En el deporte cubano hay una categoría no escrita que debería tener estatuto: la de los talentos que solo alcanzan el reconocimiento pleno cuando se van del país.
No es una excepción, es casi una política del deporte en la isla. Y en el voleibol femenino, la exmorena del Caribe Wilma Salas Rosell es uno de los ejemplos más incómodos —y a la vez más brillantes— del fenómeno.
Mientras en la isla hoy se insiste en reconstruir torneos «élite» con más voluntad que músculo competitivo, Salas levanta trofeos en Indonesia con el Jakarta Pertamina Enduro, se corona campeona de la ProLiga 2026 y se lleva premios individuales, a los 35 años, como si el tiempo no pasara por ella.
Mejor atacante auxiliar del torneo, motor ofensivo del equipo, referente en una liga que sí compite, sí exige y sí paga por rendimiento. Nada mal para alguien que en 2011 se desvinculó de la Federación Cubana de Voleibol y la sancionaron con dos años fuera de las canchas.
Dos años sin competir, entrenando donde podía y con lo que había. Así que Salas se fue de la isla para poder seguir siendo atleta.
La historia es conocida, aunque a veces se intenta contar como excepción. Wilma fue parte de esa generación dorada que todavía alcanzó a rozar el mito de «las Morenas del Caribe», compartiendo entrenamientos con figuras como Yumilka Ruiz o Regla Torres.
Entró joven a la selección, formada bajo la escuela de Eugenio George, ese arquitecto del voleibol que no solo enseñaba a jugar, sino a creer que el sistema podía sostenerse solo con talento. Spoiler: no podía.
Lo que vino después también es conocido, aunque menos cómodo de repetir en voz alta: condiciones materiales deterioradas, salarios simbólicos, desgaste institucional y un progresivo desajuste entre el discurso de grandeza y la realidad cotidiana de las voleibolistas en Cuba. Mientras se hablaba de legado, las jugadoras tenían que sobrevivir.
Después, el salto. Azerbaiyán primero, luego Turquía, Italia, Grecia, Polonia, Filipinas y finalmente Indonesia como escenario de consolidación en este 2026. No fue un paseo turístico, sino una carrera profesional sostenida, exigente y, sobre todo, pagada.
Y aquí aparece la ironía más incómoda del relato: el sistema que no logró retenerla es el que luego observa sus éxitos desde la distancia, como si fueran capítulos de una historia ajena. Como si Wilma Salas no fuera producto de esa escuela, sino una excepción que ocurrió por accidente.
Pero no lo es. Es consecuencia directa de una formación de élite real, pero también de una estructura que no supo —o no pudo— sostener la élite cuando dejó de ser promesa y pasó a ser necesidad.
Hoy en Indonesia, Salas no es nostalgia, es un presente competitivo. Ataca, decide partidos, lidera vestuarios internacionales y demuestra que el voleibol cubano, cuando se exporta, no se diluye: se potencia. La paradoja es evidente. Afuera, rinde como estrella. Dentro, su ausencia se cuenta como pérdida.
Mientras tanto, en la isla se insiste en reconstruir ligas, en relanzar proyectos, en reforzar estructuras. Pero cuesta hablar de «élite» cuando las verdaderas figuras están repartidas por medio mundo. Y no por capricho, sino por lógica deportiva elemental: el atleta compite donde puede desarrollarse, no donde se le pide paciencia.
Wilma pertenece a esa última estirpe de «las Morenas del Caribe», pero también a la primera generación que normalizó el tránsito hacia afuera como parte natural de la carrera. Ya no es fuga: es itinerario.
No es solo que una jugadora triunfe fuera. Es que su éxito exterior contrasta demasiado con la fragilidad del sistema que la formó. Es el espejo que nadie quiere mirar.
Porque cada vez que Salas levanta un trofeo en Asia, lo que también se levanta —aunque nadie lo diga en voz alta— es la pregunta de qué tipo de futuro deportivo se está construyendo en casa. La respuesta, por ahora, sigue viajando en avión.
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