¿Instrucciones para reírse de la desgracia? La Bienal vuelve a exponer los límites del humor cubano

12 de junio de 2026 a las 03:08 p. m.

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Ilustración: Ramsés

Ilustración: Ramsés

Desde el 9 hasta el 14 de junio de 2026, en La Habana se desarrolla la II Bienal del Humor Político. Mientras el discurso oficial intenta definir la sátira como un lenguaje para cuestionar «el colonialismo cultural, el impacto de la globalización y las industrias culturales hegemónicas», los cubanos hacen chistes sobre los apagones, la democracia y las múltiples crisis cotidianas.

A pesar de las condiciones difíciles —la escasez de papel, una infraestructura de publicación limitada, bajos pagos por colaboraciones y la censura—, Cuba sigue formando artistas de alto nivel, muchos de ellos con reconocimiento internacional. Sin embargo, el humor en la isla no se limita a galerías, publicaciones especializadas y eventos. En paralelo, el chiste cotidiano continúa circulando de boca en boca como termómetro social y respuesta colectiva a las dificultades diarias. En medio de ese contraste, reaparece la Bienal.

La primera edición, celebrada en 2024, había dejado claras algunas fronteras de lo que el discurso oficial admite en materia de humor. Sus organizadores aseguraron que existiría espacio para la crítica social y la sátira, siempre que no resultaran irrespetuosas con «las figuras históricas de la Revolución» ni con «los conceptos formadores de la identidad nacional cubana».

En los medios oficiales, la sátira política suele dirigirse hacia Estados Unidos y los conflictos internacionales. Aparece el humor costumbrista sobre temas sociales sensibles, pero sin confrontar a los responsables. La crítica explícita a decisiones, instituciones y figuras claves del sistema político cubano no tiene cabida en esos espacios.

Fuera de los canales institucionales, el mapa es más amplio. La sátira cubana encontró un nuevo impulso en el ecosistema digital. Proyectos como Xel2, Matraca y, recientemente, Mazzantini, ampliaron los márgenes de la crítica y el humor político en la isla. A ellos se suman iniciativas individuales como Hablando con gato, del dibujante Irán Hernández, que alcanzó una amplia circulación gracias a las redes sociales y otras vías alternativas de publicación. Instagram, Facebook, WhatsApp o X han permitido que estos contenidos lleguen a públicos cada vez más amplios. La expansión digital no eliminó la censura o la represión política contra creadores, pero sí hizo mucho más difícil controlar el recorrido del chiste.

La celebración institucional de la II Bienal convive con una realidad menos festiva para quienes hacen humor «incómodo». Agentes de la Seguridad del Estado detuvieron en La Habana a Eduardo Ceballos Pérez el primero de junio de 2026. El humorista y creador de Despingovery Channel convierte baches, derrumbes y espacios abandonados en materia prima para la sátira. Ceballos fue interceptado cerca de su vivienda durante un operativo que, según testigos, involucró a varios agentes. Días antes de su detención, grabó un video que debía difundirse si terminaba en prisión. En ese mensaje, afirmó que su encarcelamiento demostraría la ausencia de libertad de expresión en Cuba y denunció que las autoridades pretendían silenciarlo.

Visto en Facebook.

La lista de episodios de represión no termina ahí. Jorge Fernández Era, escritor, periodista y humorista, abandonó Cuba el 29 de marzo de 2026 después de un largo pulso con las autoridades que incluyó detenciones, prohibiciones de viaje, agresiones físicas y arresto domiciliario. El 2 de junio, él y su esposa solicitaron asilo político en España tras denunciar durante años la campaña de hostigamiento estatal.

En abril de este año, a propósito del V Coloquio Internacional Patria, el presidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), Fernando González Llort, defendió el humor político como una herramienta para desmontar «clichés» y «fake news». Según dijo a Prensa Latina, abordar temas como el embargo desde una línea humorística puede resultar difícil, pero los cubanos han sobrevivido durante décadas porque son capaces de reírse hasta de sus desgracias. «Es un elemento de nuestra propia resiliencia», afirmó. 

La evidencia sugiere que, antes, deben calcular hacia dónde apunta el chiste y sus consecuencias.

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