El parque temático que parece ser Cuba, para gente como Pablo Iglesias y tantos otros que se golpean el pecho y dicen hablar por los cubanos, abrió sus puertas. El lucro con el sufrimiento ajeno podría tener el límite que impone la ética y la vergüenza, pero hay de todo en la flotilla que ha desembarcado en la isla menos eso. Todo menos solidaridad. Todo menos respeto. Mucho, sin embargo, de oportunismo, de descaro, de insolencia y de cinismo.
Mientras la delegación —radiante de felicidad por convivir unos días en el «bastión caribeño socialista»— se acomoda en habitaciones de lujo iluminadas probablemente por grupos electrógenos o plantas solares, cada edificio alrededor de ese hotel, cada casa, cada policlínico y cada escuela está en la penumbra. Y ni uno solo se cuestiona por qué.
Mientras, se desconectaba por séptima vez en año y medio el Sistema Electroenergético Nacional. Sin embargo, la flotilla no lo sintió. ¿Acaso lo supo?
La imagen es simple: un puñado de gente que no tenía que ir a la isla para enviar donaciones —y que, de paso, las podían haber enviado muchísimo antes sin hacer tanta bulla— pisotea a cada cubano que no tiene hoy corriente, se para encima de las ruinas del país para mirar, admirados, el paisaje del desastre y dar tres palmaditas en los hombros del otro y creerse ellos mismos la mentira tan absurda y el descalabro que protagonizan.

Activistas de CODEPINK, entre ellas la cofundadora Medea Benjamín, arrodillada en el centro, y otras personas sostienen pancartas como parte del convoy "Nuestra América" tras aterrizar en el aeropuerto de La Habana, Cuba, el viernes 20 de marzo de 2026. (Foto AP/Ramón Espinosa)
Desde allá arriba, no hacen sino decirle a los cubanos de abajo que sigan resistiendo porque ellos los necesitan para sus causas que no se alinean con lo que dicen defender. Necesitan que el pueblo cubano sea el mártir incapaz de salir de su realidad, el mártir dócil y bueno que tiene la sangre visible y el cuerpo reventado por culpa de la potencia imperialista y al que pueden acercársele, ver cómo agoniza, medirle la respiración y no mover ni el aliento para impedir esa degradación con la justeza que, si la tuvieran, los llevaría a colocarse en el lado opuesto de los dictadores.
Una delegación con carteles y maletas compradas en el capitalismo feroz salta y grita, con una alegría que en realidad es burla, «socialismo es lo que queremos»; y lleva carteles en forma de corazón en los que se lee «abajo el bloqueo» y viste pulóvers blancos, impolutos, con la frase «Cuba no está sola»; y se reúne con un Díaz-Canel emocionado que porta saco y camisa y hay luz, mucha luz, en todos los lugares a los que va y hay combustible para moverla; y se hospeda en hoteles desde los que, claro, parece que la cosa en la isla no está tan mala como la contaban.
Pero no los he visto dormir en una casa completamente en tinieblas, espantándose los mosquitos y el miedo. No los he visto ayudar a cocinar con carbón y sí en huertos ficticios a los que los han llevado para que agoten su deseo de contribuir. No los he visto ni en un solo sitio en el que de verdad deberían haber estado.
Es evidente que no tienen idea de lo que gritan ni de los privilegios que gozan ni de todo el rídiculo y el mal que están haciendo en ese juego macabro que es divertirse con la necesidad real de los cubanos. O lo saben y aún así tienen la desfachatez de regodearse en la aflicción de los demás. Gente que ni de broma se quedaría en Cuba a disfrutar del tan proclamado «socialismo», con cero libertades y cero prosperidad, no son más que mentirosos.
Ese deseo de perpetuar el hundimiento de Cuba, de aplaudirle al represor, de sentarse en su mesa y comer y sonreírle, es el acto que convierte de un tirón a cualquier pueblo en más esclavo.

El presidente cubano Miguel Díaz-Canel pronuncia un discurso de bienvenida a los participantes del convoy en el Palacio de Convenciones de La Habana, Cuba, el viernes 20 de marzo de 2026. (Adalberto Roque/Pool Photo vía AP)
Una flotilla que se despelota en el Pabellón Cuba, que ríe a carcajadas, que goza con luces de discoteca, que aplasta de manera apabullante con el solo hecho de estar allí a cada persona ajena a la cúpula del poder. Gente que está feliz y de acuerdo con que hicieran volar a la isla a un grupo de raperos solo para disfrutarlos ellos en ese espacio cerrado, mientras el pueblo al que vinieron a donar ni siquiera puede pasar, suponiendo que tuviera algo que celebrar o tuviera ganas y energía de dar brinquitos y gritar «abajo el bloqueo». Gente que baila como solo puede hacerlo el que durmió y comió bien y tiene su vida resuelta y viaja y regresa a su país de origen desde donde puede continuar vilipendiando la dignidad de los cubanos. Eso solo puede hacerlo quien no tiene la preocupación de la supervivencia.
Gente que lo que quiere es convertirse en la noticia, que entorpecen y le quitan cada vez más espacio a quien lo necesita, que contribuyen a acallar a los que protestan; gente que banaliza con tranquilidad a Gaza al compararla con Cuba y viceversa. Gente que ahora, cuando ha aparecido Trump en la ecuación, ha volteado a mirar hacia Cuba y quiere que el resto del mundo lo haga solo bajo sus lentes. Hace muchos años que los cubanos están padeciendo una crisis humanitaria sin que ninguno de los de la flotilla, al parecer, se hubiera enterado. Hace décadas que el régimen de La Habana entierra en vida a los pobladores de un país que se descompone. Cuba no necesita que la miren, sino que la escuchen: y los cubanos, esos que piden «libertad» y abajo «Díaz-Canel» en cada manifestación, no son escuchados, son borrados porque incomodan y manchan la visión revolucionaria.
Hay varios videos que de tanta rabia que dan hacen que sea casi imposible pensar en una justificación que libere a los flotilleros de ser cómplices: videos en los que se les ve felices a bordo de las guaguas que los transportan mientras el país entero está paralizado y nadie puede moverse con esa libertad y facilidad. En esa guagua recorrieron zonas capitalinas y los trasladaron a sus fiestas, muy probablemente alzaron sus teléfonos para tomar fotografías a los cubanos que encontraron tirados en el mismo lugar en que el Gobierno los abandonó. Es el safari de la miseria. Es la falta de respeto mayor que un ser humano le pueda hacer a otro al que mira desde una altura privilegiada y lo documenta como si se tratara de un zoológico.

Mañana se agotarán las donaciones de la flotilla. Y es el régimen de La Habana y no el bloqueo ni Trump el que será incapaz de proveer, porque él es el verdadero problema. Y tampoco dejará que la gente se provea por sí sola. Terminará por acaparar las ganacias y las almas de todos. La solución a la miseria de los cubanos no está en la necesaria solidaridad de esa gente que no ha hecho más que revolcarse en el lodo ideológico. La solución de Cuba está en la libertad; en romper las cadenas de la dictadura.
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