Ernesto Daranas es, sin dudas, uno de los cineastas esenciales de Cuba. Películas como Los dioses rotos, Conducta, Sergio & Serguéi o el documental Landrián dialogan de manera directa con las tensiones, heridas y contradicciones del país y están entre las obras más importantes del audiovisual cubano de las últimas décadas.
Para mí, sin embargo, es algo más que un maestro del cine. Hace más de 25 años, cuando el siglo XXI apenas comenzaba y muchos soñábamos con ayudar a transformar la sociedad cubana desde el arte, un grupo de creadores empezó a contar historias en imágenes fuera de casi todas las estructuras posibles. Fue en ese contexto cuando Daranas, Rigoberto Senarega y yo conformamos un pequeño núcleo creativo del que nacieron varios documentales independientes sobre la huella de la emigración española en la isla, historias que en el fondo también hablaban de Cuba y de sus fracturas.
Con muy pocos recursos y muchísimas horas de trabajo, filmamos obras que terminaron por encontrar un camino propio. Pero a mí me quedaron también la experiencia, la amistad y la manera de Daranas de entender el audiovisual no solo como oficio, sino también como espacio de honestidad y compromiso con la realidad.
Hoy, detrás del director reconocido internacionalmente, sigue estando alguien muy preocupado e implicado con el devenir del audiovisual cubano y con el presente y el futuro de Cuba.
Esta conversación, sostenida en Madrid mientras hace la postproducción de su obra más reciente, no busca acercarse únicamente al amigo entrañable y al inmenso cineasta; intenta, sobre todo, escuchar al cubano con mayúsculas.
Desde tus primeras películas has tenido una mirada crítica hacia la sociedad cubana que se ha ido agudizando. ¿Cómo describirías esa evolución de tu forma de reflejar la realidad del país en tus obras?
Ha transcurrido mucho tiempo y ni la realidad ni yo somos los mismos, eso implica un cambio inevitable. Lo otro es que nunca he visto la crítica como un objetivo, sino como parte de mi necesidad de interpretar y cuestionar el mundo en que vivo. En ese sentido, la realidad de Cuba es cada vez más injusta y mi manera de expresarme no puede permanecer ajena a eso.
¿Dónde sitúas hoy los límites reales de la libertad creativa en Cuba? ¿Crees que existe un problema estructural de censura en el sistema cultural cubano?
Como todo en Cuba, el sistema cultural responde a los intereses de un pequeño grupo de poder que es quien realmente mueve sus hilos a despecho de las necesidades culturales, espirituales, cívicas y materiales del pueblo.
Lo que pasa con la libertad creativa es que no puede ser institucionalizada ni anulada por decreto porque es parte de la naturaleza misma del arte y del artista. Por eso, es ejercida cada vez más al margen del Estado o en un diálogo conflictivo con él. El cine independiente cubano, por ejemplo, es fruto de esa ruptura.
¿Hasta dónde ese cine está abordando la situación que tiene el país en este momento?
El arte tiene sus lenguajes, no es periodismo y tampoco debe ser panfleto. Lo que sí tiene es una gran capacidad de reflejar el drama humano desde una perspectiva universal que puede ser entendida por cualquiera en cualquier parte. De eso va nuestro cine documental y de ficción en este momento. Incluso el cine institucional no puede escapar del todo de esos temas que afectan la vida de cada uno de nosotros.
Tras el 27N y el aumento de tensiones entre creadores e instituciones, ¿qué cambió —si algo cambió— en la relación entre el cine cubano y el Estado?
Una parte importante de los protagonistas del 27N fueron jóvenes cineastas. Poco tiempo antes, ellos habían emitido un manifiesto titulado «Palabras del Cardumen», en el que hacían una lúcida invitación al debate sobre la censura y la exclusión en el cine cubano. La respuesta que recibieron fue la clausura de la Muestra de Cine Joven que había dado origen a ese documento.
Por lo tanto, la traición al diálogo prometido el 27N tenía ya un antecedente concreto dentro del cine cubano. Esa traición se repitió luego, en 2023, tras el único encuentro que logró sostener la Asamblea de Cineastas Cubanos con una representación del Gobierno.
No hay cambio entonces en nuestra relación con el Estado porque su manera de proceder con la sociedad y la cultura sigue siendo la misma.
Formas parte de la directiva de la Asamblea de Cineastas Cubanos desde su origen en 2013. ¿Qué han logrado en todo ese tiempo? ¿Cuál es el sentido que le ves a esa lucha frente al silencio de las instituciones?
Fernando Pérez y Kiki Álvarez también fueron parte fundamental del llamado G-20 que coordinó la primera etapa de la Asamblea y son parte ahora del Grupo de Representantes compuesto por 11 cineastas elegidos directamente por el gremio.
En general, la Asamblea es muy diversa, pero si en algo estamos de acuerdo es en que no podemos aspirar a un país para el cine diferente al que tenemos como pueblo. Por eso valoramos tanto el gesto cívico de existir sin importar el silencio cada vez más escandaloso de las instituciones. En ese gesto, en la autonomía de la Asamblea, en su diversidad y en su modelo de participación se prefigura el cine y el país que queremos. En eso radica el sentido que le vemos a lo que estamos haciendo.
¿Cuáles son las consecuencias de esta negación al debate con los cineastas?
Las mismas que tiene la negativa a debatir con el resto de la sociedad cubana. Ahora mismo, el Gobierno está abierto a sentarse a discutir con su mayor enemigo, pero nunca ha estado dispuesto a hacer lo mismo con su pueblo. Ahí radica la principal causa de esta crisis sin fondo que padecemos. El cine cubano es solo una parte de este escenario de censura y represión en el que vive cada cubano frente a un Estado que criminaliza duramente el disenso y al que luego no le tiembla la voz para afirmar que no tiene presos políticos.
Como es lógico, una de las consecuencias que esto tiene es el éxodo masivo de gran parte de nuestro gremio. De hecho, casi la totalidad de esos jóvenes —y no tan jóvenes— que protagonizaron la sentada del 27N frente al Mincult vive hoy fuera de Cuba. Entre ellos están varios de nuestros más talentosos cineastas del presente, con la paradoja de que son prácticamente desconocidos por el público natural al que se deben.
¿No es una contradicción que el Estado que formó a esos cineastas luego los censure y que incluso los empuje a irse?
Es parte de la demagogia con la que abordan la fuga de talentos. Hablan de «robo de cerebros», cuando en realidad son ellos quienes alientan la estampida de cualquier forma de disenso, que es lo que ha venido ocurriendo con muchos de nuestros artistas y con buena parte de los jóvenes cubanos.
Cada vez son más los cineastas cubanos obligados a emigrar, muchas veces en condiciones muy difíciles. ¿Cómo impacta eso en sus obras y en nuestro cine?
No es fácil abrirse paso en un entorno ajeno, altamente competitivo, con reglas de juego diferentes y sacudido por novedades tecnológicas que están reconfigurando la industria. Como sucede con tantos profesionales de otras esferas, muchos tienen que reinventarse con tal de ganarse la vida, pero también los hay empeñados en crear su ecosistema. Colaboran entre ellos, se insertan en los espacios afines a sus inquietudes, se abren paso como pueden y a menudo regresan a filmar a Cuba de manera independiente. De ahí provienen muchas de las obras que han ido transformando nuestro cine.
En la web de la Asamblea de Cineastas se colocan los tráileres de muchas películas cubanas recientes y me llama la atención la cantidad de personas desde dentro preguntando dónde pueden verse esas obras. ¿Qué cine cubano se está viendo en Cuba?
Muy poco. Por un lado, está el colapso energético y del transporte. Por otro, apenas han sobrevivido unas pocas salas que estén debidamente equipadas. El Gobierno tiene otras prioridades, y la prueba más escandalosa es ver cómo convierten a una sala patrimonial como el Payret en un hotel más de Gaesa.
Lo otro es la censura, que determina que una gran cantidad de obras no haya llegado a los cines y menos a la televisión. Otras se han proyectado en contextos muy específicos, solo para poder decir luego que no están censuradas. Eso incluye a películas premiadas internacionalmente o por el Fondo de Fomento al Cine Cubano, e incluso a algunas coproducidas por las instituciones.
Los comisarios culturales hablan todo el tiempo de colonización cultural y de globalización imperialista, pero han levantado un muro entre el público cubano y una zona importantísima de su cine. En parte por eso es que hemos abierto la web de la Asamblea de Cineastas a la promoción del cine cubano, desde el institucional hasta el que ha sido escamoteado a nuestro público por la exclusión y la censura.
Últimamente se ha estado hablando en Cuba de un incremento de la producción de cine institucional. ¿Qué impacto real está teniendo?
Cualquier impacto real dentro del cine cubano institucional en este momento está limitado por lo que ya hemos comentado. Por supuesto que es bueno que se produzca más cine y que esa producción sea cada vez más diversa. Eso significa más trabajo para el gremio, más películas para el público y un mayor desarrollo para la industria. El problema está en el peso que tienen los filtros de la censura en la selección de los proyectos que se filman. Cuando eso es más importante que la calidad artística de un proyecto hay pocas posibilidades de un impacto cultural verdadero.
Esa omnipresencia de la censura es la que explica también la diferencia abismal entre la asignación de presupuestos para el cine institucional con respecto al que recibe el Fondo de Fomento del Cine Independiente Cubano. En general, lo ideal para el cine que se hace con fondos públicos es que todo lo que se filme responda a convocatorias abiertas con mecanismos de selección transparentes regidos por criterios artísticos y productivos. El Fondo de Fomento es la prueba del impacto que ese procedimiento tiene en la calidad de las obras. Pero eso no se ha logrado nunca en nuestro cine institucional y este no va a ser el momento de cambio.
También se han anunciado medidas encaminadas a establecer tarifarios (o tarifazos) para los rodajes, privatizar salas de cine, crear mipymes audiovisuales, entre otras. ¿Qué significa realmente?
Son medidas a tono con la tendencia economicista que rige muchos de los cambios que tienen lugar en el país. La filosofía es liberar de todo lastre posible al Estado, pero sin aflojar el control. La eficacia real de esta tendencia de intentar resolver con curitas un problema mayor es muy limitada porque el cine como industria cultural responde a un ecosistema especializado y complejo que solo puede articularse eficazmente en torno a una ley de cine. No por gusto el boom de muchas cinematografías vecinas ha sido posible gracias a eso. Es lo que explica también que la demanda de una ley de cine fuera el motor que dio origen a la Asamblea de Cineastas Cubanos en 2013, pero ya se sabe que cualquier marco legal que genere deberes y derechos verdaderos para un gremio no es bien visto por el Gobierno.
¿Qué pasó específicamente con Landrián, centrada en una figura que siempre ha sido polémica para los censores? ¿Qué manejo hicieron con tu documental luego del espaldarazo que recibió al haber sido parte de la selección oficial de Venecia?
Landrián fue una coproducción de la que fue parte el Icaic y logró presentarse en el Festival de La Habana, pero no tuvimos un estreno comercial. Fue la Cinemateca la que se ocupó de darle alguna cobertura a nuestra película y a los cortos de Nicolás Guillén Landrián que restauramos.
Paradójicamente, tanto en festivales como en su distribución internacional, Landrián ha estado acompañado por esos diez cortos que restauramos, algo que en Cuba no ha sido posible, ni en salas ni en televisión. Y no se trata de mi película, se trata de la obra de uno de nuestros cineastas más importantes, con la contradicción de que es un gran desconocido para nuestro público.
Hace ya casi un cuarto de siglo lograste hacer una obra independiente que llegó a tener bastante recorrido fuera de Cuba, particularmente en España. ¿No te pasó nunca por la cabeza continuar con tu carrera en otro país?
Tú fuiste el eje de esa etapa con tu trabajo como productora y codirectora. No era fácil filmar de manera independiente en un momento en que la tecnología era diferente y el cine cubano estaba mucho más centralizado y controlado. No esperábamos el reconocimiento que tuvo, que incluyó premios como el «Rey de España» o la Medalla «Castelao», la más importante de la cultura en Galicia. Como dice el refrán, nadie es profeta en su tierra, así que elegí usar la repercusión que logró aquella etapa para abrirme paso en Cuba, que es donde ha estado siempre el mundo sobre el que me interesa expresarme. Primero hice algunas películas para la televisión y eso me permitió llegar al cine, que era algo que nunca había estado en mis planes.
¿En qué momento creativo te encuentras ahora? ¿Qué historias nos contarás en tu próxima película?
Estoy terminando un documental sobre las poblaciones de descendientes de taínos en las montañas del extremo oriental de Cuba. Y lo digo casi con tristeza porque ha sido una de las experiencias profesionales y humanas más bonitas que he tenido. A la vez, estoy comenzando con otro proyecto que tenía comprometido y en cuanto pueda buscaré tiempo para escribir, que es uno de los procesos que más disfruto y necesito.
Sergio & Serguéi, Landrián y Conducta han logrado una distribución internacional que no es frecuente en nuestro cine. De acuerdo a esa experiencia, ¿qué le falta al cine cubano para alcanzar una verdadera proyección internacional?
Son muchos detalles, pero un elemento de peso es que hacemos muy pocas películas y eso limita el desarrollo en todos los sentidos, incluida la distribución. Por otro lado, se ha llegado al extremo de intervenir el Fondo de Fomento del Cine Independiente Cubano con el fin de erradicar su autonomía y manipular la razón de ser del que venía siendo el laboratorio de buena parte de las películas más importantes que hemos hecho en los últimos años. A los censores no les hace gracia la repercusión internacional que ha alcanzado ese cine ajeno a la narrativa oficial sobre la realidad cubana, por eso apenas lo exhiben a pesar de haber sido apoyado con fondos públicos.
Lo otro es la necesidad de sintonizar con el escenario actual del cine a nivel mundial. Nuestra realidad es muy específica y nuestra manera de pensar y hacer el cine está inevitablemente condicionada por eso. Hay festivales abiertos a esas miradas, pero el mercado es otra cosa muy diferente. Incluso los circuitos del cine más autoral responden a determinadas premisas que a veces no tenemos en cuenta a la hora de concebir y de intentar distribuir una película.
En general, es complejo plantearse ahora mismo un giro sustancial en la proyección internacional de nuestro cine porque como sucede en cualquier otra zona de la economía, de la cultura y de la vida social cubanas, sin libertades y derechos básicos es muy difícil que tengan lugar cambios verdaderos.
En este momento hay un gran debate en torno al paquete de 176 medidas económicas anunciadas por el Gobierno. ¿Qué impacto crees que puedan tener para el cine cubano?
Seguramente incidirán en las relaciones y los modos de producción, pero su impacto en el desarrollo cultural e industrial del cine cubano depende de los aspectos que hemos comentado antes, y ninguna de esas medidas se mueve en ese sentido.
Ya de cara a la realidad nacional, ¿qué opinión te merecen estas medidas?
Por un lado, evidencian dónde ha radicado siempre el mayor bloqueo que hemos padecido. Por otro, son otra prueba de que están dispuestos a cambiar todo, menos lo que debe ser cambiado.
Desde hace décadas nos urgen estos y otros cambios. Si no se implementaron antes fue para no ceder poder político y proteger el monopolio de esa oligarquía que se ha ido consolidando frente a la miseria de todo un pueblo. Son esos intereses y la presión de Estados Unidos los que explican este paquete, no las necesidades reales de los cubanos.
Es una burla que los mismos responsables de la Ofensiva Revolucionaria, de la Rectificación de Errores, de la Tarea Ordenamiento, de la conceptualización del modelo, del perfeccionamiento de la empresa socialista y de los lineamientos se aparezcan ahora con un giro de 180 grados que deberán implementar ellos mismos. ¿Quién nos responde por el tiempo perdido y por el altísimo precio que hemos pagado por eso?
No se puede ser juez y parte. GAESA y su partido único, con potestades superiores a las de la Constitución y el Gobierno, son una puerta abierta al nepotismo, la corrupción y la represión. Por eso, estas medidas obvian lo esencial, que es la urgencia de un cambio de modelo que restaure nuestros derechos y libertades básicas. Sin eso no habrá una respuesta real a la tragedia humanitaria que enfrentamos en este momento.
Sé de lo apegado que has estado siempre a tus raíces. ¿Qué queda de esa Cuba que ha nutrido tu obra?
Todo. Mientras exista el cubano y lo cubano, queda todo.
¿Y qué sueñas para esos cubanos?
Libertad y derechos. Nos han pisoteado durante demasiado tiempo, y la autoestima y la identidad nacional han pagado un alto precio. Pero todo tiene un límite. Cuba somos nosotros, no quienes han usurpado nuestra voz. El arte y el artista tienen una gran responsabilidad. Sé que no habrá nada perfecto, pero tengo fe en que sabremos reencontrarnos y reinventarnos como pueblo en ese país con todos y para el bien de todos que desde Martí nos debemos.




