Salí rumbo a Polonia a los 31 años con poca ropa en la maleta y un vacío enorme dentro. Algunos amigos me habían contado experiencias diferentes sobre ese momento. Que si una tristeza irremediable. Que si una alegría indescriptible. Pero yo no sentí nada. Solo recuerdo el vacío. Una sensación que no había sentido antes y que nunca más he vuelto a sentir después de aquel día
Fui solo al aeropuerto. Quise ir solo. Antes de salir de la casa, mi abuelo, aún ajeno a mi partida definitiva, me abrazó fuerte, sonrió y me dijo: «pásala bien, nos vemos pronto». Mi madre, consciente ya del hecho, me abrazó fuera del taxi y lloró con el dolor real de quien pierde una parte de sí. Yo no eché ni una lágrima y le dije que no se preocupara, que pronto estaríamos juntos otra vez. El resto de la familia escondió el pesar como pudo, aunque vi la tristeza en los rostros desolados. Mi hijo, que entonces tenía casi 5 años, se abrazó de mí y sin entender la situación me dijo: «adiós, papá, cuídate mucho», medio confundido al ver las lágrimas en el rostro a su madre mientras se despedía.
Al abordar, sentí un vacío mayor. Subí las escalerillas más ligero que un globo, sin una pizca de miedo o nerviosismo, ni siquiera porque era la primera vez que montaba un avión para dejar los límites de Cuba. Miré el pequeño aeropuerto de Santa Clara y no sentí absolutamente nada.
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Llegar a Polonia, primer país fuera de mi país, fue revelador. No fui lanzándome a la aventura ni al peligro como otros emigrantes, no crucé fronteras ni improvisé por el camino: «La tuve fácil», dirían. Me fui a Polonia con una visa de turismo que duraría tres meses, pero arreglar mi situación legal en Europa fue solo cuestión de tiempo. Lo más difícil fue insistirles a los funcionarios públicos para que aceleraran los procesos, pero nada lo tuve que hacer solo. Detrás de cada paso, como un niño que aprende a caminar, estuvo la mano de mi esposa. Al dejar Cuba, lo hice sabiendo que allá, en aquel país lejano y frío, me esperaba un hogar y el abrazo de una mujer que quería y quiero mucho, y sabiendo que por segunda vez en mi vida me esperaba la experiencia de ser padre.
Llegué en pleno marzo con la ilusión tropical de conocer la nieve, pero ya no quedaba ni rastros de ella. Faltaba apenas una semana para el equinoccio de primavera y Polonia estaba gris como una tarde de noviembre. Los árboles seguían desnudos y aún se podía respirar el vaho helado del invierno. Allí, en el aeropuerto, me esperaba mi mujer con un vientre de cinco meses que empezaba a notarse. Al cruzar la puerta de salida, rodeado de alemanes y polacos, su sentencia fue tajante: «¡Qué negro eres!». Ese fue mi primer golpe de orgullo caribeño en Polonia. Entonces, dije para mis adentros: «¡Vaya, empezamos bien, Europa!».
Noté a primera vista que la gente sonreía poco y vestía oscuro como si estuviesen de luto. En el camino, había grandes vayas comerciales que llamaron mi atención y enseguida las comparé con las pancartas oficialistas a los lados de las carreteras en Cuba. Parecía un niño sorprendido con los anuncios y sonreía solo. Al llegar a casa, y durante los próximos diez meses que duró mi espera para obtener la residencia, llevé una batalla constante entre subdesarrollo y modernidad. Esa batalla creo que dura todavía. Nunca me sentí discriminado; a veces, me sentía como una atracción de feria a la que todos querían mirar.
Esos diez meses fueron, por mucho, lo más duro de mi vida como emigrante: desacuerdos recurrentes con mi esposa debido a las abismales diferencias de cultura y costumbres, desconcierto total sobre el futuro, y ese extrañar constante a mi familia, sobre todo a mi hijo, que me hacía pasar horas delante del teléfono solo para saber de ellos.

Gdansk en invierno / Foto: Jenny.
Casi todo me resultaba nuevo en medio de aquel nuevo mundo. Me sentía como un niño que comienza a aprender las funciones básicas de la existencia. La automatización hasta para hacer lo más mínimo, me parecía salida de un cuento de ciencia ficción. Comprar algo era una odisea, el agua caliente en todos lados, los baños públicos y sus sistemas futuristas, el transporte, los hospitales, las luces..., me parecía una película.
Y el idioma, el idioma era un golpe fuerte en las sienes cada vez que intentaba escucharlo. Por suerte, mi buen inglés sirvió para entablar las primeras conversaciones con los nuevos paisanos, pero no sería jamás suficiente. Aprender idiomas ha ocupado gran parte de mi vida, pero aquello era otro nivel. Me resultaba imposible enmarcar el polaco en cualquiera de las lógicas comunicativas. Un idioma eslavo pero con evidentes reminiscencias del latín, con la gramática de caso más arbitraria que pueda existir sobre la tierra y una fonética de otro mundo. En fin, una locura. Mientras más pensaba en la objetiva necesidad de aprender polaco, menos eran las ganas de comenzar. «Ya me entrará solo», así me justificaba con mi mujer para evadir la pregunta recurrente: «¿Cuándo vas a empezar a aprender el polaco?».
La única imagen que por años había llevado en mi cabeza sobre Polonia era la de una señora muy mayor, pobre y con pañuelo, con una sonrisa amorosa e inocente, las que en el mundo eslavo de tiempos del comunismo se conocía como babuszka (del ruso abuelita). Lo poco que conocía gran parte de mi generación en Cuba sobre Polonia venía de sus geniales dibujos animados «Bolek i Lolek». Algunos, con cierta afición por la historia, teníamos en la mente el sufrimiento polaco durante el Holocausto, los millones de muertos durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial y las terribles imágenes de Auschwitz y otros campos de concentración y guetos recreadas en no pocos clásicos del cine. Tal vez otros habían oído mencionar o leído a Szymborska, Herbert, Sienkiewicz y Miłosz, y sabían que Apollinaire, el poeta, era también polaco.
A mi llegada, esa vaga imagen de país débil, destruido y desconocido se derrumbó como un castillo de arena en una tarde borrascosa. Polonia me golpeó visualmente como escenas de cine de espectáculo al punto de hacerme ver en ella una Cuba distópica y soñada, una Cuba templada que al fin se había levantado como una gran nación ante los ojos del mundo.
Las primeras conversaciones interesantes sobre Polonia fueron, irónicamente, en el idioma original que yo, por supuesto, no entendía entonces, pero que mi mujer se encargó de traducir con cuidado minucioso. Ahora comprendo que lo hacía para que yo me enamorase del país pese a las diferencias irreconciliables. Esas primeras conversaciones fueron con su abuela, que entonces rondaba los 80 años.
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Pani Krystyna era una mujer elegante y olorosa, que en nada se parecía a la babuszka de mi cabeza, con una dulzura natural que se le notaba al instante. Alta e inteligente, había sido por muchos años directora de escuela y profesora de matemáticas. Lamento mucho que hoy, cuando puedo hablar sin problemas de casi cualquier tema con cierta fluidez en polaco, ya no esté para celebrarlo. Gracias a ella, di los primeros pasos firmes dentro de la historia de Polonia. Me contó cómo de niña sentía tanto temor de los soldados rusos que violaban a mujeres y niñas por igual mientras ocupaban por el este, como de los crueles soldados nazis que llegaban arrasando desde el oeste. Gracias a ella, conocí mejor la parte sentimental de la historia, supe de las décadas de dolor y escasez que acompañaron los años de posguerra y la instauración y final imposición del régimen totalitario comunista que duró más de cuatro décadas.

Río Motlawa, Gdansk / Foto: Jenny.
Fue mucho más fácil para mí deducir luego que el esplendor del que hoy goza Polonia comenzó por una razón principal: la caída del régimen totalitario en abril de 1989, fecha en que Polonia celebró por primera vez en su historia elecciones libres y democráticas.
Gracias a Pani Krystyna empecé a conocer mejor la geografía del país mientras me mostraba en viejos álbumes de familia cómo sus padres habían llegado desde cerca de la antigua Leópolis (hoy Ucrania y otrora territorio de Polonia), y me contaba en cuántos lugares del país habían vivido hasta establecerse en Łódź, situada en el corazón de la nación. Gracias a ella, aprendí lo mejor de la cocina polaca. Lo malo que pudiese yo sentir en los meses tras mi llegada, se aliviaba con los interminables almuerzos caseros que hacía especialmente para mí. En lugar de odio y rechazo, me fui sintiendo acogido por la familia, los amigos y los conocidos.
Entre conversaciones en inglés siempre que era posible o las largas charlas en polaco de las que entendía lo que mi mujer podía o quería traducir, fui hallando espacios en los que Cuba salía a relucir. Hallaba siempre puntos de convergencia, sobre todo en nuestras historias reciente. Que si las naranjas que llegaban a Polonia (solo para las Navidades) en los años setenta y ochenta venían de Cuba, que si el azúcar de caña que se consumía en esos años era cubana, que si el ron, que si la música, que si el más famoso bailarín y coreógrafo que existe hoy en Polonia es hijo de un cubano que vino a estudiar en los setenta y se enamoró de una hermosa muchacha polaca, que si el músico latino más popular en Polonia es un cubano que se quedó hace más de 40 años en el país, que si las cartas de racionamiento, que si las colas interminables (sobre todo en los últimos años del comunismo), que si la escasez extrema de productos vitales, que si la censura a los artistas e intelectuales y la riquísima cultura de resistencia que prevaleció pese a todo, que si la falta de libertades fundamentales, que si los presos políticos, que si la represión a quienes se oponían, que si los exiliados y los refugiados políticos. De algún modo, todo me hacía ver que no estaba tan lejos.
Aunque seguía con la incertidumbre del futuro, volver al pasado de Polonia, fue como vivir el presente de Cuba. Algo siempre estuvo claro y es la posición de los polacos con respecto a su pasado: nadie, absolutamente nadie de los que he conocido, más o menos conservadores, más o menos de izquierdas, más o menos viejos o más o menos jóvenes, nadie quisiera volver a esos años. Mi mujer me cuenta que su padre sí sentía nostalgia por la época comunista. Dice que extrañaba los tiempos en que la gente tenía que relacionarse más, hablar más entre sí, estar más cerca unos de otros, reunirse más aunque no tuvieran otro remedio. El, definitivamente, era uno de los pocos nostálgicos del pasado. Yo no conocí al padre de mi esposa, y como nunca tuve al mío cerca, hubiese querido mucho conocerlo. Tendríamos, hoy, mucho sobre qué debatir.
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Mi segundo hijo nació en julio, al igual que su hermano mayor. La incertidumbre creció al tener una nueva y enorme responsabilidad sobre nosotros en medio de los procesos de legalización, pero todo se alivió cinco meses después cuando tuve mi tarjeta de residencia y con ella la posibilidad de trabajar y de viajar fuera de Polonia. Antes, cuando aún la visa de turismo era válida, solo había podido estar en Roma. Una semana después de llegar a Polonia, visitamos Roma. Este fue la luna de miel que nos debíamos por habernos casado apresuradamente en Cuba sin espacio, tiempo ni dinero para ir a ningún lado. Roma fue la primera señal real de que todo o casi todo era posible solo con salir de la isla.

Museo de la Segunda Guerra mundial de Cracovia, antigua fábrica de Calderos de Óscar Schindler / Foto: cortesía.
Con la residencia en mano, un niño muy tranquilo que dormía y comía mucho y que crecía sano, y la posibilidad de mi esposa de volver a su trabajo, el mundo se abrió delante de nosotros. Yo logré comenzar a trabajar como apoyo en primera línea a la resolución de problemas técnicos en la multinacional Fujitsu. Un puesto con el que tenía y sigo teniendo poco o casi nada que ver, y con un conocimiento informático por debajo del mínimo, pero me salvaron los idiomas que ya conocía: el inglés y el francés además de mi nativo español.
Allí estuve tres meses, suficientes para vencer el contrato de prueba y para que mi mujer, con su excepcional capacidad logística y organizativa empezara a dibujar nuestro futuro. Justo cuando recibí mi primer contrato extendido, aprovechamos las bondades del sistema social polaco, intercambiamos nuestras licencias maternas y paternas y nos fuimos a Cuba durante tres meses. Ella de vuelta al trabajo y yo como papá cuidador de un bebé de 6 meses, ganando el 70 % de mi salario polaco. Esa posibilidad me acercó de nuevo a mi familia e hizo que mi vida de emigrante tomara un aspecto diferente. A sabiendas de que no volvería jamás a residir en la isla, al menos sabía que siempre podía volver y pasar tiempo con mi hijo, mi madre, mi abuelo y la familia. Esos tres meses hicieron, además, que pudiera ver cómo la Cuba que había dejado atrás se deterioraba como un enfermo terminal.
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Mi mujer y yo nos conocimos un 14 de febrero, trabajando. Ella era soltera y yo recién separado de mi primera esposa. Todo pasó muy rápido. La fecha, obviamente, tuvo mucho que ver. Nos conocimos en un aeropuerto, mientras esperábamos a nuestros respectivos grupos de turistas. Ambos éramos guías de turismo, ella tourleader con la compañía polaca Ítaca y yo guía para Gaviota Tours Cayo Santa María, del archiconocido conglomerado empresarial militar Gaesa. Sin esperarlo, comenzamos una relación porque esa noche Santa Clara era una fiesta y no hay nada mejor para el amor que una fiesta.
Luego, lo de esperarse: una historia de secretos y cautelas por tratarse precisamente de Gaviota, donde todos éramos tratados como trabajadores civiles del Ejército y, por tanto, teníamos una prohibición estricta de mantener relaciones amorosas con cualquier persona que viniese de otro país. Por eso, abandoné el trabajo un año después y tuve que buscar otras alternativas dentro del turismo.
Pero mi historia en el turismo empieza antes, varios años antes, cuando aún era estudiante de segundo año de Lenguas en la Universidad de Central de Las Villas y empieza, como tantas historias de cubanos, por la necesidad y el abandono de un sueño y luego un tomar de decisiones que no sabes a dónde te llevarán. A mí me llevaron, por suerte, por un camino acertado, aunque no por ello sin sufrimiento.

Plaza larga, centro Gdansk en invierno / Foto: Jenny.
En 2008, llegué a la animación turística casi por accidente, durante el período de prácticas que la carrera exigía. Fue la primera vez que conocí un hotel todo incluido y tantas bondades que nos quedaban tan lejos a los cubanos de entonces y mucho más a los de ahora. Cuando entré a ese lugar entendí que sería una clara solución a muchos de mis problemas económicos, pero a la vez, el inicio de un universo de contradicciones internas.
El momento decisivo llegó tiempo después, cuando me pusieron en la mano la posibilidad concreta de un puesto de trabajo. Yo estaba estudiando cuarto año de la carrera. Para ello claro está, debía renunciar a una ilusión de la infancia y a la aspiración de toda mi familia de ver al fin al primer universitario de la estirpe. Debía echar por tierra el sueño de la traducción de textos literarios, los poemas, los amigos, los años de sacrificios y de estudio.
Hoy recuerdo con no menos nostalgia la tarde lluviosa, cuando acostado en la cama, miraba el techo ahuecado de mi pobre casita de familia mientras oía a mi madre lamentarse de nuestra falta de esperanzas. Eché una lágrima, tragué el nudo que tenía atravesado en la garganta y grité para mis adentros: «¡a la mierda la traducción literaria!». Me faltaron solo tres semestres para acabar la carrera. Ninguno de mis compañeros ni mis profesores ni mi novia en ese entonces lo creía, pero ahí corté de un tajo mi aspiraciones intelectuales. Menos podían creer cuando apenas en siete meses de trabajo como animador en un hotel me estaba comprando mi primera casita en la ciudad y luego otra más grande para vivir con mi primer hijo y mi primera esposa.
Después, me convertí en guía de turismo. Me ahogaba ver pasar mi vida dentro de un hotel sin mucho tiempo para más. Viajé por la isla y fui testigo de su belleza y también de sus dolores. Viví uno de los tiempos más esperanzadores desde 1959. Entre 2014 y 2017, vi cómo se abrían las puertas a negocios privados impensables hasta entonces. Cómo millones de turistas abarrotaron la isla en muy escaso tiempo. Vi cómo cada negocio, hasta el más pequeño, prosperaba mientras nacían otros a cada paso. Pensé que el cambio definitivo de sistema parecía inminente. En 2017, me fui a Polonia con la certeza de que Cuba se abriría de una vez y por todas al mundo, pero las certezas se convirtieron en polvo y echaron a volar. En 2018, cuando regresé a Cuba por primera vez, ya se notaba cómo todo se movía en retroceso. Volví cada año excepto en 2020. En poco tiempo, la isla había vuelto a ser el mismo país sin esperanzas.
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La aventura que había comenzado cuando volvimos a Cuba en 2018 por tres meses, tomó alas y no ha cesado aún. Con altas y bajas en el camino y una pandemia que frenó al mundo por casi dos años, hemos seguido escribiendo nuestra historia familiar. De vuelta a Polonia, a nuestro apartamento en Łódź; luego, seis meses al norte de Italia, yo seguía cuidando de mi hijo mientras mi mujer trabajaba con grupos de Ítaca en la región más hermosa que mis ojos han visto, entre Suiza e Italia, justo donde se encuentran los Lagos y los Alpes. Con dos bicicletas y un carrito para llevar al niño, recorrimos cientos y cientos de kilómetros en los días libres de mi esposa.
En bicicleta, llegué por primera vez a Milán, Turín, Trento, Lago di Garda y otros pueblos y ciudades increíbles del norte de Italia que no podrían ser descritos con palabras. Siempre a bajo costo y sobre dos ruedas o andando entre los soleados senderos de los Alpes en verano. Ese año, volvimos a Cuba por casi cinco meses y fue la última vez que pude abrazar a mi abuelo.

Alpes italianos / Foto: Jenny.
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Entre los costos mayores de mi partida estuvo el deterioro de mi abuelo. Aunque no pasé tanto tiempo sin verlo, irme de Cuba le dolió al punto de envejecer más rápido, de perder poco a poco la capacidad mental y de morir pronto. Mi abuelo fue el hombre de mi vida y yo fui el hijo-nieto que lo llenaba de orgullo. A mi abuelo le debo mucho, pero sobre todo, le debo lo más parecido al amor de padre que conocí.
Mi abuelo era comunista. Un comunista convencido. Fue un hombre que murió creyendo que le debía todo a Fidel y a su proceso, y eso para él era irrebatible. Mi abuelo no tuvo nada antes de 1959. De niño, tenía que trabajar para ayudar a mantener a sus hermanos. Pasaba con hambre delante de las tiendas llenas de comida, carnes y golosinas, pero no las podía comprar. Su familia vivía de lugar en lugar, improvisando casitas de yaguas y bejucos, y él no pudo ir a la escuela hasta después de 1959. Entonces, mi abuelo fue alfabetizado a los 24 años y no hubo quien sacara de su mente la idea de que la Revolución era lo mejor que pudo pasarle a la isla, y que Fidel era el hombre más grande que había dado la historia universal.
Mi abuelo no robó jamás ni hizo nada indebido porque así lo sentía, y también porque lo decía Fidel y el Partido. Nunca creyó que mientras Cuba estaba limitada en todo, Fidel y su círculo disfrutaban de los privilegios que él nunca soñó, y murió creyendo que eso era lo correcto.
Yo entiendo a mi abuelo porque estoy convencido de que no se le podía pedir más. Sin embargo, mi abuelo fue un hombre interesante. Muchos hábitos buenos que aún conservo se los debo a él, pero hay cosas que no pudo ver ni entender pese a que corrían delante de sus ojos. O quizá las vio y lo calló por ser demasiado agradecido. Mi abuelo no pudo entender por qué me fui de Cuba y aunque nunca lo dijo, eso le causó una herida de muerte.
Al volver a Polonia en 2019 con la certeza de que no volvería a abrazar a mi abuelo, nos embarcamos en nuestra siguiente aventura. Echamos dentro del carro todo cuanto teníamos en el apartamento y con el niño aún pequeño nos echamos a la suerte rumbo a la hermosísima Gdansk, en la costa báltica polaca, sin conocer nada ni a nadie en la región, sin familia cercana, a empezar completamente de cero. Éramos dos y un niño. Las motivaciones: un trabajo que había encontrado en aquella zona como especialista de ventas en el mercado europeo en una pequeña empresa de publicidad; el hecho de que aquella, no por casualidad, fuese la región más codiciada de Polonia y, por último, el deseo constante de aventurarnos hacia lo imprevisto.
Si de Polonia ya me había llevado la mejor de las impresiones, Gdansk sería el gesto de atracción culminante para acabar de enamorarme. Capital actual de la región de Pomerania, capital mundial del ámbar e histórica capital de la libertad en Europa, Gdansk es una ciudad encantadora, amalgama de historia, modernidad y turismo, pero sobre todo es una ciudad próspera y renovada, símbolo de la rebeldía y de la independencia en Polonia y en el continente. Poseedora de más de 1 000 años de historia y una mezcla de arquitecturas y naturaleza sencillamente mágicas, Gdansk me abrió sus puertas como a un soldado herido por la guerra y terminó de sanarme.
En Gdansk nacieron grandes hombres que de no haber vivido allí, jamás lo hubiera imaginado. En Gdansk nació Fahrenheit, Schopenhauer, Günter Grass y nació un obrero electricista, posterior fundador y líder del movimiento sindical «Solidaridad», presidente de Polonia y premio nobel de la paz que se convirtió en símbolo de la resistencia obrera ante los desmanes de los regímenes totalitarios comunistas. Ese hombre, que aún mora en una calle apacible del hermoso Barrio de Oliwa, se llama Lech Wałęsa. No fue un científico o un filósofo o un gran intelectual y con no pocas oscuridades —como cada hombre— llevó a Polonia de la mano de su movimiento, respaldado por muchos otros que no se mencionan siquiera en la historia, hasta la deseada democracia.
Un hombre común al que busco sin descanso dentro de la historia actual de Cuba y no logro encontrar.

Astillero de Gdansk / Foto: cortesía.
En agosto de 1980, en el astillero de Gdansk, para entonces uno de los más grandes de Europa con sus más de 20 000 empleados prendidos por la chispa que provocó la expulsión de una compañera y movidos por años de injusticias, decadencia y falta de libertades se encerraron tras los portones de acero y dijeron que no se marchaban de allí hasta que el Gobierno no los escuchara. Hasta que no los tuvieran en cuenta. Durante 17 días permanecieron encerrados hasta que el Gobierno cedió a sus exigencias. Sus reclamos fueron románticamente escritos en una tabla contrachapada, a mano, por los puños que trabajaban de sol a sol sin ver el fruto, dentro de ellos, los de un obrero electricista de apellido Wałęsa, quien ni siquiera estuvo allí el día de la huelga, pero quien pronto saltó uno de los muros y asumió el protagonismo de la gesta.
Tuvo que pasar casi una década para el triunfo definitivo, hubo que sufrir casi diez años de represión, de exilios forzados, de censura, de militarización, de secuestros y torturas y muertes probadas hasta que, en abril de 1989, la presión tanto interna como externa fue tan fuerte que los que se aferraban al poder tuvieron que aceptar enfrentarse a sus opositores en verdaderas elecciones democráticas. Aunque al inicio el presidente de tránsito no fue una figura de la oposición sino un adepto del régimen, en 1990, en pleno acto de justicia y ejercicio democrático, fue elegido con amplia mayoría Lech Wałęsa al frente de «Solidaridad». Inició así una serie de cambios y aperturas necesarios que culminarían con la inclusión de Polonia en la Unión Europea en 2004, y que hoy se reflejan con claridad en la prosperidad de la nación. Aún está lejos de ser perfecta, pero con indicadores sociales y económicos que la sitúan en niveles de desarrollo envidiables. Sus ciudadanos son cada vez más libres y aunque en los últimos años hay retrocesos en ciertos políticos con tendencias extremas, en Polonia se vive bien porque cada uno tiene derecho a elegir su futuro.
En Gdansk, tuve y tengo con todo orgullo mi primer hogar en Europa. En las playas de Gdansk busqué ámbar junto a los personajes que me inventé, de rodillas en la arena, como si pidiera milagros al mar. Milagros para mi isla. En Gdansk, hice muchos amigos que lograron que fuera mucho más llevadero el encierro de la pandemia. A Gdansk, traje por primera vez a mi madre para que conociera Europa. En Gdansk, visité periódicamente el Centro Europeo de Solidaridad, donde se muestra con detalles las luchas durante la dominación comunista. En ese lugar, veo un perfecto reflejo de la historia de Cuba en los últimos 67 años. En Gdansk, un día sin darme cuenta, estaba conversando en polaco y me sentí uno de ellos aunque mi piel no engañe. En Gdansk, un día, recibí un pasaporte que me liberó un poco más y me puso las alas para volar el mundo entero.
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¿Por qué hoy estoy en España? Es solo otra historia de aventura. Un día, sin pensarlo mucho, decidimos echar lo esencial otra vez en el carro y con dos niños a bordo atravesamos el continente desde el Báltico hasta el sur del Mediterráneo y llegamos a Andalucía. Ni Polonia con su belleza natural y su mar, su nieve y su montaña, sus encantadoras ciudades y su estabilidad económica pueden atenuar los efectos de un clima frío, gris y agobiante durante seis o siete meses al año. Esa razón, sobre todo, nos hizo pensar en buscar el sol para que los niños, y nosotros por qué no, tuviéramos más tiempo al aire libre, mejor comida, más mariscos y vino y un ambiente distinto.

Salobreña, España / Fotos: Jenny.
Además, España me parece el país más feliz de los que he conocido. Dudo que haya hoy otro país más feliz en el mundo. Con un equilibrio muy interesante entre el trabajar y el vivir, más vivir que trabajar. De la cultura y la gastronomía no se necesita hablar, al igual que de lo hermoso y variado de sus ciudades y sus paisaje e historia fascinantes... Si hoy estamos aquí es porque Gdansk reforzó en nosotros esa idea de plena libertad, de poder estar donde quieras, cuando quieras, siempre que la vida te deje. Pero a la vida hay que ayudarla, así que guiados por viejos amigos españoles que conocía desde Cuba, vinimos a vivir a un hermoso pueblo que también me recuerda mucho a mi patria original, por las frutas, por su relación con la caña de azúcar, por el clima y por la forma de ser de su gente. Hemos conocido acá buenos amigos y nos hemos convertido en familia de los amigos que conocí hace casi dos décadas, mientras viajaban la isla.
Salobreña me ha enseñado mucho. Me dio la posibilidad de traer a mi madre de manera definitiva, me permitió traer a mi hijo mayor cada año para sus vacaciones y hacerlos sentir a ambos como en casa. Pero Salobreña no es el último lugar de la tierra donde quiero vivir, no quiero nunca tener un último lugar donde vivir. Viví 31 años atrapado en una isla y no pienso repetir la experiencia, a menos que no tenga otro remedio.
A Gdansk volvemos siempre. A Gdansk quiero poder volver siempre porque allí volví a escribir poemas, allí nació mi tercer hijo y allí, mientras recorría la ciudad y me bañaba en su mar y visitaba sus museos, entendí mejor que en ningún lado el valor real de la libertad. Ojalá mi abuelo viviera para recorrerlo juntos.
Cuando viajo a Gdansk y quiero recordar la Cuba que hoy sufren los nuestros, me voy a los museos y miro las imágenes y reviso la historia de hace más de 40 años. Cuando quiero ver la Cuba que quisiera tener, esa que los cubanos con vergüenza seguimos soñando, me voy a recorrer sus calles. A veces, mientras paseo, cierro los ojos y allí, en el silencio, converso con mi abuelo.




