Carlos Fernández de Cossío, uno de los principales interlocutores del Gobierno cubano con Estados Unidos, acaba de realizar una admisión poco habitual en el discurso oficial de La Habana: el modelo económico de planificación centralizada y predominio estatal construido durante décadas en Cuba está «agotado».
La declaración apareció en una entrevista publicada el 16 de septiembre de 2026 en The Atlantic. El viceministro de Relaciones Exteriores cubano no solo defendió la necesidad de ampliar el papel del mercado y del sector privado, sino que ofreció a Estados Unidos la posibilidad de participar económicamente en esa transformación. Incluso sugirió que Washington podría presentarla como una «victoria propia».
Las palabras de Fernández de Cossío constituyen un reconocimiento explícito de la inviabilidad del modelo económico tradicional y provienen de un funcionario que durante años ha sido una de las voces escogidas por La Habana para enviar señales públicas a Washington. El mensaje, a su vez, introduce una evidente tensión con décadas de retórica soberanista: el Gobierno que atribuye buena parte de la profundidad de la crisis a la ilegal presión económica estadounidense ofrece ahora a Estados Unidos participar y beneficiarse de las reformas que considera indispensables para sobrevivir.
Un modelo «agotado»
El viceministro fue explícito. El sistema cubano de planificación centralizada y control estatal de inspiración soviética «está agotado», afirmó a The Atlantic. Su diagnóstico recuerda inevitablemente otro realizado 16 años antes por Fidel Castro en la misma publicación, cuando aseguró que el «modelo cubano» ya ni siquiera funcionaba para Cuba.
La diferencia es que esta vez la admisión viene acompañada de una descripción relativamente precisa de hacia dónde pretende avanzar La Habana.
Fernández de Cossío habló de una economía «más dependiente de instrumentos financieros», del mercado y con «un papel mucho mayor para el sector privado», aunque manteniendo al Estado como participante. Presentó, además, las reformas emprendidas por el régimen como algunas de las transformaciones económicas y sociales más significativas de las últimas seis décadas. Una idea que había sido resaltada también hace algunas semanas a USA Today por otro viceministro, el de Comercio Exterior.
Pero la frase no debería generar demasiada alarma. Para De Cossío —como ha reconocido en otras oportunidades— el agotamiento del modelo económico cubano no implica el agotamiento del sistema político. Según el viceministro, La Habana está dispuesta a modificar de forma sustancial la organización de la economía, pero continúa considerando innegociable la estructura de poder.
Esa separación ha aparecido repetidamente en sus declaraciones durante 2026. En marzo, el diplomático aseguró que ni el sistema político cubano ni la permanencia de Miguel Díaz-Canel ni los cargos de los dirigentes del país estaban sujetos a negociación con Estados Unidos.
La fórmula, por tanto, vuelve a ser clara: modificar la economía para garantizar la supervivencia del régimen. Pero bajo ningún concepto esa lógica contempla la posibilidad de transformar el sistema político como consecuencia de la crisis económica.
El mensaje de Fernández de Cossío en The Atlantic puede leerse como una propuesta política: Washington no necesita provocar el colapso del Gobierno cubano para obtener cambios económicos profundos. Puede permitirlos, participar en ellos e incluso beneficiarse comercial y políticamente.
De «defender la soberanía» a ofrecer una victoria a Washington
Durante décadas, uno de los pilares del relato oficial cubano ha sido la defensa de la soberanía frente a la influencia estadounidense. La participación económica de Estados Unidos ha sido presentada con frecuencia dentro de una historia marcada por la dependencia anterior a 1959. Una dependencia que, en teoría, obligó al castrismo a impulsar las nacionalizaciones que dieron lugar al embargo y los intentos de Washington de condicionar el futuro político de la isla.
Ahora, sin embargo, De Cossío plantea una fórmula muy diferente.
Cuba necesita cambiar. Estados Unidos puede acompañar ese cambio. Las empresas estadounidenses podrían invertir, comerciar, relacionarse con el sector privado cubano y aprovechar nuevas oportunidades de negocio.
Y Washington —o mejor: Trump— podría incluso presentarlo como una «victoria».
La contradicción es difícil de ignorar.
De Cossío reconoce en su entrevista con The Atlantic que la principal causa del agotamiento del sistema son las sanciones estadounidenses. Y por esa razón sostiene de forma tácita que Estados Unidos podría contribuir a resolver esa crisis, aliviando las sanciones y permitiendo a sus ciudadanos y empresas invertir en Cuba.
El viceministro cubano insiste en que La Habana no pide regalos ni asistencia, sino el levantamiento de restricciones que impiden comerciar, invertir y realizar negocios con normalidad. Su argumento es que las sanciones dificultan una transformación que ahora sí el régimen cubano, aunque al menos desde 2010 sabe que el modelo no funciona, considera impostergable.
En esa lógica, Estados Unidos deja de ser el adversario cuya injerencia económica amenaza la soberanía cubana y se convierte potencialmente en socio de la reforma.
La oferta parece, además, diseñada para el interlocutor actual de la Casa Blanca. Frente a una Administración encabezada por un presidente que suele presentar la política exterior en términos de acuerdos, inversiones y victorias, De Cossío no apela principalmente a argumentos ideológicos. Le ofrece oportunidades comerciales y la posibilidad de adjudicarse un triunfo.
La transformación propuesta, sin embargo, tiene un límite definido que ya dijimos parece muy claro: Washington podría participar en la modificación del modelo económico, pero no en la modificación del sistema político.
La paradoja resulta evidente: después de años repitiendo que solo el socialismo podía garantizar la soberanía cubana, el régimen parece asumir ahora que necesita una transformación económica con participación estadounidense. No para modificar el sistema político, sino para evitar que la crisis económica obligue a cambiarlo y, de ese modo, garantizar su supervivencia.






