Pavel Giroud es un cineasta cubano reconocido por su estilo narrativo y su mirada crítica sobre la sociedad cubana. Nació en La Habana. Comenzó su carrera como diseñador gráfico y realizador de videoclips, experiencia que influyó en la estética visual de su cine. Ha dirigido documentales y largometrajes que combinan historia, identidad y memoria. Entre sus obras destacan La edad de la peseta y El acompañante, filmes premiados internacionalmente. Esta es su forma de Pensar Cuba.
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Julio Antonio Fernández Estrada (JAFE): Quiero empezar por tu experiencia como director de cine en Cuba, sobre todo desde el punto de vista de la vida cotidiana, la censura y la relación con las instituciones. Sé que no todo el mundo lo vivió igual, según su trabajo o el lugar que ocupó, pero creo que es importante hablar de eso.
¿Cómo fue tu relación con el Icaic? Y también, más adelante, me interesa hablar de la asamblea de cineastas y de tu vínculo con ese proceso.
Pavel Giroud (PG): Mi relación con el Icaic viene de antes de dedicarme al cine. Mi tío trabajaba allí y yo a veces iba a su oficina, así que conocía a algunas personas.
Mucha gente cree que llegué al Icaic por él, pero no fue así. Mi tío quería que siguiera en la pintura; pensaba que yo tenía futuro en eso. Ya había empezado a vivir de vender cuadros en pleno Período Especial, lo cual era casi una bendición.
Quien realmente me lleva al Icaic es Ian Padrón. Nos conocimos en un festival llamado El Almacén de la Imagen, en Camagüey. Allí coincidí con gente que estudiaba en San Antonio o en la Famca: Esteban Insausti, Lester Hamlet y otros. Yo era como un pez fuera del agua porque venía del diseño, pero a ellos les gustó mucho un corto mío que se llama Ring, y a Ian especialmente le interesó.
En esa época él hacía cortos publicitarios que se proyectaban antes de las películas para financiar el festival de cine. Necesitaba más gente y me invitó, junto a Esteban, a reunirnos con productores del Icaic. Así empecé. Seguí haciendo cortos, participé en varias muestras de Cine Joven y me fue bastante bien, incluso en festivales internacionales.
Luego cambió la presidencia del Icaic y entró Omar González. Ahí se hace la primera muestra de Cine Joven, quedo entre los más destacados y surge la idea de hacer una película de varias historias con jóvenes talentos, porque el panorama del cine cubano estaba bastante deteriorado: habían muerto figuras importantes, otros habían emigrado y hacía falta gente nueva.
Así surge la idea de esa película y Camilo Vives, gran productor del cine cubano, me propone hacerla con el sistema de producción con el que hice mi corto Todo por ella: nos daban una cantidad de dinero y nosotros entregábamos el producto terminado, producido a nuestra manera. Era la primera vez que el Icaic coproducía con productores independientes.
Aunque hice películas con el Icaic, nunca dejé de ser un realizador independiente. Trabajé con ellos por contrato, pero nunca fui parte de la nómina. Camilo me dijo: «Tu corto va a ser el piloto. Si sale bien, se hacen los otros. Si no, la cagas».
Y así fue. Claro, ahí empezaron también las dificultades del Icaic: había varios rodajes simultáneos y recuerdo que me dieron para filmar un trípode de madera antiquísimo, casi de principios de siglo.
Aun así hicimos la película Tres veces dos. Ganamos con ella el premio de Ópera Prima en el Festival de Montreal, que era un festival clase A. Eso nos colocó a los tres directores: Lester Hamlet, Esteban Insausti y yo. Y no solo a nosotros; con esa película debutó también una generación de fotógrafos, músicos, sonidistas y otros profesionales. Fue una entrada generacional que después me facilitó hacer La edad de la peseta.
JAFE: Desde que supe que podía entrevistarte, sabía que íbamos a hablar de El caso Padilla. Antes de entrar más a fondo en el documental, cómo te cambió a ti la vida hacer esa obra. Porque imagino que no solo es importante para quien la ve o para entender el sistema cubano, sino también para ti como creador y como persona.
PG: A mí me hizo madurar mucho. Yo sabía que sacar eso iba a ser una bomba; ingenuo no era. Pero por primera vez tuve que lidiar con cosas que nunca había enfrentado: una caravana de ofensas y difamaciones que, curiosamente, no venían de La Habana ni del Estado cubano. Era fuego amigo.
Decían que yo era gente de la Seguridad del Estado, que había obtenido el material por eso, que todo lo que había hecho con el archivo era ilegal, que estaba lucrando con el patrimonio nacional. Cada semana aparecía una acusación nueva.
Yo respeto que alguien piense que lo que hice no fue lo mejor o no fue lo más ético. Esa es una opinión y la respeto. Lo que no respeto es la difamación, que digan cosas falsas solo porque sospechan.
Pasé dos o tres semanas con mucha ansiedad. No dormía. Daba tres o cuatro entrevistas diarias y llega un punto en que, cuando hablas tanto, también te agotas. Fue una etapa muy intensa.
Pero la recompensa ha sido inmensa. Nunca me he sentido tan recompensado por un trabajo. Ver cómo prácticamente todos los diarios de izquierda de España, y muchos en Argentina, Uruguay o Brasil, escribieron sobre la película fue impresionante. Recuerdo, por ejemplo, que Diario Público llamó por primera vez «dictadura» al régimen cubano en un titular sobre mi película. Durante más de un año, muchos medios españoles estuvieron hablando de ella y la tesis general era que había que dejar de engañarse con Cuba.
Eso fue para mí la mayor satisfacción. También obtuve premios importantes, logré estrenar la película en salas en España y que estuviera más de un mes en cartelera, lo cual es casi un milagro para un documental.
Y luego vino el silencio de La Habana. Un silencio total. Eso fue muy significativo porque un año antes, por el 50 aniversario del caso, Abel Prieto había publicado una especie de cierre oficial del tema, sosteniendo que lo de Padilla había sido un error puntual de la Seguridad del Estado, un exceso de algunos agentes no preparados para ese momento. La película desmontó esa tesis. Los estremeció. Evidentemente, la orden fue: de esto no se habla hasta que se apague el fuego.
Una de las cosas que me cuestionaban era que yo debí poner el material íntegro directamente en YouTube, como luego hizo Jorge Ferrer. Pero cuando ese material llegó a mí se veía y se oía fatal. Además, verlo entero era muy pesado; incluso a mí me costó. Había referencias que no entendía del todo y tenía que investigar.
Entonces pensé: a mucha gente le va a pasar lo mismo. Mi misión no era decirle algo nuevo a quienes ya conocen el caso Padilla al detalle, sino a la mayoría, y a quienes todavía quieren creer el relato heroico de la Revolución cubana. Por eso hice un documental más didáctico de lo que normalmente me interesa como cineasta.
Quise dirigirme a quienes no estaban convencidos. Siento que una parte de la disidencia cubana, a pesar de mi respeto por ella, muchas veces le habla solo a los convencidos y además desde un tono despectivo hacia la izquierda internacional. Eso me parece un error: no puedes sumar a tu causa ofendiendo de entrada a quienes podrían escucharte.
Por eso en la película no aparece la palabra «dictadura». No hay un juicio explícito mío. Está claro hacia dónde conduzco el relato, pero lo que se muestra es el terror en primera persona, y eso es incuestionable. Por eso muy poca gente se atrevió a atacar la película.
Yo llevé la película por el mundo, incluso a países y ciudades muy vinculados al mito de la Revolución cubana. Estrené en San Sebastián, por ejemplo. Y prácticamente nadie me enfrentó por ella. Solo recuerdo un episodio en Puerto Rico, con dos ancianos independentistas que me dijeron que lo que contaba era mentira. Ni siquiera tuve que responderles: lo hicieron jóvenes independentistas que habían estudiado en Cuba y les dijeron que la Cuba que ellos conocían se parecía mucho más a la del documental.
JAFE: Ver el documental sigue dando miedo hoy. Ver las caras de las personas en el público, al oficial de la Seguridad del Estado interrumpiendo, la manera en que funciona ese aparato... es como ver el mismo comportamiento, la misma violencia, la misma lógica que ha continuado hasta hoy. Da pánico comprobar esa continuidad.
¿Tú crees que existen más materiales como ese que aún no se conocen? Filmaciones, grabaciones, fotos, archivos de procesos parecidos. Porque cuando vi el documental pensé: esto no puede ser lo único.
PG: Yo también creo que hay más. Y de hecho eso conecta con lo anterior. La mejor prueba de que fue correcto hacer el documental y no simplemente colgar el material completo es que, cuando Jorge Ferrer subió la grabación íntegra en cuatro partes (que, por cierto, era una copia diferente a la que yo tenía), la primera tuvo unas 50 000 vistas y la última apenas llegó a 4 000. La gente se agota viéndolo. Eso confirmó mi intuición: la película era necesaria para hacer ese material accesible.
A día de hoy sigo recibiendo mensajes de personas jóvenes y mayores diciéndome lo que la película significó para ellas, personas que nunca se enteraron de que eso había pasado.
Sobre tu pregunta: sí, estoy seguro de que existen más materiales. Yo he visto en el Noticiero Icaic imágenes del juicio a Marquitos. Estoy convencido de que ese juicio está filmado o, al menos, grabado en audio. También deben existir más materiales del caso Ochoa, mucho más de lo que se vio por televisión, porque lo que vimos estaba evidentemente editado.
Me contaron que, después de la película, en el aeropuerto se pusieron mucho más suspicaces con casetes, cintas y materiales audiovisuales. Es lógico pensar que después de algo así hayan escondido o destruido más archivos.
JAFE: Sin embargo han salido otras cosas, como aquella reunión del presidente del Tribunal Supremo con gente del sector de la Justicia, donde se habla abiertamente de cómo las decisiones judiciales obedecen a orientaciones políticas. Era una prueba brutal y, sin embargo, no tuvo el impacto que debía.
PG: El audiovisual sigue teniendo una fuerza enorme. Todo lo que aparece en mi película sobre el caso Padilla se había escrito durante medio siglo. Pero una cosa es leerlo y otra verlo. El cine llega más lejos que la literatura o incluso que la prensa.
JAFE: También produce desasosiego porque uno se pregunta qué está haciendo realmente Padilla en esa escena. ¿Está actuando? ¿Está denunciando? Es algo difícil de descifrar.
PG: Esa es la pregunta que más me hacen y la única que no puedo responder del todo. Tengo mi teoría, pero no puedo afirmarla. Lo que sí sé es que en su autobiografía, La mala memoria, Padilla dice que aquello fue un performance. Y quienes lo conocieron dicen que él tenía esa teatralidad, esa manera de ser.
No me queda otra que creerle: estaba mandando un mensaje; no delató a nadie realmente. Muchos de los que él nombró sabían que los iba a nombrar. Sobre eso escribió Manuel Díaz Martínez, que pudo ver la película antes de morir.
El primero en ver un corte preliminar de la película fue Vargas Llosa. Lo contactamos porque estuvo muy vinculado al caso Padilla y quería conocer su opinión. Terminó la proyección, se puso de pie y aplaudió. Me dijo que la película le había gustado mucho, aunque me sugirió incorporar más información sobre la repercusión del caso en la prensa europea. Gracias a eso la película mejoró.
Y me dijo algo muy fuerte: que como él solo había leído la transcripción de la autocrítica, siempre pensó que Padilla había sido simplemente un hombre acobardado que mintió para salvarse. Pero al ver la película cambió de opinión y lamentó que Padilla no estuviera vivo para decirle: «Te creo».
JAFE: También es llamativo cómo la película, más allá del proceso histórico que retrata, se estudia hoy en universidades del mundo.
PG: Sí. He estado en Harvard, Princeton y en otras universidades debatiéndola. La Universidad de Oviedo me dio un premio de investigación por la película. En Francia forma parte del programa de estudios para los exámenes Capes, que deben hacer quienes quieren ser profesores de español. Eso significa que la película se estudia junto a obras clásicas de la lengua y la literatura.
He ido varias veces a universidades francesas a dar charlas sobre ella y me sorprende el nivel de análisis que ha generado. Mucho más del que yo imaginé.
La película la tuve que hacer en secreto, con fondos privados de mi productora, porque si pedíamos ayuda dejábamos al descubierto que estábamos trabajando sobre el caso Padilla. Y sabíamos que desde La Habana todavía tenían poder en muchos festivales y espacios del cine.
De hecho, cuando se anunció que la película se estrenaría en San Sebastián, un prestigioso festival europeo me la pidió y, al día siguiente de enviarla, me mandó una carta de rechazo inmediata. Eso no es normal. Avisaron a La Habana de que había una película sobre el caso Padilla que se veía muy bien y que podía hacer mucho daño. Ese fue el mensaje.
JAFE: Lo más potente de la película es que no tiene respuesta posible. Por eso el silencio de ellos es tan elocuente.
Y hablando de eso, ¿cómo ha quedado tu relación con la institucionalidad cubana?
PG: Yo tengo miedo de ir a Cuba. Lo que hice está hoy tipificado en el Código Penal y hasta en la Constitución como un delito grave. Si hay gente presa por poner un post en Facebook, imagínate.
Alguien me dijo: «Pero no te han dicho que no puedas ir». Y yo le respondí: «El problema es que yo tengo miedo de regresar a mi país, y eso ya es suficientemente revelador».
Además, empezaron a pasarme cosas raras apenas salió la película. No tengo pruebas para afirmar de dónde venían, pero tampoco me quedan muchas dudas. Una vez, en Malasaña, una voz cubana me dijo por detrás, mientras esperaba un semáforo: «No te pegues mucho al borde, que por aquí pasan guaguas a mucha velocidad y puede que sin querer...». Cuando miré, la persona ya se iba.
Otro amigo, que había trabajado en contrainteligencia, me dijo que tuviera cuidado en los lugares donde saliera, que me abrieran la cerveza delante de mí. Todo eso, sumado al fuego que tenía encima, sobre todo aquí en España, me desestabilizó mucho psicológicamente durante un tiempo.
JAFE: Después de todo tu trabajo de investigación y de haber visto el material completo, ¿crees que el sistema aprendió algo del caso Padilla? ¿O la lección fue esconder mejor las cosas?
PG: Fidel Castro sí aprendió una lección: que hiciera la barbaridad que hiciera, se lo iban a perdonar. Aprendió que la única manera de sostener el poder era sembrando miedo. Y efectivamente volvió mansa a toda una generación de intelectuales y artistas. Salvo excepciones, ninguno volvió a producir el mismo tipo de arte que antes.
Y además comprobó que, hiciera lo que hiciera, al poco tiempo el mundo lo perdonaba. Eso se repitió una y otra vez.
JAFE: Sí, aunque a veces quedan rastros del impacto. Por ejemplo, después del fusilamiento de los jóvenes que intentaron secuestrar una lancha se produjo una moratoria en la aplicación de la pena de muerte, aunque esta siguió en la ley.
El caso Padilla dejó una huella duradera en la relación del poder con los intelectuales.
Por eso te pregunto: ¿hoy el sistema se parece más o menos al que muestra la película? Pienso en San Isidro, el 27N, en los artistas que volvieron a movilizarse, en la represión posterior, en la cárcel, el exilio, el asedio. ¿Somos otra cosa o seguimos siendo lo mismo?
PG: Igual. Cuando estrenamos en San Sebastián alguien me preguntó por qué había terminado la película con imágenes de los jóvenes frente al Ministerio de Cultura exigiendo libertad de expresión. Y yo respondí que, si la hubiera terminado más tarde, quizá habría acabado con lo que les hicieron a periodistas de elTOQUE: amenazas, opciones entre autocrítica pública, exilio o cárcel. Exactamente lo mismo.
Siguen usando métodos analógicos en la era digital.
JAFE: La lección que aprendió Fidel la aprendió el sistema entero. Y lo más llamativo es que se le sigue perdonando todo al Gobierno cubano, no solo dentro de Cuba, sino en muchas partes del mundo.
PG: No hay producto con mejor marketing que la Revolución cubana. Ha sido una gran estafa que engañó al mundo entero, y eso todavía continúa.
Es muy duro no ser conservador de derecha y tener que enfrentarte a una izquierda internacional que no denuncia lo que pasa en Cuba, aunque jamás aceptaría algo semejante en sus países.
Es muy cómodo disfrutar de derechos conquistados por luchas progresistas y, al mismo tiempo, no solidarizarse con quienes sufren su ausencia en Cuba, solo por afinidad ideológica o conveniencia. Siempre he dicho que quien defiende hoy a la Revolución cubana lo hace por ignorancia o por conveniencia. Y cada vez creo menos en la ignorancia y más en la conveniencia.
La coartada final siempre es el bloqueo. Pero qué tiene que ver el bloqueo con que haya personas presas.
JAFE: Pero no hay manera seria de sostener que el bloqueo explique la violación de derechos humanos, la falta de Estado de derecho o la represión política. Eso ya es una decisión del sistema.
La respuesta legítima ante una guerra económica debería ser más democracia, más justicia social, más transparencia, no menos. Pero el camino ha sido el contrario: autoritarismo, opacidad y poder absoluto.
El resultado es un país inviable: ellos no pueden gobernar y la gente no puede sobrevivir. Y lo peor es que esa izquierda que justifica el sistema cubano termina dejando sola a cualquier corriente de izquierda crítica que quiera un cambio real para Cuba.
Además, en Cuba está en juego también la cultura, la identidad nacional, la memoria. No hablo del sistema, hablo de la nación. Es un país que ni siquiera puede sostener sus museos, conservar su historia o cuidar sus archivos. Después de más de 60 años en el poder no han creado una cultura política valiosa; lo que han producido es doble moral, oportunismo, dogmatismo.
No representan ni siquiera a los sectores populares más golpeados, que muchas veces tienen mucha más autenticidad y riqueza cultural que la burocracia. Lo destruyen todo: el cine, la televisión, la comida, el béisbol, la memoria, la vida cotidiana. No va a haber nada que gobernar.
PG: Y al final lo que hay es una crisis humanitaria. No solo económica o política: una crisis humanitaria. El nivel de indigencia del país es tremendo.
La Habana es probablemente una de las pocas ciudades del mundo donde las fotos del pasado parecen del futuro. Se han cargado el país.
JAFE: Y al mismo tiempo mantienen esa combinación absurda de hiperregulación, vigilancia y descomposición total.
PG: Sí. Y aun así siguen llenando la Plaza de la Revolución con gente moviendo banderitas.
JAFE: Todavía pueden hacerlo. Por eso el sistema persiste.
Bueno, Pavel, muchísimas gracias por esta conversación. Ha sido un gusto hablar contigo.
PG: Gracias. Igualmente.











