Conducir a oscuras: crece el riesgo en las calles cubanas entre apagones y precariedad del transporte

8 de abril de 2026 a las 10:30 a. m.

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Foto: elToque

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La noche del 28 de marzo de 2026 se estremeció de pronto una esquina de La Habana: un automóvil impactó un triciclo eléctrico y un bicitaxi en San Lázaro y Lealtad. «Todos estábamos alrededor del primer choque cuando escuchamos un fuerte ruido como si hubiera pasado un derrumbe», cuenta Rafael, testigo presencial, quien se encontraba frente a otro accidente entre un carro y un triciclo que había ocurrido minutos antes a una cuadra de allí. En este último no hubo lesionados; en el otro, hubo dos muertos.

Esta escena se repite con frecuencia en distintas ciudades del país, donde los constantes cortes eléctricos han redefinido también las condiciones de la seguridad vial. En ese contexto, conducir —o simplemente transitar— se ha vuelto más riesgoso. La falta de iluminación pública y de señalización visible convierte calles y carreteras en zonas de alta incertidumbre, especialmente en horario nocturno.

A esta situación se suma la crisis estructural del transporte. La disminución del parque estatal y la irregularidad del servicio, además de la escasez de combustible, han empujado a miles de personas hacia soluciones alternativas: motos, triciclos eléctricos y vehículos particulares adaptados. Este cambio en la composición del tráfico ha incrementado la vulnerabilidad en las vías, al multiplicarse los actores menos protegidos y, en muchos casos, menos experimentados.

Las cifras más recientes confirman el deterioro del escenario. En 2025 se registraron más de 7500 accidentes de tránsito en el país, una cifra similar a la del año anterior. Sin embargo, el dato más alarmante es el aumento de la letalidad: unas 750 personas fallecieron, lo que representa un crecimiento superior al 18 % respecto a 2024. Es decir, no necesariamente ocurren más accidentes, pero sí resultan más graves.

Las estadísticas oficiales apuntan al factor humano como causa principal en más del 70 % de los siniestros, con énfasis en la falta de atención, el irrespeto al derecho de vía y el exceso de velocidad. No obstante, expertos han advertido desde hace años que este enfoque resulta insuficiente si no se consideran las condiciones materiales en que se produce la conducción: carreteras deterioradas, señalización deficiente y un parque automotor con décadas de explotación y escaso mantenimiento.

Los apagones introducen un elemento adicional de riesgo. La pérdida de visibilidad reduce el tiempo de reacción y dificulta la percepción de obstáculos, peatones o vehículos sin luces adecuadas. En muchas intersecciones de las carreteras y calles cubanas, la ausencia de semáforos operativos obliga a improvisar reglas de paso, lo que incrementa la probabilidad de colisiones.

«Es un peligro manejar de noche en muchos puntos de la ciudad», dice Alfredo, chofer de poca experiencia que a veces tiene que salir en horario nocturno para trasladar a un familiar enfermo en La Habana. «Los semáforos pocas veces funcionan y en ciertos cruces la gente pasa a la carrera. No puedo contarte la cantidad de veces que casi he tenido un accidente, no importa si es de día o de noche», concluye.

En paralelo, el auge de motos y triciclos —que ya intervienen en una proporción significativa de los accidentes— añade presión sobre un sistema vial poco adaptado a este tipo de movilidad. La falta de carriles diferenciados, la escasa cultura de convivencia entre conductores y la limitada protección de estos vehículos elevan el riesgo de lesiones graves o fatales.

Así, la seguridad vial en Cuba se configura hoy como un problema atravesado por múltiples factores. No se trata únicamente de disciplina al volante, sino de un entorno marcado por carencias estructurales que condicionan el comportamiento en la vía. La combinación de apagones, transporte deficitario y precarización técnica del parque vehicular está redefiniendo los patrones de riesgo.

«Desde esa noche siento miedo de caminar por San Lázaro a esa hora en apagón», añadió Rafael quien, como sus vecinos del barrio centrohabanero, corrió al enterarse de lo sucedido a finales de marzo entre San Lázaro y Lealtad. Intentó ayudar en lo que podía después del accidente, pero el daño ya estaba hecho.

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