Romina Ruiz-Goiriena, finalista del premio Pulitzer y una de las editoras ejecutivas de USA Today, viajó en junio de 2026 a La Habana para entrevistar a Raúl Guillermo Rodríguez Castro. Mitad cubana, mitad judía, educada en Harvard, supo que quería ser periodista cuando vio la caída del muro de Berlín en televisión. «Puedo lanzarme en paracaídas a cualquier lugar», es uno de sus lemas. No fue necesario. En Cuba se le abrieron todas las puertas, pero ninguna tan extraña como la de la antigua oficina de Raúl Castro.
La oportunidad era «rara y exclusiva», dijo Ruiz-Goiriena al volver a Estados Unidos. Le costó a USA Today semanas de negociaciones con La Habana. «Nos reunimos en la oficina que alguna vez fue de Raúl Castro», añadió. «La oficina ahora es de él».
Están en la planta alta del Palacio de las Convenciones, donde sesiona el Parlamento cubano. Hay un sillón forrado en cuero, un escritorio, la pared cubierta de tablones barnizados, cuadros, figuritas y fotografías. Según Ruiz-Goiriena, también hay un teléfono fijo. Los cubanos conocen el lugar. Desde allí, la noche del 25 de noviembre de 2016, el entonces octogenario general anunció la muerte de su hermano Fidel Castro.
Ruiz-Goiriena, que conoce bien los ambientes de la Guerra Fría, pensó que había viajado en el tiempo a 1984. Pero La Habana de 2026 puede ser igual de orwelliana y soviética, aunque El Cangrejo —se sorprendió la periodista— desentona con la austeridad del sitio. Musculoso, obsesionado con el gimnasio, capaz de levantar pesas en un avión, un Raúl Guillermo de 42 años recibió a USA Today vestido con un pulóver Hugo Boss y unas zapatillas Hermès. Su voz le recordó por alguna razón a la de Fidel.
«Es el Pete Hegseth cubano», le dijo a Ruiz-Goiriena alguien del entorno de El Cangrejo. La persona que lo comparó con el halcón de Donald Trump no quiso revelar su nombre por discreción o por miedo. ¿Pero miedo por qué? Si El Cangrejo tuviera que ser comparado con algún miembro del gabinete republicano, Hegseth sería la elección obvia. El secretario de Guerra también vive obsesionado con su cuerpo, promete incondicionalidad a un líder anciano y espera —no siempre de forma paciente— que le den más poder. Raúl Guillermo tiene que haberse sentido orgulloso del apelativo cuando leyó la entrevista.
El Cangrejo hace esperar a Ruiz-Goiriena: tiene que atender una llamada de Raúl, el viejo dueño de la oficina, de quien es «el nieto predilecto, la mano derecha». Es la llamada diaria para que Raúl Guillermo reporte. Las iniciales de Raúl, RCR, y las de Fidel, FCR, están grabadas sobre una especie de chapa militar que cuelga de su cadena de oro.

AP/Ramón Espinosa
Ruiz-Goiriena describe a Raúl Guillermo con un tecnicismo diplomático. El hombre que tiene delante es un back-channel operator, un interlocutor tras bambalinas. Con mucho poder pero sin cargos, aunque en un punto de la entrevista admite que se está encargando de supervisar la seguridad personal de los líderes cubanos, incluido —y así lo llama— «Miguelito», con quien dice estar en sintonía.
Lo más interesante de la entrevista no es lo que El Cangrejo dice, sino lo que hace y dónde lo hace. Su silueta tosca, acostumbrada a posar discretamente detrás de su abuelo general, lleva semanas amenazando con ocupar el primer plano en cualquier posible negociación con Trump. ¿Por qué? ¿Por qué ahora? ¿Por qué él, un mero guardaespaldas de la «Revolución», sin cargos ni perfil público?
Es la primera vez que Raúl Guillermo habla con un medio estadounidense, pero no la primera vez que habla. Además de su encuentro con Marco Rubio en San Cristóbal en febrero de 2026, sostuvo una reunión con el candidato republicano a congresista Vic Mellor —registrado como agente del Gobierno cubano en el Departamento de Justicia de Estados Unidos el pasado 16 de junio— y concedió una entrevista al medio emiratí The National News, junto al viceministro de Comercio Exterior, Carlos Méndez.
La conversación con Ruiz-Goiriena no careció de consignas («Si la Revolución necesita que dé el paso al frente, estoy dispuesto») ni de sentimentalismo acartonado («¿Usted es creyente? Si hay algo en lo que yo creo es en estos dos hombres», Fidel y Raúl). Dice que el régimen está dispuesto a liberar a las personas «consideradas presos políticos», aunque su abuelo y demás acólitos nieguen que en la isla haya prisioneros de conciencia. ¿En Cuba los hay? Raúl Guillermo no lo niega ni lo afirma, porque «la verdad no es absoluta».
Hay más frases indignantes: «Me duele que la mayoría de la gente no viva como yo». Hay mentiras descaradas: «Nunca me ha interesado la política». Y mucha gesticulación ante Estados Unidos: «Puedo negociar con cualquiera… si se da la oportunidad, claro que con Trump».
El Cangrejo acaba de ser padre por tercera vez, revela Ruiz-Goiriena. Tiene dos hijas de otros dos matrimonios, pero su esposa actual, la modelo Sheila Mariño, acaba de darle un niño. Se llama Raúl Alberto, por su abuelo y por su padre, el general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, el hombre que manejaba los hilos del conglomerado militar Gaesa.
En pleno ascenso político —su nombre comenzaba a mencionarse con más frecuencia en la esfera pública—, López-Calleja murió inesperadamente de un infarto en 2022. Lo sucedió al frente de Gaesa Ania Guillermina Lastre, quien ha acompañado a El Cangrejo en al menos uno de sus 23 viajes a Panamá para hacer negocios de los que poco se sabe. Desde la muerte de su padre, Raúl Guillermo, educado en los Camilitos para ser guardaespaldas, ha adquirido más visibilidad en el escenario político.
Cuando le preguntan por su rol en Gaesa, El Cangrejo tampoco puede proporcionar un título o un cargo. Dice que se dedica a «apoyar» al monopolio.
Su vocación, si se le puede llamar así, es otra. «¿Usted ha visto a los guardaespaldas y a los agentes de seguridad personal?», le pregunta El Cangrejo a Ruiz-Goiriena. «Desde que yo era niño me encantan. Es todo lo que he querido ser».
USA Today asegura lo que todos en La Habana dicen: Raúl Guillermo es el «avatar» de su abuelo Raúl, su doble. Acostumbrado al segundo lugar, le toca ahora ser el primero. Es una suerte de trauma familiar con resonancias bíblicas. Si los últimos serán los primeros, en la Cuba de Raúl Castro es su familia —y los miembros más inesperados de su familia— la que tiene que ostentar el poder.
Nadie en Cuba hubiera imaginado a El Cangrejo en una negociación internacional o conversando con un secretario de Estado. Tenía fama de matón —la sigue teniendo— y lo poco que se sabía de él era que se había convertido en una especie de Sonny Corleone: violento, vividor, mujeriego, negociante. Es coronel del Ministerio del Interior. Por Ruiz-Goiriena nos enteramos de que se levanta de madrugada a leer informes de inteligencia que guarda en un maletín diseñado por Salvatore Ferragamo.
Su entrenamiento diplomático, por llamarlo de alguna manera, ha sido impartido exclusivamente por Raúl. Gracias al abuelo ha viajado por el mundo. Le gusta el romanticismo de París —anota Ruiz-Goiriena—, la alta cocina, lo vibrante que es Nueva York de noche, lo emocionante que es un juego de pelota de los Yankees desde la zona más privilegiada del estadio, lo maravilloso que es el foie gras.
La antigua oficina de Raúl Castro no puede contener a El Cangrejo por mucho tiempo. Enseguida sale con Ruiz-Goiriena a pasear por La Habana, rumbo a su restaurante, El Antojo. Cuando escriba su texto, la periodista subrayará que está paseando junto a una suerte de playboy reconvertido en padre de familia. Conocía sus videos bailando —«de forma sugerente», afirma con elegancia la periodista— con Gente de Zona en Varadero. Hay que cuidarse.
Lo que ve Ruiz-Goiriena dentro del salón para fumar de El Antojo —el reverso simbólico de la oficina de Raúl Castro— es el resumen de lo que El Cangrejo es. El nieto predilecto come chicharrones con vino tinto de California. Se comporta como un chulo con sus camareras. Los amigotes vienen y él los llama «mi sangre, mi hermano». La gente deja lo que está haciendo y lo mira. Acaba cantando una canción de Nicky Jam. A capela, insiste la periodista. Alrededor de El Antojo, La Habana está en apagón.
Su ropa y sus joyas se la regalan los «amigos y admiradores», una respuesta similar a la que dio su primo influencer, Sandro Castro, tras el primero de los muchos escándalos que ha protagonizado desde 2021. A las puertas de El Antojo, El Cangrejo le confiesa a Ruiz-Goiriena que no tiene patrimonio personal.
Hay otra cosa que tiene, sin embargo, segura. Él es el hombre idóneo para negociar con Trump. Ya ha hecho los contactos, tanto en La Habana como en Washington. La Administración de Donald Trump ni siquiera lo ha sancionado, como sí ha hecho con otros miembros de su familia, ahí está su tío Alejandro Castro Espín. Solo él es capaz de unificar las facciones del poder en Cuba. ¿Quién lo eligió? Su abuelo, declara sin ambages Raúl Guillermo: «Los héroes históricos siempre tendrán algo que decir».
Quizá El Cangrejo se crea el «Hegseth cubano», pero nadie se atreve a asegurar si será el Delcy Rodríguez que tanto necesita el castrismo para maquillar su permanencia (y que Washington dice no haber encontrado aún). De momento, es solo Raúl Guillermo, «el hombre de las zapatillas Hermès» —como lo llama USA Today—, el muchachón que administra El Antojo, un intruso en Palacio, el heredero del poder de los Castro, por encima, parece, de la familia de su tío abuelo. Nuestro negociador a la cañona.
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