Es diciembre de 2023, mi segundo invierno en Madrid.
Al igual que el año anterior, espero la nieve. Aún confío en que veré un par de copos, una lluvia gélida, las calles empapadas de blanco. Algo, lo que sea que me permita tachar esta de mi lista de «experiencias imposibles en el Caribe». Pero no sucede. «Vete a la sierra», me dicen otros cubanos que llevan aquí mucho menos que yo, pero que ya parecen haber descifrado o acaso intuido el pulso secreto de las estaciones. ¿Esquiar será otra suerte de funambulismo para aficionados, un equivalente burgués de ir en bicicleta, tirarse en carriola o montar patines?
El timbre del teléfono. La ventana entreabierta. Una videollamada, WhatsApp. Entra fresquito. Un amigo, está lejos. La tarde y el cielo, que no son lo mismo. ¿Qué bolá, mi hermano?
«Aquí, con el chama, lo saqué para que corriera un rato», me dice Sandor, mientras Lukas, de 4 años, salta y se sumerge entre montoncitos blancos que casi tienen su tamaño. «Hay 20°C, loco, está chiflando el mono de verdad, dime algo».
En Almaty, la ciudad más poblada de Kazajistán, la nieve llega en noviembre y no cesa hasta principios de abril, con el arribo de la primavera centroasiática.
Seis meses: un solo color.
Primero lo primero: ¿qué hay en Kazajistán?
«Muchos de los cubanos que viven aquí llegaron cuando la Unión Soviética», asegura Sandor en uno de varios audios que me envió por WhatsApp, ya en 2024, un año después de aquella videollamada. «No es fácil venir para acá ni es tampoco un país muy conocido en Cuba».
Kazajistán es una nación de Asia Central, de 20 millones de habitantes y con el ruso y el kazajo como idiomas oficiales. Exrepública soviética, se separó de la URSS en 1991 y, desde entonces hasta 2019, Nursultán Nazarbáyev fue su único presidente. A pesar de que la Constitución de 1995 —todavía vigente— no permite que un mandatario pueda reelegirse en más de dos ocasiones, Nazarbáyev, ampliamente acusado de «dictador», sustentó su dilatado Gobierno en la letra pequeña de la carta magna: «la restricción no se extenderá al primer presidente de la República de Kazajistán».
Un enorme retrato suyo «preside la entrada del Museo Nacional», mientras que «una de sus huellas, dorada, adorna el monumento Árbol de la vida, como si de una deidad se tratase», escribe María R. Sahuquillo para El País, «de hecho, muchos ciudadanos la tocan al pasar, se dice que da suerte». De igual forma, «numerosas escuelas, el principal aeropuerto o varias plazas llevan su nombre».
Luego de que renunciara voluntariamente el 19 de marzo de 2019, Nazarbáyev le cedió su poder de manera interina al presidente del Senado, Kasim-Yomart Tokaev, como dicta la ley. En junio de ese año, Tokaev ganó las elecciones generales que lo nombraron presidente de iure del país. Ya en el cargo, ha mantenido buenas relaciones con el Gobierno cubano, llegando incluso a felicitar a Miguel Díaz-Canel por el aniversario del «triunfo de la Revolución».
«Kazajistán es una dictadura férrea: la prensa está amordazada y la Internet controlada», reportan en Diario de Cuba, «la oposición vive continuamente perseguida y es prácticamente invisible, mientras la sociedad civil apenas posee canales para esgrimir sus reclamos».
Ese país, bastante desconocido en Occidente, al igual que el resto de su región, ha ganado protagonismo en la geopolítica euroasiática desde la invasión rusa de Ucrania, en febrero de 2022. Kazajistán posee la novena reserva de petróleo más grande del mundo, algo que lo convirtió en 2023 en el tercer exportador de crudo más importante para la Unión Europea, solo superado por Estados Unidos y Noruega.
«Las sanciones impuestas a Moscú por Occidente han limitado considerablemente los suministros de crudo ruso a la UE», se lee en Infobae, «que alcanzaron en 2023 apenas los 18.6 millones de toneladas (141 millones de barriles), la mitad de lo exportado por Kazajistán».
De igual forma, la posibilidad de construir el gasoducto Transcaspiano, proyecto que pretende llevar el gas natural proveniente de Kazajistán y Turkmenistán hasta Europa, le concede todavía más relevancia a este país con respecto a los intereses geopolíticos occidentales. El plan consiste en transportar ese recurso a través del mar Caspio, mediante una serie de tuberías que conectan Asia Central con suelo turco, desde donde sería trasladado hacia al resto del continente.
Sin embargo, para llevar a cabo dicho propósito es imprescindible que los cinco Estados ribereños —con costas a ese mar— coincidan, avalen el proyecto. Azerbaiyán, Turkmenistán y Kazajistán ya lo han hecho. Solo Rusia e Irán, aliados políticos y territorios que suelen ejercer como «intermediarios geográficos» para esta clase de «negocios», se oponen al Transcaspiano, alegando convenientemente que cualquier «gasoducto u oleoducto en el fondo del Mar Caspio sería inaceptable en términos ambientales». En otras palabras, esta clase de proyectos «amenaza los intereses geopolíticos» de Moscú y Teherán, como aseguran en el sitio web Atalayar.
Sandor: Cuba, Guinea, Kazajistán: ubi panis ibi patria
Sandor Acosta Lóriga llegó a Kazajistán el 4 de octubre de 2021, gracias a un visado de trabajo. Antes, había vivido tres años en Guinea Ecuatorial, primer país que visitó al salir de Cuba.
«Actualmente, soy residente aquí en Kazajistán», me dice Sandor. «Con la residencia, el Gobierno no te da ventajas en sí, solo la posibilidad de obtener propiedades a tu nombre y de actuar más libremente». Casi un cuarto de la población del país es de origen extranjero, con naciones cercanas cultural y geográficamente a la cabeza: Rusia representa el 66.34 % del total de inmigrantes, Ucrania el 9.53 % y Uzbekistán el 7.94 %, según Datosmacro. Como es de suponer, la cantidad de hispanos es mínima.
«Si quieres te platico un poco sobre mi historia», me dice Sandor, como quien se dispone a compartir las mieles de su viaje.
«Yo estuve en África primero, en Guinea Ecuatorial, y ahí conocí a la que sería mi mujer, Aigerim Issayeva, que es kazaja. Trabajé en Bata, como jefe de almacén en un centro comercial». En Guinea, país de 1.5 millones de habitantes en el que también se habla español, la comunidad latina es bastante significativa.
«La mayoría de los hispanoamericanos aquí son de República Dominicana, de Colombia y de Cuba», aseguran en EYAMAA, canal de YouTube que publica contenido sobre la vida y las costumbres ecuatoguineanas. «Lo que más abunda son los cubanos, porque tenemos médicos y profesores cubanos», precisan también en el video, «en todos los centros nacionales y en los hospitales hay cubanos». Para junio de 2023, había en Guinea «más de 450 cooperantes cubanos en diferentes sectores como la educación, la sanidad y la agricultura», según la página oficial del Gobierno de ese país. Sin embargo, se estima que la cifra real es mucho mayor, sobre todo si se incluyen los cubanos que no pertenecen al sistema de «misiones internacionalistas» del castrismo.

Sandor junto a su esposa / Foto: Instagram.
Sandor residió en Guinea Ecuatorial desde 2018 hasta 2021. Un año antes, el 20 de diciembre de 2020, nació Lukas, su primer hijo. «Después de eso, Aigerim vino para Almaty. Yo no pude venir porque a principios de 2021 entramos en el peor momento de la COVID-19. En aquel tiempo, era bastante complicado viajar y la única vía de entrada a este país era por visa de trabajo (business visa).
Aun teniendo mujer e hijo en Kazajistán, Sandor tuvo que franquear varios escollos burocráticos antes de poder reunirse con su familia. «Necesitaba un permiso del Gobierno kazajo para entrar y solo lo podía solicitar un kazajo o alguien ya residente en el país». Aunque las restricciones de la era COVID entorpecían los trámites migratorios, Kazajistán tampoco es célebre por la integración de extranjeros «ajenos» a su cultura, un hermetismo heredado de su etapa soviética. Alrededor del 83 % de los emigrantes que viven en ese país (unos 3.7 millones en total) proceden, como ya dije, de Rusia, Ucrania y Uzbekistán, todos antiguos miembros de la URSS. Aun así, este modelo parece estar cambiando, como lo demuestra la audaz reforma migratoria que ha experimentado el país en 2026.
Sandor llegó a Almaty el 4 de octubre de 2021. «Tramité esos papeles, los envié a la Embajada de Kazajistán en Cuba y ahí fue que pude solicitar la visa para acá», me asegura aliviado. Desde entonces, le ha ido tomando el pulso al clima, al idioma y a la gastronomía local, reconocida sobre todo por sus grandes piezas de carne de cordero y la leche de este y otros animales, un legado culinario de los pastores nómadas que han habitado esas tierras durante siglos. El 26 de junio de 2023, nació Matías, su segundo hijo.
Astaná es la capital del país, donde reside el poder político de la nación. Esta influencia, sin embargo, es tan reciente como su propio nombre, adquirido en 1998 y que puede traducirse como «ciudad capital», sin etimologías aparatosas ni ascendencias pseudomíticas. «Astaná fue designada capital por Nazarbáyev en 1997», continúa María R. Sahuquillo en El País. Hasta ese momento se trataba, sin más, de un «terreno conocido básicamente por albergar una de las prisiones Gulag de Stalin; y de las peores, debido a su gélido clima». Se trataba del ALZHIR, acrónimo traducido al español como «Campo de Akmolinsk para mujeres de los traidores de la patria». Y esa era, en efecto, su función: retener y torturar a las esposas de los «enemigos del pueblo», apelativo utilizado para referirse a los opositores de Stalin durante la Gran Purga de los años treinta. El único «crimen» de estas mujeres había sido contraer matrimonio con el hombre «equivocado».
Tokaev, en un intento por perpetuar irremediablemente el «legado» del «único padre del pueblo», rebautizó la capital como «Nursultán» en 2019. Tres años después, la ciudad recuperaría de manera oficial el Astaná que Kazajistán se había empeñado en convertir en su marca país durante más de dos décadas, «con sus rascacielos futuristas, su oferta de ocio bajo techo» y sus playas artificiales. «El nombre Nursultán nunca llegó a cuajar en la sociedad, y hasta causaba cierta irritación», le aseguraron a EFE varios entrevistados kazajos en 2022.
La estirpe de Almaty, en cambio, es orgullosa, grandilocuente. Fue capital de la República Socialista Soviética de Kazajistán de 1929 hasta 1991 y luego de la República independiente de igual nombre, entre ese año y 1997. Astaná se ubica al norte, en medio de una estepa semidesértica, próxima a Rusia. Almaty, a 1 250 Km de la capital (aproximadamente la longitud de la isla de Cuba, de un extremo a otro), se encuentra al sur, en la frontera con Kirguistán y a unos escasos 60 Km de China.
«Aquí he trabajado en una carpintería de muebles de diseño como ayudante. Después me he dedicado por completo a la remodelación de casas y al negocio inmobiliario, especialmente al alquiler de viviendas», me dice Sandor, un «manitas» multifacético que ya sabe lo que es facturar en tres continentes. Aun así, este país no estaba en sus planes. En algún momento de su experiencia migratoria pensó en mudarse a Estados Unidos o España —acaso todavía coquetea con la idea—, pero los requisitos legales y financieros en ambos sitios eran más rigurosos de lo que estaba dispuesto a asumir en aquel entonces.
«En cuanto a mi estatus migratorio, te digo que conseguir la residencia no es fácil», me confiesa. Según él, una de las alternativas más comunes para residir legalmente en Kazajistán es el contrato de trabajo, como suele suceder en buena parte del mundo. «Debes tener un contrato por tres años y que cada año te den la visa, para que estés legal». El migrante en cuestión, pasado ese tiempo, puede aplicar para la residencia permanente.
«La otra vía es estar casado y tener familia, que es mi caso», continúa, «es un poco tedioso porque lleva mucha burocracia. Si no conoces bien cómo funciona el proceso te será muy complicado. Por eso casi todos se auxilian de una agencia que te ayuda con esos trámites».
Entre los pagos correspondientes a las instituciones kazajas y los honorarios de las agencias que gestionan el proceso, el coste de la residencia puede rondar los 4 000 (4 554.4 USD). «Pero te la dan por diez años, o sea, que da negocio».
Finalmente, dejo a un lado las preguntas que le permiten a Sandor, como bien le gusta, extenderse en anécdotas y genealogías personales que pendulan entre lo risible y lo severo con una naturalidad insólita, contagiosa. Quiero saber qué vínculo mantienen los funcionarios consulares del Gobierno de Cuba con sus coterráneos, si existen más allá o más acá de un correo electrónico o de una página web.
«De la Embajada cubana en Kazajistán y de la cónsul que está ahora tengo las mejores opiniones», me confiesa, «te ayudan con cualquier problema migratorio, se reúnen con nosotros los cubanos una o dos veces al año para resolver las dudas que tengamos y para ayudarnos a regularizar nuestro estatus migratorio». Oscar Santana León es, por sí solo, el embajador de Cuba en Kazajistán, Armenia, Kirguistán y Tayikistán, una síntesis de funciones que pudiera estar motivada por el escaso intercambio (cultural, político, mercantil) entre la isla y estas cuatro naciones.
El 19 de octubre de 2024 se celebró en Almaty el IV Encuentro Nacional de Cubanos Residentes en Kazajistán, presidido por el embajador y la cónsul, Neudys Casanova Mendoza. En ese evento, de carácter anual, los funcionarios actualizaron a los cubanos con respecto a «las nuevas leyes sobre migración, ciudadanía y extranjería y las posibilidades de realizar negocios e inversiones en Cuba», según el Ministerio de Relaciones Exteriores de la isla. Por medio de su presidente Manuel de Jesús Sánchez Sotolongo, la procastrista Asociación de Cubanos Residentes en Kazajistán también estuvo presente en el encuentro, en el cual rechazaron «el bloqueo y la inclusión de Cuba en la lista de Estados patrocinadores del terrorismo», como es usual que hagan esos grupos.
Isaak Real: «Yo llegué a este país como cantante»
Siempre supe que necesitaba más de un testimonio. Algo semejante a la posibilidad del contraste o la analogía, una revisión del palimpsesto perpetuo que es, desde el inicio mismo del género humano, la migración y sus consecuencias.
«¿Cómo vive un cubano en Kazajistán?» es el nombre de un video sugerido por Google a partir de mis búsquedas sobre este tema. De hecho, mis primeras intenciones eran mucho más humildes. Me hubiese conformado con algún que otro dato sobre la presencia de cubanos en ese país, cuándo y cómo llegaron, a qué se dedican, por qué han decidido permanecer. En cambio, encontré un canal de YouTube dedicado en exclusiva a sistematizar el relato migratorio y artístico de un paisano con más de una década fuera de la isla.
«Yo llegué a Kazajistán en 2012 por un contrato con un grupo musical, llegué a este país como cantante», me dice Isaac Real Blanco a través de WhatsApp. En todo ese tiempo, Isaak (como le gusta firmar, tal vez aludiendo a la letra inicial del país que ha decidido renombrar como hogar) ha tocado en bares, cabarés y festivales, amparado siempre por el virtuosismo técnico de su agrupación, así como por la cualidad «exótica» que inevitablemente identifica a su música en esta región del planeta. Su video más popular, en el que Isaak interpreta un tema en español y kazajo, supera las 800 000 vistas y es una colaboración con el artista local Akylbek Jemeney.

Isaak / Foto: tomada de Instagram.
«Antes solo tenía en mi canal de YouTube mi contenido musical, mis canciones», me dice Isaak. «Un día conocí un canal que hablaba sobre este país y me di cuenta de que no existía mucha información en español de Kazajistán ni de los países de la zona». Desde ese entonces, el artista decidió ampliar el alcance temático de su contenido e incluir videocrónicas, sobre todo, en Almaty y Astaná o en países vecinos como Kirguistán, tan críptico para los occidentales como el resto de Asia Central. «Me dije, bueno, voy a hacerlo porque me gusta, no con el objetivo de cobrar, aunque ya, gracias a Dios, logré monetizar el canal. Por ahora es un canal pequeño, pero con el tiempo espero que crezca».
Después de una extensa búsqueda en Internet, auxiliado por Grok, la inteligencia artificial de X, pude identificar otro par de casos en los que el arte, en sentido general, ha facilitado la integración de migrantes de la isla en el país centroasiático.
Sin Frontera es un grupo cubano que fusiona ritmos caribeños con letras en ruso y kazajo. Ese cóctel de registros y estilos le permitió alcanzar una vertiginosa popularidad en 2014, gracias a su sencillo Aspanga Karaimyn (Miro al cielo y veo las estrellas), grabado junto al compositor del tema, Abai Begey. «Llegamos al país en 2009 por un contrato de trabajo para un club latino muy popular que había aquí en ese momento», declaró a la Agencia EFE Efraín Yohandy Fuentes Villalonga, más conocido como YOY, fundador de la agrupación. Yosmel Reyes Cardonell, Rodyn Fernández y Omar Arango Torres completan la formación de Sin Frontera, cuyo éxito se debe en gran medida a la capacidad de estos artistas para cantar en kazajo, algo que los locales «valoran mucho».
Me topé también con la historia de Nelson Peña Núñez, bailarín de ballet que abandonó Cuba en 2019 para integrarse a la Ópera Nacional de Kazajistán. Posee asimismo un canal de YouTube en el que comparte sus «experiencias y visión del mundo», siempre «con una mirada artística pero realista». En uno de sus videos, de hecho, entrevista a Frank Valdés, colega cubano de profesión que dirige una escuela de baile en el centro de Almaty.
De regreso al relato de mi entrevistado, Isaak me confirma que actualmente es residente en Kazajistán, un estatus migratorio que obtuvo «después de vivir varios años en el país». Pasado ese tiempo, «puedes hacer la petición de la residencia, para lo cual te piden una serie de documentos, algunos de aquí y otros de Cuba». Según me asegura, no ha recibido ningún apoyo u orientación por parte del Gobierno kazajo desde que llegó, ya que allí, como en el resto de los países que pertenecieron a la Unión Soviética, no se estilan mucho las ayudas económicas». A diferencia de Estados Unidos, «donde los cubanos tienen algunos beneficios», o España, «en Kazajistán no son comunes las ayudas sociales, ni siquiera para los locales. Aquí ningún extranjero recibe beneficios por parte del Gobierno», sentencia Isaak.
«A este país los cubanos tienen que entrar con visa, lógicamente». Existe una página oficial del Gobierno, desde la que se puede aplicar y en la que se encuentra «la información sobre cómo acceder a los distintos tipos de visado».
Tanto por su oficio como por el solo hecho de su nacionalidad, rara avis en esta región, Isaak ha coincidido o establecido contacto con otros cubanos. «Conozco a algunos aquí, pero muy pocos. Hay varios que son de generaciones anteriores y vinieron a estudiar a la Unión Soviética, pero no he tenido mucho trato con ellos». Por desgracia, la información disponible sobre estos cubanos es bastante escasa, asentados en Kazajistán durante los últimos compases del régimen comunista y que, por alguna razón, prefirieron establecerse en un país que recién lograba su «independencia» antes que regresar a la isla de los Castro.

Isaak / Foto: tomada de Instagram.
«Conozco mucho más a otros que llegaron conmigo, contemporáneos, aunque muchos de ellos se han ido», continúa Isaak, «porque este es un país un poco complicado para emigrar». Incluso si se tiene dominio del inglés, «aquí no te sirve de mucho, tienes que saber kazajo o ruso», la lingua franca de las antiguas «colonias» soviéticas. «Yo llegué en otra etapa, cuando no había la crisis que hay ahora por la guerra en Ucrania», me dice Isaak, quien se casó con una ciudadana rusa y se hizo «de un nombre en el ámbito musical» gracias a su participación en el equivalente kazajo del programa La Voz. «Allí fui finalista, conocí a un productor y he podido trabajar en varios lugares como restaurantes, cabarés y bodas». Sin embargo, Isaak asegura que lo que cobra no le alcanzaría para pagarse «todos los gastos del mes si no estuviera casado y no hubiese invertido en otros negocios». Pero eso fue en otra época, «las personas que llegan ahora lo tienen aún más difícil».
El matrimonio es la vía más común que utilizan los cubanos para regularizarse en Kazajistán, como sucedió con Sandor e Isaak, a pesar de que ambos arribaron al país mediante contratos de trabajo. «Después de casarte tienes derecho a solicitar la residencia», me confirman ambos.
«El choque cultural fue un poco difícil al principio, pero mi carácter me ayudó mucho». Aunque se dedica profesionalmente al mundo de la música, Isaak Real me confiesa que nunca ha sido «muy farandulero» ni de «estar de fiesta en fiesta». En esos países, dice: «son un poco más fríos, no existe esa alegría que tenemos nosotros los latinos». Aun así, el músico se adaptó sin problemas a la comida, el idioma y las costumbres, determinadas en buena medida por la práctica del islam, profesado por el 68 % de la población.
Sin dudas, el reto más severo que ha enfrentado Isaak en Kazajistán no ha sido el religioso, ni siquiera el lingüístico: el clima, la nieve, el frío. «En invierno las temperaturas pueden bajar hasta -20 °C o -30 °C, y eso es una locura para un cubano».
El dato prohibido: la respuesta de la Embajada cubana en Kazajistán
Al comienzo de este trabajo me topé con una terrible escasez de datos, fuentes y testimonios sobre esa entelequia improbable a la que me complace llamar «comunidad cubana en Kazajistán». De acuerdo con la lucidez algorítmica de ChatGPT, esta ausencia es tan locuaz como categórica, «sugiere que se trata de un fenómeno insignificante o inexistente». Es decir, una circunstancia migratoria insólita, acaso caprichosa, que no parece importarle a nadie, convenientemente resguardada del ojo de la realidad.
Así que, como dicta la lógica más ingenua y elemental, acudí de forma telemática a la Embajada de Cuba en Kazajistán, en un intento por darle forma a ciertos vacíos de información perpetuados por la «excepcionalidad» del caso. Escribí dos veces al correo [email protected], que encontré en la página oficial de la misión diplomática cubana en ese país, pero no obtuve respuesta. De igual forma, Sandor se comunicó directamente con la cónsul Neudys Casanova, solicitándole de mi parte alguna pista sobre la cantidad de cubanos que residen en Kazajistán y, de ser posible, las razones detrás de una decisión como esa, ya fueran laborales, afectivas o académicas. Esta última, sobre todo, fue más o menos común durante los intercambios de estudiantes sostenidos entre Cuba y la URSS en plena era soviética, aunque Moscú o San Petersburgo parecen haber sido destinos más populares que Almaty o Astaná.
«Tienen prohibido dar cualquier dato de esos», me dijo Sandor entre dientes, limitándose a transmitir el mensaje de la Embajada, una suerte de declaración «oficial» de la cónsul con respecto a las dudas de este indiscreto periodista.
Me cuesta imaginar una pregunta más inocente que la mía. Se trata, en efecto, de la información más elemental que puede ofrecer una institución como esa, dedicada, entre otras tareas, a sistematizar y registrar la presencia y el impacto de los cubanos en territorio extranjero, en este caso en la República de Kazajistán. Por algún motivo del que no fui informado, pero que alcanzo a intuir, los diplomáticos de mi país no me consideraron lo suficientemente confiable como para revelarme el número de mis coterráneos que residen en la nación centroasiática, un dato tan básico que debería estar expuesto de forma pública, sin que fuera necesario que alguien lo solicitara. Estas son, sin embargo, las condiciones del periodismo cubano independiente.
Hasta este momento, la única «cifra» a la que he podido acceder habla de «un centenar de miembros de la comunidad cubana» en Kazajistán, según EFE. Más de lo que hubiese imaginado, la verdad. Al parecer, el hambre asusta más que el frío.






