialogar entre sí. Varios llegan a preguntar dónde encontrar renta o empleo. 

En la barriada cercana a la avenida residen y trabajan cubanos que quedaron varados cuando la Administración Trump cerró la aplicación CBP One y canceló el programa parole humanitario en enero de 2025. También se han establecido otros migrantes de la isla que siguieron llegando desde Nicaragua, mientras Daniel Ortega mantuvo el libre visado para los cubanos que terminó el 8 de febrero de 2026 y con él, «la ruta de los volcanes». Igual se han ido sumando deportados desde Estados Unidos —con ciertos apoyos familiares para costear la renta de habitaciones y apartamentos compartidos, relativamente más baratos que en otras partes de la urbe tabasqueña—, y quienes tienen condiciones físicas e instrucción para insertarse en el mercado laboral local; sobre todo, en pequeños negocios privados de comida, tiendas de ropa, farmacias o mercados que allí están establecidos. 

«Llegué el 27 de junio del año pasado (2025). Un viernes. En el bus éramos muchos, pero hicimos un grupito de cuatro, que nos apegamos durante el viaje. Nos bajaron cerca de aquí. En el hotelito Villa Margarita pasé mi primera semana, y al siguiente lunes comencé el proceso de refugio. Después, encontré una renta por 1 800 pesos mexicanos al mes (104 USD). Era un cuartico con clima, cama, cocinita y baño. Para mí solo estaba perfecto, igual que la seguridad. Mi familia de Estados Unidos me ayudó. No tenía trabajo aún. Luego empecé aquí en la taquería y me cambié para un apartamento más cercano. Sigo solo, pero de vez en cuando viene una amiga cubana», cuenta Miguel sobre su vida en la capital tabasqueña.

Hotel Villa Margarita donde Sánchez pasó su primera semana en Villahermosa. Foto Katia Monteagudo.

«La familia dice “yo te ayudo”, pero después oyen los cuentos: “pero si fulano está trabajando, por qué no trabajas”. Y se cansan, porque allá igual tienen que pagar. A mí me ayudan, pero tengo que hacer por mí. La realidad, es que hay muchos cubanos que no quieren trabajar, y se ponen para el invento. Aquí, trabajar, trabajar, unos poquitos», refiere Sánchez, quien ahora paga 3 700 pesos mexicanos (213 USD) al mes por la renta de otro pequeño apartamento, muy cercano a la taquería donde pasa la mayor parte de su tiempo, excepto los miércoles. Ese día lo empleó muchas veces en su proceso de asilo ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar).

«Cuando me tocaba firmar en la Comar iba los miércoles. Ya hice la entrevista y me aprobaron para el refugio. Ahora puedo dormir un poco más y resolver otras cosas. Cuando tenga la residencia permanente, la idea es subir. Tengo que volver como sea», insiste sobre su plan de retornar a Estados Unidos, específicamente a Austin, Texas, donde quedó una abuela, de 91 años, que estaba bajo su cuidado desde que llegó de Cuba con cáncer en los ganglios hace casi dos décadas. Igual piensa en la hija de 21 años, ciudadana americana, que vive en Dallas. 

«Tengo dos stents puestos en el corazón. Esa es otra de las cosas por lo que necesito irme para atrás. Allá me salvaron la vida en la ambulancia, porque no llegaba al hospital. Tu llamas al 911 y es al momento. Aquí no hay “cositas” así», refiere sobre sus razones de regresar al país donde vivió más de dos décadas y después lo expulsó hacia un territorio que desconocía completamente.

También, señala, que le preocupa la zona del centro donde vive, uno de los tantos puntos rojos de la ciudad tabasqueña, con más de un 80 % de percepción de inseguridad. Tierra fértil para el narcomenudeo. Las razones las apuntas para elTOQUE Alcira Hava, becaria Leonard H. Sandler de Human Rights Watch, quien estima que ante «la falta de apoyo institucional, los cubanos deportados se encuentran en una situación de máxima vulnerabilidad. No cuentan con estatus legal ni acceso a empleo o refugio, y un número importante, sobre todo aquellos que no tienen apoyo familiar, quedan varados y en situación de calle. El crimen organizado se aprovecha de esta situación y explota la falta de opciones que tienen estas personas para sobrevivir».

La terminal de autobuses Ado de la calle Mina. Foto Katia Monteagudo.

«Aquí han matado a cuatro cubanos desde que llegué. En una barbería entró un chamaquito y, como si nada, acribilló a balazos a uno. Nadie se metió. Aquí, si quieres vender droga, te dicen: “ven para acá”, te toman una foto de la cara y te preguntan: “¿qué quieres vender?, escoge…”. Te dicen “tanto de esto, tanto de lo otro… ¿ok?”. También te piden que elijas un día para pagar, pero el día antes te hacen una llamada y te piden fotos de la mercancía que te queda. Si te llevaste 30 paquetes, puede que te queden diez. Cuando llega el día del pago, no te puede faltar nada porque —mínimo— te dan una molida de palo. Después, te dan una hora para que busques el dinero. Si no, ya sabes, tienes que perderte porque te matan. Esto no es juego y te mandan a “levantar” con la Policía». 

«No vienen en ningún carro oscuro, eso es mentira. A la Policía ellos les dan tu foto, y como somos cubanos van directo a donde estamos, porque también te dicen en qué calle vas a vender las drogas. Ahí solo puedes estar tú. Eso no es mentira, lo he visto con mis propios ojos. No es invento, esa cuadra ya es tuya, es del cubano. Si alguien se atreve a vender ahí, al momento lo “rayan” y lo “levantan”, porque hay que pagar para vender. Aquí sí es duro, no se puede perder ni un paquete. Pero al final, ni tanto dinero buscas. Es más jodienda que dinero por estar vendiéndole la droga a esa gente. Estoy cansado de todo eso. Hice esas cosas en Estados Unidos», analiza Miguel, y recuerda cuando perdió su green card por «meterse» donde no debía. Por unos minutos retorna a 2008, cuando fue detenido por la Policía con más de 15 libras de marihuana en el maletero del carro.  

«Por ese problemita no pude hacerme ciudadano americano como mi abuela. Había conocido a un mexicano que tenía cuanta cosa existiera. Me dio la marihuana y yo tenía una amiga que vivía en un barrio negro*. Me metí ahí y resulta que cuando estaba llegando a su casa, se tiró la Policía y me agarraron con esa cantidad de droga. Eso en Estados Unidos es felonía, un delito mayor. Cuando llevaba 13 meses preso, me fui por la vía de aceptar la deportación. En ese tiempo, si pedías la deportación, a los 90 días ibas para la calle. Pensé que podía arreglar eso después. Todos los años me reportaba ante el ICE y me decían que no había problemas. Yo hacía mi vida normal. Revendía ropa. Eso me daba para pagar mis cuentas. Nunca pensé que este hombre [Donald Trump] fuera a cambiar eso», rememora Sánchez, a quien tampoco el Gobierno de Cuba le ha informado oficialmente por qué no puede retornar a su país natal.  

En la zona se ubican pequeños negocios en los que se solicitan empleados. Foto Katia Monteagudo

«Nací en La Habana. Siempre viví en la ciudad Camilo Cienfuegos, donde está el hospital naval. Mi abuela fue una de sus fundadoras. Hacía electrocardiogramas. No sé por qué Cuba no me quiere», afirma, Luego refiere que en más de dos décadas, solo visitó su país —tras un permiso especial— en diciembre de 2003 y en abril de 2004. Pero desde 2012 las autoridades lo incluyeron en la lista de cubanos con órdenes de deportación que no son aceptados en el territorio nacional. A unos 42 000 ciudadanos de la isla en Estados Unidos, con órdenes finales de deportación, desde hace años el Gobierno de Cuba les ha negado el derecho de retorno al país. 

«Realmente, lo único que yo hice en Cuba fue tratar de irme ilegal en una balsa, a los 17 años, pero nos detuvieron en el mar como a unas 10 millas de la costa y nos mandaron para Villa Marista [principal centro de detención e interrogatorio de la Seguridad del Estado]. Después, nos soltaron con una multa de 600 o 1 200 CUP, ni me acuerdo bien. Eso fue en 1989. Después salí cuando me llegó el “bombo” en el 2000», rememora, en busca de respuestas a su exilio forzoso, aunque no desea volver a su país natal. Tampoco cree que pueda quedarse en México. 

«Aquí hay buena economía, hay comida, transporte, electricidad… Pero hay mucha diferencia con Estados Unidos. Aquí la gente se ve más envejecida, quizá porque empiezan a trabajar temprano, además de la violencia. Aquí no es juego. Lo único que me hace falta es un nuevo pasaporte cubano. Sé que es complicado. El consulado más cercano queda en Veracruz, y sin la residencia no me puedo mover para allá. Traje mi inscripción de nacimiento y la de mi hija que es americana. Esos papeles los tenía el ICE y me los devolvieron. Ella puede que me reclame, pero ahora todo está detenido. Cuando tenga mi residencia y el pasaporte me voy a empezar a mover. Desde que llegué no he salido de Villahermosa. Quizá vaya para Ciudad de México, después para otro lugar más cercano a la frontera. Todo lo he hecho solo, y sé que voy a volver. Tengo que hacerlo. Lo voy a intentar las veces que sea», afirma Sánchez sobre su idea obsesiva de retornar a Estados Unidos. Dice que allá está su hogar. Más, porque «Cuba no me quiere y en México nunca quise estar. Tengo que regresar. No sé cuándo, pero lo voy hacer», reitera con la certeza que cada día lo impulsa a desafiar el último círculo del infierno donde ha sido confinado.




*Nota de las editoras: Se refiere a barrio con una mayoría de población afrodescendiente. 
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