El día de mi vuelo La Habana-Ciudad de México, eché en el equipaje a la Virgen del Cobre: una capillita hecha a mano por un artesano de ese poblado. Días antes, había ido a despedirme a su Santuario, como han hecho a lo largo de los años muchos de los cubanos que van a salir del país o anhelan hacerlo. Durante mis primeros días en México, la he venerado en una esquina de mi cuarto con girasoles, velas amarillas y una bandera cubana. En ese entonces, no sabía que podía encontrarla en varios destinos de la capital mexicana.
La procesión de la Virgen de la Caridad del Cobre por las calles de Santiago de Cuba, desde el arzobispado —cerca de la Plaza de Marte— hasta el Parque Céspedes, se volvió para mí un recuerdo y un anhelo para seguir pidiendo por Cuba. En mis primeras indagaciones, nadie supo decirme si había celebraciones a la Virgen cubana en septiembre u otra fecha en la capital mexicana.
Sin embargo, este año, un amigo me dijo que iría a agradecerle a la imagen de la Virgen que está en la Catedral Metropolitana, en el Zócalo; allí colocó sus primeras flores tras un viaje que hizo en la década de los noventa. Cada vez que regresa a México, ofrece sus flores en el mismo sitio. Dice mi amigo que, aunque ha ido a los otros lugares, para él esa virgencita tiene más brillo.
Después de escucharlo, me dije que tenía que ir a ver a esa Cachita. Era domingo y había misa. Sin saberlo, entré por el lado donde ella se encuentra; doblé a la derecha y allí estaba la pintura colgada en la pared blanca, sin mucho adorno más allá de su marco dorado. A pesar de la sencillez, es imponente y desprende brillo como dice mi amigo; y luz, añadiría yo. Ese día, no llevé flores ni velas, aunque tampoco había espacio para ponerlas. Más allá de su belleza, no dudo que muchas personas pasaran por allí para postrarse, como yo, a sus pies.
No encontré precisión acerca de la autoría de la pintura. Con tonos cálidos y solemnes, la Virgen lleva corona dorada y resplandor en forma de aureola. El manto exterior es azul grisáceo y tiene bordados en los límites. El vestido interior es color crema-marfil. En la mano derecha, lleva una cruz pequeña de madera. Sobre su brazo izquierdo, carga al Niño Jesús quien viste una túnica rosa, tiene piel clara y sostiene un globo azul. Ella está de pie sobre una media luna. Debajo, un haz de luz blanca cae sobre el mar. En la parte inferior, están las olas embravecidas. Están los tres Juanes en la barca: uno blanco, uno negro y uno mestizo, remando en la tormenta. El marco es barroco y muy ornamentado. Me llamó la atención el escudo de Cuba incrustado en la parte superior central. En la inferior del marco se lee: «NTRA. SRA. DE LA CARIDAD DEL COBRE».

Foto: José Miguel.
Ese día, en silencio, pedí por mi madre, por todas las madres cubanas que han visto partir a sus hijos para poder enviarles a ellas alimentos y medicinas. Pedí que les diera fuerzas para soportar la distancia y la falta de abrazos de sus hijos, ante tanta sombra y desprotección.
Sin proponérmelo, ese día comencé a buscar los lugares donde es posible venerar a la Virgen de la Caridad del Cobre, esos espacios a los que llegan quienes llevan una promesa entre las manos o una petición en el corazón. En la distancia, he podido comprobar cómo, en cualquier parte del mundo, hay hombres y mujeres que siguen aferrándose a la fe y a la Virgen, nuestra Patrona, como si en ella encontraran también una manera de permanecer y volver una y otra vez a Cuba.
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El domingo siguiente fui a la parroquia de San Cosme y San Damián. Otro amigo que conoce mi devoción me dijo: «tengo que llevarte a un lugar». Me contó, él que no cree, que lo había soñado, que tenía que llevarme a los pies de la Virgen. A San Cosme sí fui con una vela y tres girasoles. También era mediodía y había misa.
Allí estaba una escultura de Cachita hecha por artesanos ecuatorianos, según narró el párroco, José de Jesús Aguilar Valdés, quien difundió en 2023 el video «La Virgen de la Caridad del Cobre llega a la Parroquia de San Cosme y San Damián. México». En el audiovisual afirma: «La Virgen María se pidió a Ecuador, los artistas artesanos ecuatorianos son expertos en trabajar la madera, el cedro, y hacer este tipo de imágenes», y detalla el cuidado de los artistas en cada una de las imágenes y los materiales usados.
La Virgen está de pie, alta y luminosa. Lleva manto azul por fuera con destellos plateados y un vestido largo dorado-amarillo intenso por dentro. Sostiene al Niño Jesús en brazos y una pequeña cruz en la mano derecha. A sus pies, sobre un mar de olas talladas en verde grisáceo, está la barca con los tres Juanes. Están mirándola con devoción, mientras reman. La escultura está dentro de una vitrina de madera, barnizada, con tallas clásicas a los lados. Al fondo, dos cortinas de terciopelo azul turquesa enmarcan la escena. Arriba, en el vidrio, se refleja un candelabro encendido del techo.

Foto: Yunier.
La placa dorada que está debajo del nicho presenta a la Virgen de la Caridad del Cobre como Patrona de Cuba. Relata la tradición de su aparición en el mar, hacia 1607 o 1608 (aunque la aparición y hallazgo de la imagen se marca tradicionalmente en 1612), ante dos jóvenes y un niño que la hallaron sobre una pequeña tabla con la inscripción «Yo soy la Virgen de la Caridad». La oración final solicita su protección y consuelo, así como libertad y paz para el pueblo de Cuba.
Sobre el mármol gris, al pie del nicho, descansaba un ramo de rosas rojas. Junto a ellas, dejé mis tres girasoles, grandes y abiertos. Las velas encendidas daban cuenta de otras visitas a lo largo de aquel domingo. Prendí la mía, ocupé un banco muy cerca del altar y esperé que terminara la misa. Hombres y mujeres se acercaron al nicho antes de marcharse. No eran uno ni dos, sino varios. Cada cual se persignaba, permanecía unos instantes en silencio y elevaba su petición antes de continuar camino.
La llegada de la Virgen de la Caridad del Cobre a la Parroquia de San Cosme y San Damián consolidó otro punto de fe y encuentro para la comunidad cubana residente o de paso en la Ciudad de México. Pedí ese domingo por Cuba y los cubanos: «En todas partes donde nos hallemos, bendita Virgen de la Caridad del Cobre, acuérdate de nosotros, de nuestras necesidades, de nuestros familiares, de nuestros enfermos, de nuestros difuntos…».
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Fui, también, en la Iglesia San Agustín, en Polanco. No era domingo ni mediodía ni había misa. Era la tercera iglesia adonde iba detrás de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre. Esa semana, se celebraba su novenario. Lo supe por los comentarios en las redes sociales después de visitar San Cosme. No llevaba girasoles, pero muy cerca de la iglesia encontré un punto de venta para comprarlos. Adentro, la imagen de la Virgen del Cobre también era una escultura, pero sin urna. Es casi la misma representación que la de San Cosme, solo que aquí tiene la piel morena. Había varios ramos de girasoles, frescos y marchitos, y velas. De lado izquierdo, podía leerse la oración a la virgen.
Fue el primer lugar donde encontré a la venta imágenes de la Virgen. En uno de los laterales de la iglesia, antes de entrar, compré por 15 MXN (0.89 USD) una estampita. Quería comprar también una vela amarilla, pero no tenían. Afuera, junto a la calle, dos señoras vendían distintas representaciones de Cachita: una imagen en un portarretrato dorado, estampitas para llevar en la billetera y llaveros. Les pregunté si tenían otros formatos o soportes y me mostraron muchos más. Incluso, podían colocar la imagen de Cachita en una vela amarilla.

Foto: Yunier.
Les pregunté si conocían la celebración del próximo 8 de septiembre y dijeron que no. Tampoco sabían si allí acudían cubanos; solo me explicaron que llegaban muchas personas a rendirle culto. Ese día, leí la oración de la virgen, supliqué por las familias, por los niños, por los que padecen en soledad, por los que están lejos de la patria y por todos los que sufren en su corazón.
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Estas semanas me han servido para reconectarme en la fe y compartir con otras personas que antes de cruzar fronteras fueron a los pies de la Virgen. He podido constatar que, en la última década, en México, ha comenzado a tener más presencia la celebración a la Patrona de Cuba, tal vez porque hay más cubanos.
Recorrí en la Novena por la Virgen de la Caridad del Cobre tres lugares y he seguido por las redes sociales las celebraciones en varias partes de Cuba y en la Ermita de Miami. He pedido en silencio todos los días: «Madre de este pueblo cubano, míranos una vez más postrados a tus pies para invocar tu amparo y protección. Acudimos a ti con el corazón lleno de fe y esperanza. Tú conoces nuestras necesidades y sufrimientos». He recordado el poema «A la Virgen de la Caridad del Cobre», de Pura del Prado, que dice: «Restáñanos esta herida / que el odio nos ha sajado, Madre: ¡que Cuba se muere / y es urgente este mensaje! / ponte de nuevo tu traje / de reina y sal a ordenar / que vuelva a resucitar / la alegría en tu paisaje».
Si en Cuba y en la iglesia del Cobre escuché historias de promesas, en este otro lado del Golfo he escuchado el testimonio de la escritora cubana Liudmila Quincoses, quien siempre pide: «Madre, salva a Cuba»; el de una muchacha que ofreció su rubia cabellera para llegar a la Universidad; el de otra que cruzó fronteras con la imagen entre su ropa y su cuerpo y se salvó de la muerte y las violaciones hasta llegar a Estados Unidos; el de la que tiene Caridad en su segundo nombre y también logró salir de Cuba; el del amigo que pudo tener nacionalidad mexicana y la venera cada día; el de una mexicana de Aguascalientes que pidió para sanar enfermedades y proteger a familiares; y el de un hombre que camina por Tapachula intentando asentarse en algún lado para no regresar a la isla y la trae en su cuello.
El 8 de septiembre de 2026, regresaré a los tres sitios; es mi forma de peregrinar. Estaré pendiente de las celebraciones que le ofrecerán los cubanos que andan caminando por tierras mexicanas. La Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba, sigue siendo esa parte del corazón que une a los cubanos y cubanas a pesar de sus diferencias, amores y odios; lo poco o lo único que no traiciona ni decepciona nuestra fe y nuestra esperanza.




