“A mí me gustaría vivir en Cuba, pero no tengo otra opción”, me comenta Jorge, ingeniero graduado de la Universidad de las Ciencias Informáticas (UCI) que vive de vender software sin permisos legales a compradores extranjeros mientras termina los trámites para mudarse a Ecuador. Es uno de los cientos de profesionales de las Ciencias Informáticas que están mudando de geografía el vasto potencial desarrollado por su país en este campo.

Motivados por la imposibilidad de realizar sus sueños laborales o siquiera vivir con comodidad, un número creciente de ingenieros aprovechan las puertas que abren programas de países desarrollados para contratar personal capacitado, la existencia de leyes flexibles para la insercion de cubanos en Estados Unidos o las condiciones más favorables para el desarrollo de la iniciativa individual en Ecuador y Paraguay.

En el país caribeño todavía quedan más de 11 mil profesionales de las TIC, un potencial que se sigue renovando cada año con las multitudinarias graduaciones de los centros de educación superior del país. Pero no inspira tranquilidad ese número.

Apenas una pequeña parte de semejante caudal (para un país de 11 millones de habitantes) son los expertos capaces de diseñar los muchísimos softwares que demanda la “informatización” de la sociedad. Y precisamente son ellos (los “programadores”) los informáticos cubanos que más salen por el mundo a abrise camino.

Miguel era productor freelancer de software en Cuba para clientes extranjeros, pero la ausencia de un amparo legal que le permitiera cobrar transparentemente sus ingresos le llevó a aprovechar la primera oportunidad para radicarse en Serbia.

La precariedad de los equipos desanima a los jóvenes informáticos cubanos

“Los cubanos tenemos enormes desventajas en el mundo freelancer, no solo por el acceso a Internet (que es muy limitado), sino también por el bloqueo de Estados Unidos, que nos impide registrarnos y recibir pagos en la Isla de los principales sitios para desarrolladores independientes”, explica por chat desde Belgrado.

Aun así, contratos de 200 a 1.000 USD por mes, como los que conseguía Miguel y los que sigue firmando Jorge, significan en su escala más baja 10 veces el promedio salarial de una organización estatal.

“Para trabajar privado con las licencias que da el Estado como programador de equipos de cómputo tienes que ‘fajarte’ con los precios oficiales de Internet en los lugares establecidos para conectarse (desde febrero a abril, 5 USD por 2 horas de conexión) y sin la posibilidad de contratarse con un cliente extranjero. Eso no da negocio”, explica Jorge.

La poca satisfacción que experimentan en sus puestos estatales también impulsa a cambiar de ambiente.

La Universidad de las Ciencias Informáticas, que 13 años atrás naciera con un promisorio futuro como polo productivo de software, hoy padece las consecuencias de erradas políticas comerciales y administrativas.

La estampida allí es mucho mayor:

“En mi centro, en un semestre causaron baja alrededor de 30 personas. Imagínate que hay 6 facultades, cada una tiene dos o tres centros como promedio, y más o menos 30 es el promedio de bajas en todos los centros semestralmente. ¿A cuánto ascenderá la cifra en un año en la Universidad?”, se pregunta quien pocas semanas atrás agregó un número a esa estadística.

Muchos jóvenes informáticos cubanos terminan emigrando en busca de oportunidades

Amigos (físicos y virtuales) se pasan entre sí opciones de empleo en empresas mexicanas, argentinas y uruguayas, junto con las claves para vencer los procesos de solicitud de visas. Pero otros sencillamente se lanzan a probar caminos explorados con antelación por sus colegas, como Sandy y Zuri, una pareja de informáticos que viajaron de turistas a Ecuador, pero con los títulos universitarios y las certificaciones de notas en el equipaje.

“En 15 días teníamos empleo. Ganábamos lo básico, pero nosotros felices. Ya hoy el salario nos da para comer, pagar la renta, disfrutar con los amigos y hasta para ahorrar”, asegura Zuri, satisfecha de haber cambiado su puesto de soporte técnico en una empresa transportista por el de programadora en Quito.

La pareja no se siente sola. No tiene por qué. Cada día conocen de nuevos colegas que continúan arribando al país sudamericano o a cualquier otro destino desde donde rápidamente establecen comunicación por las mismas redes sociales que tenían prohibidas o limitadas en sus centros de trabajo.

Son la expresión de una sangría de talentos y de sueños trastocados en un país que contempla sin poderlo impedir la salida de muchos de los profesionales que creó.