Conocí a Adrian Chrobot un par de años después de la muerte de Fidel Castro. Él era entonces el jefe de la Sección Político-Económica de la Embajada de Polonia en Cuba y yo un estudiante en la Universidad Central que trabajaba por las tardes en la biblioteca del obispado de Santa Clara. El ambiente universitario estaba bastante caldeado. Algunos diplomáticos extranjeros viajaban por el país tomándole el pulso a la situación y haciendo lo que podían por la cultura y la libertad de pensamiento.
Con Chrobot organizamos unas jornadas de cine polaco dedicadas a Lech Majewski. Las películas de Majewski no nos gustaron, pero la sensación de estar haciendo algo prohibido –reunirnos con diplomáticos, hablar de la caída del socialismo, comentar libros y filmes extraños– fue ya para siempre adictiva. Eran tiempos trepidantes y aunque los jóvenes de entonces acabamos casi todos exiliados, tenemos una deuda con los «viajeros del tiempo» que nos contaron qué pasó en los países del Este tras la caída del imperio soviético.
El 19 de mayo de 2026, el ministro de Relaciones Exteriores de Polonia les recordó a Washington y a La Habana el valor de esa experiencia de transición. Casi diez años después de aquellas reuniones en Santa Clara, aproveché para llamar a Chrobot y hablar una vez más sobre Cuba.
***
Xavier Carbonell (XC): Usted trabajó varios años en Cuba como encargado de asuntos políticos de la Embajada de Polonia en La Habana, ¿en qué consistió su labor y qué país dejó?
Adrian Chrobot (AC): Mi misión en Cuba duró seis años (2015-2021) y constituyó una época extraordinariamente interesante, llena de eventos relevantes para la historia y para la diplomacia. La primera parte fue el período de apertura, apenas aparente por parte del régimen –como se revelaría después–, pero creo que genuina por parte de la sociedad y de la comunidad internacional. Llegué a la isla tres meses después del anuncio del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos.
Cinco meses más tarde se volvió a abrir la Embajada estadounidense frente al malecón en una ceremonia solemne y emotiva. A estas, siguieron las visitas del papa, de los líderes europeos y del presidente Obama. Se firmó el Acuerdo sobre Diálogo Político y Cooperación (PDCA) entre Cuba y la Unión Europea. En lo que respecta a Polonia, resultó de gran relevancia la visita de nuestro canciller Witold Waszczykowski a La Habana, la primera de ese nivel tras la transición democrática de Polonia, ¡en 31 años! En el marco de esta intensificación, subrayamos siempre la relevancia y la prioridad del tema de los derechos humanos y de la libertad.
Durante la segunda parte de mi misión [desde 2019], lo ocurrido supuso una desilusión para quienes creían en los cambios en Cuba. Para nosotros fue la triste confirmación de lo que ya se vislumbraba. Podría parafrasearse que los polacos desconfiamos de los tiranos: Timeo tyrannos et dona ferentes [le temo a los tiranos incluso cuando traen regalos]; el mismo escepticismo que manteníamos hacia Putin, y en ambos casos, lamentablemente, tuvimos razón.
La prioridad de mi labor en la Embajada consistió en establecer lazos con la sociedad civil cubana: disidentes políticos, periodistas independientes, cuentapropistas y artistas independientes. Nuestra política de puertas abiertas proporcionaba un espacio de confianza y libertad de opinión, pero sobre todo una fuente de apoyo moral, tan importante para todo aquel que ama la libertad y que se encuentra bajo amenaza y persecución.
También realizaba viajes a puntos distantes de la isla, desde Pinar del Río hasta Baracoa, visitando a quienes no podían trasladarse. Me siento honrado de haber conocido en persona a estos verdaderos –aún no reconocidos– héroes de Cuba y de la libertad, y de haber dado continuidad a este trabajo en mi siguiente misión, en Washington.
Este último destino concluyó con mi participación en la organización de un gran evento en Miami donde, en presencia de nuestro ministro de Asuntos Exteriores Radosław Sikorski y del secretario de Estado Marco Rubio, hicimos entrega del Premio Solidaridad Lech Wałęsa a Berta Soler y a las Damas de Blanco. Para mí fue una verdadera satisfacción poder continuar esa labor e incluso ahora, como profesor universitario, sigo los asuntos cubanos de cerca y mantengo contacto regular con las extraordinarias personas que conocí hace una década.
Sobre la situación política en Cuba ya se ha escrito mucho. He constatado con tristeza que la situación se ha deteriorado considerablemente desde mi partida, lo que resultaba ya de por sí increíble, pues en 2021 estaba muy mal y se creía que ya había tocado fondo. No obstante, cinco años después Cuba se encuentra en una crisis profundísima, y los dirigentes –al negar las reformas y la alternancia en el poder– la siguen perpetuando. He visto a tanta gente llegar a Estados Unidos, a otros países de América Latina, a España e incluso a Polonia –un destino poco obvio para los cubanos– pero huyen del hambre, desesperados por abandonar su tierra que tanto aman.
XC: El ministro Sikorski acaba de afirmar que la experiencia polaca tiene mucho que aportar a una futura transición cubana. ¿En qué consiste esta experiencia? ¿Es adaptable a un país tan distinto de Polonia y tan desconectado de su contexto regional?
AC: Tras 1989, los países de Europa Central y Oriental adoptaron diversos modelos de transición político-económica. Polonia, por decisión de sus líderes políticos encabezados por el presidente Lech Wałęsa, optó por una vía pacífica: la transición pactada. Esta trajo la libertad política, económica y social que el pueblo polaco tanto había anhelado.
Sin embargo, alcanzar esa reconciliación requirió insurrecciones, levantamientos y un enorme sacrificio humano a lo largo de los años; una vez alcanzada, la reconciliación evitó el derramamiento de sangre, pero también implicó que los poscomunistas –transformados en socialdemócratas– pudieron participar en la vida política de la Polonia libre. La transformación trajo también una terapia de choque con un impacto profundo en la sociedad, que tuvo que aprender a desenvolverse y vivir en esas nuevas circunstancias.
Para mucha gente la adaptación a la nueva realidad resultó enormemente difícil. Es más, no pocos quedaron huérfanos, privados del amparo del Estado. La transición no fue perfecta, pero el balance es definitivamente positivo. Nadie en la Polonia actual añora el ancien régime, y disfrutamos de la libertad y avanzamos en el mundo libre, pese a sus imperfecciones.
Durante mi estancia en La Habana, en las reuniones con los dirigentes cubanos, quisimos compartir esa experiencia, así como los desafíos, para que Cuba no repitiese algunos de nuestros errores y también para evitar las trampas que trae la transformación. Les señalamos el paralelismo que vivimos en los años ochenta, cuando los comunistas en Polonia intentaron también, infructuosamente, reformar el sistema. Como era de esperar, el régimen nunca mostró interés en escuchar; incluso el término transición estaba prohibido.
El régimen repetía su mantra del «perfeccionamiento del modelo socioeconómico cubano», lo que resultaba surrealista. Todo fue en vano: el régimen no quiere reformas porque amenazan su poder perpetuo.
XC: Sikorski dijo también que esta transición podría ser «incómoda» y «no totalmente satisfactoria en el aspecto psicológico», como ocurrió en Polonia. Usted conoció en primera persona tanto al sistema político cubano como a su gente, ¿en qué forma podría manifestarse esa incomodidad e insatisfacción?
AC: Sí, soy tan viejo que lo viví en persona [risas], pero no tanto para acordarme de todo. Fue una etapa dura, los años noventa, sobre todo los primeros cinco u ocho años. Con una inflación elevada, un desempleo enorme y la desilusión de una parte de la sociedad que se encontró desamparada en una situación nueva y ajena a lo conocido del Estado todopoderoso –en la Polonia reprimida por los comunistas se aplicaba también la política de «nada fuera de la revolución socialista»–. Se unía la crisis económica y el empobrecimiento inicial de la sociedad debido a la caída del falso e insostenible modelo económico socialista. Pero la gente mantenía la esperanza y las ganas de trabajar para salir adelante, lo que nos condujo a convertirnos en una de las 20 economías más grandes del mundo en 2026.
Se mezclaban la euforia por el fin del régimen y de la represión, y las aspiraciones del regreso a Europa, que se materializaron en nuestra adhesión a la OTAN en 1999 y a la UE en 2004. Fue un camino cuesta arriba, pero sabíamos que valía la pena; y hoy nos hemos convertido en un país de referencia, fruto de nuestro esfuerzo y del apoyo de los aliados.
La transformación de Cuba encontrará sus propios desafíos, pero creo que los cubanos, dada su reconocida capacidad y laboriosidad, alcanzarán pronto el éxito. No obstante, habrán de enfrentar problemas sociales, entre ellos las desigualdades económicas, las cuestiones de las relaciones internacionales y el retorno de la diáspora, así como asuntos de difícil resolución, como el de las tierras y propiedades nacionalizadas por el régimen.
También quedará gente desamparada por el Estado, a quienes será necesario proteger y preservar de los efectos de la transformación para que no se conviertan en víctimas de ella. Permanece abierta la cuestión de la justicia, la rendición de cuentas y la responsabilidad por los crímenes contra el pueblo cubano y los disidentes: la muerte de Oswaldo Payá, el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, el hundimiento de la lancha de Regla… En Polonia se fundó el Instituto de Memoria Nacional y quizá sea una institución que resulte necesaria crear también en Cuba. Pero soy un optimista y, al ver el éxito que tantos cubanos han alcanzado fuera de Cuba, estoy convencido de que lo lograrán también en la isla, una vez que se quite la bandera roja.
XC: En el plano diplomático, siempre parece haber en torno a Cuba una serie de representantes extranjeros que simpatizan con el futuro democrático de la isla, y otros que intentan retrasarlo. ¿Qué opina de esta suerte de «bandos» de influencia internacional en torno a Cuba?
AC: Tuve la suerte de trabajar con algunos grandes diplomáticos partidarios de la libertad en Cuba, empezando por mi embajadora Anna Pienkosz, mi colega y actual sucesora Dorota Kobierowska, y mi colega Daniel Gromann, con quien coincidí posteriormente en Washington. También tuve el placer de trabajar de cerca con los colegas checos, americanos, suecos, holandeses. Aún en la red existen noticias sobre nuestros proyectos en la isla: en un caso incluso nos querían declarar personae non gratae por nuestras reuniones con los disidentes.
Mantuvimos siempre conversaciones interesantes, sobre todo en el marco de la UE, nosotros defendiendo una línea más crítica hacia el régimen y sus violaciones de los derechos humanos. No voy a opinar de las posiciones de otros colegas, pero sí puedo decir que tuve el privilegio de trabajar con varios cubanos en la isla y fuera con quienes llevamos a cabo proyectos y acciones políticas relevantes.
Me complace en particular la cooperación con el Parlamento Europeo, con el entonces eurodiputado polaco Jaroslaw Walesa (hijo de Lech) quien mostró gran interés por la cuestión cubana y a quien tuve el privilegio de conocer personalmente en ese evento celebrado en Miami en septiembre de 2025. En Polonia existe un consenso pluripartidista en torno a nuestra posición respecto al régimen cubano, lo que ha permitido mantener el apoyo a los disidentes bajo cada Gobierno en las últimas décadas.
XC: El ministro Sikorski aludió a Berta Soler como figura de referencia del movimiento disidente cubano. Usted se reunió hace poco con José Daniel Ferrer. A medida que aumenta la tensión sobre Cuba, también parecen agitarse el exilio y la oposición. Se fundan incluso nuevos partidos. ¿Qué opina del panorama opositor cubano, dentro y fuera de la isla? ¿Tiene solidez suficiente para llevar al país a un futuro democrático?
AC: ¡Estoy convencido que sí! A lo largo de los años pude conocer a numerosos opositores, y siempre me complacía constatar su diversidad. No obstante, insistía siempre en la necesidad de unidad de los disidentes frente al régimen, tal como ocurrió en el movimiento Solidaridad, que aglutinaba grupos desde la derecha hasta la izquierda en los años ochenta en Polonia. Estos grupos decidieron unirse y actuar conjuntamente para derribar el régimen. Una vez conquistada la libertad, se abre el espacio para la competición democrática y la diversidad de opciones políticas.
Creo que los cubanos están muy bien preparados, aunque no sepan exactamente cómo funcionará. Pero pueden contar con el apoyo del exilio, que constituye sin duda un factor de peso tanto en la política actual como en el proceso de cambio. Además, el apoyo de los países democráticos, y en particular de los que transitaron del comunismo a la democracia, contribuye a la formación de los futuros líderes de la Cuba libre y democrática.
No olvidemos el componente cultural y espiritual, elementos constitutivos de la identidad cubana, aunque reprimidos o manipulados por la dictadura. Quisiera llamar la atención sobre la necesidad de no descuidar este espacio, pues la transformación no se produce únicamente en el plano electoral o empresarial. También incluiría aquí el sector de la educación, que hay que sacarlo del adoctrinamiento comunista.
Cuba todavía no sabe exactamente qué es la transición, pero sí muestra voluntad de aprender y prepararse. No se transita de la opresión a la libertad de la noche a la mañana. Por ello, es preferible afrontar ese proceso acompañados que en solitario. En mi opinión, en el momento de la transición sería fundamental transmitir esperanza a la sociedad, al tiempo que se comunica con transparencia que se tratará de un proceso difícil y arduo, pero necesario para superar la situación actual, tal como lo hicieron los países de Europa Central y Oriental. La reconciliación y la cohesión social son elementos claves. Es quizá lo que más tardó en materializarse en Polonia, y es nuestra experiencia la que puede contribuir a impulsarlo en Cuba.
XC: El secretario de Estado de EE. UU. ha manifestado de forma reiterada la preferencia de Washington por un cambio «negociado» en la mesa de los diplomáticos. El ministro Sikorski recordó que la transición polaca se había logrado «sin derramamiento de sangre». En su experiencia como diplomático, ¿cree que el régimen cubano está preparado para negociar su desmantelamiento de forma pacífica o que intentará provocar a toda costa una respuesta militar de Estados Unidos?
AC: Me pronuncio siempre a favor de la evolución antes que de las revoluciones. Un cambio pacífico no es perfecto, pero un cambio violento deja víctimas, resentimiento y afán de venganza. Un cambio pacífico evidencia la madurez de las élites de ambas partes. Pero se necesitan dos para bailar tango: en Polonia, el partido comunista ni siquiera contemplaba negociar hasta que prevaleció la facción más pragmática, que accedió a sentarse con la oposición en la mesa redonda –no la de la televisión cubana, sino una mesa en la que todos ocupaban un lugar equivalente y nadie presidía– y bajo la mediación de la Iglesia católica se llevaron a cabo las negociaciones. Considero que la Iglesia católica cubana podría desempeñar un papel similar si se dan las circunstancias.






