Lo que se ha tejido alrededor de Quiero Hacer una Película (QHUP), la peli de Yimit Ramírez me hace recordar a los granjeros del Tea Party y a la Asociación Nacional del Rifle (ANR). Casi nadie ha visto el filme, las opiniones de quienes escriben son muy pobres y cómicas porque tampoco lo vieron. Ni siquiera conocen a Yimit, ni han visto uno solo de sus cortos. Son tipos lanzando puñetazos a algo invisible.

Me pregunto, ¿por qué actúan así o por qué los percibo así? La respuesta: como aquellos personajes del sur profundo que describió William Faulkner, actúan movidos por actos reflejos y miedos inoculados. Los mismos miedos con que trabajan los apóstoles del Tea Party y la ANR. Se activa dentro de ellos el miedo a perder terreno, a ver derrumbarse un sistema de valores, el miedo al caos. Y los comprendo.

Solo se basan en una transcripción publicada en internet del fragmento en donde un personaje le dice al otro que Martí era un “mojón” y también un “maricón” (espero que en algún momento “maricón” deje de ser, de una vez y por todas, un insulto).  Y con eso tienen. Es el argumento de otra película, tan real como esa película que ellos se tejen en la cabeza y que casi nadie ha visto.

El forcejeo que han generado dos palabras como maricón y mojón sacadas de contexto y puestas sobre la cabeza aureolada de Martí recuerda a lo que se arma cuando en un magazine francés sacan caricaturas de Mahoma. Salen luego esos tipos con metralletas a la calle y comienzan a apretar el gatillo y derribar infieles como moscas, gritando Alá es el más grande, Alá es el más grande.

Martí tiene 25 tomos escritos con frases, poemas y ensayos brillantes. Tiene además una leyenda: unir a una nación y soportar a un equipo de guerrilleros (con miedos inoculados también) tan creídos y corajudos como machistas, salir al combate a demostrar que tenía cojones, y morir de inmediato; todo es hermoso ahí. Nada lo derribará del caballo, ni siquiera la suposición de ser maricón, o afeminado como lo ya lo llamaban hace más de 100 años algunos de esos compañeros.El problema no lo causó Martí, ni Yimit. Comenzó cuando la proyección de QHUP fue confinada a una salita de La Muestra Joven por disposición de la institución que la soporta, el ICAIC.

A algunos directivos no les gustó que hablaran en los términos ya mencionados de Martí y vetaron unilateralmente la proyección en una sala normal. Imaginen que trabajan mucho tiempo en una película, y luego dicen que esta desmerece una sala grande porque a dos o tres funcionarios no les gustó un par de frases que tomaron al pie de la letra.

Yimit retiró su peli y comentó en Facebook que se la olía, y que si cedió su filme aún en construcción fue por iniciativa de los organizadores de la Muestra, de quien tampoco surgió la iniciativa de armar el actual revolcadero ni desterrarla a una salita de 24 butacas. Los de la Muestra decidieron hacer público también su descontento con el ICAIC, porque la mayoría de sus organizadores también son artistas.

Pero si mucho se habla del drama de Yimit poco o nadie, ni siquiera los artículos oficiales, han hablado de quienes vetaron este filme. Pongamos que ellos tampoco tienen la culpa. He leído sus nombres, pero solo conozco el rostro del presidente del ICAIC que se llama Roberto Smith y tiene los ojos azules. Si no hablas de estos hombres, y lo que les precede, también eres como uno esos boxeadores que pegan y pegan cerrando los ojos para que no les den.

Así que dedico unas líneas a estos hombres sentados frente a una pantalla, solitarios, presionados, ninguneados por quienes siempre les echan la culpa de todo, queriendo ignorar que el ICAIC es apenas un brazo acoplado a un sistema nervioso central.

Ahí están ellos, viendo la peli. Viendo llegar lo que les vendrá encima cuando se sepa que permitieron no solo sexo pasadito de tono, sino llamarle maricón a Martí, y vomitar tal infamia sobre el pueblo trabajador, sobre el funcionariado y el proletariado y los cuentapropistas, dentro de una sala inmensa como el Cháplin.

La palabra maricón rebotando en las paredes haciendo temblar el agua de los inodoros , y los critales del lobby, y desarreglando con un soplo de azufre el peinado de las señoras y los señores y los compañeros martianos que no se la dejarán pasar. Llamarle maricón a Martí… no solo a ellos, sino a mí me provoca algo somático. Una especie de ingravidez intelectual. Todo flota, todo se vuelve líquido, de pronto, si le dices maricón a Martí.

Pongamos que no tienen la culpa. La culpa es fantasmagórica y viene desde otra parte. Del aire que se respira, por ejemplo. Martí es el aire que se respira, dijo Eliseo Diego. Se respira a Martí, pero en versiones diferentes.

Yimit no está al servicio de ningún Imperio, mucho menos los muchachos de la Muestra, a los que conozco desde hace años y que trabajan por algo a lo que, en la tradición martiana, se puede llamar “compromiso” y “responsabilidad”. Creen con razón que sin la Muestra la granja será peor, e irse de la Muestra, que no les da nada, sería un acto de cobardía, de egoísmos…

QHUP era una peli anunciada y esperada, por ser de Yimit, (Casa, Reflexiones, Hombres verdes, La bella o la bestia) de quien siempre se puede esperar algo ingenioso y estimulante, pero también era un punto de interés por su campaña de crowfounding, que obtuvo el doble éxito de conseguir la plata, y de hacerlo con un método curioso y dinámico.

A lo mejor lo iba a lograr de todos modos, pero a mí me gusta pensar que en el camino de conseguir los 8 mil euros dio con algo superior, que lo hizo triunfar: una innovación. A cada mecenas le proporcionaba una cómica caricatura a todo color, ideal para usarla como imagen de perfil en redes sociales, y esto funcionó, la gente le dio ese uso, era sexy, y se volvió tendencia.

Imágenes tomadas de Facebook.

En una semana se volvía una pregunta, en 10 días algo contagioso, en 20 días chic, casi al cierre una buena parte de la comunidad audiovisual en Cuba y su diáspora querían tener una caricatura QHUP en sus perfiles, porque era ayudar, porque era jugarle una mala al fracaso, pero también porque era, sobre todo: una marca. Las caricaturas eran el equivalente a usar zapatillas Nike, o Adidas o un producto Apple.

Así que los organizadores de la Muestra tenían razones para dar noticias de QHUP. El fin no era armarla por esas frases de Martí, que han venido a jorobar el curso de las cosas y politizar el tema a última hora. Si la causa de la censura es lo que dicen sus personajes sobre José Martí, sea lo que sea que digan, a esto habría que presillarle una aclaración que probablemente hayan sopesado tanto los organizadores de la Muestra como el propio Yimit: el miedo que precede a todo culto a héroes erigidos como profetas y apóstoles es político, y no artístico.

Hubo un momento, efectivamente, en décadas anteriores, en las que los artistas, los médicos, los ingenieros, los periodistas cubanos eran también comisarios políticos, o una especie de soldados alineados a un solo discurso. La ley 169 de la fundación del ICAIC, de 1959 así lo demuestra, declara que su misión es “organizar, establecer y desarrollar la Industria Cinematográfica, atendiendo a criterios artísticos enmarcados en la tradición cultural cubana, y en los fines de la Revolución que la hace posible y garantiza el actual clima de libertad creadora”.

La tradición cultural cubana en 1959 estaba asociada a la toma y conquista del poder. Era una “tradición” donde lo marcial, lo político y lo artístico venían mezclados, era orgánico para un artista seguir los fines programáticos de la Revolución. Pero por arte de una evolución social natural e indiscutible, accidental y no determinista, ya no es posible ver así a nuestra sociedad.

Muy pocos artistas, 60 años después, se reconocen como soldados subordinados a los lineamientos de la Revolución. Y no debería verse esto con amargura, sino como un acto de madurez. En el caso de que exista algún compromiso con el país, este permanece, pero seguramente se ha modificado y no es necesariamente marcial, ni atrincherado.

En el caso de que no haya ningún compromiso, y se pinten gatos, papalotes o zunzunes, está bien igual, porque el mundo es ancho y diverso. Hay artistas cuya obra se alinea perfectamente con el discurso del poder. ¡Qué afortunados! Pero no todos van por ahí. Esto es posible, y orgánico, pero no sucede lo mismo con la idea de que son los políticos los que deben determinar qué es arte y qué no, esto equivale a decir que son los políticos los que deciden qué tratamiento es mejor para el cáncer y cuál es el tipo de cemento que usarán los puentes a partir de ahora.

Los políticos ya no son los ingenieros, ni los médicos, ni los artistas. Han ido convirtiéndose en lo que son en todas partes del mundo, un sector profesional, una clase, una carrera con fines, honores y miserias propias que muchas veces toman para sí mucho más control del que necesitan o merecen. Y entre ellos hay virtuosos y también simuladores. Como en todas partes.

Un artista puede hacer uso de frases e interjecciones, como hace uso de la ortografía y las palabras a su antojo. Un artista puede hacer volar a una mujer, o a una vaca, trabaja con esas herramientas. Pero un artista no es un político. A un artista no le interesa la conquista de un ministerio, ni censurar a un colega tenga o no la razón, ni el movimiento de tropas sobre una plaza de protestantes.

El artista suele participar en esto tomando nota, contando historias sobre la cara oscura y luminosa del hombre, como lo hizo Balzac, o Tolstoi.  Pero los artistas, los grandes artistas tienen también una tradición muy clara, bien esbozada desde Platón, que desterró a los poetas de su República, por alborotadores. Como Flaubert, como Hugo, como Celine o Oscar Wilde están de alguna manera condenados a ser parias, a no caer bien, a irse a una temporada a la cárcel o que asistan dos o tres amigos a sus entierros, sin banda de música ni plañideras.

La opinión sembrada y naturalizada de que todo gesto es político, es el equivalente a ese psicoanalista que ve en cada acción humana una pulsión de la libido. El artista no hace política cuando trabaja. Cuando mejor trabaja hace humanidad, hace que los hombres se pongan a salvo de los políticos, a salvo de la soledad, del desamor, de la ignorancia y de cosas que no son política propiamente dicha, y que los propios políticos se pongan en momentos de lucidez, a salvo de sí mismos.

Colocar el arte cubano en los carriles encapsulados de la Revolución es una idea absurda que solo se cree un político, porque es el equivalente a darle un tiro de gracia a la libertad artística y desconocer su tradición. Los artistas huyen, o se callan, o se reducen.

Y es que cuando se habla de la Revolución no se habla de algo que trasciende a los hombres, y los hace libres, cuando se habla de eso entre cubanos con conocimiento de causa, no se habla del aire o del sol, se habla de los pequeños planes que tiene un número pequeño de hombres y funcionarios sobre lo que suponen que debe abarcar el artista, y acerca de lo que debe ser el arte. Y el artista termina siendo un apéndice sin ambiciones, ni criterios propios que se pliega a los miedos y el programa de una ideología. La buena noticia es que nadie se formará teniendo como referencia a estos artistas. Nadie en Cuba se hace artista soñando ser Manuel Cofiño.

A mí personalmente, aun sin ver la película, me parece bastante orgánico y auténtico que un personaje hable así de Martí, no por una razón realista, no porque el irrespeto es lo que anda en la calle, sino porque hablar así de Martí es hablar mal de la gran chapuza propagandística que lo rodea, y el gran ritual de domesticación y obediencia al discurso dominante que ello significa. Es como el famoso portazo de Nora en el drama de Ibsen, derrumbando esa supuesta y perfecta casa de muñecas no es una mujer y un género el que se libera, sino todos los hombres. Lo que el personaje de QHUP hace es dar el portazo de Nora. Cuando hay un exabrupto como este contra una figura como Martí se le da un portazo a esas fuerzas y miedos poderosos que hacen posible el Tea Party y la Asociación Nacional del Rifle.