Duelo migratorio: Cuba, el país del no retorno

10 de julio de 2026 a las 04:30 p. m.

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El 2025 fue un año convulso: crisis arrastradas por los efectos poscovid —maldito COVID—, guerras, limitaciones a nivel global en materia de derechos humanos y la entrada de Cuba en uno de sus períodos más oscuros —no pun intended—.

En un plano más personal, menos importante en el panorama geopolítico mundial, 2025 fue el Año de mi Separación. Así lo bauticé, tal como enseñó el castrismo a bautizar los ciclos de 365 días.

El fin de una relación de cinco años, con la que había llegado a Argentina, un país donde solo uno de nosotros había nacido. No era yo, obviamente. Una amiga, medio bruja, dice que «2025, en numerología, fue un año 9: de cierres y rupturas, obvio», y que 2026 es año 1; por lo tanto, va a ser mucho mejor. Esperemos.

Pero 2025 no solo fue el Año de mi Separación, sino el año en que más cubana me sentí. Volví a la salsa, al reparto, a los platos que había dejado de cocinar, a la poesía nacional, a los colores en la ropa y a los pañuelos en la cabeza. Intenté recuperar palabras del vernáculo cubano o, al menos, integrarlas en mi día a día.

En 2025 me molestó, más que nunca, que me confundieran con argentina. En 2025 extrañé más que nunca la isla que había dejado hacía ocho años. Una extrañitis que se mezcló con tristeza, vacío y una soledad que me costó mucho llenar. Me sentía cansada, muy cansada.

En otro momento de mi vida —una Cuba antes de 2018—, una separación significaba un regreso temporal a la casa de mi madre. Un mínimo de tres semanas de catarsis, en un hogar compartido con, al menos, cinco personas de nuestro núcleo familiar. Tiempo suficiente para recibir consejos necesarios e innecesarios. Una combinación entre amor y hartazgo que sirviera como aparato impulsor para buscar renta con otros amigos. De nuevo: eran otros tiempos. Pero no estamos en 2018, yo no estoy en Cuba y hoy mi madre vive en otro huso horario.

En una búsqueda fugaz para sanar el mejunje de emociones, hablé con otros amigos de la diáspora y revisité textos de autores que admiro. Recomiendo mucho Miami es el mes más cruel, de Legna Rodríguez, y L’Étranger, de Raúl Reyes Mancebo, ambos publicados en El Estornudo.

Parece ser que Zuckerberg y todos los demonios escucharon atentos mis lloriqueos, porque un día —de la nada— apareció en mi feed de Instagram el video de Valentina González, psicóloga clínica chilena radicada en Barcelona. Valentina, sentada en lo que podría ser la sala de su casa, con una cámara en plano medio, hablaba de cómo una ruptura durante el proceso migratorio agudiza la falta de pertenencia, el vacío y la carencia de apoyo.

«Comenzar con un duelo amoroso nos suele conectar con el duelo migratorio (...), cuando esta relación se termina es como si volviéramos a perder nuestro hogar», decía.

Dos cosas me quedaron de ese material: reconstruir la estructura familiar a partir de la relación con una misma —algo bastante difícil: yo me conozco, soy insoportable— y el concepto «duelo migratorio».

Al video de Valentina le siguieron otros posteos sugeridos: «cómo curar el duelo migratorio»; «tres cosas que deberías saber del duelo migratorio».

La verdad, no recuerdo haber transitado el llamado «duelo migratorio». ¿Pasó por mí y no me enteré? Y, en caso contrario, si no lo experimenté a mi llegada a Argentina, ¿por qué ahora? ¿Por qué cinco años después?

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Tamara es una psicóloga cubana, residente en la isla, que en los últimos años ha atendido a cubanos en la diáspora. Asegura que, desde su experiencia, la búsqueda de ayuda profesional en el campo de la psicología clínica no suele comenzar con el duelo migratorio, sino que llega después de una experiencia traumática —sea cual sea—.

«Hay muchas personas que llegan después de un proceso de separación, o en el momento de tomar la decisión. Es una ruptura que se desarrolla en el contexto de “yo migré con esta persona y ahora tengo que separarme”, con todo lo que eso implica. O “yo vine con alguien y ahora me voy a quedar sola en este espacio”. A veces vienen por otras pérdidas», señala la especialista.  

«Los pacientes no suelen decir: “vengo a hablar porque la estoy pasando mal en mi proceso migratorio”. La gente viene porque le están pasando cosas. Tiene dificultades de concentración. A veces es más explícito: “No me estoy adaptando al lugar en el que estoy”, o directamente: “Me siento solo”».

La respuesta de Tamara coincide con algo que, poco antes, me había dicho una amiga exiliada en Europa, cuando le pregunté si, tras llegar a su país de acogida, había acudido al psicólogo.

Sí —me dijo—. Pero no por duelo migratorio, sino para curar la persecución política vivida; no para curar lo que estaba viviendo en el nuevo mundo que habitaba.

En su primer año no tuvo tiempo para pensar: se estaba adaptando a todo y extrañó mucho. Llegó a extrañar aquello con lo que nunca había conectado en Cuba: desde los mangos hasta el reggaetón. «El reparto entró en mi vida de manera colosal», afirma.

Coincido. Legna Rodríguez habla de cómo los primeros 24 meses de migración «son los peores de este mundo». En su texto Miami es el mes más cruel, incluso, describe antojos de fin de año: puerco asado, discos de guayaba con queso, ensalada de lechuga y tomate, yuca con mojo.

«Uno insiste en pensar aunque no deba pensar. Los seres humanos piensan», escribe Legna.

¿Qué es el duelo migratorio?, le pregunto a un segundo amigo, residente en México. Me contesta por audio de WhatsApp sin tapujos: está tan ocupado con los trámites migratorios que no puede ni siquiera pensar en «eso», el duelo. 

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Hedels González Bermúdez, psicóloga cubana especializada en migración, describe el duelo migratorio como un duelo múltiple.

«Es un duelo parcial, recurrente y muy complejo, porque implica varias pérdidas a la vez. No estamos perdiendo una sola cosa —como cuando perdemos a una persona—, sino múltiples áreas de la vida».

Hedels, quien tiene una página en Instagram, Emigrar hacia dentro, habla de una pérdida que atraviesa tantos aspectos de la vida cotidiana, como la lengua. No solo el idioma, sino la forma en que nos expresamos: cómo nos entienden y cómo nos hacemos entender.

El duelo migratorio no tiene fecha de inicio ni fecha de caducidad. Puede aparecer un año, cinco, diez o 20 años después del viaje… pero la búsqueda o el pedido inicial de ayuda tiende a llegar tras una o varias experiencias traumáticas.

Tamara comenzó a atender de forma virtual a miembros de la diáspora cubana en 2020, en plena pandemia de COVID-19. Hasta entonces, su carrera estaba centrada en la psicología educativa y social, pero durante la cuarentena los niveles de demanda fueron tan altos que tanto ella como otros profesionales tuvieron que desempolvar libros y reencontrarse con la psicología clínica. También con modalidades que desafiaban lo tradicional —las citas «cara a cara»—. El formato pasó a ser virtual, con una intensidad que no había experimentado antes y en un país donde la práctica, fuera del aparato institucional, es ilegal.

Todo comenzó cuando una conocida que vivía en Alemania le escribió: una «socia» se sentía mal y necesitaba ayuda.

«Esta persona venía con las pequeñas dolencias que uno tiene en la vida. Pero el centro del asunto era que se trataba de una persona migrante, en un país con otro idioma y donde no podía encontrar a alguien con quien se sintiera cómoda para hablar», explica Tamara.

Como «efecto bola de nieve» —una persona recomienda a otra—, Tamara terminó con una base de pacientes cuyo punto en común es ser migrantes regados por el mundo.

«Hay personas en Alemania, España, Austria, Finlandia… en los lugares más insólitos que te puedas imaginar. Y básicamente vienen porque, aunque tengan otros problemas, la cualidad de ser migrante es el elemento fundamental. Y porque, entre otras cosas, se les desintegra la red de apoyo. La mayoría anda con redes muy flojas o cargando muchos dolores al mismo tiempo».

«Hay personas que te dicen: “Yo no sé llorar en otro idioma que no sea en español”».

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El fantasma de la precariedad ha atravesado el país mano a mano con el de la migración. En 2024, el economista y demógrafo cubano Juan Carlos Albizu-Campos indicó una caída del 18 % de la población de la isla. Hedels y Tamara afirman que ese contexto impacta de forma directa en la salud mental, no solo de quienes se van, sino también de quienes se quedan.

«La mayor parte de la gente que se va de Cuba en este momento —no te puedo hablar de otros períodos— siente que está siendo forzada a irse. Es decir, sí, hay un deseo, pero no se trata de “quiero vivir en otro país”, sino de “no puedo vivir en el mío”», explica Tamara. 

Un desgarramiento capaz de compararse con un proceso de desplazamiento forzado. 

Por una parte está el llamado «golpe de realidad»: cuando estás en el nuevo lugar, hay un ajuste de expectativas muy grande entre lo que pensabas que iba a ser la vida y lo que está siendo en realidad. Por otro lado, está el duelo por el país que se dejó, por el espacio conocido, por la vida que ya no es posible. El duelo por el país del no retorno, porque Cuba se ha convertido en un país del cual, si se logra salir, es poco probable volver. 

«Cuando me dicen, por ejemplo: “Estoy esperando los papeles en España”, ahí aparecen dos caminos: si me los dan, bien; y si no me los dan, asumo que voy a estar ilegal, que voy a vivir en condiciones precarias durante mucho tiempo. Pero nunca aparece la posibilidad de regresar», señala Tamara. Incluso así, la especialista reconoce una diferencia entre el «no poder regresar por falta de dinero» —por ejemplo— y el «no poder regresar porque hacerlo implica un peligro». Dentro de los movimientos forzados están quienes han salido al exilio bajo presión o represión política, así como quienes hoy no pueden volver a la isla por temor a represalias, vigilancia o impedimentos de entrada. Se trata de experiencias profundamente traumáticas.

«Hay dos elementos que agravan la condición de quienes están en situación de exilio. El primero —probablemente del que menos se habla— tiene que ver con qué significa el exilio: cuáles son las condiciones en las que llega una persona que ha tenido que salir de manera forzada de su país y cuáles son las condiciones en las que reside en el nuevo. Personas que arriban a países muy complejos y tienen que lidiar con condiciones económicas y de convivencia muy duras, en condiciones en las que ningún ser humano quisiera estar», agrega. 

«Y el segundo elemento de complicación —que casi te diría que debería ir primero— es todo el estrés que genera lo que sucedió en Cuba antes de tener que irse. Cuando el exilio es la única alternativa en una situación límite —o una alternativa impuesta—, la salud mental con la que llegas al otro lado es una salud mental resentida por experiencias traumáticas. Y luego tienes que vivir el trauma de la migración, de una migración forzada, y adaptarte a las condiciones que haya, porque sabes que no puedes ir en contra».

Hedels, quien dedica gran parte de su contenido en redes a abordar estos temas, coincide.

«El duelo migratorio en los cubanos hoy no se puede entender solo como “emigré” o “me fui de mi país”. Es la experiencia de salir de un lugar que no garantiza un retorno digno. Y eso marca profundamente cómo se vive el proceso. No es lo mismo enfrentar una situación sabiendo que existe una alternativa viable, sostenible y medianamente digna para volver, que cuando esa alternativa de retorno te coloca en una situación de mucha vulnerabilidad». 

A lo anterior, la especialista cubana con base en España le agrega otro factor: la culpa.

«La culpa migratoria aparece muy fuerte, junto con la necesidad de éxito. La idea de que migrar tiene que salir de una manera determinada, —salir bien sí o sí—, que las cosas tienen que funcionar. Esta presión convierte la adaptación en una carrera constante de rendimiento. No permite vivir el proceso como es, desde otros puntos que no sean únicamente la superación».

Hedels describe otros aspectos que también entran en coalición: ansiedad anticipatoria —todo lo que pueda pasar con la familia que se quedó—, pérdida de estatus, sobreadaptación conductual —tolerar condiciones injustas, de maltrato o de precariedad— y la sensación de no merecer descansar o disfrutar porque de alguna manera siguen atrapados en lo que sucede en Cuba. 

En el orden de lo práctico, el duelo migratorio se asocia con experiencias de ansiedad, pérdida de sentido, cuestionamiento identitario, soledad y desarraigo. Hay un conjunto de vivencias que se repiten, y otras que se acercan más a lo clásico de un proceso de duelo. 

«La gente viene porque no puede gestionar la ansiedad, una ansiedad que tiene que ver con la inmensidad del proceso de adaptación, con el reajuste. Básicamente, la razón es: “No puedo gestionar la ansiedad que estoy sintiendo” o “estoy agotado”», me comenta Tamara.

Ello aplica también a quienes se quedan atrás. En el poema Carta a Rubén, Rafael Alcides escribe:

Y así, con anillos de diamantes

o martillo en la mano,

todos los de acá

somos exiliados. Todos.

Los que se fueron

y los que se quedaron

Porque sí, Cuba es un país atravesado por la figura de la migración, incluso para quienes permanecen dentro de la isla: una persona que no se ha movido, pero experimenta el desarraigo, la pérdida y el desajuste de la vida como si se hubiera ido, porque la realidad y el contexto han cambiado de tal manera que ese ya no es el lugar donde vivía.

Para Tamara es imprescindible hablar del duelo migratorio dentro de Cuba y formar profesionales que puedan acompañar tanto a quienes se van como a quienes se quedan. Como diría Alcides, «los que, medio muertos, hemos visto partir el avión —sin saber si volverá ni si estaríamos entonces—».

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Tanto Tamara como Hedels han encontrado algunas pautas demográficas entre quienes buscan ayuda en los últimos años. La población que hoy más frecuenta las consultas son adultos jóvenes.

«Las personas adultas, especialmente mayores de 45 o 50 años, tienden a sostener el malestar desde la idea de la resignación. El discurso suele estar muy atravesado por el “tienes que aguantar” y “esto es lo que nos tocó”», detalla Hedels. «Suelen buscar ayuda recién cuando aparecen síntomas físicos: insomnio crónico, crisis de ansiedad, conflictos familiares que ya desbordan. Y muchas veces llegan a la consulta traídos o recomendados por los hijos».

Algo similar ocurre con las masculinidades: llegan cuando los síntomas son más intensos y el malestar interfiere con la funcionalidad cotidiana.

Ambas especialistas coinciden en que las mujeres tienden a ser más receptivas a la hora de pedir ayuda. No porque sufran más, sino porque culturalmente se les ha cargado la responsabilidad de sostener. La migrante cubana suele cargar con la articulación de muchas redes: el apoyo a quienes se quedaron, el cuidado de mayores o de niños, la contención emocional de la familia y las amistades.

«Hay mucho miedo hoy a las deportaciones, a perder el estatus migratorio. Eso hace que el sistema nervioso viva en constante alerta. Se suma también la precariedad laboral: trabajos por debajo de la cualificación, salarios muy bajos, jornadas abusivas, personas trabajando sin la protección laboral necesaria (...). Cuando esas condiciones se sostienen en el tiempo, no solo producen un desgaste diario, sino también consecuencias a largo plazo en la salud de las personas», agrega Hedels.

La especialista, residente en España, sostiene que la migración impacta en la salud mental no solo a nivel individual, sino también colectivo y nacional. Un proceso que puede llegar a romper los roles más tradicionales dentro de las familias: abuelos que cuidan a sus nietos porque los padres migraron, hijos que asumen responsabilidades tempranas y parejas divididas. «La diáspora funciona como un actor económico, político y emocional, pero también como una comunidad que intenta sostener lazos, narrativas y formas de pertenencia. La migración ya no es solo una experiencia individual: se ha convertido en parte constitutiva de nuestra identidad».

«Pasar de ser cubano dentro de Cuba a ser cubano fuera de Cuba implica, muchas veces, cuestionarse y renegociar con uno mismo: qué cosas siguen siendo propias, cuáles cambian, qué valores, costumbres y códigos relacionales se sostienen. El reto psicológico no es “soltar” —no hay nada que soltar si no se quiere—, sino construir una identidad más grande y más compleja, que no renuncie a las raíces ni a lo que no se desea abandonar, pero que tampoco quede atrapada únicamente en la nostalgia. Ahí está un límite clave», comenta Hedels.

«Los cubanos nunca son tan cubanos como cuando están fuera de la isla», exclamó un amigo meses antes de mi salida de Cuba. ¿Será que el poeta Cintio Vitier tenía alguna razón cuando describió la distancia como el lugar donde surgía el mito de la isla?

Me remito a L’Étranger, de Raúl Reyes Mancebo, donde sin tapujos dice: «Cuba y yo estuvimos destinados desde siempre a separarnos en algún momento» y, un par de párrafos después, llora cuando un amigo canadiense hizo un viaje de peregrinación a la isla y le trajo de regalo «una foto en el Obelisco y un refresco Piñata».

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En el orden de lo práctico, Tamara sabe que no todo migrante puede permitirse pagar una terapia. Es una minoría; es un lujo, un privilegio. La otra alternativa, cuando no se recibe ayuda psicológica profesional, es contar con una red de apoyo capaz de acompañar. No obstante, advierte que las redes sociales, sobre todo, han ayudado a crear falsas narrativas sobre qué es lo que se resuelve o se sana cuando uno va a terapia.

«A mí me gusta decir siempre que nosotros tenemos un superpoder: la posibilidad conjunta de organizar información. Todas las personas tenemos un “potaje mental” en la cabeza, ideas que muchas veces nos cuesta poner en perspectiva. Cuando tienes un espacio seguro y tranquilo, donde hay otro que te ayuda a poner en orden esas ideas, tienes un 50 % del problema resuelto».

«La otra parte, tiene que ver con algo más: cuando una persona decide ir a terapia, muchas veces empieza hablando de lo que le duele. Pero hay un momento en que hace un alto y dice: “Bueno, ya no solo elijo hablar de lo que me duele; ahora, con eso que estoy entendiendo, quiero hacer algo diferente”. Ahí el terapeuta acompaña ese proceso de hacer. No es solo “te agarro la mano mientras hablas”, sino acompañar el ejercicio de analizar, de moverse, de tomar decisiones».

El espacio terapéutico no es lineal ni tiene un efecto inmediato y directo en la vida cotidiana.

«La terapia es un espacio donde puedes procesar la información, tomar decisiones y empezar a moverte en una dirección (...). Yo creo que la razón fundamental para ir a terapia, si puedes, es no tener que inmolarse sola o solo. Si existe la posibilidad de buscar ayuda, vale la pena hacerlo», explica Tamara.

En cualquier caso, señala que sí se puede hablar de un cierre del duelo migratorio. Un cierre que llega después de un momento de aceptación y adaptación, cuando la persona ya tiene una vida construida; cuando empieza a experimentar esa sensación de haber llegado a casa, aunque siempre quede una marca.

«Porque, como en todo proceso de duelo, nadie que ha vivido una pérdida olvida completamente esa pérdida», agrega.

«El otro día escuché una metáfora espectacular: cuando uno vive una pérdida significativa —y esto aplica también al duelo migratorio— es como si se creara un agujero. La expectativa suele ser que ese agujero desaparezca, que deje de doler. Pero ese dolor no desaparece. En realidad, lo que pasa con el tiempo es que el agujero sigue siendo exactamente del mismo tamaño, pero lo que crece es el espacio a su alrededor. Al principio, la vida gira solamente alrededor de ese dolor: es lo único que hay. Y de pronto la vida empieza a hacerse más grande, empieza a complejizarse, y aparecen muchas cosas, de muchos colores. El agujero sigue ahí, pero la vida es mucho más grande que él».

Parecería entonces que el duelo migratorio no es un castigo, sino una respuesta adaptativa a tener que reconstruirse en un espacio nuevo —sin tener que compensar ni demostrar nada—. El duelo migratorio quizá llega para recordarnos que tenemos que ser compasivos con nosotros mismos.

Yo vengo de una Isla maldita

donde la deserción se castiga

con nostalgia perpetua

Millones de ambas deambulan por el mundo

en busca de patria

—Dicen que estamos todos locos y no encuentran la cura.




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