¿Cómo se construye un «tocador de calderos automático»? Esto nos contó su creador

2 de abril de 2026 a las 02:00 p. m.

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El domingo 29 de marzo de 2026 José* envió a elTOQUE, desde el municipio Playa, en La Habana, un video inusual de unos escasos 15 segundos en el que el viento hacía sonar unas latas o cazuelas. Se trataba de su más reciente invento: un «tocador de calderos automático». Con una pequeña brisa, el artefacto, ubicado en el techo de una vivienda, comenzaba a emitir un ruido similar al de los numerosos cacerolazos por la falta de electricidad que ocurrieron en la capital cubana durante ese mes.

Explicó que el bloque 2, en el que vive, es uno de los más afectados por los prolongados apagones, pero los vecinos no salen a las calles, no prenden candela, ni se quejan. «Por eso nos quitan la corriente más que a nadie», advirtió. Para llamar la atención sobre el problema, creó el aditamento que, según comentó, parece que molesta más a sus vecinos que los cortes eléctricos.

Su ingenio no sólo se viralizó en las redes sociales de elTOQUE con más de 800 000 reproducciones en Facebook y miles de comentarios, también fue replicado por otros medios de prensa independientes como CubitaNow y CiberCuba

Asombrado por la acogida de su invento, José aceptó responder algunas preguntas sobre lo que lo motivó a crear el tocador de calderos.

Comenta que se trata de un instrumento de protesta anónima y automatizada, que impide que la policía identifique el origen del ruido. Solo el viento es el «culpable».

Con su artefacto quiere dirigirse al que lleva 20 horas sin electricidad en su casa, al que abrió el refrigerador y encontró la comida podrida, al cubano que tiene a sus niños sudando en la oscuridad y preguntando cuándo vendrá la luz para hacer la tarea.

«Vivo en Playa. Sí, en uno de esos barrios donde la gente tiene carro, casa bonita, aire acondicionado. ¿Y sabes qué hacen cuando se va la corriente? Nada. Cierran la puerta,se quejan en el grupo de WhatsApp de los vecinos y se acuestan a sudar en silencio», denuncia.

Sus vecinos tienen miedo a perder lo poco que tienen, a que el Gobierno les quite las casas que heredaron, a que los apresen por desorden público o cualquier otro delito fabricado, pero José alerta: «el que tiene miedo de perder cosas, ya lo perdió todo; porque la dignidad no se compra con dinero ni se hereda, se demuestra».

Su barrio no es uno de los que menos horas de electricidad tiene en La Habana porque el transformador esté roto, sino por el miedo de la gente que prefiere dormir cuatro horas con luz, antes que protestar para tenerla durante 24 horas.

«El Estado sabe esto. Nos dan migajas de corriente porque saben que no vamos a hacer ruido. Mientras tanto, se robaron el petróleo que Venezuela nos regalaba. Los impuestos que pagamos se los comieron los dirigentes obesos. Y la única forma de que sientan algo —de que les duela de verdad— es cuando el pueblo se une y hace ruido», cuenta.

Por el miedo que el Gobierno le tiene a los cacerolazos, a que los vecinos se levanten en su contra, José creó el tocador. Para construirlo no hace falta ser ingeniero ni tener herramientas caras. Usó materiales que pueden encontrarse en cualquier casa cubana: 

  • Cinco viejas placas de radiografía (entre 30 y 40 cm de largo cada una), de las que entregan en el hospital y nadie sabe luego qué hacer con ellas.
  • Cinco latas de leche condensada vacías u otras de tamaño similar, lo importante es que hagan ruido. Pueden funcionar también sartenes, cazuelas y jarras.
  • Un poco de alambre (aproximadamente 3 metros), del que se usa para amarrar cabillas y se encuentra botado en cualquier lugar.
  • Una chapa o algo que gire con el viento como veleta. Puede ser de acrílico o zinc.
  • Una base firme (50 x 50 cm abajo y 1 metro de alto). Puede construirse con una madera vieja, un pedazo de tubo o cualquier otro material que sirva para montarlo.

¿Cómo armarlo? Se cuelgan, de la base vertical fija, los cinco rehiletes de placa de radiografía, uno al lado del otro, como si fueran campanas de una iglesia. A cada uno se le amarra una lata de leche, jarro o cacharro; separados unos 10 cm entre sí y con una tuerquita atada a la parte trasera que golpee las latas. El alambre los mantiene juntos y les da el balance. Arriba, se coloca la veleta, lo que hace que gire hacia donde sople el viento. Se monta en la azotea, en el portal, en el balcón o en cualquier sitio en el que corra la brisa.

«Y entonces pasa la magia. El viento sopla. La veleta gira. Los rehiletes se mueven y golpean las latas: clac, clac, clac, clac, clac… Suena como si hubiera 50 personas en tu techo haciendo un cacerolazo. Suena como una multitud. Suena como el pueblo despertando. Y lo mejor: tú no estás ahí. El viento es el "culpable"», cuenta. 

Dice que la policía puede subir a la azotea y solo encontrará «un invento ridículo de latas y radiografías». No pueden arrestar a un ciudadano por «dejar que el viento haga ruido». No hay ley contra eso. Todavía, cree.

A la pregunta de qué pretende lograr con su artefacto, José responde que quiere conseguir que el vecino de al lado se asome a la ventana y se pregunte «¿qué coño es eso?», que el vecino del fondo se anime y saque su cazuela porque si hay ruido en la azotea de enfrente él también lo hará y quizá también logre que, por efecto dominó, los del barrio contiguo se sumen a la protesta.

«Uno empieza, el otro sigue y, de repente, la policía no sabe a quién meter preso porque son cien, son mil, es todo el barrio haciendo ruido», así sueña José y está convencido de que es necesario hacerse escuchar porque la libertad no se pide, se toca con un caldero.


*Se ha utilizado un nombre ficticio para proteger la identidad del entrevistado.

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