Pedalear para sobrevivir: mensajeros en bicicleta y la nueva precariedad en Cuba

5 de mayo de 2026 a las 07:20 a. m.

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Foto AP/Ramón Espinosa

Foto AP/Ramón Espinosa

En La Habana, donde el transporte público es casi nulo y el combustible escasea, una figura se vuelve habitual en las calles: personas que atraviesan la ciudad en bicicleta cargando mochilas, paquetes o encargos. No llevan uniforme, no pertenecen a una empresa, pero sostienen una parte creciente de la vida cotidiana: son los mensajeros.

«Realmente yo comencé a hacer mensajerías hace mucho tiempo, pero es ahora cuando he visto una mayor demanda y también más personas que quieren ejercer», relata Daniel —nombre ficticio—, uno de estos mensajeros. «Lo mismo si entras a un grupo que si te contratan con algún negocio, hay ciclistas por todas partes», agrega.

El auge de estos trabajadores no responde a una expansión tecnológica, como ocurre en otros países con plataformas digitales, sino a una necesidad estructural. En Cuba, la mensajería en bicicleta ha surgido como respuesta a la crisis: conecta a vendedores informales con clientes, provee servicios logísticos ausentes y resuelve, a pequeña escala, los fallos del comercio minorista.

Aunque iniciativas como Mandao han intentado organizar el reparto a domicilio mediante aplicaciones, la mayoría de los mensajeros opera fuera de estas plataformas digitales. Se articulan, en cambio, a través de redes personales, grupos de Facebook o contactos directos. En ese circuito, el trabajo depende más de la confianza, la reputación y la disponibilidad inmediata.

Las redes sociales ofrecen una ventana a esta realidad. Publicaciones que anuncian «mensajería en bici por toda La Habana» o grupos dedicados a coordinar envíos muestran una economía activa, pero sin regulación. No hay tarifas estandarizadas ni garantías: cada servicio se negocia, cada recorrido implica un riesgo.

Ese riesgo no es menor. Un mensajero puede recorrer decenas de kilómetros diarios en una infraestructura vial deteriorada y sin protección alguna. No existen contratos ni mecanismos de respaldo ante accidentes. La bicicleta ―con frecuencia de uso intensivo y mantenimiento precario― es al mismo tiempo herramienta de trabajo y responsabilidad individual.

La precariedad no se limita al plano físico. También atraviesa lo económico. Los ingresos dependen del volumen de entregas: más recorridos implican más dinero, pero también mayor desgaste.

«Me ha sucedido que luego de dar un largo viaje el negocio me pide que lo vuelva a hacer para corregir el pago, sin indemnizarme. Claro, me llevo bastante, pero por el doble de recorrido», comenta Daniel, que trabaja desde hace unos meses para un restaurante céntrico de la capital. Dice que se ha visto muy afectado por estos «problemas organizativos», que no son su responsabilidad y por los que tampoco puede reclamar.

Este fenómeno está directamente vinculado a una coyuntura más amplia. La escasez de combustible, la inexistencia del transporte estatal y la fragmentación del mercado han impulsado soluciones individuales y descentralizadas. La bicicleta, como en los años del Período Especial, reaparece no como alternativa ecológica, sino como necesidad.

En ese contexto, los mensajeros funcionan como nodos de una red logística informal. Transportan alimentos, medicamentos, paquetes y todo tipo de encargos entre actores que muchas veces operan fuera de los canales oficiales. Su trabajo conecta puntos dispersos de una economía cada vez más atomizada.

Sin embargo, esta centralidad contrasta con su invisibilidad. Se suele abordar la mensajería como signo de emprendimiento o innovación, pero rara vez se examinan las condiciones laborales de quienes la sostienen. Tampoco aparecen de forma clara en estadísticas o marcos regulatorios.

«A veces tampoco estás seguro de que tendrás trabajo al día siguiente, aunque estés pinchando en varios grupos a la vez», nos cuenta Norma, otra mensajera que hace envíos a toda la capital desde su casa en Marianao. «Y aunque hay días buenos, unos días en pausa son suficientes para apretarte. Entonces comes con el dinero de cada envío, y nada más», sostiene.

La paradoja es evidente: mientras más indispensables se vuelven, más expuestos están. Sin derechos laborales, sin protección institucional y con ingresos inestables, los mensajeros en bicicleta encarnan una forma de supervivencia que depende del esfuerzo físico y la adaptación constante.

«Con esto se resuelve algo, pero no todo, y a largo plazo está por ver. De momento ya he hecho los ahorros por si se rompe la bici. Pero si me accidento yo, ¿quién me va a pagar a mí?», se pregunta Daniel.

En la Cuba actual, pedalear no es solo desplazarse. Puede ser también trabajar, resistir y, en no pocos casos, llenar los vacíos de un sistema que no logra cubrir las necesidades básicas de movilidad y distribución. En cada entrega, estos trabajadores no solo transportan un paquete: sostienen, kilómetro a kilómetro, una parte invisible de la economía del país.

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