«No están las implicaciones políticas e institucionales asumidas», advierte Pavel Vidal sobre las reformas gubernamentales

18 de junio de 2026 a las 07:45 p. m.

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Las reformas anunciadas por el primer ministro cubano Manuel Marrero constituyen, probablemente, el paquete de cambios más abarcador que se ha anunciado. No obstante, por ahora, se trata solo de anuncios: su alcance real dependerá de la secuencia, la profundidad y, sobre todo, de la implementación efectiva de medidas. 

Si llegaran a aplicarse de manera coherente, podrían mover la economía cubana hacia un modelo más cercano a las experiencias china y vietnamita; es decir: un sistema en el que se amplía de manera sustancial el espacio del mercado, del sector privado, de la inversión extranjera y de los incentivos económicos.

Muchas de las medidas anunciadas coinciden con propuestas que economistas cubanos hemos defendido durante años. Entre ellas, se encuentran la liberalización de la agricultura, la eliminación de límites innecesarios al sector privado, el desmontaje del monopolio estatal sobre el comercio exterior, la creación de canales más flexibles para la llegada de inversión extranjera y la participación del sector privado en el sistema financiero.

Sin embargo, el punto decisivo no está en el anuncio, sino en la implementación. Habrá que ver cuál es la capacidad real del Gobierno para poner en práctica estos cambios, cuál será la secuencia de aplicación y cuáles serán las fuentes de financiamiento que permitirán sostener la transición. En el contexto geopolítico actual, ninguna reforma interna podrá producir resultados significativos si no viene acompañada de una negociación con Estados Unidos que permita levantar el cerco energético y flexibilizar las sanciones. Ninguna economía puede funcionar de manera sostenible aislada de la economía internacional, de los mercados globales y de los flujos financieros y comerciales. Las últimas sanciones de Estados Unidos han profundizado ese aislamiento, por lo que ese componente externo resulta fundamental.

Otro elemento de preocupación es la capacidad técnica y administrativa de la burocracia cubana para ejecutar un paquete de reformas de esa magnitud. No se trata solo de aprobar medidas, sino de diseñar regulaciones, crear instituciones, coordinar políticas, generar incentivos correctos y evitar contradicciones entre los distintos niveles del Estado.

La experiencia previa genera dudas razonables: en otros momentos se han anunciado reformas que luego no se aplicaron, se aplicaron parcialmente o fueron revertidas cuando comenzaron a producir efectos no deseados para el control político y administrativo. Por esa razón, existe el riesgo de que este sea otro intento de anunciar transformaciones para ganar tiempo, sin asumir plenamente las implicaciones políticas e institucionales de una reforma económica profunda.

También resulta llamativo que las reformas de mercado se anuncien sin un cambio suficientemente claro en el discurso político, sin transformaciones políticas visibles y sin una renovación explícita de las narrativas oficiales. No se define todavía cuál sería el nuevo modelo económico ni se le pone nombre y apellido a una arquitectura distinta de funcionamiento. Esa ambigüedad genera dudas sobre los consensos reales dentro de la élite cubana para aplicar esos cambios, sostenerlos en el tiempo y hacerlos permanentes. Una reforma de esa magnitud requiere no solo medidas económicas, sino una narrativa política capaz de legitimarlas y protegerlas frente a resistencias internas. 




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