Cómo cuidar la salud mental en medio de la incertidumbre migratoria

29 de agosto de 2026 a las 05:00 a. m.

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Emigrar supone aprender a vivir con lo desconocido, pero hacerlo sin tener la certeza de permanecer en el país que se eligió añade otra capa de incertidumbre. Hay personas que trabajan y llevan a sus hijos a la escuela cada día, pagan una renta cada mes y hacen inversiones significativas como comprar un carro. Van construyendo una nueva vida mientras esperan una entrevista para obtener la residencia legal, una audiencia en la Corte de Inmigración sobre su caso de asilo o una medida que beneficie su estatus migratorio. La vida avanza, pero la respuesta que podría cambiarla sigue pendiente.

Esa incertidumbre tiene hoy un peso especial entre las comunidades inmigrantes en Estados Unidos. El aumento de las acciones de control migratorio bajo la Administración Trump y los cambios en las políticas de Inmigración han extendido el temor incluso entre quienes poseen un estatus legal en el país.

Una encuesta nacional realizada en 2025 por KFF y The New York Times encontró que el 41 % de los inmigrantes consultados temía que ellos o algún familiar pudieran ser detenidos o deportados, frente al 26 % registrado en 2023. La preocupación alcanzaba al 75 % de quienes no tenían estatus legal, pero también al 50 % de los inmigrantes con presencia legal (green card u otro documento que permite su estancia legal) y al 31 % de los ciudadanos naturalizados.

La incertidumbre migratoria también está teniendo consecuencias sobre la salud. Otro apartado de la misma encuesta reveló que cuatro de cada diez adultos inmigrantes han experimentado algún efecto negativo relacionado con preocupaciones migratorias desde enero de 2025. Entre las consecuencias mencionaron aumento del estrés, ansiedad o tristeza, dificultades para dormir o comer y empeoramiento de condiciones de salud. 

Cuando el futuro depende de una decisión sobre la que no se tiene control 

«Estrés y miedo. Esas son las dos palabras que yo creo que mejor me definen en estos momentos», contó a elTOQUE una cubana que al ingresar a Estados Unidos por la frontera sur recibió el formulario I-220A, el cual aún es considerado por las autoridades migratorias como un documento de entrada que no habilita de manera directa la regularización de estatus a través de la Ley de Ajuste Cubano. Su testimonio formó parte de una conversación transmitida por el medio sobre salud mental y migración con la psicóloga Lilian Burgos y la socióloga e investigadora Elaine Acosta.

La mujer se consideraba afortunada por lo que había conseguido después de emigrar. Sin embargo, había algo que no podía resolver por sí misma: su situación migratoria en medio de la disputa legal que ha mantenido en un limbo a más de 400 000 cubanos.

«Me siento bendecida porque tengo hasta el momento trabajo, tengo un techo, tengo comida, tengo salud», decía. Pero inmediatamente añadía: «Es muy estresante no saber qué va a pasar mañana, es muy estresante no saber cuándo tu proceso migratorio llegará a buen término».

La contradicción es reflejo de lo que ocurre a nivel emocional. Una persona puede sentirse agradecida por haber emigrado y, al mismo tiempo, vivir con miedo. Puede tener mejores condiciones materiales y experimentar ansiedad. Puede estar construyendo una vida y no sentirse todavía segura dentro de ella.

La American Psychological Association (APA) aprobó en agosto de 2026 una resolución sobre los efectos psicológicos y en el desarrollo asociados con las acciones de control migratorio, la detención y la deportación forzada. El documento reúne evidencia sobre cómo la amenaza de separación, detención o deportación puede producir efectos psicológicos no solamente en las personas directamente afectadas, sino también en sus familias y comunidades.

En el caso de quienes tienen procesos migratorios pendientes o situaciones precarias, hay además un elemento difícil de manejar: parte de la solución está fuera de su control. Una persona puede buscar asesoría, presentar documentos, acudir a sus citas y cumplir los requisitos correspondientes a su caso, pero no puede decidir cuánto demorará una respuesta, qué determinará un tribunal o cómo podría modificarse una política en el futuro.

Vivir durante meses o años intentando anticipar esas respuestas puede convertir la incertidumbre en parte de la rutina.

La culpa de estar bien y sentirse mal

Una de las dificultades para reconocer el malestar es precisamente que la persona puede pensar que no tiene derecho a sentirlo.

¿Cómo voy a estar triste si tengo comida? ¿Cómo puedo quejarme si mi familia en su país sigue en una situación peor? ¿Cómo voy a decir que no estoy bien después de todo lo que hice para llegar?

Burgos describe esa respuesta como una especie de «cultura del tapón»: la tendencia a cubrir o reprimir las emociones porque se espera que quien logró emigrar esté agradecido y sea fuerte.

«¿Cómo me voy a deprimir si estoy en el lugar donde todos quieren estar?», ejemplifica la psicóloga al explicar ese razonamiento.

Pero el agradecimiento no cancela la tristeza. Tampoco la seguridad material elimina automáticamente la pérdida de los vínculos, el miedo por quienes quedaron atrás o la preocupación por el futuro.

En otro de los testimonios presentados durante el encuentro, una mujer que había dejado a sus hijos en Cuba describió esa mezcla de emociones. «Tengo momentos de muchísima culpa por haber dejado a mis hijos atrás», contó. Había emigrado con unas expectativas que después no se correspondieron completamente con la realidad que encontró. Aun así, hablaba también de esperanza y de la posibilidad de salir adelante.

Ambas emociones pueden existir al mismo tiempo.

El duelo migratorio cuando llegas

La incertidumbre sobre el estatus se superpone, además, con un proceso que ya puede resultar complejo por sí solo: el duelo migratorio.

«El duelo es un proceso ante cualquier experiencia de pérdida», explicó Burgos durante la conversación. En la migración, esas pérdidas no siempre son definitivas ni fácilmente visibles. La familia continúa existiendo, el país sigue allí, los amigos pueden estar al otro lado de una pantalla y, en algunos casos, es posible regresar de visita. Sin embargo, la relación con todo ello cambia.

Se pierden rutinas, lugares, vínculos cotidianos, referencias culturales y, en ocasiones, el estatus profesional o social que se tenía antes de emigrar. Burgos recuerda, por ejemplo, el cine Cuba, en Santiago de Cuba, y una experiencia de infancia junto a sus padres. El valor del recuerdo no está únicamente en el lugar físico, sino en las personas, sonidos y emociones vinculados a él.

«Yo pierdo eso cuando emigro», explicó.

También puede cambiar la percepción de lo que la persona era. Un médico, periodista, ingeniero o profesor puede llegar al nuevo país y descubrir que necesita estudiar nuevamente, aprender otro idioma o trabajar temporalmente en un sector completamente diferente. A la pérdida de las referencias anteriores se suma la necesidad de construir otras.

No existe, además, una única experiencia migratoria. Burgos insiste en que no es comparable viajar de manera segura y planificada con atravesar fronteras, ríos o selvas y exponerse durante el trayecto a situaciones de violencia o peligro. En esos casos, al duelo propio de la migración pueden añadirse experiencias potencialmente traumáticas ocurridas durante la ruta.

Cuando sobrevivir no deja tiempo para procesar lo vivido

Algunas personas atravesaron rutas migratorias en las que estuvieron expuestas a violencia, extorsiones, accidentes, abuso sexual, miedo o situaciones que pusieron en riesgo sus vidas.

Elaine Acosta ha encontrado parte de esa realidad en una investigación sobre las nuevas rutas migratorias cubanas. Según explicó durante el programa en vivo, algunos entrevistados estaban relatando por primera vez experiencias que habían vivido durante el trayecto.

«Hay una carga muy grande y hay una serie también de traumas de lo acontecido en las rutas migratorias», señaló.

Durante el viaje, la prioridad es sobrevivir. Después de llegar aparecen otras urgencias: documentos, empleo, vivienda, transporte, escuela. El impacto emocional puede quedar aplazado.

Burgos explica que determinadas experiencias ocurridas durante esas travesías son potencialmente traumáticas. Algunas personas pueden evitar hablar de ellas porque hacerlo significa regresar emocionalmente a situaciones que todavía resultan difíciles de procesar.

Por eso no todas las dificultades emocionales posteriores a la llegada pueden atribuirse simplemente al «estrés de empezar de nuevo». En algunos casos puede existir una experiencia traumática que requiera acompañamiento profesional.

La incertidumbre migratoria añade otra pregunta: ¿para qué hago planes?

Cuando una persona no sabe qué ocurrirá con su estatus migratorio, el miedo puede extenderse a decisiones que aparentemente no tienen relación directa con el proceso o la experiencia de migración. ¿Firmo un contrato de alquiler por otro año? ¿Cambio de trabajo? ¿Compro un automóvil? ¿Empiezo a estudiar? ¿Puedo viajar? ¿Qué ocurrirá con mis hijos si algo me pasa? ¿Tiene sentido hacer planes a largo plazo?

La encuesta de KFF y The New York Times muestra hasta qué punto esas preocupaciones han penetrado en la vida cotidiana. Además del 41 % que temía una posible detención o deportación propia o de un familiar, el 43 % expresó preocupación por que su estatus legal o el de un familiar pudiera ser revocado y otro 43 % temía una posible separación de sus hijos u otros familiares.

La preocupación también estaba modificando comportamientos. Tres de cada diez inmigrantes dijeron haber evitado viajar, buscar atención médica, acudir al trabajo o frecuentar determinados espacios públicos debido a temores relacionados con la inmigración.

No significa que todas las personas inmigrantes estén viviendo de esa manera ni que toda preocupación constituya un trastorno de salud mental. Pero los datos permiten comprender que la incertidumbre migratoria puede tener efectos concretos sobre cómo algunas personas organizan su vida.

Elaine Acosta explicaba durante la conversación que las condiciones sociales y políticas de recepción del país de destino influyen precisamente en la adaptación. Cuando esas condiciones se vuelven más difíciles, señaló, también pueden aumentar «los niveles de estrés, de angustia, de ansiedad».

¿Cómo trabajar emocionalmente una incertidumbre que es real?

Una de las dificultades para abordar este tipo de ansiedad es que el problema no es imaginario. Una persona con un proceso legal pendiente realmente desconoce cuál será el resultado. Quien teme perder un permiso de trabajo o enfrenta la posibilidad de una separación familiar puede tener razones objetivas para preocuparse.

Por eso, trabajar emocionalmente la incertidumbre no consiste en intentar omitir o alejar ciertos pensamientos ni en repetirse que todo saldrá bien. Tampoco significa minimizar los riesgos. El objetivo es evitar, en la medida de lo posible, que aquello que todavía no puede resolverse ocupe cada espacio de la vida cotidiana.

Una estrategia, por ejemplo, comienza por distinguir entre lo que la persona puede hacer y aquello que no depende de ella. Mantener documentos organizados, conocer las fechas de su proceso, buscar asesoría legal confiable, acudir a las citas correspondientes, conocer sus derechos y preparar un plan familiar para una emergencia son acciones concretas. En cambio, anticipar cuál será una decisión futura de un juez, cuánto demorará una respuesta o qué políticas podrían cambiar dentro de varios meses no está bajo su control.

La diferencia parece sencilla, pero puede ayudar a organizar una preocupación que de otro modo no tiene límites.

Burgos propone un ejercicio similar para trabajar otras emociones relacionadas con la migración: interrogarlas. «¿Por qué me estoy sintiendo culpable? ¿Cuáles son las cosas que me hacen sentir culpable?», plantea. Después recomienda escribir las respuestas para comenzar a ordenar lo que describe como un «rollo» de pensamientos acumulados.

La escritura, la conversación y otras herramientas personales no sustituyen una terapia cuando esta es necesaria. Pero pueden ayudar a reconocer qué está ocurriendo antes de llegar a un punto de mayor malestar.

Informarse sin vivir permanentemente en alerta

En un escenario migratorio cambiante, estar informado es necesario. Sin embargo, pasar gran parte del día pendiente de noticias, videos, rumores, grupos de WhatsApp o publicaciones sobre posibles cambios puede aumentar la sensación de amenaza.

Cada titular comienza entonces a sentirse como una advertencia personal, aunque la información se refiera a otra categoría migratoria o todavía no exista una decisión definitiva.

Una manera de reducir esa sobreexposición es establecer momentos específicos para consultar información, recurrir a fuentes oficiales y organizaciones reconocidas y, cuando se trate de decisiones que pueden afectar su caso particular, buscar orientación legal individualizada.

Reducir el tiempo dedicado a consumir información migratoria no significa ignorar la realidad. Significa intentar que la necesidad de estar informado no se transforme en una vigilancia permanente.

También puede ser útil preparar un plan para situaciones que generan especial temor. En familias con hijos, por ejemplo, saber dónde están los documentos importantes, quién podría hacerse cargo de los niños ante una emergencia, qué personas deben ser contactadas y dónde buscar orientación, puede reducir parte de la sensación de descontrol.

Prepararse para una posibilidad no significa vivir como si esa posibilidad ya hubiera ocurrido.

No poner la vida completamente en pausa

La incertidumbre también puede producir otro efecto: posponer indefinidamente la vida.

«Cuando tenga los papeles empiezo a estudiar». «Cuando se resuelva mi caso buscaré un trabajo mejor». «Cuando tenga una respuesta haré planes».

El problema es que algunos procesos migratorios pueden prolongarse durante meses o años. Si todas las decisiones personales quedan condicionadas a una respuesta futura, la vida puede comenzar a organizarse únicamente alrededor del expediente migratorio.

Elaine Acosta recomienda mantener cierta flexibilidad con el proyecto que motivó la migración. Las metas imaginadas antes de salir pueden necesitar ajustes una vez que la persona conoce las condiciones reales del nuevo país.

Eso puede significar aprender un idioma, estudiar, recuperar una actividad que producía bienestar, construir nuevas relaciones o plantearse objetivos pequeños que puedan cumplirse independientemente del resultado inmediato del proceso migratorio.

No se trata de ignorar el estatus. Se trata de impedir que el estatus se convierta en la única medida con la que una persona evalúa su vida.

Emigrar con hijos: sostenerse mientras intentas sostenerlos

La experiencia adquiere otra dimensión cuando se emigra con niños. Los adultos intentan conseguir estabilidad mientras observan cómo sus hijos atraviesan su propia adaptación.

«Además tienes que estar pendiente de cómo tus propios hijos están experimentando ese duelo migratorio», explicó Acosta.

Los niños y adolescentes también pueden haber dejado familiares, amigos, escuelas, rutinas y espacios conocidos. Dependiendo de la edad y del lugar al que llegan, deben aprender otro idioma, incorporarse a una escuela distinta y construir nuevas relaciones.

Mientras ellos realizan ese proceso, los padres intentan ofrecerles seguridad, aunque todavía no tengan la suya garantizada.

En la encuesta de KFF y The New York Times, el 18 % de los padres inmigrantes dijo que las preocupaciones migratorias habían afectado el bienestar de sus hijos desde enero de 2025. Entre los efectos reportados estaban problemas para dormir o comer, cambios en el desempeño o la asistencia escolar y problemas de comportamiento.

La incertidumbre migratoria, por tanto, no siempre se queda en la persona cuyo nombre aparece en un expediente. Puede extenderse al resto de la familia.

¿Cuándo la tristeza y el miedo necesitan ayuda profesional?

Sentirse triste después de emigrar no significa automáticamente tener depresión. Sentir preocupación ante un proceso migratorio incierto tampoco significa necesariamente padecer un trastorno de ansiedad.

Burgos insiste en diferenciar las emociones asociadas al proceso de adaptación de señales que pueden indicar un problema mayor. Entre ellas menciona una pérdida considerable de energía, falta de deseos de realizar actividades habituales, aislamiento social, cambios importantes en el apetito o la sensación persistente de que las cosas han perdido sentido.

No se trata de autodiagnosticarse, sino de observar cuánto está interfiriendo el malestar con la vida cotidiana.

Si conversar con familiares o amigos, escribir, descansar o utilizar otras estrategias personales deja de ser suficiente, buscar ayuda profesional puede ser el siguiente paso. La terapia no puede decidir un caso migratorio ni eliminar la incertidumbre jurídica, pero sí puede ofrecer herramientas para gestionar el miedo, la culpa, la ansiedad o las experiencias traumáticas mientras la persona atraviesa ese proceso.

La responsabilidad no es únicamente del inmigrante

Buscar ayuda tampoco depende solamente de reconocer que existe un problema. Hay personas que no saben dónde acudir, no tienen seguro médico, enfrentan barreras económicas o lingüísticas o desconocen que existen servicios comunitarios.

Acosta llama la atención precisamente sobre esa responsabilidad colectiva. «No colocar solamente las responsabilidades en las personas que están atravesando el problema», señaló durante la conversación.

Familias, organizaciones, instituciones y medios de comunicación también pueden contribuir acercando información, explicando dónde encontrar recursos y evitando minimizar las emociones de quienes están atravesando momentos difíciles.

Acosta lo resume en una recomendación aparentemente sencilla: «Saber escuchar».

Decirle a alguien «tienes que ser fuerte», «por lo menos estás aquí» o «yo pasé por lo mismo» puede terminar cerrando una conversación que esa persona necesitaba comenzar.

La incertidumbre forma parte de muchos procesos migratorios actuales y no existe una herramienta psicológica capaz de hacer desaparecer una situación legal que todavía no se ha resuelto. Lo que sí puede trabajarse es la manera en que ese miedo ocupa la vida cotidiana: reconocer qué se puede controlar, preparar aquello que sea posible, reducir la sobreexposición a información que aumenta la ansiedad, mantener proyectos personales y buscar acompañamiento cuando el malestar comienza a sobrepasar los recursos propios.

Emigrar no termina cuando se cruza una frontera. Para muchas personas, el viaje continúa durante años entre documentos, decisiones, pérdidas, nuevas relaciones y preguntas todavía sin respuesta. Cuidar la salud mental también forma parte de aprender a vivir durante esa espera.

¿Dónde buscar ayuda?

El costo, el idioma, la falta de seguro de salud y el desconocimiento de los servicios disponibles pueden convertirse en obstáculos para acceder a atención de salud mental. Por eso, elTOQUE recopiló en una guía organizaciones y recursos a los que pueden acudir personas que necesiten orientación o acompañamiento.

Reconocer que algo no está bien no resuelve por sí solo un proceso migratorio, pero puede ser el comienzo para que la incertidumbre no tenga que enfrentarse en soledad.

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